jueves, 6 de octubre de 2016

Capítulo 4: La noche de un crimen.



IV
La noche de un crimen.

Llevaban cerca de 7 minutos caminando por la calle de Lago Erne a ritmo semi lento. A veces se detenían para ayudar a vomitar a Rosa, quien apenas si podía andar sostenida por Ginger y Julian. La chica sólo amagaba con devolver las tripas, pero no pasaba nada. Entonces continuaban caminando.
   La última amenaza vomitiva se dio luego de pasar por la escuela secundaria, en donde también, Mayra por fin les dio alcance luego de haberse quedado unos momentos de más con Gabriel Farías y su amigo delincuente.
   La chica había abordado a Mauricio inmediatamente mientras esperaban a que Rosa vomitara en la tierra de un árbol.
-Hija de la chingada, sólo estás jodiendo con eso-masculló Daniel al ver que Rosa tenía arcadas pero no vomitaba, por tercera vez durante aquella travesía nocturna.
-¡cállate, pendejo!, me siento mal…-chilló la chica mientras Julian la sostenía con cara de resignación.
-por fin los alcancé, ¿por qué no esperaron, malos?-fueron las palabras de Mayra al acercarse a Mauricio, pero él optó por hacerse a un lado con indiferencia.
-¿así de mal la entregarás a su casa?-preguntó Mauricio a Ginger, haciendo caso omiso de Mayra.
-podemos rezar porque su mamá no esté en casa-gimoteó Ginger, al notar que las arcadas de Rosa eran más realistas, quizá ahora sí vomitaría.
-¿dónde vives tú?-Daniel intervino notando lo mismo que Ginger.
-también en Gran Oso, justo al ladito-respondió ella sin dejar de mirar a Rosa.
-deberíamos entonces pasar primero a tu casa…-Mauricio volvió a esquivar a Mayra que ahora intentó abrazarlo disimuladamente.
-opino que Mau tiene razón, no se vaya a meter en problemas con sus papás, mira como está-asintió Marina.
-y que le des un café o algo… si puedes-dijo Mayra, con frustración pues al parecer Mauricio le estaba ignorando.
-podría, ojalá y no esté mi hermano o va a estar chingando la madre-Ginger suspiró y luego aguardó un momento al ver que la arcadas de Rosa habían desaparecido.
   Esperaron un minuto más, en lo que la chica recuperaba el aliento y entonces volvieron a caminar. Ginger y Julian hablaban sobre Rosa y su lamentable estado, mientras que Daniel conversaba con Marina y Betty sobre como las chicas llegarían a sus hogares sanas y salvas. Mauricio no tuvo más remedio que quedarse atrás con su mejor amiga.
-¿qué te pasa?-cuestionó ella, luego un rato de andar en silencio.
-¿qué me pasa de qué?-gruñó él.
-te quise abrazar y me despreciaste…-había cierto drama en su voz que a Mauricio le embargó de tristeza y de felicidad al mismo tiempo.
-¿para qué demonios me querías abrazar? si ahí tenías al Farías ese para darle todos los abrazos del mundo…
   Mayra vaciló y luego rio por lo bajo.
-ja, ja, ja, entonces es eso…
-¿eso de qué?
-estás celoso…
   Mau tragó saliva, indignado.
-no digas tonterías, a veces creo que no tienes cerebro.
-pues a mí no me parecen tonterías-e inesperadamente, lo abrazó por la espalda. Mauricio se sintió indefenso, aquel contacto le provocó un nerviosismo febril, y alejó el enojo que le embargaba. Se estremeció, entonces una extraña sensación descendente en su abdomen le hizo entrar en pánico, era algo semejante a estar a punto de orinarse en los pantalones.
-Gabriel me parece un chico muy buena onda pero jamás te cambiaría por él. Sabes muy bien que eres mi mejor amigo de toda la vida-ella lo estrechó con cariño. Ambos se vieron obligados a detenerse, mientras el grupo seguía delante de ellos.
   Mau quería decirle muchas cosas, lo enojado que estaba, lo que pensaba de ese tipo pues Gabriel Farías le parecía todo, menos buena onda. No era por ser un tipo pesado con él y sus amigos o burlarse abiertamente de él y de Julian al decirles “maricones” Era por el hecho de ser como era: de golpear a alumnos más débiles, de fumar en los baños de niños, de expresarse vulgarmente de las niñas, de molestarlas de forma indebida… sobretodo de esto último. Mauricio no podría soportar jamás que Gabriel le faltara al respeto a Mayra, que la tocara en donde no debía… que la lastimara.
   Mauricio tenía ganas de decirle todo eso a Mayra, pero simplemente las palabras no salieron, su cerebro se negaba a romper aquel momento, mientras estaba a la merced de los delicados brazos de su amiga.
   Amagó con apartarse y aunque se arrepintió al momento, ella le dejó libre. Se miraron en silencio.
-escucha… May-chan…
-es verdad lo que te dije, para mí, eres irremplazable, crecí junto a ti y toda mi vida has sido más que mi amigo… mi hermanito, Mau-Mau, eso eres, jamás te cambiaría por nadie.
-es que ese… no me cae bien…
-ya sé que él y Julian han tenido problemas, pero ya debes de saber que es amigo de Daniel y él ya le dijo que arregle sus problemas con Jul. Creo que todos podemos ser amigos, ¿no?
   Mauricio pensó que Julian no era el único con el que tenía problemas el jodido Gabriel Farías, a saber qué cosas le hubiera dicho a Mayra, pero de igual forma, no pudo decirle nada de lo que sentía.
   Hubieran seguido así, de no ser por Daniel, quien les gritó casi desde la esquina a pleno pulmón.
-¿van a venir o se van a quedar pendejeando ahí?
   No tardaron en alcanzar al grupo y en poco rato, doblaron la esquina a la izquierda para entrar a Lago Gran Oso, la calle de Ginger y Rosa.
   Entonces, Rosa vomitó. La verdad es que no esperaban que lo hiciera, ni siquiera las veces en que detuvo la marcha para intentar deshacerse del alcohol que su cuerpo ya no aceptaba pues antes de salir de la fiesta, había dejado un reguero considerable de sus alimentos del día y un poco de la cerveza consumida en la tarde.
   Pero lo hizo. Se soltó de los brazos de Julian y Ginger y cayó de rodillas sobre la banqueta, luego se puso a descargar las tripas en la raíz de un árbol.
-carajo-musitó Daniel-hasta pareces primeriza, Rosi.
-por lo general nos empedamos con chela-dijo Ginger-pero esta pendeja se tomó otra cosa aparte.
-yo me chingué un tequilazo-asintió Daniel-no dudo que ella también.
-lo bueno es que estaba yo, sino se la hubiera cogido algún cabrón-Ginger procedió a levantarla mientras los demás evitaban ver el vómito.
-entonces, ¿crees que debamos llevarla así a su casa?-preguntó Betty.
-ella vive hasta la otra esquina, creo que podría tenerla un rato hasta que se la baje un poquito.
-gracias, Gin, si está mi mamá me va a dar una madriza-Rosa se reincorporó con ayuda de Julian.
-namás no me vayas a guacarear nada, cabrona o a mí me va a chingar mi mamá-advirtió la chica y entonces se volvió a los chicos aunque en realidad, fijó su atención en Mauricio.
-pues…
-¿pues? No sean mensos, los invito a entrar-dijo Ginger sonriendo. La verdad es que estaba muy sola y oscura la calle, Ginger pensó que dejar a unos muchachitos como esos andar por ahí a esas horas no sería muy grato, luego de que le acompañaron a dejar a su ebria y tonta amiga.
-pero yo tengo que ir a mi casa… mi mamá…-chilló Betty aunque se le apagó la voz.
-no te preocupes, entren y les dejaré usar mi teléfono para que llamen a sus papás y vengan por ustedes o algo así.
-no manches, ni que fuéramos bebés o algo así-masculló Daniel.
-no te sientas muy grande sólo por fumar y chupar, todavía se te nota el olor a pañal-le dijo Ginger y se puso a caminar tras lanzar una carcajada.
-no es mala idea, le diré a mi tía que venga a recogernos-comentó Mayra y tomó del brazo a Betty.
-¿tu tía conoce estas calles?-preguntó la niña de las gafas.
-tiene coche, no ven que Mayra es la rica de la escuela-Daniel las miró con una risita-a mí no me da miedo andar por estas calles, yo me puedo ir solo, eso de hablarle a los papás es una mamada…
-entonces ¿qué haces todavía aquí?-cuestionó Julian de mal humor.
-nomás quiero ver cómo está Rosa, pendejete-respondió Daniel.
   Ginger tenía casa propia, a diferencia de Rosa que vivía en una vecindad de esas antiguas. Era una vivienda modesta y pequeña, pero limpia y en buen estado. Tenía una sala, un baño, una cocina y tres habitaciones, además de un patio pequeñísimo en donde sólo se podría estacionar una motoneta o una bicicleta.
   La casa se las había dejado su difunto padre, que había fallecido en un accidente petrolífero. El padre de Ginger, un tal Ignacio Salas era trabajador de PEMEX y había ganado suficiente dinero antes de irse a criar malvas como para comprar una casa, un local modesto que fungía como papelería en la calle de Lago Winnipeg y tener una cuenta en un banco, que hace años se había terminado por culpa de los hermanos mayores de la muchacha, actualmente recluidos en algún penal de la ciudad, que ella no quiso mencionar.
-¿dices que es tuya la papelería que está junto a la primaria?-le había preguntado Daniel que andaba de aquí para allá y conocía varios puntos de interés en el barrio.
-de mi mamá-asintió ella-antes de que muriera mi papá era una fonda pero luego empezamos con los pedos de mis hermanos y ella se consiguió un trabajo. Por eso la cambiamos a papelería, yo y mi tía la atendemos.
-¿ahorita está en la papelería?-preguntó ahora Julian.
-no seas pendejo, si es bien noche-se burló Daniel
-cállate…
-no, trabaja en las tardes, en un par de horas ya debe de estar aquí.
   Ginger dormía en el dormitorio más pequeño de la casa pues al haber sido la única hija de la familia Salas-Hinojosa, el cuarto más grande tenía que ser por ende para los tres varones.
   En su cuarto habían acostado a Rosa luego de darle una ducha tibia entre ella y Mayra. La pusieron a dormir tan sólo con una bata que le quedaba demasiado holgada y acompañada de una cubeta para evitar que ensuciara la habitación por si se le ocurría sacar el resto de sus tripas.
   La muchacha les ofreció refresco y papas fritas luego de prestarles su teléfono. El grupo se había acomodado en la salita de Ginger conversando alegremente, incluida Betty que se encontraba más tranquila al saber que su madre ni siquiera se había despertado desde su siesta de la tarde, probablemente estuviera demasiado ebria para eso.
   La tía de Mayra había prometido pasar por ellos y llevarlos a sus respectivos hogares.
   El último en comunicarse a casa fue Mauricio, que seguía discutiendo con su madre por teléfono cuando poco después apareció Ginger, vestida con un pijama holgado.
