miércoles, 5 de octubre de 2016

Capítulo 1: Día de Escuela.



I
Día de escuela.

   Verónica De Anda García, como había sido nombrada por sus padres, solía tener un horario para levantarse, antes que cualquier ocupante de la casa. Diligentemente se ponía las pantuflas en forma de cara de oso que sus hijos le habían regalado para el día de las madres de hace 2 años, se enfundaba en una bata rosada, muy bonita pero algo vieja y entonces se ponía a dar el recorrido del diminuto pasillo que llevaba de los cuartos de sus retoños, a la cocina. Claro, por supuesto, antes de cualquier cosa se aseguraba que los mayores, Ángel y Fernanda, ya le estuvieran imitando, pues entre más rápido se levantaran, más rápido se ducharían y más rápido estarían listos para irse a la escuela.
   Ella era la madre del muchacho que desde hacía un par de horas, se encontraba despierto en su habitación. Y aunque no se pudiera decir que había estado en vela toda la noche, sus pensamientos frenéticos le ponían en alerta y le despertaban ante el más mínimo sonido que escuchara. 
   Lo sabía. Y es que aquellas últimas semanas de no poder dormir bien, le habían ayudado a comprender mejor el ritual matutino de su madre. Pero aquel chico somnoliento que se retorcía nervioso en su cama, de pronto recordó que su hermano mayor, Ángel, ya no tendría que seguir aquellas instrucciones de mamá. Pues Ángel, ya no iría más a la escuela secundaria diurna número 20. Cosa que él empezaría aquel miserable año, por primera vez en su vida.
   Así que había pasado otra noche sin dormir bien, por culpa de la maldita secundaria y se estremecía ante cualquier ruido que le indicara la proximidad del comienzo de la rutina. Hoy era el día, ya no faltaba una semana, ni tres días, ni dos, ni un fin de semana. Era hoy, el día en que por fin empezaría a cursar el primer año de secundaria.
   La escuchó entonces. Ruidos en la cocina, el sonido de una olla chocando con el fregadero… e intempestivamente, los pasos suaves pero firmes de Verónica, se empezaron a acercar.
   El muchacho, Mauricio Silva De Anda, se hundió en la cama cuando la puerta de su cuarto rechinó secamente, y apenas un rayito de luz entró a la penumbra del dormitorio que compartía con Ángel.
   ¿Qué le quedaba? ¿Hacerse el dormido? No tenía mucho sentido, y de todos modos, cuando la puerta se abrió lo suficiente, el bello durmiente que roncaba en la cama de al lado, se sacudió las cobijas de encima.
-¿ya es hora?-el chico se dio cuenta de algo gracioso que Mauricio ignoraba. Soltó una pequeña carcajada y sentenció-es la costumbre.
   Entonces, su madre encendió las luces.
-Mauricio-musitó ella, pero con firmeza-ya es hora, mi amor. Levántate.
-sí, Mau. Tienes un deber-asintió su hermano y de un movimiento ágil, bajó de la cama. Luego se agachó para buscar sus calcetines y así, sin mirarle y buscando debajo de su cama, le dijo a modo de burla-el deber te llama.
-Mamá…-Mau quiso protestar pero su voz parecía ser  inaudible
-anda, mi cielo, te prepararé  hot cakes-ella desapareció sin decir nada más.
-hasta te consienten-le dijo su hermano y también abandonó el cuarto sin darle tiempo a decir algo, cualquier cosa.
   Mau ni siquiera tuvo que luchar con lo difícil que es pararse a esas horas, quitarse la pereza y conseguir conectar la conciencia con la realidad para no tropezar con algún puto mueble mientras iba por ahí descalzo. No había dormido bien, pero no se sentía cansado. Lo que sentía, era terror.
   Se levantó como autómata y salió descalzo del cuarto. Tan centrado en ese pensamiento terrorífico que le infundía la secundaria, que no fue capaz de distinguir la fría superficie lisa de las baldosas del pasillo a la superficie rugosa del suelo de concreto de su cuarto.
   Y cuando abrió la puerta del baño, y sintió la humedad del azulejo del piso, se dio cuenta de que no llevaba calcetines. Obvio, ni siquiera se había puesto pantalones, iba en calzoncillos y tampoco se había puesto a buscar su toalla o su bata de baño. Simplemente se le había olvidado.
   Suspiró con rabia. Luego pudo ver a su hermano Ángel en la sala, ponerse una chamarra con el escudo del Atlante, equipo de fútbol que seguía su familia.
   Antes de que le viera, se escabulló de regreso a su habitación. También escuchó a su madre decirle algo a Ángel desde la cocina.
-a tu padre le traes un bolillo…
-sí mamá, ahorita regreso-contestó su hermano y luego se escuchó la puerta de salida con su típico rechinar. Todo en esa puta casa rechinaba.
   Hasta los dientes de Mauricio lo hacían mientras se desnudaba. Entonces se puso la bata de baño azulada, que usaba desde hacía bastantes años y se echó una toalla al hombro. Esta, con un burdo diseño del escudo del Cruz Azul, otro equipo de fútbol de la ciudad. Sólo después de eso, se metió al baño.
   Entonces, ahí, frente al inodoro y la grotesca regadera que su padre había instalado un año antes, se sintió tremendamente angustiado. Era terrorífico porque no sabía de dónde provenía esa sensación, simplemente estaba ahí, aparecía de la nada y no tenía muy claro qué lo provocaba. Una opresión en el pecho, la falta de saliva, la dificultad de tragar, las ganas inmensas de gritar y hasta de llorar. ¿Podría avecinarse un ataque de la jodida asma que le aquejaba desde su nacimiento? De ser así, tendría poca chance de mitigarlo, se sentía agarrotado, como un tronco, sí, como un tronco, como solían gritarle los aficionados del Atlante a su padre cuando iban a verlo jugar. Pesado, rígido e inmóvil. Apenas podría abrir la puerta, girarse y salir en busca de su inhalador…
   Pero la puerta se abrió. Se movió hacia delante y pese a creer que no podría girarse, lo hizo. Su madre asomó la cabeza.
-¿Qué te pasa? Cierra bien la puerta…
   Ella se quedó seria al verlo, entonces abrió por completo y se metió al diminuto baño.
-¿qué sucede, cariño?
   Mauricio la miró. Ahí estaba ella, su madre, Verónica De Anda, aquella mañana llevaba el cabello suelto y bien peinado sobre los hombros, era rubio y sedoso, y aunque su tonalidad era más bien oscura, Mauricio adoraba la forma en la que despedía destellos dorados cuando entraba en contacto con la luz del sol o cualquier luz brillante, cómo la de la jodida bombilla del baño de la casa. Por poner un ejemplo. Su madre era hermosa y parecía muy dulce, ¿Por qué no decírselo? Siempre había contado con ella.
-no quiero ir a la secundaria-sólo lo dijo, y de pronto aquella opresión se fue. Era una sensación parecida a la de liberar un pedo que tuvieras atorado en el intestino por muchos días.
-ya sé, mi amor, pero tienes que ir-dijo ella con dulzura y se quedó mirándolo-No sabes cuan orgullosa me siento de que ya vayas a entrar a la secu, sé que tienes miedo, amor, pero te juro que no será tan malo como lo imaginas.
-voy a estar solo…
-no, Fernanda pasó a tercero, ella va a estar contigo, se van a ver en el receso.
   Mauricio dudada que su hermana le dejara tenerlo pegado como lapa durante todo el receso… fuera lo que fuera esa mierda.
-ya, mi amor, báñate que Fernanda también se tiene que bañar-dicho esto, le dio un beso en la frente y salió del baño, cerrando la puerta tras ella.
   Se desnudó y abrió el grifo de la ducha, dejando que el chorro le cayera por todo el cuerpo, aunque esto fue un error. El agua estaba fría, se había olvidado de abrir la caliente y templar ambos chorros.
   Molesto y soltando improperios por lo bajo, se puso a templarla. Así, mientras se metía bajo la regadera se repitió mentalmente lo dicho a su madre.
   “No quiero ir a la secundaria” Pero ya no resultaba liberador, simplemente era muy mierda, algo realmente infeliz, insignificante. ¿Por qué aquello tenía que ser así? ¿Era lo único malo?
   Entonces recordó que pocas veces en su vida, había sido feliz. La verdad era, que no podía recordar gran cosa: muchas visitas a consultorios médicos y hospitales, dos ingresos, aquel episodio de Miraflores… El abuso y las burlas de la primaria, la rudeza y desapego de su padre con él. Ni siquiera recordaba que en la época de futbolista de su padre, la hubiera pasado en grande, a diferencia de sus hermanos mayores, que recordaban con lujo de detalle los buenos momentos de esa época, despotricando en ocasiones contra esa vida de arrimados que ahora se daban.
   Aunque no era del todo cierto, había algo de lo que Mau no se acordaba, por extrañas razones… y no era exactamente algo, sino alguien.
   Pasó el tiempo, y Mau terminó de ducharse.
-oye, apúrate, que tengo que entrar-dijo una voz femenina junto con los golpeteos en la puerta. Aún tenía que lavarse los dientes, así que podría ignorar aquellos golpes y aquella voz, pues Mauricio no tenía miedo de Fernanda, pero para qué arriesgarse.
-carajo, ya voy…
   Ella invadió el baño y le instó a salir nada más abrió la puerta.
