I
Día de
escuela.
Verónica De Anda García, como había sido
nombrada por sus padres, solía tener un horario para levantarse, antes que
cualquier ocupante de la casa. Diligentemente se ponía las pantuflas en forma
de cara de oso que sus hijos le habían regalado para el día de las madres de
hace 2 años, se enfundaba en una bata rosada, muy bonita pero algo vieja y
entonces se ponía a dar el recorrido del diminuto pasillo que llevaba de los
cuartos de sus retoños, a la cocina. Claro, por supuesto, antes de cualquier
cosa se aseguraba que los mayores, Ángel y Fernanda, ya le estuvieran imitando,
pues entre más rápido se levantaran, más rápido se ducharían y más rápido
estarían listos para irse a la escuela.
Ella era la madre del muchacho que desde
hacía un par de horas, se encontraba despierto en su habitación. Y aunque no se
pudiera decir que había estado en vela toda la noche, sus pensamientos
frenéticos le ponían en alerta y le despertaban ante el más mínimo sonido que
escuchara.
Lo
sabía. Y es que aquellas últimas semanas de no poder dormir bien, le habían
ayudado a comprender mejor el ritual matutino de su madre. Pero aquel chico
somnoliento que se retorcía nervioso en su cama, de pronto recordó que su
hermano mayor, Ángel, ya no tendría que seguir aquellas instrucciones de mamá. Pues
Ángel, ya no iría más a la escuela secundaria diurna número 20. Cosa que él
empezaría aquel miserable año, por primera vez en su vida.
Así que había pasado otra noche sin dormir
bien, por culpa de la maldita secundaria y se estremecía ante cualquier ruido
que le indicara la proximidad del comienzo de la rutina. Hoy era el día, ya no
faltaba una semana, ni tres días, ni dos, ni un fin de semana. Era hoy, el día
en que por fin empezaría a cursar el primer año de secundaria.
La escuchó entonces. Ruidos en la cocina, el
sonido de una olla chocando con el fregadero… e intempestivamente, los pasos
suaves pero firmes de Verónica, se empezaron a acercar.
El muchacho, Mauricio Silva De Anda, se
hundió en la cama cuando la puerta de su cuarto rechinó secamente, y apenas un
rayito de luz entró a la penumbra del dormitorio que compartía con Ángel.
¿Qué le quedaba? ¿Hacerse el dormido? No
tenía mucho sentido, y de todos modos, cuando la puerta se abrió lo suficiente,
el bello durmiente que roncaba en la cama de al lado, se sacudió las cobijas de
encima.
-¿ya es hora?-el chico
se dio cuenta de algo gracioso que Mauricio ignoraba. Soltó una pequeña
carcajada y sentenció-es la costumbre.
Entonces, su madre encendió las luces.
-Mauricio-musitó ella,
pero con firmeza-ya es hora, mi amor. Levántate.
-sí, Mau. Tienes un
deber-asintió su hermano y de un movimiento ágil, bajó de la cama. Luego se
agachó para buscar sus calcetines y así, sin mirarle y buscando debajo de su
cama, le dijo a modo de burla-el deber te llama.
-Mamá…-Mau quiso protestar pero su voz parecía ser inaudible
-anda, mi cielo, te prepararé hot cakes-ella desapareció sin decir nada
más.
-hasta te consienten-le dijo su hermano y también
abandonó el cuarto sin darle tiempo a decir algo, cualquier cosa.
Mau ni siquiera
tuvo que luchar con lo difícil que es pararse a esas horas, quitarse la pereza
y conseguir conectar la conciencia con la realidad para no tropezar con algún
puto mueble mientras iba por ahí descalzo. No había dormido bien, pero no se
sentía cansado. Lo que sentía, era terror.
Se levantó como
autómata y salió descalzo del cuarto. Tan centrado en ese pensamiento
terrorífico que le infundía la secundaria, que no fue capaz de distinguir la
fría superficie lisa de las baldosas del pasillo a la superficie rugosa del
suelo de concreto de su cuarto.
Y cuando abrió
la puerta del baño, y sintió la humedad del azulejo del piso, se dio cuenta de
que no llevaba calcetines. Obvio, ni siquiera se había puesto pantalones, iba
en calzoncillos y tampoco se había puesto a buscar su toalla o su bata de baño.
Simplemente se le había olvidado.