-¿terminaron?-cuestionó ella mirando a Mauricio colgar el teléfono con notable ira.
   El muchacho asintió un poco cohibido por la mirada sensual de Ginger. La chica le provocaba un no sé qué. Si él fuera más consciente de su situación sabría que sus hormonas estaban a tope, cada exhalación, mirada, olor y movimiento proveniente de Ginger hacía despertar sus apetitos primarios y es que Ginger era la única chica que ya casi era una mujer con la que trataba en su vida (omitiendo a su propia hermana y a su loquita prima Luciana claro, eso era diferente)
  
   Mau se estremeció cuando ella le puso una mano en el hombro.
-no es que quiera tratarlos como bebés, pero estas calles están muy feas por la noche, mejor que se vayan acompañados-luego se sentó junto a Betty.
-¿salen mucho tú y Rosa?-cuestionó Mayra que casi había bebido todo su refresco.
-la conozco desde que se cagaba encima-contestó Ginger con una sonrisa-somos vecinas así que es obvio que nos conozcamos, pero empezamos a juntarnos a raíz de que empecé a andar con su hermano…
-ella tiene tres hermanos…-intervino Julian.
-bueno… no es ninguno de esos tres pendejos… no sé si lo sabían pero Rosa tenía otro hermano… bueno, él era mi novio, se llamaba Sebastián…
-¿se llamaba?-inquirió Mauricio sentándose junto a Mayra.
   Ginger asintió solemnemente y su semblante cambió radicalmente.
-Dios mío…-gimoteó Betty y también cambió su semblante.
-hace dos años…
-lo acuchillaron, ¿no?-esta vez fue Daniel, pero había bajado la voz como para evitar que Rosa en la habitación de Ginger le oyera.
   Todos menos Ginger le miraron atónitos.
-sí, un ojete de la colonia.
-¿cómo lo sabías?-preguntó Julian a Daniel.
-escuché cosas, pero no tenía idea de que fuera hermano de Rosa… bueno, ni siquiera conocía bien a Rosa entonces-explicó Daniel y se hundió pesarosamente en el sillón.
-¿y supieron quién fue?-ahora Mayra bebió el resto de su refresco con rapidez para evitar perderse la respuesta de Ginger.
-miren, ya les había dicho que mis hermanos Aldo y Ramiro son unos ojetes y por eso están clavados en el reclu…pero los hermanos de Rosa…-entonces bajó la voz igual que Daniel-los hermanos de Rosa son lo que le siguen. No saben cuánto quiero a Rosi, por tener los ovarios de aguantar a esas mierdas todos los días de su vida.
   Hubo un momento de silencio, los chicos no se sentían con el estómago para seguir escuchando algo tan terrible que hubiera pasado en la vida de uno de sus amigos pero el sentimiento natural de morbosidad del ser humano les seguía empujando a no decir nada para evitar cambiar de tema.
   De alguna forma, todos necesitaban saber por lo que pasaba Rosa.
-bueno, mis hermanos, incluido el idiota de Esteban, se juntaban con los de Rosa y otros pelados más, se sentían como una pandilla los muy pendejos, y siempre le tuvieron envidia a Sebastián porque él…
-porque él era diferente…-Rosa arrastraba las palabras pero parecía lúcida.
   La chica había salido de la habitación sin que ellos se dieran cuenta. Iba descalza y con la bata de Ginger puesta.
-Sebastián era mejor-replicó Ginger y se quedó muda, pensando que quizá a Rosa le molestara saber que su amiga estaba divulgando información delicada.
-Rosa…-Mauricio se levantó-quizá esté mal que lo diga, pero, no te enojes con Ginger por decirnos, somos tus amigos y tenemos que saber por lo que has pasado…
-¡ay!, Mau…-y sin esperarlo, ella se lanzó a sus brazos, llorando desconsoladamente.
   Mau la estrechó y evitó decir algo, estaba un poco desconcertado por aquello aunque después entendió las señas de Ginger. Era el típico llanto de borracho agravado por el recuerdo de algo triste.
   Al fin, la chica se separó de Mau y le dio un beso en la mejilla, luego se acercó a Julian y también lo besó. Hizo lo mismo con Daniel y al final se echó a los brazos de Mayra. Marina y Betty se unieron al abrazo y la consolaron durante unos minutos. Después abrazó a Ginger y lloró con ella durante otros minutos más. Mauricio temía que de un momento a otro la tía de Mayra se fuera a presentar ante la puerta de Ginger y entonces se quedarían sin saber el resto de la historia… pero a esas alturas, ya no importaba mucho. Se sentía mal por haber presenciado el llanto de Rosa.
   Entonces, Rosa se separó de Ginger y se sentó a un lado.
-gracias por ser mis amigos-les dijo temblorosamente-Sebastián era mi único amigo… hasta que conocí a Ginger y los conocí a ustedes.
   Y lo supieron al final. Sebastián Vargas Martínez era un chico bueno, tan bueno como para ser objeto del deseo de las chicas de su cuadra y de su escuela, era incluso bueno para sacar buenas calificaciones y ayudar a sus padres en menesteres de la casa y de la familia. Había sido bueno como único aliado para Rosa y su mandilón padre en un hogar dominado por una esnobista madre, y tres vagos drogadictos que se hacían llamar sus hermanos.
   Al final aquel hermano tan bueno había sido considerado un bicho raro y sus mismos hermanos no soportaban verlo en semejante pedestal ante los ojos de todo el mundo. Entonces, uno de los vagos del grupo formado por los hermanos de Rosa y Ginger durante una noche de juerga en la calle, decidió que era hora de enfrentar a ese mequetrefe engreído que los dejaba en ridículo por el simple hecho de ser un buen ciudadano.
   Sebastián Vargas Martínez fue apuñalado por un vago anónimo afuera de su casa, luego de una discusión sin sentido en la que ninguno de sus hermanos fue capaz de defenderlo.
-por entonces ya no éramos novios, pero me dolió mucho saber la noticia-explicó Ginger-yo lo quise mucho, tanto que le entregué mi virginidad…
-un dato que no necesitábamos conocer-dijo Daniel aunque se arrepintió al momento-perdón.
-da igual-habló Rosa-nunca se pudo hacer justicia, los putos de mis hermanos nunca quisieron hablar.
-Si pudiéramos hacer justicia, si pudiéramos hacer algo más que esperar a que alguien se arme de valor para hacerlo por nosotros… es todo una mierda-vociferó Mauricio rabiosamente.
-la gente humilde no le interesamos a nadie, Mau… o al menos es lo que suele decir mi papá-musitó Rosa, que ya se notaba mejor, aunque seguía arrastrando las palabras.
   Mau no contestó, volvió a sentarse y colocó la cabeza entre las piernas. De repente, empezó a respirar muy rápido. Mayra fue la única que adivinó que sucedía.
-¡Mau, tu inhalador!-chilló ella e intentó ayudarle, pero él la apartó.
   El chico sacó su inhalador y se dio un par de dosis. Ginger se puso de pie ahora.
-tiene asma, vaya-dijo ella mirando a Mayra-¿puedo ayudar?
-no te preocupes, se le pasa cuando usa su inhalador.
    Marina y Betty también miraban con curiosidad a Mauricio.
-le pasa desde que lo conozco, desde el kínder-siguió explicando Mayra.
   Pero a Mauricio no se le regresaba la respiración. El muchacho volvió a darse otra dosis y Ginger regresó a su asiento, llevándose las manos a las sienes.
-¿Ginger?-Rosa la observó estúpidamente.
   Su anfitriona se frotaba el rostro y enjugaba el copioso sudor que empezó a emanar de su cuello.
-¿te sientes bien?-inquirió Mayra.
-¿Ginger?
-no sé, comencé a sentirme rara… muy rara…-dijo ella sin dejar de frotarse la frente.
-de seguro fue algo que… tomamos-dijo Daniel, hundido en el sillón individual, también se frotaba el rostro y se daba bofetones.
-nos adulteraron las bebidas-gimió Ginger.
-no lo creo… ella no bebió nada…-Julian señaló a Betty, la muchacha estaba como desmayada en el sillón al lado de Mau, tenía los ojos en blanco y movía la cabeza como si estuviera sufriendo convulsiones.
   Fue cuando comenzaron a preocuparse. Mayra intentó reanimar a Betty con notable terror en sus llamados a la chica, Mauricio no reaccionaba, y aunque ya no jadeaba, sudaba mucho y parecía incluso más borracho que Rosa.
-¡Betty, Betty!
   Pero era inútil, Betty no respondía. Julian se puso de pie y cayó como fulminado al suelo. Cuando Mayra se dio cuenta de que Rosa también se convulsionaba y de que Marina parecía sufrir los mismos sudores que Daniel, Rosa comenzó a gritar algo que le heló la sangre.
-¡Es él! ¡Es él! ¡Él mató a mi hermano!
   Mayra cayó de rodillas, de repente la habitación se le hacía sumamente pequeña y calurosa. Se desabrochó los botones de la camisa polo que traía intentando mitigar el sofocante calor, pero ahora su cabeza le daba vueltas, no le dolía del todo pero sí sentía unas punzadas agudas en las sienes. Al nublársele la vista, no lo supo, lo intuyó, aquello que Rosa había estado viendo o quizá alucinando.
   Sus ojos ya no miraban en ninguna dirección, estaba ciega sin estarlo realmente, es decir, sus ojos ya no miraban la sala de Ginger, ni sus sofás, ni su alfombra raída ni a sus amigos enloquecidos. Ahora miraban otra cosa, era una especie de bar de mala muerte, estaba oscuro y olía a sudor, mierda, alcohol rancio y a humo de cigarrillo.
   Aunque no se trababa realmente de un bar. Mayra pudo observar un sofá mugriento donde dos hombres calvos bebían y fumaban. Se podía escuchar la transmisión de algún partido de fútbol y los berridos de un bebé en alguna parte pero la visión era borrosa.
-¡esos buenos para nada, pinches mediocres!-se oyó la aguardentosa voz de un hombre, pero Mayra no sabía de donde había salido.
-¡ja, ja, ja, pinches pendejos!-apareció un sujeto mal encarado frente a ella, llevaba ropas muy holgadas, demasiado como para su escuálida figura. Se acercó tambaleante hasta aquel sofá mugriento que había visto antes.
   Ahí estaban los otros dos hombres, llevaban sendos vasos con cerveza y en efecto, miraban un partido de fútbol.
-pinches ojetes, ya les metieron otro, ja, ja, ja…
-es él… es él…
   Mayra se sabía sola, no podía ver más que a los sujetos, la habitación en la que estaban y percibirlo todo con sus sentidos, excepto que no podía ni verse a sí misma ni a sus amigos, pero los sentía, su presencia era tan poderosa como si en lugar de aquellos hombres, ellos estuvieran ahí.
   Entonces, la voz de Rosa volvió a insistir, casi suplicante.
-es ese cabrón… es ese maldito…
-¿qué dijiste, pendejo?-inquirió el flaco mientras encendía un cigarrillo.