-¿qué tanto haces?, pareces señorita-rugió ella mientras se aseguraba que Mauricio no hubiera manchado de pis la taza del inodoro.
-me tardo lo necesario, tú deberías levantarte más temprano.
   Ella le miró con un gesto homicida y cerró la puerta de golpe.
   Mauricio se quedó un rato escuchando a su hermana orinar, a veces deseaba poder ser mujer para darle unas cuantas bofetadas.
   Fernanda era de cabello negro cómo él. Ella, Ángel y Mauricio compartían el color de piel cobriza de su padre, pero el único que tenía el cabello oscuro y casi rizado cómo él, era Ángel, su viva imagen, por lo demás, Fer y Mau compartían los ojos vivarachos y gentiles de su madre, aunque de distinto color. Ella tenía los pómulos de los Silva.
   Fernanda era alta, en comparación con él, tenía quince años y sus pechos estaban desarrollados y eran muy grandes, aunque Mauricio no tenía noción de ello, muchas veces se quedaba estupefacto observando el relieve de su hermana, cosa de la que carecía Verónica de Anda y la familia regiomontana de esta en general. En cierta ocasión, Mauricio entró a la sala, y escuchó a su madre decirle a Fernanda algo sobre que las mujeres Silva eran chichonas por naturaleza, que se debería acostumbrar. Algo que lo dejó pensativo durante muchos días.
   De vuelta al presente, tras aquel episodio, regresó a su cuarto, y se vistió inexpresivamente frente a la diminuta cómoda en la que él y su hermano guardaban su ropa. Pero hasta sentir el contacto del uniforme nuevo con su piel recién limpia, le provocaba un estremecimiento. Salió descalzó de nuevo, pues no encontró por ninguna parte los jodidos zapatos. Ahora sí llevaba calcetines. Fue a la cocina, ya olía a hot cakes.
   Aquella mañana, había dos personas ocupando las bonitas sillas de madera. Ángel degustaba un tazón de cereal con fresas encima. En su incursión fuera de la casa había traído pan de dulce y algunos bolillos, mientras que su padre, el primer Ángel de la familia, jugueteaba con el volumen de la mini radio de Verónica, dejando que los huevos revueltos se le enfriaran a un lado.



   Mauricio recordó que llevaban cerca de un año sin hablarse, ya que no contaba aquella vez en Noche Buena, cuando ambos discutieron sobre los nada probables logros del Atlante para la siguiente competición. Esa noche luego de la cena, Mauricio los miró sosegados, quizá porque la época lo ameritaba, pero el 27 de diciembre volvieron a su ley del hielo.
   Se sentó, Ángel le dirigió una sonrisa, aunque su padre ni siquiera le prestó atención.
-tengo tus zapatos-dijo su hermano-les di una buena boleada mientras te arreglabas.
-gracias, empezaba a preguntarme a quién podrían haberle gustado semejantes porquerías
-son buenos zapatos-intervino su madre-te los compré un poco más grandes porque te aseguro que te va a crecer el pie… todos los Silva son patones por naturaleza-Verónica hizo una mueca de afecto y le sirvió un copioso vaso de leche junto a los tres panqueques que había frente a él.
   Mauricio pensó que las Silva eran chichonas por naturaleza, pero tuvo demasiado sentido común como para no decirlo frente a su madre.
Fernanda llegó poco después, con el cabello húmedo, y del cual emanaba una dulce fragancia. Ella pasó de los hot cakes y mejor se atiborró de huevos revueltos con jamón igual que su papá. Hubo una pequeña discusión entre Fer y Ángel por un tal Artemio, al que Mau no conocía. Mamá calmó las aguas y desayunaron con cierta tensión pues papá se veía ausente, escuchando las noticias, indiferente, frente al radio.
   Cuando salieron de la casa, con las mochilas al hombro, seguidos de mami Vero, se encontraron a una mujer con bermudas y una holgada camisa con el escudo descolorido del Atlante, que apenas ocultaba sus voluminosos pechos desnudos. Ella regaba las plantas del patio mientras su pequeño cocker de pelaje blanco, orinaba las macetas de doña Margarita Gonzáles, la querida abuela.
-hola, Marga-saludó Verónica al ver a su cuñada. Margarita Silva Gonzáles, o la tía Márgara, cómo todos le decían, era una mujer madura, pero no demasiado como para que las canas de algunos de sus mechones, delataran su verdadera edad, su cabello era espeso y negro como el de Ángel padre, ojos oscuros y pómulos recios, toda una Silva de los pies a la cabeza, además de chichona. Era la segunda hija del matrimonio de Luciano Silva y Margarita Gonzáles.
   Su perro ladró y fue a los brazos de Fernanda, Verónica quiso  protestar por temor a que le ensuciara el uniforme de la escuela.
-¡tate!-gruñó la tía Márgara
-bonito, bonito, ¿quién es mi bonito?-decía su hermana mientras Mauricio se alejaba. Los Silva De Anda amaban a las mascotas, Jenny y Fernanda siempre habían suplicado por un perrito, y Ángel confesó que le fascinaban los gatos, pero había una razón por la que nunca habían podido tener uno: Mauricio era tremendamente alérgico al pelambre de los animales.
   La tía Márgara probablemente se acordó de eso y le gritó al animal que se metiera a la casa. El can obedeció antes de lamerle las manos a Fernanda y lanzarle una olfateada a Verónica.
-vaya, parece que por fin vas a la secundaria, todavía recuerdo cuando te llevaban de la manita al kínder-dijo su tía y le dio un emotivo abrazo, apretujándolo con sus enormes cojines suaves y colgantes que llevaba en el pecho, Mauricio se apartó apenado-estás muy guapo, y tú Fer , te ves bien chula.
Luego, Fernanda y su madre se pusieron a intercambiar algunas palabras con la tía Márgara, algo que Mauricio aprovechó para pasar hacia la sala de los abuelos. Ahí dentro, Ángel, quien se les había adelantado tras la discusión con Fernanda, platicaba alegremente con su abuelo y una muchacha de la edad de este. Era su prima Luciana, hija de Márgara.    
   El abuelo, don Luciano llevaba una bata color vino sobre una pijama escarlata, la cual era su favorita, estaba sentado sobre “el sofá grande”, cómo el llamaba al enorme loveseat forrado de cuero que hacía mucho ruido cuando te movías o cambiabas de lugar. La muchacha vestía pantalones de pana y una holgada playera con tirantitos que delataban su relieve generoso y heredado de su madre, tenía los pies descalzos sobre el regazo de Ángel, en el otro loveseat, “el sofá pequeño” Cuando Mauricio entró a la estancia los bajó y se sentó correctamente. El chico hizo un gesto mientras su abuelo se levantaba a darle su respectivo beso de todos los días.
-Maury-saludó el señor y le estampó un beso en la mejilla a su nieto-mírate, ya vistes con tu uniforme de la 20, es una buena escuela, que bueno que la hayas elegido, mi hermana Paola y yo fuimos los únicos que fuimos ahí.
-no dudo que sea buena escuela, abue, pero mamá la escogió, yo quería ir a la 26
-las secundarias técnicas son engañosas…-dijo, y luego volvió a su asiento.
-Maury, ven, siéntate antes de que se vayan-su prima le instó a sentarse cerca de ella.
   Mau la quería, en serio, siempre había sido dulce y consentidora con él, incluso llegó a solaparlo cuando con Mayra y Daniel, hacían alguna travesura, pero por alguna razón, no le gustaba que fuera tan cariñosa con él y con Ángel. Aunque quizá no sólo fuera cariñosa, de hecho, era DEMASIADO cariñosa.
   Mau se sentó tímidamente, ella abrazaba a Ángel, pero eso no evitó que se acercara a él y le diera un húmedo y emotivo beso en la mejilla.
   Afortunadamente, Fernanda y mamá entraron a la sala de los abuelos. Don Luciano hizo lo mismo que con Mau y estampó dos delicados besos a su nuera y a su nieta, sin despegarse de su taza de café en ningún momento.
-bueno, don Luciano, al rato nos vemos-dijo su madre y salieron acompañados de Ángel.
   La residencia Silva, se encontraba a mitad de la calle que solía llamarse Lago Wenner, entre Lago Ginebra y Lago Naur. La secundaria número 20, se encontraba a muy poco de ahí, en la calle de Lago Erne. Al salir de su calle, sólo tendrían que cruzar por el mercado a la izquierda y girar en la siguiente esquina a su derecha. Ángel había terminado su educación básica en esa escuela, el año pasado, había obtenido logros y calificaciones altas, cómo era de esperarse de él pero inesperadamente, abandonó el camino que tanto su padre como el propio muchacho, se habían trazado. Razón por la cual llevaban sin hablarse un tiempo.
-mamá…-se dirigió a su madre al ver que los mayores se adelantaban.
-¿mande, bebé?-Verónica sólo usaba ese mote con Mauricio y Joaquín, el último era el más pequeño y se entendía, pero con el primero… quizá para ella siempre sería su bebé frágil y enfermizo al que había que proteger toda la vida.
-¿Ángel estará en casa cuando acabe esta farsa?, digo, ¿la escuela?
   Mami vaciló.
-si por mí fuera… bueno, ya sabes qué haría si por mí fuera.
   Lo sabía, a mamá también se le hacía difícil separarse del amado primogénito.