Suspiró con
rabia. Luego pudo ver a su hermano Ángel en la sala, ponerse una chamarra
con el escudo del Atlante, equipo de fútbol que seguía su familia.
Antes de que le
viera, se escabulló de regreso a su habitación. También escuchó a su madre
decirle algo a Ángel desde la cocina.
-a tu padre le traes un bolillo…
-sí mamá, ahorita regreso-contestó su hermano y luego se
escuchó la puerta de salida con su típico rechinar. Todo en esa puta casa rechinaba.
Hasta los
dientes de Mauricio lo hacían mientras se desnudaba. Entonces se puso la bata
de baño azulada, que usaba desde hacía bastantes años y se echó una toalla al
hombro. Esta, con un burdo diseño del escudo del Cruz Azul, otro equipo de fútbol
de la ciudad. Sólo después de eso, se metió al baño.
Entonces, ahí,
frente al inodoro y la grotesca regadera que su padre había instalado un año
antes, se sintió tremendamente angustiado. Era terrorífico porque no sabía de
dónde provenía esa sensación, simplemente estaba ahí, aparecía de la nada y no
tenía muy claro qué lo provocaba. Una opresión en el pecho, la falta de saliva,
la dificultad de tragar, las ganas inmensas de gritar y hasta de llorar. ¿Podría
avecinarse un ataque de la jodida asma que le aquejaba desde su nacimiento? De
ser así, tendría poca chance de mitigarlo, se sentía agarrotado, como un
tronco, sí, como un tronco, como solían gritarle los aficionados del Atlante a
su padre cuando iban a verlo jugar. Pesado, rígido e inmóvil. Apenas podría
abrir la puerta, girarse y salir en busca de su inhalador…
Pero la puerta
se abrió. Se movió hacia delante y pese a creer que no podría girarse, lo hizo.
Su madre asomó la cabeza.
-¿Qué te pasa? Cierra bien la puerta…
Ella se quedó
seria al verlo, entonces abrió por completo y se metió al diminuto baño.
-¿qué sucede, cariño?
Mauricio la
miró. Ahí estaba ella, su madre, Verónica De Anda, aquella mañana llevaba el
cabello suelto y bien peinado sobre los hombros, era rubio y sedoso, y aunque
su tonalidad era más bien oscura, Mauricio adoraba la forma en la que despedía
destellos dorados cuando entraba en contacto con la luz del sol o cualquier luz
brillante, cómo la de la jodida bombilla del baño de la casa. Por poner un
ejemplo. Su madre era hermosa y parecía muy dulce, ¿Por qué no decírselo?
Siempre había contado con ella.
-no quiero ir a la
secundaria-sólo lo dijo, y de pronto aquella opresión se fue. Era una sensación
parecida a la de liberar un pedo que tuvieras atorado en el intestino por
muchos días.
-ya sé, mi amor, pero
tienes que ir-dijo ella con dulzura y se quedó mirándolo-No sabes cuan
orgullosa me siento de que ya vayas a entrar a la secu, sé que tienes miedo,
amor, pero te juro que no será tan malo como lo imaginas.
-voy a estar solo…
-no, Fernanda pasó a tercero, ella va a estar contigo, se
van a ver en el receso.
Mauricio dudada
que su hermana le dejara tenerlo pegado como lapa durante todo el receso… fuera
lo que fuera esa mierda.
-ya, mi amor, báñate que Fernanda también se tiene que
bañar-dicho esto, le dio un beso en la frente y salió del baño, cerrando la
puerta tras ella.
Se desnudó y
abrió el grifo de la ducha, dejando que el chorro le cayera por todo el cuerpo,
aunque esto fue un error. El agua estaba fría, se había olvidado de abrir la
caliente y templar ambos chorros.
Molesto y
soltando improperios por lo bajo, se puso a templarla. Así, mientras se metía
bajo la regadera se repitió mentalmente lo dicho a su madre.
“No quiero ir a
la secundaria” Pero ya no resultaba liberador, simplemente era muy mierda, algo
realmente infeliz, insignificante. ¿Por qué aquello tenía que ser así? ¿Era lo
único malo?