-que el América vale pa´ pura verga…
-no pendejo…
   El sujeto volteó justo a donde estaba Mayra y con el cigarrillo encendido entre sus dedos, la miró fijamente. Ella dio un respingo pero luego de unos segundos, algo le dijo que él no le podía ver.
-¿me puedes ver?-susurró ella y el sujeto se sobresaltó, aunque no hizo nada y volvió a mirar el televisor.
-¿a qué horas llega tu vieja?, ya que calle a ese pinche escuincle…-dijo el flaco y se puso a fumar.
-¿por qué no lo callas a navajazos como al hermano de Rosa, maricón?-se escuchó la voz de Daniel, y el flaco saltó del sillón.
-¿qué te pasa güey?-le preguntó uno de los calvos.
-¿quién dijo eso?-masculló él, mirando a todos los rincones de la habitación.
-fui yo, puto, acá estoy…-gritó Daniel de nuevo y el sujeto soltó su cigarrillo alterado.
-¿no lo escucharon, putos? ¿Fueron ustedes?
-cálmate, pendejo, ya deja de meterte tantas mamadas, pinche marihuano.
-¡es ese hijo de puta, es ese, por favor…!-Volvió gemir Rosa.
-deberían hacerlo pagar… deberían castigarlo… deberían matarlo-jadeó Mauricio. Su voz era clara, y sus jadeos, provocados por el asma sin apaciguar, eran igual de evidentes.
-¡No, Mau!-gritó Mayra, aunque no supo porque, ni siquiera era capaz de ver donde se encontraba su amigo.
   Entonces, el malandrín se puso dar vueltas, enloquecido. Sus acompañantes se sorprendieron ante ese comportamiento y retrocedieron.
-¿qué te pasa güey?-le preguntó uno de ellos.
-No… no sé…-se detuvo y entonces cayó de rodillas. Se llevó las manos a la garganta y se la empezó a rasguñar con desesperación.
-Hay que matarlo… hay que matar a ese perro de mierda-se oyó la voz de Daniel.
-¡No!-chilló Mayra.
-Hay que matarlo-también se escuchó a Julian-No merece vivir…
-¿Qué te parece morir ahogado… ahogado de asma?-ahora la voz de Mauricio, que ya no parecía sofocada.
-¡No, Mau, no lo hagan!-Pedía Mayra, pero parecía que nadie la oía.
-Hay que hacerlo… se debe hacer-musitó Betty.
-¡No!
   Entonces, Mayra escuchó otras voces, repetir lo mismo que Betty. Ahora, unidas a las de Mau, Daniel, Julian, Ginger, Rosa y Marina
-Hay que hacerlo
   Después cambiaron.
-Se debe hacer para completar la elección. Se debe hacer. Hay que hacerlo.
-No… no lo hagan…-Mayra suplicaba, pero era inútil, perdía más y más las ganas de oponerse.
-Se debe hacer para completar la elección. Se debe hacer. Hay que hacerlo.
-Se debe hacer para completar la elección. Se debe hacer. Hay que hacerlo-Al final, Mayra repitió lo mismo, y aquel hombre, terminó por apretarse la garganta, desesperado ante la falta de aire. Tras unos agónicos segundos de sofoco, terminó por sucumbir y cayó sin vida frente a sus amigos pendencieros.
   Mayra pudo ver unos segundos antes de cerrar los ojos, la crisis que se había gestado en torno a los otros dos sujetos, estaban desesperados, e inútilmente intentaban reanimar a su amigo. Cerró los ojos, y como si se tratara de un mal sueño, al abrirlos, de nueva cuenta estaba en la sala de Ginger, rodeada de sus amigos.
   Todos sus amigos parecían agotados, y sus rostros dibujaban senda aflicción.
-¿qué mierdas fue eso? ¿Qué acaba de suceder?-gimoteó Daniel, y se puso de pie.
-fue…-pero Mau no acabó su oración. En ese momento, un claxon se escuchó en la calle. Los muchachos se sobresaltaron. Betty saltó de su asiento como si llevara resortes y casi corrió a la puerta.
   Mayra se le adelantó y afirmó:
-es mi tía…
   Y como si eso fuera suficiente, todos, salvo Rosa y Ginger salieron en tropel por la puerta.
   En efecto, el coche de la tía de Mayra, estaba parado frente a la fachada de la casa de Ginger, tenía el motor prendido, y la mujer les saludaba desde el interior. Mayra corrió hasta él, y les abrió las puertas traseras a sus amigos, no sin antes volverse a mirar a Ginger. Mau también le miraba. Ellos dos eran los únicos que no habían subido al auto.
   Rosa y Ginger les miraron sin decir nada. Parecía que se iban a quedar todo el rato así, hasta que Mauricio carraspeó.
-te veo en la escuela… Rosa…-luego se volvió a Ginger-gra-gracias por invitarnos a tu casa…
-muchas gracias…Ginger-dijo Mayra y aunque las otras dos chicas no dijeron nada, ni falta hizo.
   Con un gesto se despidieron, y entonces subieron al auto de Evelin Castañeda.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Capítulo 3: Aquellos primeros meses del 2003.



III
Aquellos primeros meses del 2003


La escuela se tornó cómo algo aburrido y delegado a segundo grado para Mauricio Silva, últimamente había estado muy pensativo y a veces se descubría mirando a Mayra absortamente cada vez que tocaba la campana para salir al receso y todos ellos se juntaban.
   El grupo se había cerrado definitivamente, Mauricio y Julian se habían hecho inseparables hasta lo que llevaban de año escolar, mientras que Rosa parecía distribuir su tiempo con los chicos a los que adoraba con toda su alma, según ella, y su grupito de amigas chismosas y bobas. Mayra y Betty siempre frecuentaban al grupo, ya que Mayra no podía estar lejos  de Mau.
   Así que básicamente sólo eran ellos, porque Daniel prefería pasarla con Gabriel y Roberto Cisneros, haciendo maldades y acosando chicas de todas las edades, eso sin contar los múltiples problemas en los que se habían metido. Pero nada de eso impedía que Daniel siguiera yendo a casa de Mau o de Mayra para jugar videojuegos, ver tele y gorronear botanas y comidas.
   Pronto llegaron las vacaciones de diciembre y las clases se suspenderían durante casi tres semanas en las que Mauricio aprovecharía para alejarse lo más que pudiera de la puta escuela y pasar más tiempo con su familia y amigos, en especial con Mayra.
   En realidad, ninguno de los chicos saldría de la ciudad, que se ponía más fría que el culo de un pingüino durante el otoño y el invierno.
   Para Mauricio, las cosas cambiarían, mamá Vero les había dicho a sus hijos que el abuelo Mario, quería conocer a sus dos nietos más chicos: Jenny y Joaquín. Aquello significaba que los Silva de Anda podrían irse de vacaciones a Monterrey, con todos los gastos pagados.
-¡no cuentes conmigo!-había gritado Ángel Silva padre cuando escuchó aquello, para la desgracia de Mauricio, Mayra había estado comiendo con ellos esa tarde y pudo presenciar la feroz pelea que Verónica de Anda tuvo con su marido.
  Para Ángel Silva padre, era incoherente hablar de visitar la tierra natal de su esposa, simple y sencillamente porque su suegro le odiaba y el sentimiento era mutuo. Desde que Verónica se embarazó de ese patán futbolista, don Mario de Anda había vetado a su hija de su casa y por supuesto que le había desheredado. Sin embargo, unos meses después de que naciera Mauricio, don Mario se presentó en casa de los Silva para conocer a sus nietos. Antes de eso, su yerno le recibió con un puñetazo.
   Luego, Verónica y su padre estuvieron en contacto durante un tiempo hasta que nació Jenny. Ángel le prohibió al abuelo materno visitar a la bebé, llamándolo “viejo puto”
   Eso provocó que se volvieran a romper los lazos de Vero con su familia y los abuelos maternos no volvieran a ver a sus nietos, así que no conocían a Jenny ni a Joaquín.
-tus hijos tienen derecho a conocer a sus abuelos…
-mis hijos ya tienen abuelos.
-no te hagas el listo…
   Entonces Ángel se levantó de la mesa.
-pues vete, ojalá que tu pinche padre te pueda conseguir un puto esposo con dinero, porque yo estoy jodido, ¿verdad?
   Luego, Verónica se atrevió a invitar a Mayra al dichoso viaje que harían a la capital de Nuevo León.
-sería un placer, le pediré permiso a mis tíos, pero seguro que no habrá problema-dijo la niña ante la mirada atónita de Mau, quien no deseaba tenerla cerca, pero estaba tremendamente feliz de poder ir a su lado a ese viaje que, dicho sea de paso, no deseaba hacer.
   Los boletos del camión llegaron por correo, cortesía de don Mario De Anda el 15 de diciembre, con fecha de salida para el 20, el día que saldrían de vacaciones todos los mocosos de la escuela.
-cómo desearía viajar en avión-protestó Fernanda al regresar de la escuela y empezar a preparar su equipaje.
   Sólo estarían hasta el 23 por la noche, debido a la pelea entre mami Vero y papi Ángel, ya que ella quería pasar la nochebuena con los señores Silva, sobretodo, para no aumentar más la ira de su marido.
-si el abuelo paga todo, deberíamos ir en avión.
-ya sabes que a Mau le dan miedo-espetó Jenny, toda inocencia y lindura mientras se reía en la cara de su hermano mayor.
-cállate, no es que me den miedo…
-te dan miedo y punto-atajó Fernanda y no hablaron hasta que don Luciano estuvo listo para llevarlos a la terminal. Ángel padre ni siquiera salió a despedirlos.
   Iban apretujados en la destartalada camioneta de don Luciano, pero iban felices. Cuando pasaron por Mayra a su casa, Mau sintió nauseas por alguna razón.
-cuídate, mi cielo, no te separes de Verónica ni de Mau-así se despidió su tía. Luego siguió a Fer para subir al auto.
-veo que tu papá no fue, después de todo-dijo Mayra.
-sí, cuando te cases con Mau, sabrás cómo es de cerrado, mi papacito…
   La hermana mayor se dio cuenta del gesto crispado que hizo Mayra.
-¿no son novios?, ¿no andan?
-no, Fer, Mau y yo sólo somos amigos…
   Fer rio antes de subir a la camioneta.
-cierto, perdón, seguro que todavía no les interesa eso…
-bienvenida, Mayra, cariño, qué bueno que pudiste venir-saludó Verónica al verla.
   Subió a bordo con una pequeña maleta marrón y se apretujó en la parte de atrás, con Mau, Jenny y Fernanda.
-muchas gracias por invitarme, señora, estoy contenta de poder ir con ustedes.
-¿sólo llevas una maleta?-cuestionó Jenny con su vocecita inocente pero engañosa.
-sí, serán pocos días, ¿no?-May miró a Mau.
-¿ya viste, Fer?, Mayra no exagera-dijo Jenny con una risita.
-llevas como veinte maletas, para los pocos días que estaremos ahí-le apoyó Mau y la pequeña Jenny volvió a reír.
-es por pura precaución, ¿Qué tal si los abuelos se avergüenzan de ver que casi no tenemos ropa?