-pero no lo entiendo
-yo tampoco mi vida, pero Ángel se está convirtiendo en un hombre, debe de saber qué quiere en la vida y yo no puedo decirle que no, sólo porque a mí no me parezca bien, se trata de Dios…
   No sabía qué o quién era Dios, pero se le hacía injusto que quisiera quitarle a su hermano durante tanto tiempo. Ángel se iba a convertir en cura o algo así y a Mau todavía no le quedaba muy claro como era eso.

-ojalá pudiéramos rezarle a Dios para que Ángel se quede.

   Su madre asintió en silencio, él la miró conmovido, era una mujer hermosa y fuerte, había perdido casi todo su acento regiomontano, pero en ocasiones, cuando la rabia se apoderaba de ella, recuperaba fragmentos de él y en esas ocasiones era cuando más habría que tenerle pavor, incluso el mismo Ángel Silva padre doblaba las manos. Pero ni siquiera su gran carácter o su dulzura, podrían evitar que Ángel hijo se fuera todo un año a ese estúpido colegio o escuela de sacerdotes o lo que mierdas fuera, en alguna parte del Estado de México.

   Al llegar a la escuela, Mauricio se apartó de su madre y durante un momento los pensamientos se le pusieron en blanco. La fachada de la escuela era mucho más puta de lo que recordaba aquella vez que acompañó a mami a inscribirle, azul, sin chiste y con su portón de hierro oxidado más viejo que su abuelo.
-bueno, bebé, aquí estamos…-a Verónica se le hizo un nudo en la garganta. Si a ella se le ocurría ponerse a llorar, Mauricio le acompañaría de buena gana y quizá le diría que regresaran a casa, pero su madre era fuerte y endureció sus facciones, no quería mostrarle a su bebé cuanto le dolía tener que dejarlo sólo en esa horrible escuela.
   La opresión en su pecho había regresado en forma de auténtico terror. Pero pese a que conocía los sentimientos de su madre, no se sentía bien compartiéndolos, no soportaba verla con el mismo temor, quizá ya era hora de ser valiente, sólo era una puta escuela llena de putos niños a los que podría sobrevivir. Ya lo había hecho en la primaria, ¿no?
   Mauricio la abrazó y le dio un beso en la mejilla, deseando que fuera suficiente y que ella entendiera que estaba bien.
-amor… que te vaya bien, te amo mucho, ya sabes y me siento muy orgullosa de que ya hayas entrado a la secundaria.
   El chico escuálido sonrió. Caminaron hacia el portón, algunos estudiantes ya comenzaban a amontonarse junto a sus madres y padres frente a la entrada, eso provocó que a Mauricio se le hiciera un nudo en el estómago. Ángel y Fernanda hablaban delante de ellos, miraban en dirección a la escuela y luego Mauricio se fijó en que ella le daba un tierno abrazo, ambos dibujaban un gesto de dolor. Él pensó que a su hermana también se le hacía difícil saber que cuando regresara a casa, ya no encontraría a su parejita, a su amigo y enemigo a la vez, a su confidente de toda la vida.
-Ángel-Mauricio abordó a su hermano, Fernanda se apartó y le esperó cerca del portón.
-Mau…-luego se dieron un abrazo-hermanito, sé que lo harás bien, no tengo dudas, muy pronto serás tan alto cómo papá y serás un hombre hecho y derecho.
-tú también lo harás bien, ¿vendrás a vernos o algo así?
-no sé… el primer año… le dicen año de discernimiento, es para ver si realmente es lo que uno quiere o no… luego empezará el internado y aprenderé muchas cosas. No te preocupes, el tío Mau me cuidará bien, no empieces con lo mismo que mamá.
-no te preocupes, ya sabes que no
   Ángel miró a su madre, ahora hablaba con Fernanda, a los dos les pareció escuchar algo similar a “cuídamelo con tu vida, no te despegues de él”
   Los varones rieron por lo bajo.
-y dime, hermanito, ¿llevarás a la pequeña Mayra a casa?, hace años que no veo a esa niña y me gustaría…
   Ángel se espantó al ver el rostro pálido de su hermano.
-¿te sientes mal? ¿Trajiste tu inhalador?-Mau tragó saliva y asintió.
   Por alguna razón no había pensado en Mayra durante… ¿dos años?, ¿acaso tres?, ¿quién dijo tres?, vamos, ¿quién me da tres años por favor?
   Realmente no sabía desde cuanto, pero recordaba cierta semana en que no podía dejar de llorar y no salía de su habitación. Recordaba una despedida, recordaba unos hermosos ojos azules que lloraban junto a su hombro y a una dulce voz que le decía “espérame, Mau, en la secu, te lo prometo”
-Mau…
-claro que me acuerdo.
-¿te acuerdas?
-de nada, no sé, ni siquiera creo que Mayra vaya a venir a esta escuela, sus tíos no son pobres como nosotros, probablemente vaya a una escuela privada o algo así.
   Ángel asintió.
-era tu mejor amiga… supongo que siempre te queda el patán de Daniel, ahí me lo saludas, ¿quieres?
   Se despidieron y entonces Fernanda lo tomó del hombro, cada vez más cerca del portón, Mauricio se sintió de camino al matadero, agarró la mano de su hermana y aunque pensó que le iba a rechazar, ella le apretó cálida y amorosamente, además, le quiso tranquilizar con una sonrisa cuando entraron.




   El acceso a la escuela, se hacía por una rampa amplia, todos los chicos y chicas que bajaban por ella, la mayoría sabía a dónde dirigirse, pero otro puñado de ellos, se quedaban pálidos y asustadizos. Algunos no dejaban pasar, y Mauricio y Fernanda tuvieron que esperar a que el prefecto, un hombre panzón y barbudo, movilizara a los muchachos que entorpecían el paso.
-qué caray con esos pinches pollitos-dijo su hermana.
-yo soy un pollito-dijo Mauricio a su vez.
   Ella rió y le apretó de nuevo la mano. En ese instante, sintió un leve roce en las nalgas. Mauricio giró la cabeza y vio a una niña igual de flaca que él, llevaba una falda deshilachada y sus piernas cómo palillos podrían confundirse con los hilos sueltos de esta. 
Mau pensó que al igual que él, el uniforme le quedaba demasiado grande, “pobrecita, otra a la que le tiene que durar tres años”
   Llevaba una enorme mochila igual de deshilachada, con la que batallaba ferozmente. El segundo roce a sus nalgas ocurrió cuando la mochila volvió a luchar contra la niña.
-¿te pegué?, perdón-se disculpó ella.
   Mauricio se soltó de la mano de su hermana y se apresuró a cerrar la mochila de la niña, antes de que todos sus cuadernos se desparramaran.
-¡Mau!-gritó Fernanda, ella se había adelantado unos pasos.
-gracias-dijo la niña flaca con un gesto de bochorno-creo que tu hermana te habla.
   El muchacho la miró con expresión rara.
-¿cómo sabes que es mi hermana?
-lleva listón amarillo, significa que va en tercero… es muy grande para ser tu novia.
   Asintió y al ver que la niña ya se las arreglaba mejor con su descomunal mochila, se despidió con un gesto y trató de alcanzar a Fernanda. Sin embargo, su hermana ya había avanzado algunos pasos más y ahora parecía rodeada de una gruesa e impenetrable muralla de niños de todos los grados. Por un momento estuvo tentado de gritarle, so pena que todos le mirarían cómo si fuera un marica, pero se sentía asustado. Fernanda le buscó con la mirada, pero en ese momento, dos chicas, también con listón amarillo en el suéter, la abordaron y las tres se pusieron a darse abrazos y besitos mientras reían estúpidamente.
   “Carajo” Se dijo, tratando de dominarse, aunque la garganta se le empezaba a cerrar y cada vez le costaba más poder respirar. Pensó que quizá debería regresar con la niña flaca, tenía listón blanco, así que era tan novata cómo él, pero se había rezagado un poco más, de nuevo por culpa de la mochila y más chicos se agolpaban delante de ella rampa abajo.
   Mauricio intentó esquivar la muralla, que parecía más floja que antes pero había perdido a Fernanda de vista. Dobló a su derecha, caminando a todo lo largo de la jardinera y se refugió bajo las escaleras negras que había más al fondo. Se tranquilizó un momento y miró inseguro a su alrededor antes de sacar el inhalador.
   Se dio una buena dosis, notando que aquella sensación de sofoco se esfumaba lentamente, lo cual fue un alivio en más de un sentido, no quería empezar la secundaria lloriqueando por su hermana mayor y encima silbando como una puta cafetera por culpa del asma.
   Intentó buscar a Fernanda pero había más chicos a cada minuto, se movían y se quedaban quietos. Los que hacían esto último, eran los “pollitos” los novatos que empezaban su secundaria, cómo él y que no sabían a ciencia cierta hacia dónde ir, algunos parecían tener miedo de ser devorados o aplastados por los mayores. Mauricio sintió un verdadero asco acompañado de un miedo irracional entonces, la situación se le hacía inverosímil, porque no hace menos de medio año, seguía siendo un niño de primaria, un pequeñajo que seguía jugando con figuras de acción y rompecabezas. No tenía talento para los deportes ni para los videojuegos, pero cómo amaba sus rompecabezas y sus libros, le gustaba imaginar que era un caballero que salvaba a los débiles en tierras de fantasía a lomos de un dragón, o armando la imagen de uno de estos seres por las tardes en compañía de mami o Ángel.