Entonces recordó
que pocas veces en su vida, había sido feliz. La verdad era, que no podía
recordar gran cosa: muchas visitas a consultorios médicos y hospitales, dos
ingresos, aquel episodio de Miraflores… El abuso y las burlas de la primaria,
la rudeza y desapego de su padre con él. Ni siquiera recordaba que en la época
de futbolista de su padre, la hubiera pasado en grande, a diferencia de sus
hermanos mayores, que recordaban con lujo de detalle los buenos momentos de esa
época, despotricando en ocasiones contra esa vida de arrimados que ahora se
daban.
Aunque no era
del todo cierto, había algo de lo que Mau no se acordaba, por extrañas razones…
y no era exactamente algo, sino alguien.
Pasó el tiempo,
y Mau terminó de ducharse.
-oye, apúrate, que tengo
que entrar-dijo una voz femenina junto con los golpeteos en la puerta. Aún
tenía que lavarse los dientes, así que podría ignorar aquellos golpes y aquella
voz, pues Mauricio no tenía miedo de Fernanda, pero para qué arriesgarse.
-carajo, ya voy…
Ella invadió el baño y
le instó a salir nada más abrió la puerta.
-¿qué tanto haces?,
pareces señorita-rugió ella mientras se aseguraba que Mauricio no hubiera
manchado de pis la taza del inodoro.
-me tardo lo necesario,
tú deberías levantarte más temprano.
Ella le miró con un gesto homicida y cerró
la puerta de golpe.
Mauricio se quedó un rato escuchando a su
hermana orinar, a veces deseaba poder ser mujer para darle unas cuantas
bofetadas.
Fernanda era de cabello negro cómo él. Ella,
Ángel y Mauricio compartían el color de piel cobriza de su padre, pero el único
que tenía el cabello oscuro y casi rizado cómo él, era Ángel, su viva imagen,
por lo demás, Fer y Mau compartían los ojos vivarachos y gentiles de su madre,
aunque de distinto color. Ella tenía los pómulos de los Silva.
Fernanda era alta, en comparación con él,
tenía quince años y sus pechos estaban desarrollados y eran muy grandes, aunque
Mauricio no tenía noción de ello, muchas veces se quedaba estupefacto
observando el relieve de su hermana, cosa de la que carecía Verónica de Anda y
la familia regiomontana de esta en general. En cierta ocasión, Mauricio entró a
la sala, y escuchó a su madre decirle a Fernanda algo sobre que las mujeres
Silva eran chichonas por naturaleza, que se debería acostumbrar. Algo que lo
dejó pensativo durante muchos días.
De vuelta al presente, tras aquel episodio,
regresó a su cuarto, y se vistió inexpresivamente frente a la diminuta cómoda
en la que él y su hermano guardaban su ropa. Pero hasta sentir el contacto del
uniforme nuevo con su piel recién limpia, le provocaba un estremecimiento.
Salió descalzó de nuevo, pues no encontró por ninguna parte los jodidos
zapatos. Ahora sí llevaba calcetines. Fue a la cocina, ya olía a hot cakes.
Aquella mañana, había dos personas ocupando
las bonitas sillas de madera. Ángel degustaba un tazón de cereal con fresas
encima. En su incursión fuera de la casa había traído pan de dulce y algunos
bolillos, mientras que su padre, el primer Ángel de la familia, jugueteaba con
el volumen de la mini radio de Verónica, dejando que los huevos revueltos se le
enfriaran a un lado.
Mauricio recordó que
llevaban cerca de un año sin hablarse, ya que no contaba aquella vez en Noche
Buena, cuando ambos discutieron sobre los nada probables logros del Atlante
para la siguiente competición. Esa noche luego de la cena, Mauricio los miró
sosegados, quizá porque la época lo ameritaba, pero el 27 de diciembre
volvieron a su ley del hielo.
Se sentó, Ángel le dirigió una sonrisa,
aunque su padre ni siquiera le prestó atención.
-tengo tus zapatos-dijo
su hermano-les di una buena boleada mientras te arreglabas.
-gracias, empezaba a
preguntarme a quién podrían haberle gustado semejantes porquerías
-son buenos
zapatos-intervino su madre-te los compré un poco más grandes porque te aseguro
que te va a crecer el pie… todos los Silva son patones por naturaleza-Verónica
hizo una mueca de afecto y le sirvió un copioso vaso de leche junto a los tres
panqueques que había frente a él.
Mauricio pensó que las Silva eran chichonas
por naturaleza, pero tuvo demasiado sentido común como para no decirlo frente a
su madre.