-qué tontería-dijo Mau, quién no recordaba a los abuelos maternos. La última vez que los había visto, era sólo un bebé.
-dejen de pelear, por favor, ¿qué va a pensar Mayra?-espetó la voz dulce y severa de Verónica desde el asiento del copiloto.
-pon un poco de música, abue-pidió Fer desde atrás.
-cómo desees, preciosa-don Luciano colocó un disco y pronto se empezaron a escuchar los Creedence, Mauricio disfrutaba de aquella música, pero Fernanda se tapó los oídos, arrepentida de haber abierto la boca.
   En la terminal, don Luciano y Verónica se despidieron, el viejo Silva le daba sus bendiciones y toda la razón al querer ir con sus padres y haciéndole saber que su hijo tenía la cabeza llena de mierda.
   Al subir al autobús, cómo era de esperarse, Mauricio y Mayra se sentaron juntos, cambiándose de boleto entre todos los integrantes de la familia Silva. Fernanda con Jenny y Joaquín con su mamá.
-qué cosas, ¿no?-inquirió Mauricio con un leve rubor al sentarse junto a Mayra, pues sin querer había fijado su vista en el pecho de Mayra. Quizá fue su imaginación, pero aquellas dos protuberancias estaban más grandes de cómo las recordaba.
-¿qué?-la niña volteó a verlo fijamente, con una sonrisa.
-nada, sólo digo que…que estamos haciendo otro viaje más, juntos. ¿Te acuerdas de ese viaje a Ixtapa en cuarto año?
-ajá, fue muy divertido, la verdad es que no me quería ni regresar, esas albercas fueron lo mejor de esa época.
-y que lo digas… en fin, creo que deberíamos dormir, van a ser casi diez horas de viaje.
-eso es lo atractivo, ¡tenemos mucho tiempo para platicar!
   A Mauricio no le hacía pizca de gracia, pero no quería desdeñar el ímpetu de su amiga y tuvo que sonreír, aunque fue incapaz de decir algo.
   Mayra estuvo hablando durante casi media hora, mientras que Mauricio sólo escuchaba. Era un dulce infierno, porque no podía dejar de mirar sus pechos. Sus senos. Entonces se estremecía.
   Mayra era una chica astuta y Mauricio admiraba más que nada su inteligencia, pero por encima de ello, su intuición femenina. La niña supo de inmediato que algo pasaba y guardó silencio.
   Suspiró, el camión no iba silencioso y se podían escuchar algunos niños reír, hablar y dar la lata a sus madres y padres, con el pequeño Joaquín sumado a estos, por supuesto.
   Mayra dijo algo, pero Mau no la escuchó bien.
-Mau…
-quizá deba…
-¿dormir?
   Ambos vacilaron, pero para entonces, Mayra le observaba fijamente y su rostro estaba demasiado cerca del suyo, casi podía sentir el aliento de ella en sus labios. Un aliento fresco y dulce que fácilmente podía envolverlo en muchas fantasías.
-¿qué… pasa?-jadeó él.
-¿te gustaría besarme, Mau-Mau?
-¿qué…?-con toda seguridad estaba soñando o algo, pero la lengua se le trabó y ante eso, ni siquiera ella le dio una oportunidad de prepararse.
   La niña le besó en los labios, aunque estrictamente no podía llamarse beso, fue algo muy parecido. Sus labios se juntaron brevemente, llegando a fusionar el aroma de sus alientos al abrir la boca y luego, con mucha torpeza se separaron.
-no sé-le susurró ella, notando que desde unos asientos adelante, Fernanda los miraba embelesada y morbosa.
-no… sabes… ¿qué?-Mau comenzó a sudar, si bien le iba, le daría un ataque de asma y moriría en ese momento, algo mil veces mejor que estar ahí, con todas las tripas hechas una mierda, literalmente.
-es que… Fernanda me dijo algo que… bueno… me hizo pensar, ¿y si fuéramos novios, Mau-Mau?
-¿novios?-Mau se atragantó con su propia lengua, le pareció haber recibido un puñetazo en los testículos también.
-sí, ya sabes, novios cómo en las telenovelas, ¿te gustaría?
   Mau respiró con fuerza, la garganta ya empezaba de puta. Sacó su inhalador y se dio una dosis, sólo quería que Mayra se callara y le dejara dormir en paz. Pero ¿qué debería decirle?, debería decirle que se callara aunque muy en el fondo ya sabía la respuesta a esa pregunta, ¿qué si le gustaría?, joder, pues era más que obvio… ¿pero cómo le dejaría eso?, ¿qué pensarían sus hermanos de eso?, ¿su mamá? En la primaria te enseñaban que las niñas tenían roña y eso de tener novia era una mamada, aunque él siempre hubiera estado lleno de roña y fuese tachado de maricón, por jugar con una roñosa niña.
   Si aceptaba tener novia, su ego de niño podía ser sumamente dañado. Además, Mayra era cómo su hermana, uno no podía ser novio de su hermana, ¿verdad?
-¿cómo para qué?-cuestionó Mau, recuperando la respiración.
-no sé, para saber qué se siente, creo, eso de los besos…
-no…-casi gritó-no… Mayra… sólo somos amigos… qué tontería…
-tienes razón, es una tontería-Mayra le abrazó y se acurrucó en sus brazos-perdóname, es que me pareció que eso… bueno, no tiene importancia, mi tía dice que eso del noviazgo llega con el tiempo y no se tiene que forzar.
    “Pues bendita sea tu tía, carajo”, pensó Mau ante la molestia que le provocaba tener a Mayra en sus brazos, cuando antaño, era lo más dulce que pudiera pedir… es decir, seguía siéndolo, pero algo había cambiado y no sabía qué.
-será un viaje largo, entonces deberíamos dormir, ¿no, Mau-Mau?-ella le besó la mejilla y se recostó en su hombro. Mauricio sintió cuando se durmió, habían transcurrido casi tres horas y él no podía pegar un ojo. Algo en su interior estaba revolviéndose y respirar la deliciosa fragancia del pelo de Mayra, empeoraba aquel mal que lo aquejaba, estaba enfermo, pero no podía discernir exactamente qué tipo de enfermedad podía tener. Ojalá fuera un cáncer incurable o algo así.
   Pero entonces, tras varias horas de viaje, llegaron a la casa de los abuelos en San Pedro Garza por la madrugada. Un chofer les llevó de la terminal hasta la modesta pero lujosa casa de los padres de Verónica De Anda que habían comprado hace tan sólo un par de años, en lugar de la mansión en la que creció la madre de Mauricio y su desaparecido hermano, en las afueras de la ciudad.
   Los recibió doña Jennifer y una criada. Más tarde, don Mario apareció en bata de dormir mientras sus nietos e hija desayunaban.
-así que este es el bebé que conocí en México-dijo don Mario con su fortísimo acento regiomontano al ver a Mauricio. El chico se levantó cómo si tuviera chinchetas en su silla y encaró a su abuelo.
   Era un hombre imponente, pero sólo en el porte pues no era ni la mitad de corpulento y alto que don Luciano Silva. Sin embargo, su voz, su andar y hasta su sola presencia podían hacer que cualquiera doblara las manos y acatara las órdenes de aquel hombre maduro que no era un anciano pero ya le pintaban las canas en la cabeza.
-hola… señor…
-dime abuelo, muchacho…-don Mario le vio y para pesar de Verónica, hizo un gesto de molestia al ver la mayor parte de facciones de su fracasado padre en él.
   En cambio, al observar a Jenny y a Joaquín, su decepción cambió. Los dos hijos menores de Verónica eran más parecidos a ella, eran rubios y aunque Joaquín tenía los ojos negros de su padre, Jenny los tenía cómo los de Mauricio, entre marrones y escarlata, un color más parecido al color miel de su madre… o al menos no, del color mierdoso que pintaban los de Ángel padre, en opinión del receloso abuelo.
-vaya, qué hermosura tenemos aquí-dijo al ver a Fernanda-toda una mujer, estás preciosísima.
-gracias, abuelo, tú también te ves muy bien.
-¿para mi edad?, claro-el señor rio, y se volvió a Jenny-igualita a ti, Verónica, mira esa cara tan hermosa y esos cabellos rubios. ¿Cómo te llamas, pastelito?
-Jennifer, señor…-contestó la niña con timidez.
-cómo mi señora esposa, que buena elección de nombre, Verónica-su hija no dijo nada, pero instó a Joaquín a que se presentara con su abuelo.
-abuelo, yo soy Joaquín…
-ajá, mírate, tienes el porte de un De Anda, fuerte y atractivo.
-¿dónde está Ángel?-preguntó doña Jennifer mientras se sentaba al lado de Mauricio y le revolvía el cabello.
-Ángel decidió quedarse, madre…
-me refiero a mi nieto, ¿Por qué no vino?
-está en un seminario, por ahora vive en Toluca con uno de los hermanos de su padre.
-¿un seminario?, ¿seminario de qué?-masculló el abuelo, sentando a Joaquín en sus piernas.
-católico-respondió Verónica con cautela, cómo si temiera la reacción de su padre.
-te lo dije hace unos días, querido, nuestro nieto se va a convertir en cura-asintió doña Jennifer.
-que desperdicio, creo que eso de ser cura es para los cobardes y los fracasados, aunque no me sorprende, teniendo el padre que tiene.
   Por alguna razón, Mauricio sintió un poderoso deseo de tirarle el café a la cara, pero se controló al ver la misma indignación en el rostro de su madre.
   Luego de desayunar, se cambiaron, se ducharon y durmieron un rato, ya por la tarde, se prepararon para salir al rancho de los De Anda, no muy lejos de la antigua mansión que ahora rentaban como hotel. Durante ese tiempo, Jennifer, Fernanda, Joaquín y hasta Mayra, recibieron un trato generoso y consentidor del abuelo. Antes de salir de la casa al rancho, las tres chicas ya eran quinientos pesos más ricas y Joaquín poseía más juguetes y una consola de videojuegos que su padre le había estado negando por la falta de dinero.
   A Mauricio no le hacía falta tanta inteligencia para saber que su abuelo jamás le querría al igual que a Ángel, los dos eran varones y casi idénticos al fracasado de su padre… Fernanda también, pero era mujer y casi siempre los papás y abuelos tienden a sentirse atraídos por sus hijas y nietas, más que por sus hijos y nietos.
   Sólo doña Jennifer se acordó de consentirlo y darle para sus “chuchulucos”. Ya en el rancho, jugaron futbol, montaron a caballo y se bañaron en la piscina de los abuelos.
   Mauricio no era afecto a meterse a cualquier sitio que tuviera agua, pero tampoco lo despreciaba, incluso teniendo en cuenta las fallidas clases de natación en las que casi se ahoga. Además, ver a Mayra enfundada en un ajustado traje de baño azul de una sola pieza, le hizo sentir un cosquilleo en el estómago, sus senos se veían maravillosamente bien, parecían más grandes con esa indumentaria y por supuesto que Mauricio no dudó en meterse al agua. Estaba cómo hipnotizado.