   También amaba jugar a la guerra con sus muñecos en compañía de Joaquín o de simular melodramas de plástico con las Barbies de Jenny… todo eso ya se había acabado, o por lo menos estaba a punto de acabar, nadie le había dicho en qué punto se hacía el cambio, cómo sucedía o quién tenía que decirlo. Quería ser valiente pero era jodidamente difícil.
   Quería gritar y a poco estuvo de hacerlo, de no ser por aquella persona que salió de entre la multitud con total normalidad, cómo si aquel mar de adolescentes, no fuera la gran cosa.
-órale, le dije al Gabo que me parecía que eras tú… y sí eras tú-dijo un muchachito no más grande que él en cuanto a edad, pero demasiado alto a su parecer. Mauricio no lo reconoció al momento, pues cómo ya se dijo, era un chico muy alto y él no recordaba a su mejor amigo en toda la vida de esa forma.
-Daniel…-dijo Mauricio en un susurro, casi quejándose de dolor.
-¡Mau-Mau!-gruñó el chico y le dio un puñetazo en el hombro. Mauricio se estremeció, sabía que debería regresarle el golpe, cómo solían hacerlo en la primaría… pero hasta eso parecía diferente. Además, se sintió intimidado por esos otros chicos que iban con él.
   Los dos eran iguales de altos que Daniel, aunque sólo uno de ellos era menos robusto. El delgado era moreno y tenía un incipiente bigotito sobre el labio superior, que le complementaba la mirada fría y turbia a sus marcados rasgos indígenas.
   El otro era menos moreno, aunque no tan blanco cómo Daniel, casi tenía la misma piel cobriza de Mau pero se notaba la rudeza en sus facciones, además de que tenía un físico envidiable para un chico de su edad.
-no digas eso-bufó el asustado Mau.
-¿Por qué?, así te decía ella… cuánto tiempo sin verte, amigo.
   Se miraron y aunque Mau sabía que Daniel tenía ganas de abrazarlo, de la misma manera que él, se contuvieron, en parte por aquellos dos desconocidos (para Mau) y en parte porque ya no eran unos mocosos afeminados.
-mira, él es Roberto-dijo señalando al delgado-¿te acuerdas de Gabriel?, ¿Qué vive por mi casa?-presentó al otro chico. Ninguno de los dos le saludó, Mauricio sintió un nudo en el estómago al verlos, era claro que había hostilidad de por medio. Recordaba a Gabriel de las pocas veces que llegó a ir a casa de Daniel.
   Pero sobretodo recordaba las cascaritas de futbol con los amigos de Daniel en dónde siempre le aventaban balonazos a diestra y siniestra y con total alevosía, el principal de esos fusileros (y el más sádico) era el tal Gabriel.
-al parecer, nos va a tocar en grupos diferentes-dijo Daniel, ocultando su decepción-qué putada, pero ni modo. ¿En cuál te toca, carnalín?
   Daniel se recargó en la jardinera, junto a Mauricio, los otros dos le imitaron pero siempre al lado de Daniel, quizá temían ser contagiados por Mauricio o algo así.
-en el catorce…
-nosotros vamos al quince… qué mierda, ojalá nos tocara juntos… ¿y sabes en qué grupo va ir ella?
   Mau negó en silencio, no había cruzado palabra con Mayra en tres años, ¿cómo mierdas iba a saber en qué grupo le tocaba?, en el caso de que decidiera ir a esa mugrosa escuela, claro está.
-la extrañé un chingo, Mau. Imagínate, yo que no era el favorito, seguro que tú lloraste y lloraste…
-no digas idioteces-protestó él. Era verdad que lloró por días pero eso era un detalle que no necesitaban saber aquellos dos sujetos ajenos a la conversación-hablamos mucho de qué escuela queríamos, pero nunca fue algo serio, estábamos muy chicos.
-pero ¿cuál querían?
-la 26, ella decía que también quería la 26, al final esta escuela fue cosa de mi ma… de mi jefa.
-pues tus carnales vinieron aquí también, ¿no?...
   El muchacho guardó silencio al momento, tres alumnas de tercero se acercaban a ellos, lideradas por una muchacha de cabellos oscuros y mirada asustada. Al ver a su hermano, Fernanda suspiró aliviada, le tomó las manos y le acarició el pelo, Mau se sonrojó ante la muestra de afecto, mientras notaba las miradas de todos… bueno, sólo de las amigas de ella, Daniel, Gabriel y Roberto miraban cómo idiotas a la hermana mayor.
-Mau… pensé que te me habías perdido-chilló ella, dándose cuenta de que Mau no estaba solo y probablemente estuviera hasta la madre de avergonzado. Miró a los tres chicos, barriéndolos con la mirada y se enfocó en Daniel…
-menos mal que te encontré a tiempo, no te iba a dejar solo con este… mugroso.
   Daniel sonrió con sorna y una mirada lasciva acudió a su rostro.
-Fer, ¿Por qué no me saludas?
-no hablo con piojosos
-a tu hermano le consta que no tengo piojos, ¿verdad Mau, cuando te he pegado piojos?
-Fernanda, estoy bien, me encontré con Daniel.
-ay Mau-Fer le miró con tristeza-siempre he pensado que estarías mejor si no tuvieras amigos… si es que a eso se le puede llamar “amigo”
-si es que se le puede llamar “persona”-asintió una de sus amigas y las tres rieron exageradamente.
   Daniel tomó con diversión aquello y se carcajeó, Roberto y Gabriel parecían nerviosos.
-toma, si te quieres comprar algo en el receso-su hermana le dio cincuenta pesos en un billete. Mami Vero les había puesto una torta de milanesa y un tupper con fruta picada para la hora del receso, pero Mauricio sabía que a Fernanda y a Ángel, cuando iba ahí les encantaba comprarse alguna que otra chuchería en la cooperativa de la escuela
   Mau tomó el billete y se lo guardó en automático.
-me das mi cambio a la salida-luego se alejó con su grupito.
-ay, chiquita, ¿Por qué no me quieres?-dijo Daniel y una de las amigas pareció escucharlo.
-chamaco puerco, ahora que entraste, uno de estos días te va tocar conocer a Rocky, yo que tú, mejor le bajaba de huevos con Fer-y regresó con las otras dos.



-puta-dijo Daniel-¿ella qué sabe?, lo que siento por tu hermana es puro y sincero, pinche puta…
-ay, Daniel…
-en serio, Mau, ¿qué acaso nunca me va a perdonar?
-mejor cállate
-¿quién es ese güey?-preguntó Roberto.
-¿quién?
-el tal Rocky-habló Gabriel.
-su cuñado del Mau…
   Mauricio entornó la mirada, procurando buscar a la niña flaca, quizá la estampida le hubiera arrollado, pero ¿qué importaba?, lo cierto era que no deseaba que Rocky y Daniel se conocieran…
   Hacía un año, Daniel había ido a casa de Mau a pedirle unas tareas, aunque se la pasaron toda la tarde jugando videojuegos en la sala de los abuelos. Pero entre descansos, Daniel salía a la calle a pelotear un rato con Joaquín, que echaba retas con sus amiguitos. Una de esas veces, Daniel regresó y no encontró a Mau, por lo que decidió meterse a su casa, al igual que Mayra, Daniel era como de la familia y casi siempre se le veía rondar por ahí, por lo que no era de extrañar que entrara como Juan por su casa. Sin embargo, al dirigirse al cuarto de Mau, Fernanda iba saliendo del baño. El chico había sabido que se estaba bañando, pero cuando la vio con la bata abierta, no dudó un segundo en besarla y agarrarle las pechugas.
   Ella se quedó quieta mientras Daniel la besaba infantilmente y restregaba sus pequeños genitales contra su parte más íntima. Entonces reaccionó y de un tremendo puñetazo, derribó al pequeño pervertido. Si Mauricio no hubiera intervenido, quizá su mejor amigo varón hubiera muerto esa tarde.
-todavía me acuerdo, cabrón-Daniel se llevó la mano al ojo derecho-¿te acuerdas?, tuve el ojo morado por muchas semanas.
-Fernanda es mitad asesina, mitad bruja, además… fue tu culpa.
   Daniel sonrió lujuriosamente, Mau no sabía en qué momento se había vuelto tan degenerado y precoz.
   Cuando Fernanda se hubo alejado lo suficiente, una mujer rechoncha apareció en la banqueta alta que servía de cimiento al edificio principal y que se usaba cómo estrado a la hora de poner orden en el patio. Mau se fijó que llevaba un micrófono, entonces el sonido local cesó y la mujer empezó a dar indicaciones. Los alumnos se movilizaron y el pánico en el chico de doce años se extendió hasta sus tripas, ¿qué sucedería ahora?
-hay que formarse-señaló el tal Roberto.
-bueno, Mau-Mau, te veo al rato-se dieron el saludo de los jóvenes y se despidieron.
   Mau echó a andar, pero estaba aterrado y no sabía por dónde ir. Fue cuando volvió a encontrarse a las amigas de Fernanda, una de ellas le sonrió cariñosamente, mientras que la otra le brindaba una mirada de lástima al pasar.
-¿qué pasa, Mau?-preguntó la chica llamándolo por su nombre, aunque él no recordaba cómo se llamaba ella.