Fernanda llegó poco después,
con el cabello húmedo, y del cual emanaba una dulce fragancia. Ella pasó de los
hot cakes y mejor se atiborró de huevos revueltos con jamón igual que su papá.
Hubo una pequeña discusión entre Fer y Ángel por un tal Artemio, al que Mau no
conocía. Mamá calmó las aguas y desayunaron con cierta tensión pues papá se
veía ausente, escuchando las noticias, indiferente, frente al radio.
Cuando salieron de la casa, con las mochilas
al hombro, seguidos de mami Vero, se encontraron a una mujer con bermudas y una
holgada camisa con el escudo descolorido del Atlante, que apenas ocultaba sus
voluminosos pechos desnudos. Ella regaba las plantas del patio mientras su
pequeño cocker de pelaje blanco, orinaba las macetas de doña Margarita
Gonzáles, la querida abuela.
-hola, Marga-saludó
Verónica al ver a su cuñada. Margarita Silva Gonzáles, o la tía Márgara, cómo
todos le decían, era una mujer madura, pero no demasiado como para que las
canas de algunos de sus mechones, delataran su verdadera edad, su cabello era
espeso y negro como el de Ángel padre, ojos oscuros y pómulos recios, toda una
Silva de los pies a la cabeza, además de chichona. Era la segunda hija del
matrimonio de Luciano Silva y Margarita Gonzáles.
Su perro ladró y fue a los brazos de
Fernanda, Verónica quiso protestar por
temor a que le ensuciara el uniforme de la escuela.
-¡tate!-gruñó la tía
Márgara
-bonito, bonito, ¿quién
es mi bonito?-decía su hermana mientras Mauricio se alejaba. Los Silva De Anda
amaban a las mascotas, Jenny y Fernanda siempre habían suplicado por un
perrito, y Ángel confesó que le fascinaban los gatos, pero había una razón por
la que nunca habían podido tener uno: Mauricio era tremendamente alérgico al
pelambre de los animales.
La tía Márgara probablemente se acordó de
eso y le gritó al animal que se metiera a la casa. El can obedeció antes de
lamerle las manos a Fernanda y lanzarle una olfateada a Verónica.
-vaya, parece que por
fin vas a la secundaria, todavía recuerdo cuando te llevaban de la manita al
kínder-dijo su tía y le dio un emotivo abrazo, apretujándolo con sus enormes
cojines suaves y colgantes que llevaba en el pecho, Mauricio se apartó
apenado-estás muy guapo, y tú Fer , te ves bien chula.
Luego, Fernanda y su
madre se pusieron a intercambiar algunas palabras con la tía Márgara, algo que
Mauricio aprovechó para pasar hacia la sala de los abuelos. Ahí dentro, Ángel,
quien se les había adelantado tras la discusión con Fernanda, platicaba
alegremente con su abuelo y una muchacha de la edad de este. Era su prima
Luciana, hija de Márgara.
El abuelo, don Luciano llevaba una bata
color vino sobre una pijama escarlata, la cual era su favorita, estaba sentado
sobre “el sofá grande”, cómo el llamaba al enorme loveseat forrado de cuero que
hacía mucho ruido cuando te movías o cambiabas de lugar. La muchacha vestía
pantalones de pana y una holgada playera con tirantitos que delataban su
relieve generoso y heredado de su madre, tenía los pies descalzos sobre el
regazo de Ángel, en el otro loveseat, “el sofá pequeño” Cuando Mauricio entró a
la estancia los bajó y se sentó correctamente. El chico hizo un gesto mientras
su abuelo se levantaba a darle su respectivo beso de todos los días.
-Maury-saludó el señor y
le estampó un beso en la mejilla a su nieto-mírate, ya vistes con tu uniforme
de la 20, es una buena escuela, que bueno que la hayas elegido, mi hermana
Paola y yo fuimos los únicos que fuimos ahí.
-no dudo que sea buena
escuela, abue, pero mamá la escogió, yo quería ir a la 26
-las secundarias
técnicas son engañosas…-dijo, y luego volvió a su asiento.
-Maury, ven, siéntate
antes de que se vayan-su prima le instó a sentarse cerca de ella.