   Los chicos comenzaron un juego acuático tan pronto su abuela, les lanzó varias pelotas e inflables para divertirse, Fernanda en cambio, se quedó a la orilla con los pies en el agua mientras devoraba una pila de sándwiches cortados a la mitad y bebía de una enorme y fría jarra de jugo de naranja.
   Ni lento ni perezoso, se acercó a Mayra.
-te ves… bien…-musitó él, al verla tan cerca, era cómo un sueño.
-gracias, tú igual-asintió ella, con sus chapitas encendidas cual braseros. Entonces se metió a la parte profunda con Jenny y Verónica-anda, alcánzanos.
   Mau quiso hacerlo, pero había abandonado las clases de natación antes de poder aprender a meterse a lo profundo, aunque claro, no podía dejar que su miedo fuera tan evidente, y menos frente a Mayra. Así que se metió, pero tan pronto empezó a sentirse dentro, decidió que mejor sería regresar, parecía que su traje de baño estaba más apretado y claramente lo estaba molestando.
   Mayra jugaba con Verónica y Jenny, Joaquín chapoteaba en la parte menos profunda y Fernanda comía glotonamente en la orilla. Él debería salir y echarse a correr, porque de repente sentía muchas cosas raras que no había experimentado nunca antes en su corta vida. Fue cuando Jenny se acercó y le lanzó a la cara una de las pelotas de hule, provocando las carcajadas de todos.
-¡maldición!-masculló y salió del agua, pero cuando se volvió, las carcajadas cesaron abruptamente. Fernanda tenía en la mano un sándwich a medio comer, luego se puso roja y retiró la mirada de Mauricio. Joaquín parecía extrañado y no dejaba de mirar a su hermano mayor, mientras que Mayra tenía los ojos muy abiertos. Jenny reía y Verónica avanzaba hacia él con cierto bochorno.
-mami, ¿qué tiene Mau en su…?
-cállate-dijo Verónica.
   Entonces, el chico se dio cuenta de qué estaba pasando. La parte baja de su traje de baño, estaba considerablemente hinchada. Aquel bulto se movía extrañamente y le provocaba un placer díscolo, jamás antes experimentado.
-ven, cariño, vamos a las regaderas-su madre le colocó una toalla en la cintura, a modo de que ese extraño bulto dejara de verse y sus movimientos dejaran de espantar a las chicas presentes, Mauricio estaba en shock, no sabía qué estaba sucediendo y sólo siguió a su madre cómo un autómata.
   Su madre le llevó directamente a las regaderas. Su expresión era severa y no le gustaba.
-¿es la primera vez, mi amor?-dijo con una tonalidad entre suave y dura.
-¿de qué… de qué… de qué…? ¿De qué hablas?
-de tu pene, ¿es la primera vez… que hace eso?
-yo…yo…yo…-comenzó a estremecerse, esa palabra la conocía, aunque vagamente y le sonaba igual de vulgar que “senos”
-tranquilo cielo, no estoy enfadada, eso es normal que te pase, sólo te estoy preguntando si es la primera vez que… se para.
   Sin poder mirar a su madre y tampoco a ese bulto en su bañador, asintió, todavía temblaba pero hasta el momento no tenía síntomas de asma.
-bueno, déjame entonces ayudarte, Dios ¿dónde está tu padre cuando se le necesita?-masculló ella, le abrió el bañador y comenzó a echarle agua helada de las regaderas-ahora métete y deja que te cubra el agua, a lo mejor no te funciona siempre, pero creo que…
   Entonces se soltó a llorar.
-tranquilo, mi cielo, no es para que te pongas a llorar, ya te dije que es normal y te vas a tener que acostumbrar de ahora en adelante, te pasará en ciertas ocasiones… y creo que deberías estar orgulloso, pues cómo observadora objetiva… heredaste mucho de tu padre-ella sonrió, pensando que podría arrancarle una sonrisa, pero lo cierto es que Mauricio no entendió nada y siguió gimoteando cómo una niña.
  Por eso, su madre le colocó la toalla en los hombros, aunque se le partía el corazón por no poder abrazarlo y llenarlo de mimos, pero tenía claro que su hijo ya no era un bebé y ese incidente le recordaba más que otra cosa, que ya no podía seguir tratándolo como tal. Tan sólo le dio un beso en la frente y le secó el cabello, luego comprobó disimuladamente que la erección hubiera desaparecido. Así fue.
-mira, si te hace sentir mejor, puedes regresar al cuarto, no es necesario que vuelvas con nosotras. A menos que quieras hacerlo.
-no, no quiero volver, me voy al cuarto.
-pues ve, mi amor, cámbiate y duérmete un rato, te veo luego, ¿bien?
   Mauricio no dijo nada, continuó secándose un rato y después se fue a la casona del rancho, pero su madre no volvió con los demás hasta que él se le perdió de vista.
   Llegando al cuarto en que se quedarían esa noche en el rancho, se cambió y luego se durmió sin darle muchas vueltas al asunto. Pese a tener muchas cosas en la cabeza, no quería ahondar en ellas, tenía molestias en la garganta y quizá invitar al nerviosismo también sería una invitación abierta al asma, así que se durmió con el inhalador en las manos, apretándolo, dándose seguridad de alguna forma.
   No supo cuánto tiempo pasó pero se despertó al sentir una presencia en su cama. Al levantarse, descubrió a Mayra, acurrucada junto a él. Estaba vestida con ropa común pero no llevaba calcetas, su cabello lucía húmedo y de toda ella emanaba un delicioso aroma a rosas.
   Su corazón comenzó a latir desesperadamente, entonces ella se despertó también.
-hola…
   Sin embargo, Mau saltó de la cama y retrocedió cómo un animal acorralado.
-tranquilízate, tu mamá me dijo que te afectó mucho lo de tu pene…
-¡cállate!, cállate-y se tapó la boca infantilmente.
-Mau, lo que te pasó es normal, estoy preocupada porque puedas pensar que es algo malo.
-¿y tú qué sabes?-masculló él con violencia.
-¿te acuerdas cuando me tocaste mis… senos?, es lo mismo, mira-ella bajó de la cama y le sujetó de las manos. Aunque Mau se resistió, al final se doblegó ante su voluntad y regresó con ella a la cama.
   Ella le miró, estaba serena y muy preciosa, pero se notaba nerviosa y sus mejillas rosadas estaban más que encendidas.
-eso que te pasó, se llama “tener una erección”
   Mau se atragantó, entonces se dio cuenta de que no tenía el inhalador en las manos. Aquella palabra le hizo recordar los mítines a los que solía acompañar a su abuelo para apoyar al PRD.
-¿sabes?-cómo él no contestó, ella prosiguió, nerviosa y sonrojada-mi tía dice que les pasa a todos los niños cuando empiezan a crecer y se van a convertir en hombres muy pronto. Tú estás creciendo, ¿me entiendes?
-¿y… cómo sabes eso?
-mi tía me ha estado enseñando muchas cosas… mi tío está un poco escandalizado pero ella me dice que son cosas que tengo que saber, eres más que mi amigo, más que un hermano para mí y por eso quiero que sepas estas cosas, no quiero que seas un ignorante-entonces consiguió arrancarle una sonrisa.
-sólo un poco… y sigo odiando que te creas la sabelotodo-musitó él y de esa forma le abrazó. Comenzó a hacer algo que ella o él solían hacerse cuando estaban en la primaria. 
-“cuando sientas que/todo el mundo te juzga y te mira/recuerda que siempre seré tu amiga/y tú y yo estaremos juntos/cuando caigan las pirámides y viajemos en naves espaciales/siempre estaremos juntos/mi querido Mau/mi querido niño…”
-“querida niña/mi querida Mayra”-le completó Mauricio aquella canción que inventaran durante sus horas de persecución de monstruos de closet y sueños infantiles.
-¿te acordaste?
-sí, me acordé… así cómo siempre me acordé de ti cuando estábamos lejos, en esos momentos me daba mucho miedo que me fueras a olvidar y ahora estos cambios también me dan miedo… porque no quiero que me vayan a alejar de ti, ¿me entiendes?
-eres una tonta si piensas eso… jamás me voy a alejar de ti aunque te estuvieras convirtiendo en un calamar gigante-ambos rieron desganadamente. Luego se quedaron mirando en silencio. Mauricio jamás sabría porque hizo lo que hizo, pero luego de unos segundos, le dio un beso en los labios.
-Mau-dijo ella, un poco ruborizada-prométeme que nunca dejarás de ser mi hermano postizo.
-te lo prometo por mi vida.
   Luego se acostaron y se quedaron dormidos.

Cuando tocó regresar a la capital, casi nadie habló de lo sucedido, excepto Fernanda que no lo dijo con todas sus letras pero le hizo saber a Mauricio que estaba enterada de su primer brote de madurez y eso le provocó nauseas durante el trayecto de vuelta a casa peor que si hubieran vuelto por avión.
   Sin embargo, al llegar a la ciudad y haber olvidado casi todo lo sucedido, Mau sentía que podía tener más valor con Mayra, algo se había renovado y aunque no sabía exactamente qué, si su confianza en él mismo o en la amistad de Mayra era algo que le causaba una felicidad extraña, dulce.
   Luego de eso, siguieron las fiestas de diciembre, pero los chicos no se volvieron a ver hasta que reiniciaron las clases en enero, poco después del día de reyes.
   Esa mañana, Mauricio se despertó ante los gritos eufóricos de Jenny y Joaquín. En la mini sala, sus padres desayunaban tamales y Fernanda se medía unas blusas y unos zapatos nuevos, se veía ridícula y adorable al mismo tiempo con su pijama y aquellos zapatos de mujer más, que de adolescente.
   Mau observó los regalos que aquellos reyes de oriente dejaron en su casa, bajo el pequeño árbol de navidad. Se trataba de un libro de mitología griega, además de ropa interior y varios dulces.
-mira, Mau, lo que te trajeron los reyes-vociferó el pequeño Joaquín con su inocencia pura y fue a darle sus regalos.
   El chico los miró e intentó sonreír aunque no lo consiguió, desde hacía un par de años, había descubierto la verdadera identidad de los famosos Reyes Magos pero no había tenido el valor para hablarlo con sus padres. Ahora debería ser más fácil hacerlo, en teoría pues ya no se sentía dolido por el colosal engaño paterno cómo la primera vez, pero suponía que de cierta forma, a sus padres y hermanos menores, seguía haciéndoles ilusión aquella tierna farsa.
-mira, Mau, es un libro de monstruos griegos y leyendas-dijo su madre, sorprendida-ese no lo has leído, ¿verdad?
  Mau negó y se apartó de sus hermanos pequeños.
-mamá…
-chavos, sus abuelos dicen que les trajeron allá también-intervino su padre, intentando armar una autopista que Joaquín y él luchaban por colocar en el pequeño espacio de la sala.
-¡vamos!-chilló Jenny fascinada.
-vamos, Mauro, ve a ver que te trajeron con tus abuelos-insistió su padre con una sonrisa.
-vamos cielo…
   Pero Mau no se movió.