-nada…
-los del catorce se forman allá, mira-ella le tomó de la mano y prácticamente le llevó hasta el área asignada para los de primero-hubieras seguido a los chavos con los que estabas, creo son del quince mira…
   Era cierto, Daniel, Gabriel y Roberto estaban en la hilera final de los de primero, luego seguían los del grupo 22, ya en segundo año, por supuesto y con listones rojos en vez de blancos en el brazo. Ahora Mauricio sólo tenía que ubicarse en la hilera anterior a la del grupo de Daniel.
-gracias…-asintió él, notando el rubor en sus mejillas.
-¿de qué?-la chica sonrió con esa misma dulzura de antes-suerte, Mau-y se fue con los de tercero.
   Mauricio avanzó con la mochila a cuestas, intentó ponerse hasta tras de la fila, pero la mujer rechoncha del micrófono argumentaba que la formación debía ser por estaturas. Lo que supuso una mierda más para manchar ese primer día.
   Los chicos más altos le empujaron hasta adelante, apenas detrás de un muchachito de pelos parados, cuya pequeña mochila con la palomita de Nike dejaba entrever que le gustaban los deportes o eso pensó él. Se sorprendió al ver a la niña flaca del lado de las señoritas, detrás de una chiquilla regordeta y de coletas negras que prestaba atención a la mujer del micrófono con auténtica adoración.
   Mau la miró, la tenía justo al lado, así que no podría ignorarla así, sin más, ella le sonrió y sus labios dijeron algo que Mauricio no alcanzó a escuchar. A sus espaldas, alguien le empujo, al darse la vuelta, vio que se trataba de un niño igual de flacucho que él pero apenas un pelo más alto, tenía el cabello de un negro azabache, un poco largo pero bien peinado y aplacado con gel. Cuando el chico intentó disculparse, debido a que había sido arrojado por los compañeros altos de atrás, Mauricio se percató de que tenía unos ojos azul oscuro, bastante llamativos.
   De pronto recordó que una persona muy querida, también tenía los ojos azules, aunque mucho más claros.
-perdón-dijo el muchacho con voz rara, a Mau le pareció escuchar: “pedoun”
-no hay de qué-y regresó su vista al frente, cuando la mujer ordenaba tomar “distancia por tiempos”
   Unos minutos después, la mujer tenía ordenados a los estudiantes, ella se presentó cómo la directora de la institución, les habló de pura mierda y les deseó la mejor de las suertes a los de nuevo ingreso, antes de amenazarlos con una eternidad en el infierno si se portaban mal en su escuela… no de ella, sino de los estudiantes. Después comenzó a avanzarlos a sus salones, primero el grupo doce, luego el trece, el catorce…



   Al grupo de Mau le tocó dirigirse al aula 4, ubicada en el segundo piso del edificio principal, así que avanzó siguiendo al niño de la mochila de Nike, el cual le salvó de ser el más enano de la clase.
-¿cómo te llamas?-le preguntó la niña mientras subían las escaleras.
-M-Mauricio-contestó él, poco habituado a que las niñas le hablaran, sobre todo cuando no le conocían-¿y tú?
-Rosa Vargas Martínez, para servirte y a Dios…-la chica se sonrojó quizá porque se dio cuenta de que aquello sonaba muy tonto o quizá porque miró de reojo al guapo niño de ojos azules que iba detrás de Mau.
   Una vez dentro del salón 4, los muchachos comenzaron a acomodarse azarosamente, Mauricio tomó uno de los pupitres más alejados del pizarrón, frente a la ventana, para no tener que sentirse cómo en una prisión, añorando la libertad. Además, también se aislaba de los compañeros y así mataba dos pájaros de un tiro.
   Sin embargo, sus intentos por verse aislado, no funcionaron del todo, la niña flaca jaló un pupitre y se sentó justo delante de él.
   Pero no se preocupó, sacó sus cuadernos e intentó guardar la calma, teniendo siempre a la mano el inhalador por si se le ocurría tener un jodido ataque de asma. Pero también se concentró en los rostros de sus compañeros, en especial de las niñas. En total contó ocho niñas, incluida la niña flaca, Rosa Vargas, pero no reconoció a ninguna. Probablemente, su desesperado corazón estuviera buscando a Mayra entre ellas, pero si no había podido verla en el patio, es que no asistiría a esa puta escuela. Por otra parte, ya estando en eso del censo del grupo, contó siete chicos, incluido él. El grupo catorce contaba en total con quince chiquillos que apenas habían dejado las faldas de sus madres, sus muñecas y sus figuras de acción.
-¿y en dónde vives?-Rosa le sacó de sus cuentas y cavilaciones. Mau la miró sorprendido, por un momento juró que hablaba otro idioma… o quizá que había olvidado su propia dirección.
-cerca de aquí… frente al mercado… ¿conoces Lago Wenner?
-no creo…
-donde está la rosticería, hacia la derecha, esa calle es Lago Wenner.
-ajá… ya, ¿ahí vives?
   El chico asintió y se quedaron mirando por unos segundos. Mau sentía que si la seguía mirando se le iba a escapar un grito, no se le daba estar con niñas… no desde que Mayra se mudó y claro que sus hermanas y su prima Luciana no contaban en eso.
-casi no paso por esa parte, pero me doy una idea-dijo e imitó a Mau y comenzó a sacar sus cuadernos de la enorme y vieja mochila.
-si quieres un día te invito…-tuvo que morderse la lengua, seguro que no era buena idea invitar a una niña a su casa en cuanto la conocía.
   Rosa le miró con una expresión rara, probablemente intentando ver el engaño o algo así.
-¿me invitarías a tu casa?
   Mau no supo qué contestar.
-bueno… pues…
-pues claro que me encantaría ir… digo, si de verdad me invitas después… porque puedes cambiar de opinión luego, ¿no?-Rosa sonrió y le enseñó sus forros de Hello Kitty-¿te gustan?, mi papi me los forró apenas ayer, pobrecito, apenas si tiene tiempo… ojalá yo pudiera invitarte a mi casa un día, pero es una pinche pocilga.
-¿en dónde vives tú?
-en una calle muy fea, seguro que no la conoces-replicó ella y quizá fuera cierto, Mauricio no salía mucho de excursión y podría confundir calles y avenidas.
-si luego me llevas…
-no creo… a mi mamá no… no le gustan las visitas-Rosa se mostró nerviosa y procedió a guardar de nuevo su cuadernos, Mauricio decidió que no indagaría más.
   Al poco rato, una mujer, que se presentó cómo la profesora de Geografía y su asesora, sea lo que fuera eso, para ese año estudiantil, les repartió los horarios que iban a llevar durante la semana en su materia. Les habló de pura mierda hasta que se retiró y un hombrecillo de piel oscura y un corte de cabello similar al del niño de la mochila Nike le sucedió. Era el profe de Matemáticas y también habló pura mierda.
   Después siguieron las materias de Historia, cuyo profesor sólo acudió unos minutos tras los cuales se excusó y no se le volvió a ver.
   Mauricio se dio cuenta de que los chicos del grupo ya socializaban más, luego de dos horas de clase en el primer funesto día y al verse solos se dispersaron de la forma que mejor les placía. Lo bueno de aquello, fue que Rosa le dejó respirar durante unos minutos.
   Tras no separarse de él, ahora parecía entretenida en una plática de señoritas en torno a una de las bancas más próximas al escritorio de los maestros. Estaba demasiado aburrido, los profesores no habían hecho más que saludarles y hablarles de cosas banales, hacerlos que se presentaran entre ellos y prepararlos para lo que según ellos, se avecinaba el resto del año escolar. Miró por la ventana, imaginando que una niña, más o menos de su estatura, bajaba por las escaleras que tenían enfrente del salón. La niña era de piel blanca, cabello castaño claro y unos preciosos ojos azules, entonces ella le abrazaba y le daba besitos mientras lloraba. Pero Mayra no estaba ahí, no estaba en esa jodida escuela, probablemente estuviera ya sentada en algún pupitre de la escuela 26, con el uniforme color arena que llevaban ahí y preguntándose dónde estaría su querido amigo, al que conocía desde que tenían cuatro años y sólo sabían de cariño, sonrisas, juguetes y amistad. Amistad más que cualquier cosa.
   Sacó su vieja libreta de pasta dura. En ocasiones, le tranquilizaba escribir en lo que Jenny llamada, “un diario” ya que a final de cuentas, si mamá Vero se llegaba a enterar de que estaba poniendo tonterías en sus cuadernos nuevos, no se la iba acabar, con todo y que sus hermanos le dijeran que era el favorito. Hizo algunos garabatos, caritas felices y escribió el nombre de Mayra en letras coloridas y algo afeminadas. Siguió pasando páginas de su “diario” al azar, sin darse cuenta de que estaba cayendo en la desesperación.
   Si tan sólo pudiera verla una vez más, los dos habían jurado que serían amigos hasta la eternidad, que ella iría a su boda y él a la suya, que bautizarían a sus hijos y ellos y sus nietos también serían amigos e igual de inseparables. Vaya, tonterías de niños.
-¿estudias?-una voz le sorprendió a sus espaldas. El chico de los ojos azules y el acento extraño se la acercó sigilosamente, Mauricio no supo a qué se refería hasta que vio sus hojas del diario azarosamente pasadas. Se había detenido en una página que mostraba partituras de piano.
-sólo un poco… no soy muy bueno en realidad-En realidad era pésimo, pero eso no podía decirse.
-¿me dejas ver?-Mau asintió-esto se ve un poco más complicado que el “martinillo”
   Los chicos rieron por lo bajo, cómo si sus risas les pudieron meter en problemas con el resto de los chicos y chicas.
-el canon de Pachelbel, es sólo una parte, pero mi abuelo dice que lo estoy sacando bien-explicó Mauricio cuando le devolvió el cuaderno, el chico seguía de pie.
-¿tu abuelo toca?, que coincidencia, el mío también me enseñó a tocar.
-así que somos dos, ¿eh?
-perdón por empujarte en la mañana, es que esos… los de atrás me lanzaron. Soy Julian.
-¿Yulian?...
-suena raro, bueno así se pronuncia pero se escribe con “J”… no soy mexicano… bueno sí… digo, hace poco que tengo la nacionalidad… si puedes darte cuenta. Mi apellido es Smith.
-se me hacía un poco raro tu acento… ¿de dónde eres?
-de Estados Unidos, seguro-Rosa apareció en escena, su mirada delataba lo hipnotizada que estaba por el tal Julian.
   Julian la miró con resuello.
-de Inglaterra, de una ciudad llamada Blackpool, ¿la conocen?
   Mauricio pensó responder mordaz, pero si quería hacer nuevos amigos, tendría que cuidarse de su lengua.
-no realmente-dijo Mau.
-apenas si salgo a la esquina-Rosa lanzó una carcajada que no fue bien recibida por sus compañeros varones.
-¿y cuánto tiempo tienes viviendo aquí?-cuestionó Rosa que se obligó a sentarse para contemplar mejor los ojos de aquel chico extranjero.
-cerca de dos años… mi tía, la hermana de mi mamá se casó con un mexicano-explicó Julian cómo si eso fuera suficiente respuesta a todo lo que pudieran preguntarle, Era más que obvio para Mauricio que la familia Smith tenía problemas. Si un niño inglés asistía a una escuela pública de un país con una economía menos pujante que la de su país natal, se podían hacer toda clase de conjeturas.
   Julian parecía un poco apenado, aunque luego de escuchar el nombre de la niña preguntona, jaló una banca y se puso a conversar con ambos. Así estuvieron hasta la siguiente hora, con la materia de Español y un poco más de mierda vocalizada.
   Tras el último graznido de la bella y bobalicona maestra de español, sonó la chicharra que indicaba la salida al receso. Los tres chicos parecían azorados en cuanto sus compañeros de clase comenzaron a salir a trompicones del aula. La niña y los dos niños se veían temerosos de volver a enfrentarse a ese patio atestado de chicos desconocidos, mayores que ellos en edad y estatura.
   “Bueno, aquí vamos” Se dijo Mau antes de seguir a Julian y a Rosa. El patio parecía el mismo de la mañana, sólo que ahora el sol brillaba en todo lo alto y había un poco más de caos respecto a la población estudiantil. Mientras bajaban las escaleras, el asfalto les parecía una enorme sartén caliente, lista para freír huevos o salchichas, Rosa señaló la fachada que estaba detrás de esas mismas escaleras y les explicó que aquel cuartito servía cómo cooperativa.
-¿qué es eso?-fueron las palabras de Julian-¿cómo una tiendita o algo así?
-sí-Mauricio se preguntó si Fernanda estaría cerca de ahí, nada le parecía mejor que irse a refugiar en las faldas de su hermana mayor, pero eso parecería muy poco varonil. En ese instante, a punto de abandonar las escaleras, casi en el último escalón, miró hacia arriba por puro instinto. Sus ojos se clavaron en una niña… una hermosa niña de cabellos castaños, un poco cortos encima del hombro, llevaba el suéter verde abierto y sus blancas piernas daban un espectáculo sumamente tierno y fuera de este mundo desde la distancia que Mauricio estaba. Se quedó un momento babeando, Julian y Rosa se adelantaron un poco, entonces la niña fijó sus grandes ojos azules en aquel muchachito flaco, enano y feo que la miraba detrás de dos grandes gafas ñoñas.
   Ella abrió los ojos sorprendida y sus labios se movieron, pero Mauricio suspiró aterrado y antes de que la niña apresurara el paso y bajara de la escalera, él mismo salió corriendo.
-Mau, quiero comprar algo en la…-Rosa se interrumpió cuando un apresurado Mauricio la tomó a ella y a Julian de los brazos y los llevó consigo, lo más lejos que pudiera de aquellas putas escaleras.
-¿qué pasó, Mau?-preguntó Julian, notando que aquella actitud significa que estaban huyendo de alguien.
-nada… es que…-se refugiaron bajo las otras escaleras, en el extremo opuesto del edificio principal, por el pasillo que daba a la dirección y al aula 7.
-bueno, yo quiero ir a comprarme algo a la cooperativa-anunció Rosa.
-¿tienes hambre?, yo tengo una torta, te la doy si quieres-Mauricio se apresuró a sacar la torta de milanesa de su mochila y antes de que Rosa protestara, el aroma de la milanesa frita y la visión de la servilleta húmeda que envolvía el pan, hicieron recapacitar a la niña.
-¿qué ibas a comprar?-Julian también sacó su lunch de la mochila. Un sándwich partido a la mitad.
-este… unas papas o algo… no traigo mucho dinero…
-pues quédate la torta-aseveró-si tienes sed, te doy de mi té… es de manzanilla, pero sabe bien, un poco frío…
-¿y tú que vas a comer?-Rosa vaciló, quería tomar la torta, pero no dejaba de sentirse incomoda.
-¿quieres la mitad de mi sándwich, Mau?-ofreció Julian.
-gracias, pero también traje fruta picada.
-genial, si tomas la mitad, me puedes dar fruta… mi mamá me pone desde la primaria una jodida manzana o una jodida pera…-el chico sacó la manzana y las mostró a sus nuevos amigos.
-si no quieres la manzana…
-tómala-Julian se la puso en la mano. Rosa se sintió a punto de desvanecerse, parecía un sueño que un chico tan apuesto y extranjero le estuviera ofreciendo una manzana.
-también toma la maldita torta y vamos a comer, antes de que acabe esto-Mauricio se sentó en la banqueta, con un poco de suerte, nadie les vería ahí debajo hasta que fuera hora de regresar a clases.
-o irse a casa-dijo Julian.
-¿qué?
-que quizá nadie nos vería aquí hasta que sea hora de irse a casita.
   Estuvieron comiendo en paz durante un buen rato, Mauricio les compartió de su té, pero Rosa no era afecta al té, en su lugar casi se terminó la coca cola de lata de Julian, estaba un poco tibia pero con eso le bastó.
   También platicaron sobre sus anteriores escuelas y sobre sus expectativas de los maestros que habían conocido hasta el momento. A Mauricio no le sorprendió oír de labios Rosa que apenas habían conocido a los maestros más blandos. Ella había tenido hermanos en esa escuela, pero Mauricio todavía tenía una hermana, que más que bien, conocía a toda la cuadrilla de profesores que habitaban las cavernas de la secundaria número 20.
-si me disculpan, la naturaleza me está llamando por larga distancia-anunció Mau, y Rosa se carcajeó.
-no la hagas esperar mucho-Julian también rió.
   Si bien recordaba, de las instrucciones de la maestra de Geografía, los sanitarios para varones estaban justamente detrás de ellos, sólo tenía que subir a la banqueta y girar a la derecha. Ahí estaban los lavamanos y un chico regordete, moreno y con gafas tan ñoñas cómo las suyas, se enjuagaba hasta los antebrazos. Mauricio vio que tenía un listón blanco. “otro novato”
-disculpa, aquí son los baños, ¿verdad?
-guíate por el olor a pis y a mierda de adentro-contestó el chico, ceñudo-también te puedes servir lo que quieras.
-bueno…
-discúlpame, es que este primer día me está rompiendo las bolas.
-descuida, sé que es difícil…-y hubiera agregado que eso mejoraría, pero a diferencia de él, aquel muchacho no parecía estar acompañado de dos buenas personas cómo Rosa y Julian. No parecía estar siendo acompañado por nadie. Estuvo a punto de meterse al baño pero el muchacho le sujetó del brazo derecho.
-¿adónde regresan los amantes?
   Mauricio no entendió aquella pregunta, entonces le soltó e hizo una mueca de diversión y se fue sin darle importancia.
   Tras realizar sus necesidades, Mau se enjuagó las manos, lamentó que no hubiera jabón pero era lo que tenía. Antes de bajar, se fijó en aquel regordete, estaba recargado sobre una de las columnas que flanqueaban la escalera de en medio, que estaba un poco más escondida que las otras dos, justo enfrente de la entrada a la dirección, el chico miraba sus zapatos en actitud pensativa pero no se movía. Le parecía un poco escalofriante y no dudó en preguntarse si estaría escuchando voces…
   “No, eso no era real” Hacía años que no escuchaba nada ajeno en su cabeza, ninguna palabra imaginaria.
   Aquel muchacho le dio más miedo aún, cuando su mirada se clavó ahora en él, estaban a cierta distancia pero Mau sentía… o mejor dicho, casi sabía que podría hacerle daño aunque estuviera a kilómetros de él. Apresuró el paso y bajó de la banqueta…
   Pero nada más dejar la escalera atrás, se dio cuenta de que había un par de personas cerca de sus dos nuevos amigos.