-mamá… yo…
  Verónica se quedó quieta, al parecer ya sabía lo que estaba pasando.
-lo sé…
-mmm-masculló su padre.
-¿lo sabes?, ¿qué sabes?
-todo esto… no se hagan… de todos modos, gracias, me gustaron mucho mis regalos.
-agradécele a los reyes, chamaco-Ángel Silva se puso incómodo y decidió dejar la autopista de juguete.
-de nada, cariño-dijo Verónica con cierta decepción, aunque sonreía de todos modos.
-ya, no hagas panchos, si no, el año que viene no te van a traer nada-se burló Fernanda con cinismo, una vez que Jenny y Joaquín habían salido de la casa.
-y a ti tampoco, si sigues así-recriminó Verónica.
-perdón, mami… me gustaron mucho mis zapatos. 
   Mau abandonó la casa, pero nada más acercarse a la puerta de los abuelos, comenzó a escuchar un alboroto al otro lado. Al entrar, intuyó que se trataba del escándalo de sus hermanos por los nuevos regalos del día de Reyes, pero se equivocaba.
   Jenny y Joaquín parecían estar pegados cómo lapas a un jovencito bastante alto aunque un poco más delgado de lo que lo recordaba.
-me encanta lo cariñosos que son mis hermanitos-dijo Ángel hijo cuando vio a su hermano sándwich parado en el umbral de la puerta contraria a él-¿y tú qué, Mau, no me vas a saludar?
-Ángel… ¿qué estás haciendo aquí?-Mauricio le dio un abrazo rápido y aunque no podía ocultar lo feliz que estaba, se puso serio.
-pues quise venir a ver  mis hermanitos, ¿no puedo?
-claro que puedes, Angelito, pero creo que tus papis se van a infartar-dijo su abuelo a su lado-seguro que ni se lo imaginan.
-pero ¿y el seminario?-cuestionó Mauricio fingiendo inexpresión.
-bueno… de eso vine a hablarles también, abuelo, ¿me acompañas a ver a mis papás?
-pos claro, hijo.
   Mauricio pensó que no sería propio expresar sus pensamientos de ese momento, quizá su hermano volvería a casa para quedarse y eso era mejor que cualquier regalo de día de Reyes.
   Ángel entró a casa con naturalidad, ni siquiera intentó sorprender a nadie cuando cruzó la puerta. Sus padres  seguían en la sala, mamá con pijama y pantuflas de oso, y papá en playera y calzoncillos cuando el primogénito entró. Su abuelo se quedó en la entrada, se había puesto a fumar y por eso prescindió de entrar.
   Ambos le vieron atónitos, casi como si hubieran visto un fantasma, pero sólo Verónica se levantó, extasiada y al borde de las lágrimas se echó a los brazos de su hijo.
-mi amor, mi amor, ¿qué pasa?, ¿Por qué estás aquí?-Verónica no dejaba de darle besos y apapachos. Su marido se levantó y entró al cuarto conyugal sin decir palabra.
   Mau, por su parte, esperó a que su madre y hermano terminaran de besuquearse.
-mamá, no tengo mucho tiempo, me escapé y mi tío hizo algunos sacrificios para traerme.
   Verónica tragó saliva con nerviosismo.
-¿él vino?
-¿mi tío?, sí, pero decidió hospedarse en un hotel, mañana regresamos a Toluca y no quiso causar muchas molestias aquí a los abuelos.
   Verónica adoptó un semblante más calmado y llevó a su hijo a sentarse en el sofá. Mau permaneció parado en dónde estaba.
-bueno, pero ¿Por qué has venido?, ¿te pasa algo?, ¿te sientes mal o algo?
-mamá, los extrañaba mucho, eso es cierto, pero estoy bien, no te preocupes-Ángel le besó la frente y acarició sus manos para tranquilizarla, entonces le lanzó una mirada alegre a Mauricio.
-pues si nos extrañas tanto, deberías venir más seguido-replicó Mau.
-Mau, qué más quisiera pero no me gustaría estar molestando a cada rato a mi tío con el pasaje y todo eso… además, les hablo por teléfono y le envío mensajes a Fernanda.
-no es igual.
-¿entonces?-Verónica respondió a las caricias con más de ellas y miró a su primogénito, expectante.
-mamá… ¿cómo empezar?, bueno, en el seminario surgió una oportunidad única que debo decir que se debe en gran parte a mi tío Mauricio.
-igual que por él lograste entrar-dijo Mau con amargura, sintiendo por un momento un extraño rencor hacia su amado tío al que debía su nombre de pila.
-ajá y bueno… existe esta posibilidad de que me vaya a estudiar al extranjero, al mismo tiempo que hago labor social y termino mi formación religiosa. En pocas palabras, es cómo si me estuvieran ofreciendo ser misionero. Algo que he soñado por mucho tiempo.
   Mau y Verónica se quedaron atónitos por un momento, aquella información estaba siendo procesada con mucha lentitud, aún les parecía estar escuchando sus palabras y estas se repetían una y otra vez.
-¿misionero?, ¿cómo es eso, cariño?-carraspeó Verónica y se acomodó en su lugar. Mau parecía rígido.
-No es ser misionero… pero sí trabajar muy cerca de ellos. Mira, el nuncio Pedro, es un señor que pesa mucho por allá, es español y amigo de mi tío, él me recomendó con un tal padre Spencer, creo que es gringo pero este padre tiene un proyecto aprobado por el Vaticano que busca jóvenes que quieren ser sacerdotes y aman a Dios con el fin de servirle, ayudando a otros, mientras continuamos nuestra formación y estudios.
-parece una gran oportunidad, mi amor…
-es que lo es, mamá, se me está dando la posibilidad de ayudar a otros mientras cumplo aquello para lo que vine a este mundo, ya sabes que no quiero nada más que servirle al señor, a nuestro padre universal.
-¿estás completamente seguro que quieres eso?
-por supuesto, sólo quería avisarles… y saber qué piensan.
-pues lo único importante es lo que tú quieras, cariño.
-pues quiero hacerlo, quiero ir… ¿me apoyan?-miró a Mau y a su madre alternadamente.
-al ciento por ciento-Verónica sonrió y le dio un fuerte abrazo. Una madre siempre apoyaría a un hijo aunque este estuviera convencido de que embarrarse de mierda de puerco serviría para hacerlo más atractivo ante las mujeres, no había duda de eso, pero para Mauricio, las madres tendrían que imponerse y no dejarlos hacer tantas estupideces, en especial porque en efecto él creía que aquello que deseaba su hermano, era una reverenda y providencial estupidez.
-pero ¿adónde te irías?-preguntó su madre.
-eso no lo sé, el tal padre Spencer dice que sería en zonas de mucha marginación en países de extrema pobreza, aunque me parece que es una lástima que no sea aquí, en México, dónde se necesita demasiada de esa ayuda humana y espiritual. ¿No creen?
-pues no-intervino Mau-esas son mamadas, la gente no debería de tener tantos hijos sin son pobres.
-¡Mauricio!-su madre alzó la voz y le miró fulminantemente.
-es la verdad… ¿ustedes les van a dar de comer y a trabajar por ellos mientras se revuelcan en su inmundicia?- Ángel estaba mudo.
-nosotros no somos precisamente ricos, ¿de dónde sacas semejantes burradas?-Vero también estaba sorprendida pero no podía ocultar su rabia repentina.
   Ardía en deseos de ello, pero Mauricio no podía decirle también, que pensaba igual que su padre, y que la religión sólo amedrentaba a la familia y en ese caso separaba a un ser valioso y querido del resto.
-Mau, no los voy a dejar…
-pues a mí qué me importa, eres cómo papá y su futbol, no les importa nada más que aquello para lo que supuestamente nacieron.
   Temblando de rabia, Mauricio se retiró, pensaba salir de casa para no tenerles que ver la cara, pero sus pies le traicionaron y mejor se encerró en su cuarto. Una vez ahí puso el seguro improvisado y se puso a llorar en silencio.
   En febrero, Ángel habló por teléfono un día antes de salir de México,  se despidió de todos, excepto de su padre y de Mauricio. El hermano de en medio no quiso hablar con él, aún se sentía furioso y ni siquiera Mayra había sido capaz de bajarle la ira que sentía con el primogénito Sin embargo, por lo que llegó a escuchar, Ángel se embarcaría a un viaje al África en compañía de otros seminaristas, curas recién investidos y algunas monjas de distintas nacionalidades, además del tío Mauricio quien prometió no dejarlo sólo hasta que tuviera la certeza de que iba a estar bien.
   Llegó a arrepentirse de haberle dejado de hablar a Ángel, no quiso demostrarlo porque ni en su cumpleaños logró sacarse la amargura. Pero ¿qué se podía hacer? Ya en mayo, él, Mayra, Daniel y Betty habían ido a ver una película estelarizada por Keanu Reeves. Pasaban de las cuatro poco antes de que finalizara la película cuando Mauricio abandonó la sala de cine.
   Mayra y Betty miraban atontadas al protagonista mientras que Daniel ligaba con una muchachita un poco mayor que él, en los asientos de atrás. Se tropezó con las escaleras y cayó estrepitosamente, sus gafas fueron a dar hasta la puerta de salida y entrada, dónde una de las empleadas las recogió aunque reía burlonamente.
   Mau se levantó, furioso y apenado a la vez.
-toma, se te cayeron…-la chica, joven y guapa se las entregó pero Mauricio se las arrebató sin mucha educación.
-¿de qué te ríes?-masculló Mauricio y pasó de ella.
   Al salir de la sala, se puso las gafas y luego sacó el inhalador. Mientras se daba una dosis, una mano lo tocó en el hombro y aunque estaba dispuesto a responder iracundamente, no se movió hasta escuchar una voz.
-¿te sientes bien, Mau?-la dulce voz que parecía sacarlo de todas sus pesadillas y miedos, entró por sus oídos y se clavó en lo más hondo de su ser. Pero de todos modos se apartó de ella.
-Mayra…
-saliste sin avisar, ¿no te gustó la película?
-no…-ella vio su inhalador.
-¿un ataque?, ven quizá deberíamos comprar algo de beber…
-ya te dije que sólo traje para el boleto
-y ya te dije que yo te disparo lo que quieras, pero últimamente has estado de cascarrabias, ¿qué te pasa?, ¿sigues así por lo de Ángel?
   “Por Ángel, porque no puedo salir a divertirme con mis amigos por ser relativamente pobre y porque me siento enfermo en tu presencia y no sé por qué” Pensó en decirle aquello, pero su boca se cerró cómo una caja fuerte y apretó los dientes. Luego respiró.
-mira, perdón pero ni yo mismo sé que me pasa estos días.
   Mayra sonrió, pensando que ella se había comenzado a sentir así desde que la menstruación le había saludado por primera vez.
-¿qué es la menstruación?-preguntó Mau y ella le miró extrañada, luego se puso muy roja y sus mejillas casi brillaban cómo focos de navidad.
-luego te digo, ven, vamos a la dulcería.