   A decir verdad eran dos niñas, una de complexión delgada y bastante alta para su gusto y la otra más bajita y robusta. Esas dos niñas hablaban con Julian y Rosa, quienes se veían animados. Mau no necesitó pensarlo dos veces para poner los pies en polvorosa, la niña alta tenía un cabello chocolate, con destellos dorados…
   Echó a correr, el pánico se había apoderado de él aunque no sabía porque. Regresó a la escalera de la cooperativa, sacó el inhalador y se dio una dosis aunque esta vez, la sensación de sofoco no se esfumó al momento.
-¡mira, aquí estás!-se dio la vuelta, pensando que la niña castaña le había atrapado, pero sólo era Daniel y los dos maricas que le habían acompañado en la mañana.
-¿Daniel?
-no soy Mayra, seguro. Te estuve buscando, cabrón, ¿sabes si sí vino?
   Mauricio lo negó… aunque aquella niña castaña…
-odio la maldita secundaria-dijo, sin importarle lo marica que sonara, en especial frente a aquellos dos putos.
-sí, es una puta mierda, pero ya casi acaba el día, vente, vamos a dar el rol, ¿y tu mochila?
-la dejé en el salón-de hecho, Rosa y Julian estaban dónde la había dejado.
-no manches, dicen que hay güeyes bien ratas aquí-espetó Roberto-no te vayan a chingar algo.
-no creo.
   Estuvieron recorriendo la parte trasera del edificio de talleres, echando de vez en cuando miradas curiosas hacia dónde salían y entraban niñas. Daniel le había dicho que ahí era dónde las señoritas hacían sus necesidades. Mauricio revisó su reloj digital, quedaban cerca de siete minutos para que el receso terminara, y aunque tenía deseos de seguir conociendo a Julian y a Rosa, aquellas dos niñas le resultaban intrigantes y no quería encontrárselas, pero ¿por qué?
   Tres chicos de segundo año, jugaban con un balón de futbol casi nuevo, al ver llegar a Roberto, Daniel y Gabriel, se armó una cascarita, Mauricio se excluyó a sabiendas de lo peligroso que resultaba ese deporte para él.
-que sea el árbitro-dijo burlonamente uno de los de segundo.
-nel, que a los árbitros no se les puede dar de balonazos-Gabriel le miró con malicia.
   Cuando al fin el receso terminó, la cascarita se aplazó durante unos minutos más, incluso luego de que sonara la chicharra. Mauricio suspiró y se despidió de Daniel.
-órale, Mau, al rato paso a tu casa-le dijo su amigo y se quedó un momento más pateando esa estúpida bola de gajos cosidos.
El patio se estaba vaciando rápidamente, Mau pensó que si se rezagaba más, todo el grupo estaría ya en el aula 4 antes de que el siguiente profesor llegara y entonces se quedaría fuera de la clase. Apresuró el paso, entonces, alguien le llamó a la altura de la cooperativa.
-oye, niño, ¿esta es tu mochila?
   Mauricio se dio la vuelta y por un momento se preguntó si sus piernas se habían hecho de piedra. 
   La niña castaña le sonrió espléndidamente, con una ternura inigualable. Sus dos hermosos ojos azules brillaban con una diáfana luz que parecía quemarle todo el corazón y todo su ser, aquella mirada iluminaba más que el mismo sol que bañaba el patio de la escuela secundaria 20, en esa mañana a punto de fenecer. Tenía su mochila colgada en el hombro derecho y la de Mau en el izquierdo.
-sí… es mía…
   La muchacha dejó caer la mochila de Mau y se lanzó contra él. En un principio no se explicaba qué estaba pasando, la hermosa chiquilla le llenaba el rostro de besos y lo estrujaba con un caluroso abrazo.
-¡Mau-Mau-, Mau-Mau, qué feliz estoy de volver a verte!-chilló ella cuando al fin dejó de estrujarlo.
   Mau se apartó para tomar aire, no fuera a darle otro jodido ataque de asma. Entonces se dio cuenta de que junto a Mayra, su querida amiga de la infancia, estaba otra niña.
-¿qué pasa, Mau-Mau?, ¿no estás contento de volver a verme?
   Mauricio la miró sin poder ocultar su estupefacción. Mayra. Era Mayra, pero sin serlo… o por lo menos no cómo la recordaba. Era más alta, incluso que él y destacaba aún más debido a la compañía de aquella niña chaparrita a su lado. Su cabello era tan hermoso y castaño cómo lo recordaba, ese cabello sedoso y lacio que añoraba peinar durante las noches en que hacían veladas de películas y caricaturas con Daniel y los hermanitos de Mau. Su piel blanca, sus ojos azules, enormes, cómo dos estanques de agua pura, sus mejillas redondas y coloradas, cómo si siempre estuviera acalorada.
   Pero había cambiado en algo, no estaba seguro en qué, pero quizá era su rostro, un poco más afilado, que ya estaba perdiendo la redondez de la infancia, quizá era su esbeltez y dos pequeñas protuberancias en el pecho que llamaron profundamente la atención al muchacho de doce años.
-¿Mau?
   El chico la abrazó y le besó rápidamente, todavía quedaban estudiantes en el patio y temía que empezaran a correr los rumores, los cuales según Fernanda, corrían más rápido que Joaquín a la hora del baño.
-me alegra mucho verte… pero… la verdad no pensaba que fueras a venir a esta escuela
-la verdad ni siquiera me acordaba de cuál escuela habíamos elegido los dos… pero ¿me creerás si te digo que le pedí a mi tía que le hablará a tu mamá antes de las inscripciones?
-¿tu tía le habló a mi mamá? -“jamás me lo dijo”
-sipi, y doña Vero nos dijo que te había apuntado a la 20 y aquí estamos los dos, ¿no es genial?
-supongo…
-supones… te veo raro…-ella le acarició la mejilla y le tocó la frente-¿te sientes mal?, ¿trajiste tu inhalador?
-estoy bien es que…-volvió a fijarse en la niña bajita.
   Mayra también la observó.
-ella es Beatriz Castilla, nos conocimos hoy.
   Beatriz Castilla era una chiquilla bajita, de nariz pequeña, piel blanca y cabello negro, corto por encima de los hombros, tenía unas gruesas gafas tan negras cómo sus cabellos y portaba el uniforme tan correctamente cómo era permitido, incluso con el agobiante sol de mediodía, seguía con el suéter abrochado y bien acomodado, además de cubrirse completamente las piernas con la falda. A Mau le recordó unas palabras de Fernanda. “faldas de monja”
-es una buena amiga, -se dirigió a la niña bajita-mira Betty, él es mi mejor amigo en todo el mundo, Mau.
-Mauricio Silva-le ofreció su mano y la niña la tomó con delicadeza y suma mojigatería.
-hola, escuché mucho de ti.
-me imagino… Mayra, ya se me hizo tarde, debería regresar al salón.
-yo voy en el grupo 13, para que lo sepas-dijo la niña.
-yo voy en el…
-14, conocimos a tus amigos, Rosa y Julian, son bien chidos-ella sonrió y le dio un beso en la mejilla-tienes razón nosotras también vamos retrasadas.
   Hubiera querido decirle algo lindo, o invitarle a su casa luego de la escuela, pero aquel beso tan cariñoso y sincero… Mauricio sentía algo raro, más raro que saber que su amiga estaba de nuevo en el Distrito Federal, más bonita que antes y tan tierna cómo siempre. Era un sentimiento inexplicable y no sabía ni siquiera cómo describirlo.
   Entonces se separaron, el grupo trece estaba en el aula seis, por lo que Mayra y Betty tendrían que regresar por la escalera escondida del medio y Mauricio por la que estaba sobre la cooperativa.
   Las últimas tres horas de clase se pasaron rápido. Primero, introducción a la Química y Física, luego, Formación Cívica y Ética y al final la clase de Educación Física. Unos minutos antes de acabar, el profesor se ausentó dispensándolos hasta que sonará la campana.
-conocimos a tu amiga-dijo Rosa mientras guardaba sus cuadernos y lápices. Julian miraba su reloj sin correas, impaciente.
-¿Mayra?, ¿Cuándo?-Mau terminó de guardar sus cosas y observó su propio reloj, la impaciencia de Julian se le estaba contagiando.
-cuando desapareciste y nos dejaste solos-reprochó Julian sin dejar de mirar su reloj roto.
-no desaparecí, es que me encontré con mi amigo del 15…
-ya, y obvio que lo preferiste a él.
-no es eso…
-se entiende, lo conoces de hace tiempo, a nosotros nada más desde hoy-Rosa le sonrió-esa Mayra es muy bonita, y parece muy enamorada de ti, ¿Cuánto tiempo llevan de novios?
   Mauricio cerró los puños.
-no es mi novia… dices puras tonterías.
   Rosa se preocupó por la fiereza que mostraban los ojos de Mauricio y por puro instinto retrocedió.
-miradas que matan.
-sólo es mi amiga, Rosa-Mau sacó el inhalador y se dio una dosis.
-¿cada cuánto haces eso?-inquirió Julian.
-depende
-¿de qué?
-de muchos factores que no tengo por qué explicar.
   Unos minutos después, sonó la campana y todos los chicos salieron cómo bólido.