   Mauricio desistió y se dejó llevar a la dulcería. Terminaron comprando un gran vaso de refresco, dos helados para ellos, un chocolatote para Mayra y dos perritos calientes para Daniel y Betty. Pero por alguna razón, no regresaron a la sala y se sentaron a comer sus helados en una de las mesitas de la dulcería.
-sé que te duele que Ángel los deje para convertirse en sacerdote, pero deberías entenderlo, creo que ya hemos hablado de esto, ¿no?
-sí, pero ¿entender qué?, la neta no puedo entender cómo algo, sea lo que sea, puede ser más importante que la propia familia.
   Mayra le dio un largo sorbo al refresco y se le quedó mirando con aquellos hermosos ojos azules.
-Marina me invitó a su fiesta de cumpleaños, hoy-dijo la chica.
-¿quién es Marina?
-la prima de Julian, ¿la conoces?
   Mau hizo memoria, al parecer se trataba de cierta niña de cabellos negros y ojos grisáceos muy parecida a Julian que iba en el grupo de Mayra.
-eso creo.
-me parece que deberíamos ir, ¿te gustaría?
-no soy mucho de fiestas…
-¿ah sí?, ¿desde cuándo?
-¿para qué iríamos?
-debes de sacarte muchas cosas de la cabeza, hazme caso, Mau.
   Le quitó el refresco y también le dio un largo sorbo.
-dicen por ahí que a Daniel le gusta la prima de Julian.
-es lo que dicen-Mayra rio pícaramente.
   Estuvieron comiendo y platicando largo rato, hasta que un mar de gente empezó a fluir de la sala, Daniel y Betty iban detrás del resto, comentando la película.
-con razón ni regresaron a la peli-dijo Betty al verlos comer animadamente.
-tomen, les compramos unos hot-dogs-les ofreció Mayra las salchichas con pan.
-se los compró Mayra-aseveró Mau.
-que rico-Daniel tomó su manjar y lo devoró en menos de un minuto.
-son las cuatro y media-anunció Betty, mirando su reloj de pulso-se está haciendo tarde.
-lo dices por tu mamá-dijo Daniel, lamiendo sus dedos sin recato.
-Marina me invitó a su fiesta de cumpleaños, hace una hora que empezó, ¿les gustaría acompañarme?-preguntó Mayra con esa voz tan tierna y delicada que a Mauricio tanto le afectaba.
-ya es un poco tarde-insistió Betty.
-va ser sólo un rato, tu mamá ni se va a dar cuenta-Daniel se limpió la saliva en la ropa, ante un gesto de las chicas-la mamá de Mau es igual y míralo, aquí anda y se va ir con nosotros de reventón, ¿o no, Mau?
   Mau no contestó, la verdad es que al igual que Betty, deseaba llegar a casa y tirarse en su cama a leer o escribir.
-pues no se hable más, vayamos a esa fiestita, ¿no May?
-pareces muy contento, ¿no será que quieres ver a alguien en especial?-preguntó Mayra con una sonrisa.
-sí, quiero ver a ese inglés maricón para presumirle que fui al cine con dos guapas chicas mientras que él se quedó en su casa cómo niño bueno-Daniel se puso en medio de Mayra y Betty y las abrazó, para luego darles tremendos y sonoros besos húmedos en las mejillas.
-¡Daniel, qué puerco!-masculló Mayra mientras que Betty luchaba por escapar del abrazo.
-¿también quieres tu beso, Mau?-el chico reía pero Mauricio parecía el ser más amargado del mundo.
-pues vámonos-sentenció Mayra y se tomó del brazo de Betty y de Mau.
-pero mi mamá…
-no nos tardamos, te lo prometo.
   Tomaron un taxi hasta la casa de Marina y Julian en la calle de Lago Zumpango en la colonia 5 de Mayo. Betty opuso resistencia hasta el final, pero se dejó convencer cuando llegaron a la casa de los Azcárraga, dónde reinaba un ambiente completamente familiar. La casa estaba adornada con globos, letreros de feliz cumpleaños y se podían ver muchos chiquillos y algunos adolescentes, aunque principalmente, amigas de la secundaria de Marina.
   Al bajar del Tsuru, observaron a Julian, estaba vestido formalmente, con camisa y corbatita, aunque no le importaba correr de aquí para allá jugando con los pequeñines que quizá fueran sus primos más chicos.
   Al verlos, el inglés se sonrojó y se apartó del grupo de niños.
-¿qué pedo con tu vida, cabroncito?-Daniel le saludó mientras miraba al interior de la casa.
-hola, Julian, ¿cómo estás?-Mayra le dio un beso en la mejilla pero el chico no respondió al momento.
-al parecer no esperaba vernos aquí, por eso ni nos invitó-dijo Mau con desprecio.
-no digas eso… es que…
-estamos jodiendo, cabrón, pero ya estamos aquí-anunció Daniel-¿y a quién celebramos hoy?
-lo que quiso decir Daniel fue: “¿dónde está Marina?”
   Pero no le dio tiempo de contestar, la festejada salió en ese momento con un vestidito liso y mallones. Era una chica esbelta, alta, de cabellos negros cómo los de su primo inglés aunque de ojos entre azulados y grisáceos.
-Mayra… chicos, qué alegría que estén aquí-dijo la niña y fijó sus ojos en Mauricio, el único que parecía ajeno e indiferente a lo que le rodeaba. A su vez, Daniel parecía de piedra.
-¿te la estás pasando bien, Mari?
-claro, hicimos mole, a Julian le pone enfermo pero a ustedes seguro si les va a gustar, vengan pasen.
   Los chicos entraron a la pequeña vivienda. La madre de Marina les sirvió un plato con pollo, mole y arroz rojo que devoraron sin dudar. Ellos estuvieron más bien separados de los demás chicos y chicas de su edad que estaban en la fiesta pues Marina iba de un lado a otro atendiendo a sus amigos.
   Luego de partir el pastel, cerca de las 7 de la noche, se les acercó un poco conmovida con el discurso de su padre.
-felices trece años, Mari-dijo Betty con una sonrisa.
-muchas gracias, ¿están bien?, ¿necesitan algo?-preguntó ella, dirigiendo su mirada a un malhumorado Mauricio, en tanto las miradas de Daniel se fijaban en ella.
-no, el pastel está muy rico-declaró Mayra.
-claro, pero de ti no te lo creo, todo lo que tiene chocolate te vuelve loca-dijo Mauricio mordazmente, Marina sonrió y asediándolo con sus ojitos pizpiretos se dirigió a él.
-¿te gustó a ti, Mau?
   Mauricio se estremeció al sentir la mirada de Marina y bajó la suya al mismo tiempo que asentía positivamente.
-a mí sí, está muy rico-intervino Daniel.
-les voy a traer más, si quieren… oigan, no pensé que fueran a venir, muchas gracias.
-si Julian nos hubiera invitado-masculló Daniel pero el chico inglés no le volteó a ver.
-¿por qué?, me dijiste a mí y yo les dije a ellos.
-lo sé, May, pero es que pensé que irían a esa fiesta con Rosa…
-creo que supe algo-asintió Daniel.
-estuvo aquí hace rato-informó Julian-le dejó su regalo a Mari y se fue.
-iba muy bien arregladita, se veía bonita.
-es ahí por Cabrera, creo que me habían dicho-Daniel se puso de pie para estar más cerca de Marina.
-algunas de mis amigas van a ir después de la fiesta, ¿les gustaría ir a ustedes?
-¿por esa calle de mala muerte?-espetó Mauricio.
-podríamos ir todos juntos.
-pos claro-Daniel hizo un gesto exagerado-estaría chido que fuéramos en bolita, ¿verdad, chavos?
-tengo que irme a mi casa, Daniel-protestó Betty sin mucho ímpetu.
-ni maíz paloma, nada de irse a casa, la noche apenas va empezar, ¿verdad, Mari?
-Mayra, diles…-suplicó Betty.
-descuida, yo te pago el taxi, es más te acompaño hasta tu casa, no te preocupes, Betty-Mayra le dio un breve abrazo que tranquilizó un poco a la chica, aunque la verdad es que no deseaba ir a esa otra fiesta, llena exclusivamente de adolescentes cómo ella, su más grande fobia.
   Y así fue, tras unos minutos de debate, quedaron en irse a esa otra fiesta, Julian y Marina prácticamente se escabulleron, luego de que el resto de chicos se despidiera y agradeciera a los padres de la festejada, ya la fiesta estaba feneciendo y por ende no había gran cosa por la que quedarse.
   La calle de Daniel Cabrera era contigua a la calle de los Silva, por lo que Mau estuvo tentado varias veces en abandonar a su grupito de pubertos y refugiarse en la pequeña pero segura comodidad que le ofrecía su amado hogar. No obstante, Mayra iba tan entusiasmada a su lado, que más bien le faltó corazón para decepcionarla con su conducta asocial. La fachada en la que entraron al llegar, era vil, casi un cuchitril. Aquellos terrenos simulaban ser una unidad habitacional para gente de escasos recursos aunque más bien parecía una ciudad perdida.
   A todas luces, sólo Daniel y Mauricio sabían qué tipo de ratonera estaban visitando. Daniel era un chico rebelde y callejero que despreciaba las pocas pero justas comodidades que le prodigaban sus tutores a los que él tachaba de “maricones” pues era huérfano y sabía por dónde caminar o hacer amigos en el barrio y Mauricio había tenido un hermano mayor en otra vida que le había advertido de ciertos lugares peligrosos o potencialmente peligrosos en la colonia. Aquel predio era precisamente uno de esos malos lugares para frecuentar, en especial si se era un chico bien portado que no sabía nada de nada.
   Por eso, cuando observó a un grupo de sujetos merodear cerca de una de las muchas vecindades aledañas, comenzó a sentir una especie de miedo irracional. Para Daniel era también obvio saber en dónde estaban pero aquello parecía no importarle.
-mejor deberíamos irnos a nuestras casas, la neta no conocemos a nadie-comentó Mau pero ante la inocencia de sus demás amigos de no imaginarse siquiera en qué clase de lugar andaban, decidió callar. Daniel, el único que sabía, se dio cuenta del miedo en la voz de su mejor amigo.
-tranquilo, Mau, conozco a un vale de ese edificio, no te me espantes.
-¿Por qué habría de espantarse?-cuestionó Betty, con una punzada de miedo repentino en su voz.
-por nada, corazón… miren, creo que es en esa casa, hay un buen desmadre.
   Efectivamente, dentro de aquel edificio, se podía escuchar un gran jaleo y estruendosa música de salsa. Pasaron de los sujetos de afuera y entraron, un poco cohibidos pero fascinados, Mauricio no podía dejar de lado lo llamativo que resultaba el observar a otros chicos más o menos de su edad besando a las chicas, fumando y bebiendo cerveza y otras sustancias. Tenía un encanto obsceno porque no tenía lógica su procedencia, tan sólo era algo llamativo y casi maravilloso.
-se ve que hay buen chupe.
-¿hay qué?-preguntó Julian, pero ante el estruendo de la música, Daniel no le escuchó.
-alcohol, tu mamá no te deja tomar, ya sabes-dijo Marina con seriedad.
-quién querría probarlo-masculló Mayra, pero sus palabras se perdieron mientras iban avanzando con cautela sin saber de quién era aquella pachanga  abominable.
   Vieron a Rosa bailando con un chico delgado pero de buen porte, Mau creía haberlo visto antes pero no estaba seguro. Al acercarse hasta ella, la canción acabó para darle paso a otra enseguida, entonces Rosa se separó del muchacho que se alejó de ella luego de susurrarle algo al oído. Rosa se volvió y al darles la cara a sus amigos, estos se sorprendieron al verla encender un cigarrillo con toda la naturalidad del mundo.
-¿fumas?-preguntó Julian en un grito, casi ofendido y sumamente escandalizado.
   La chica sonrió y dejó escapar el humo con normalidad.
-pensé que dijiste que no ibas a venir-declaró ella, entonces se fijó en los demás-pero me late que llegaron un poquitín tarde, chavos.
-ni madres, discútete un tabaco, ¿no?-Daniel se acercó a ella.
-toma uno, pero son de Ginger, espero que no se enoje…
-¿de quién?
-de mi amiga de tercero, dice que ya se va y me quiere llevar a mi casa, cómo si no pudiera cuidarme yo sola, cagada…
-¿estás peda?-Daniel encendió su cigarrillo y se fijó en el semblante de Rosa.
-¿qué le dijiste?-preguntó Julian, igual de escandalizado con el cigarro de Daniel.
-que parece que Rosa está borracha-explicó Mauricio adoptando el mismo tono de escándalo de Julian.
-ay, nomás me eché unas chelitas, allá atrás hay unas cubetas con chelas, si quieren chelas… unas chelas…
-¿unas qué?...
-¿dónde?
   Rosa asintió y se llevó a Daniel hasta dónde supuestamente estaban las cubetas con cervezas.
-guau, ¿ustedes habían probado?-preguntó Mayra a Julian, Betty y Marina pues conocía demasiado bien a Mauricio cómo para saber que el asma y el tabaquismo no se mezclaban.
-esas son porquerías, yo no fumo ni fumaré nunca-contestó Marina.
-me ha llamado la atención, pero nunca lo he hecho-dijo Betty.
   Julian sólo negó, aún parecía sorprendido ante el ambiente despreocupado, pesado y raro que embriagaba a todos en esa fiesta.
-es un hábito muy nocivo para el que lo practica y los que están a su alrededor-dijo Mayra, pero de todos modos tomó la cajetilla y extrajo un cigarrillo-pero muchas veces hay que hacer investigación de campo.
   Ni siquiera pudo encenderlo, aunque tenía el encendedor muy cerca del cigarrillo porque Mauricio se lo arrebató de un manotazo.
   La chica se le quedó viendo sorprendida ante el brutal gesto.
-¿estás loca?-inquirió Mau, su respiración se aceleró.
   Mayra no supo qué contestar y dejó el encendedor en la mesa de la que lo había tomado, sus mejillas estaban incendiadas y la vergüenza se le dejaba ver en todo el rostro, además de una furia callada y leve.
-eso fue grosero, Mauricio Silva-protestó Mayra.
-pues lo que ibas a hacer no es precisamente una lindura
   Los jóvenes se miraron desafiantes.
-Mau, ¿quieres bailar?-intervino Marina, rompiendo aquella discusión que ya se avecinaba. Mauricio sintió como si una mano invisible le hubiera abofeteado.
-anda, Mau, no desaires a una dama-dijo Mayra un poco gruñona. Pero antes de que Mau pudiera decir algo en contra, la chica desapareció entre la multitud.
   Entonces, Marina le tomó y ambos comenzaron a moverse, aunque él no sabía lo que estaba haciendo, nunca antes había bailado y menos con una niña. En su salida de la primaria, se había enfermado de varicela antes de que comenzaran los ensayos y aunque hubiera estado listo para la ceremonia de graduación, se rehusó a asistir al baile y su madre le concedió aquello.
   Ahora estaba ahí, en un barrio jodido, dentro de una fiesta de adolescentes descarriados y cabrones, bailando con una chica a la que apenas conocía pero que le miraba de forma extraña.
-la verdad es que yo tampoco sé bailar muy bien-dijo Marina al ver que Mauricio era prácticamente una piedra con movimiento.
-perdóname, es que nunca había bailado-pensó que aquello sería la oportunidad perfecta de escapar, pero la prima de Julian no parecía muy dispuesta a dejarlo ir.
-bueno, con el tiempo se aprende, no pasa nada, ¿verdad?
   “claro que no, salvo por las putas ganas de vomitar que tengo”, pensó, con los testículos en la garganta.
   Y así estuvieron una eternidad, Mau pensaba que pasaría de la media noche cuando Daniel y Betty regresaron con una compungida Rosa, sostenida dificultosamente por Julian. Apenas habían pasado veinte minutos y tres putas canciones pero la interrupción de los otros chicos fue suficiente como para que Marina le dejara ir. Mayra aún no volvía y no parecía haber estado con ellos.
-chales, pinche Rosa, me guacareó los tenis-se quejó Daniel, quien además de todo el apeste a humo de cigarro, arrastraba las palabras.
-espero que se hayan divertido-dijo Julian severamente a Mau y a su prima-esto se acabó, creo que no vamos.
-¿qué pasó?-preguntó Marina con preocupación.
-pasó que a la pinche Rosa se le subieron las copas de más y se puso a vomitarle la jeta a medio mundo-explicó Daniel con molestia.
-por suerte, una de sus amigas nos va a ayudar a llevarla a su casa, porque mírenla, casi ni puede caminar-espetó Julian con ese tonito adulto que le conocían cuando se enfadaba.
-¿y Mayra?-preguntó Mauricio.
-sepa la chingada, ¿Qué, no estaba con ustedes?-farfulló Daniel.
-¿ya están listos?-antes de que se dijera cualquier cosa, una muchacha de aproximadamente la edad y altura de Fernanda, apareció junto a ellos. Llevaba un top ajustado que enardeció algunas hormonas masculinas.
   La chica pareció haberse dado cuenta de que la miraban de aquella forma y miró primero a Marina y luego a Mau, extendiéndole una mano al chico.
-hola, soy Ginger, la niñera de Rosita, ¿y ustedes?
   Mauricio aceptó la mano cómo por inercia y aunque se dio cuenta de que estaba un poco húmeda de sudor, aquel rápido besito en la mejilla que le dio la chica, fue suficiente como para hacerle llegar un aroma que le despertó: era una especie de aroma a tabaco, alcohol y hormonas, porque esto último, olía muy rico.
-no eres mi niñera… y no empieces de zorra con Mau, él no es esos-masculló Rosa desde su etílico estado.
-cálmate, nomás le estoy saludando, ni que me lo estuviera cogiendo-se defendió la chica pero sin dejar de sonreírle a Mauricio el cual estaba a punto de vomitar sus propios testículos por la boca.
-yo no le pondría peros-le susurró Daniel al oído, aunque no entendió qué quiso decirle.
-creo que ya deberíamos llevarla a su casa, me está pesando mucho-dijo Julian, único sostén de Rosa en aquello momentos.
-pues ya vámonos entonces, ¿ya han ido a su cantón?-preguntó la chica pero los otros negaron.
   De esa forma, volvieron a avanzar entre la masa de adolescentes ebrios y calientes, siguiendo a otra adolescente igual de ebria y caliente. Al salir a la calle, Mauricio ya estaba bastante preocupado por su mejor amiga, aunque era obvio que no esperaba encontrarla cómo la encontró.
    Mayra ya se les había adelantado al salir antes de la fiesta, pero no lo había hecho sola. La muchacha de hermoso cabello castaño conversaba con un par de sujetos vestidos a la elegante usanza del barrio (ósea de típico galán de barrio, un cuasi “naco”, diría Fernanda Silva)
   Uno de ellos parecía más bien mal encarado y casi ausente de la conversación, mientras que el otro se veía sumamente feliz y no se le podía culpar, estando con la chica con la que estaba sería ridículo no sentirse pleno y casi bendecido. Aquello le pasó por la cabeza a Mauricio enseguida, pero sus tripas sufrieron un retortijón considerable porque el asco que le embargaba el ver a Mayra platicando con Gabriel Farías era evidente y justificado.
-miren, allá está Mayra-musitó Betty y Mau tuvo las ganas de insultarla ante su evidente observación.
   El grupo se acercó a los animados adolescentes. Mau se percató de que el otro sujeto, Roberto, estaba fumando muy cerca de Mayra, un detalle que le hizo sentirse más enfermo y furioso.
-oye, pinche Gabo, ¿qué cuentas?-saludó Daniel.
   Mayra se sobresaltó al escuchar la voz de Daniel y se dio la vuelta para observar a sus amigos.
-conque aquí estabas, ¿eh?-Marina se dirigió a Mayra.
   El grupo se vio forzado a saludar a sus compañeros de escuela, aunque era evidente la hostilidad mutua, incluso Ginger desdeñó con la mirada a aquellos dos gañanes.
   En un parpadeo, Daniel y Roberto se pusieron a conversar, dando lugar a que Gabriel y Mayra siguieran en lo suyo.
-hola, Gabriel-intervino Mauricio, empezando a notar una rabia silenciosa en su interior, como si de repente le estuviera dando fiebre o algo similar. Gabriel le ignoró.
   Mayra volvió a sobresaltarse y esta vez clavó sus bellos ojos azules en Mauricio.
-¿Mau?, ¿ya nos vamos?-preguntó Mayra, toda ternura e ingenuidad.
-¿no se quieren quedar un poco más?, se va a poner chido-dijo Gabriel intentando volver a atrapar a Mayra.
-hay personas a las que sí las extrañan en sus casas-masculló Mauricio, aunque Gabriel le volvió a ignorar con todo el despreció que pudo.
-mira, Mayra, creo que tendremos mucho tiempo para hablar en la escuela, pero me la pasé bien chingón este ratito contigo-Gabriel parecía un tipazo, pero Mauricio no podía soportar más el asco y la rabia.
-claro, a mí también me gustó mucho platicar contigo, Gabriel…-correspondió ella con una sonrisa llena de coquetería.
   Y fue que Mauricio comenzó a alejarse. Ginger, Rosa y Julian habían empezado a caminar. Marina y Betty, movidas por su deseo de regresar a casa también les imitaron por lo que en automático, Daniel se despidió de Roberto y Gabriel. Mauricio no dudó en dejar a Mayra, allá ella si quería quedarse en esa calle de mierda con esos dos sujetos de mierda.
-en un momento voy, Mau…-alcanzó a susurrar Mayra pero él hizo oídos sordos.
   Mau y los demás se pusieron en marcha. El sólo pensaba en una cosa cuando salieron de aquella calle inmunda, pero ni siquiera tenía que ver con el hecho de que deseaba llegar a su casa. Para Mauricio Silva De Anda, aquel verano sería inolvidable por culpa de esa noche. Y es que ese pensamiento en su cabeza, se estaba gestando como algo sobrenatural, casi como una premonición… algo aterrador.