   Una vez que hubieron avanzado por el patio y cruzaron el portón, los tres chicos se sintieron cómo cerdos abandonando el matadero, aunque más bien cómo presos abandonando la prisión y abrazando la libertad.
-por fin-suspiró Rosa-libertad al fin, ¿los veo mañana?
  Los niños asintieron.
-okay, hasta mañana-les dio un beso en la mejilla a cada uno y se perdió entre la multitud que se alejaba lo más lejos posible de la fachada escolar.
-nunca me había besado una niña-admitió Julian con perplejidad.
-creo que esa niña está loca, pero me cae bien.
-sí, mi mamá está por allá, supongo que te veré mañana-Julian sonrió y luego se metió entre la multitud para alcanzar a una señora esbelta y alta, con una larga cabellera negra.
   Mauricio tuvo la enorme necesidad de sacar el inhalador, pero se contuvo y en su lugar se apartó de la multitud, tenía que esperar a Fernanda o a su madre, a cualquiera de la dos que estuviera más cerca, quizá a esa hora su madre ya hubiera terminado sus compras en el mercado.
-¡Mau-Mau!-una vocecita se filtró entre los estudiantes dispersos. La hermosa niña castaña salió dificultosamente del muro de gente.
-hola…
-hola, ¿ya te ibas?
-no… es que…-¿cómo explicar que no podía irse sin algún miembro mayor de su familia? Aquello no significaba que Verónica desconfiara de sus hijos, la escuela quedaba muy cerca de su hogar, pero a mami no le gustaba correr riesgos. Un automóvil les podía atropellar al cruzar la calle, algún miserable podía asaltarlos o venderles drogas y pornografía, un perro callejero con rabia les podía morder… Verónica de Anda siempre prefería prevenir que lamentar.
-No. Tienes que esperar a tu mamá-dijo Mayra con seguridad, no parecía burlona.
-no es que tenga que esperarla… pero Fernanda todavía no sale…
-no importa, creo que tendré que esperar contigo-su sonrisa era preciosísima, sus ojos azules tenían una claridad intensa, parecían capaces de devorarlo y él parecía dispuesto a sumergirse en ellos-mi tía habló con tu mamá, me van a acompañar hasta mi casa.
-tú vivías en esa calle-Mau señaló hacia la esquina.
-pero me cambié, tontito, ¿te acuerdas?-ella volvió a sonreír y se acercó peligrosamente a él. Mauricio sintió un miedo atroz, ella tenía claras intenciones de abrazarlo, estando todavía rodeados de condiscípulos y madres abnegadas.
   Se apartó, ella lo notó pero no dejó de sonreír, en cambió lo tomó de la mano. Hasta ese tacto tan terso le enfermaba, Mauricio se estremeció, se le puso la piel de gallina, algo estaba mal respecto a Mayra, pero ¿qué?
-ahora vivo en una calle llamada Tennyson, ¿te suena?-Mau negó, estaba pálido-bueno, tu mamá me va a acompañar, según mi tía, ojalá también me acompañes para que te aprendas el camino.
   El chico se liberó de la mano de su amiga, ella no dejó de sonreír y parecer feliz, pero se había dado cuenta de que él estaba incómodo. Hubo silencio entre los dos. La salvación llegó con Fernanda, se despidió de sus dos amigas y se acercó a los muchachos.
-¡Mayra!
-hola Fer… qué guapa estás.
-no digas burradas, tú sí que estás hermosa, ¡mírate, chamaca!-Fernanda le dio un beso y se le quedó mirando fascinada-¿y qué dices, lindura?, ¿cómo te va en la vida?, ¿qué tal Guadalajara?
-es una ciudad hermosa, pero extrañaba mucho el D.F, sobre todo a mis amigos-la niña miró de reojo a Mau.
-la verdad es que yo ya no me acuerdo de cómo era aquella ciudad, ojalá nunca nos hubiéramos venido a esta apestosa urbe-declaró Fernanda cómo si en verdad añorara algo que apenas recordaba. Ella y Ángel habían nacido allá debido a la profesión de su padre pero no lo recordaban lo suficiente.
   Fernanda miró sobre la multitud.
-creo que deberíamos adelantarnos, Mau, a ver si nos encontramos a mamá en el camino.
   Los adolescentes echaron a andar, esquivando a algunos despistados padres de familia que seguían esperando a sus retoños. Mauricio tuvo la necesidad de separarse un poco de las chicas, lo que le hacía sentirse raro, Mayra no le dejaba de mirar de reojo y advertía su extraña forma de actuar. Se encontraron a Verónica de Anda a mitad del estacionamiento del mercado, llevaba la mochila de Joaquín al hombro y sus dos hijos menores la secundaban mientras degustaban una rica paleta de hielo.
-¿esa niña es Jenny?, ¡guau!, qué bonita se ha puesto-le susurró Mayra a Fernanda.
-ajá, míralos, los tres parecen gemelos: güeros y desabridos-Fernanda rió con malicia
-querrás decir, “trillizos”-dijo Mau, aunque Fer le ignoró.
-Mayra, cariño, me alegro de volver a verte, estás hermosa-Verónica le saludó, la niña sólo pudo sonreír mientras se sonrojaba y volvía a mirar a Mau de reojo.
-¡Mayra, Mayra!-la pequeña niña rubia que iba detrás de Verónica, con un suéter color vino en la cintura y una mochila rosada, se le echó a los brazos, Mayra la estrechó con cariño cómo si fueran hermanitas también.
-Jenny, qué bonita estás, mira tu cabello, me encanta.
-gracias, pero tú eres más bonita, verás que mi hermano te estuvo llorando desde que te fuiste.
-¿ah, sí?-Mayra volteó a ver a Mau, con una sonrisa pícara en su rostro.
-¡cállate, mensa!-gruñó Mauricio al ver a su hermanita contar algo tan afeminado acerca de él.
   Jenny miró ofuscada a su hermano mayor mientras Mayra, Fernanda y Verónica reían divertidamente.
-¡ay, Joaquín!, ya estás bien grandote-Mayra le pellizcó con cariño una mejilla al hermano más pequeño de Mau. El niño se sonrojó y quiso esconderse detrás de su madre, sin dejar de lamer su paleta de hielo.
-mamá, yo también quiero una paleta-dijo Fernanda con una encantadora sonrisa.
-yo no tuve nada que ver con eso-exclamó Verónica-tu abuelo fue muy generoso con el gasto que les dio.
-Mau, dame el cambio…
   Mau le entregó el billete intacto.
-¿no compraste nada?, vaya tonto.
-bueno, vámonos ya-ordenó Verónica.
-los alcanzo, voy por mi paleta-Fernanda se separó de la familia y se adentró en el mercado. Los demás cruzaron la calle y entraron a la acera de los Silva, Mayra pareció revivir ciertas cosas en su mente al ver de nuevo la fachada de la casa que muchas veces visitó para fiestas de cumpleaños, veladas familiares y reuniones de juego con sus dos únicos amigos de verdad.
   Una vez frente de la puerta de los abuelos, Verónica metió su llave en la cerradura y abrió la puerta.
-Jenny, Joaquín, vayan a decirle a su papá que ahora regreso, voy a acompañar a Mayra a su casa… ¿Mauricio?
   Mau se escabulló, no quería mirar a su amiga a los ojos, pero lo hizo. Ella parecía expectante, casi suplicante.
   “ven, Mau-Mau, ven”
-mande…
-¿no vas a ir con nosotras?
-… bueno… es que… tengo tarea, ya sabes… no quiero dejarla para después…
-¿a poco te dejaron tarea el primer día?-fue la pregunta mordaz de Mayra, su voz denotaba decepción y ciertamente, un poco de tristeza.
-sí, ¿a ti no?-contestó él, indiferente pero incapaz de sostenerle la mirada.
-bueno, bueno, entonces ve a hacer lo que tengas que hacer-masculló su madre-di lo mismo a tu padre y a Fernanda que cierre la puerta, ahorita vengo.
-adiós, Mau-se despidió ella, apenas en un susurro.
-a-a-adiós…
   Mau entró a la casa, la sala de sus abuelos estaba desierta, tal y cómo creía iba a encontrar su propia habitación, al saber que Ángel ya no estaría en casa para esas horas. Pasó de largo y salió al patio, escuchó voces y descubrió a Luciana, platicando con Jenny en las escaleras, alargó los pasos para evitar a su prima y se metió cómo una sombra a su casa.
   En la diminuta estancia que usaban cómo sala, Joaquín degustaba las últimas embarradas de su paleta y su padre miraba una película de acción en la televisión.
-mira, Mauro, compré esta película de Stallone, vente a verla-le dijo papá al verlo entrar.
-¿a qué horas se fue Ángel?-cuestionó Mau y su padre hizo un gesto de asco e hizo cómo que no lo escuchó.
-es vieja, pero está chida.
-no puedo, tengo tarea papá.
   Aquello pareció ser suficiente para su padre que no dijo nada más y lo dejó pasar en paz hacia su habitación.
   Al dejar sus cosas en la cama, se quedó mirando la parte del cuarto que le correspondía a su hermano mayor. Los Silva siempre habían estado juntos, en las buenas y en las malas, cómo era aquella época, pero por alguna razón, Ángel había dado un paso, de eso estaba seguro, pero no estaba seguro hacía dónde.







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