Mau la quería, en serio, siempre había sido
dulce y consentidora con él, incluso llegó a solaparlo cuando con Mayra y
Daniel, hacían alguna travesura, pero por alguna razón, no le gustaba que fuera
tan cariñosa con él y con Ángel. Aunque quizá no sólo fuera cariñosa, de hecho,
era DEMASIADO cariñosa.
Mau se sentó tímidamente, ella abrazaba a
Ángel, pero eso no evitó que se acercara a él y le diera un húmedo y emotivo
beso en la mejilla.
Afortunadamente, Fernanda y mamá entraron a
la sala de los abuelos. Don Luciano hizo lo mismo que con Mau y estampó dos
delicados besos a su nuera y a su nieta, sin despegarse de su taza de café en
ningún momento.
-bueno, don Luciano, al
rato nos vemos-dijo su madre y salieron acompañados de Ángel.
La residencia Silva, se encontraba a mitad
de la calle que solía llamarse Lago Wenner, entre Lago Ginebra y Lago Naur. La
secundaria número 20, se encontraba a muy poco de ahí, en la calle de Lago Erne.
Al salir de su calle, sólo tendrían que cruzar por el mercado a la izquierda y
girar en la siguiente esquina a su derecha. Ángel había terminado su educación
básica en esa escuela, el año pasado, había obtenido logros y calificaciones
altas, cómo era de esperarse de él pero inesperadamente, abandonó el camino que
tanto su padre como el propio muchacho, se habían trazado. Razón por la cual
llevaban sin hablarse un tiempo.
-mamá…-se dirigió a su
madre al ver que los mayores se adelantaban.
-¿mande, bebé?-Verónica
sólo usaba ese mote con Mauricio y Joaquín, el último era el más pequeño y se
entendía, pero con el primero… quizá para ella siempre sería su bebé frágil y
enfermizo al que había que proteger toda la vida.
-¿Ángel estará en casa
cuando acabe esta farsa?, digo, ¿la escuela?
Mami vaciló.
-si por mí fuera… bueno,
ya sabes qué haría si por mí fuera.
Lo sabía, a mamá también se le hacía difícil
separarse del amado primogénito.
-pero no lo entiendo
-yo tampoco mi vida,
pero Ángel se está convirtiendo en un hombre, debe de saber qué quiere en la
vida y yo no puedo decirle que no, sólo porque a mí no me parezca bien, se
trata de Dios…
No sabía qué o quién era Dios, pero se le
hacía injusto que quisiera quitarle a su hermano durante tanto tiempo. Ángel se
iba a convertir en cura o algo así y a Mau todavía no le quedaba muy claro como
era eso.
-ojalá pudiéramos
rezarle a Dios para que Ángel se quede.
Su madre asintió en silencio, él la miró
conmovido, era una mujer hermosa y fuerte, había perdido casi todo su acento
regiomontano, pero en ocasiones, cuando la rabia se apoderaba de ella,
recuperaba fragmentos de él y en esas ocasiones era cuando más habría que
tenerle pavor, incluso el mismo Ángel Silva padre doblaba las manos. Pero ni
siquiera su gran carácter o su dulzura, podrían evitar que Ángel hijo se fuera
todo un año a ese estúpido colegio o escuela de sacerdotes o lo que mierdas
fuera, en alguna parte del Estado de México.
Al llegar a la escuela, Mauricio se apartó
de su madre y durante un momento los pensamientos se le pusieron en blanco. La
fachada de la escuela era mucho más puta de lo que recordaba aquella vez que
acompañó a mami a inscribirle, azul, sin chiste y con su portón de hierro
oxidado más viejo que su abuelo.
-bueno, bebé, aquí
estamos…-a Verónica se le hizo un nudo en la garganta. Si a ella se le ocurría
ponerse a llorar, Mauricio le acompañaría de buena gana y quizá le diría que
regresaran a casa, pero su madre era fuerte y endureció sus facciones, no
quería mostrarle a su bebé cuanto le dolía tener que dejarlo sólo en esa horrible
escuela.
La opresión en su pecho había regresado en
forma de auténtico terror. Pero pese a que conocía los sentimientos de su
madre, no se sentía bien compartiéndolos, no soportaba verla con el mismo
temor, quizá ya era hora de ser valiente, sólo era una puta escuela llena de
putos niños a los que podría sobrevivir. Ya lo había hecho en la primaria, ¿no?
Mauricio la abrazó y le dio un beso en la
mejilla, deseando que fuera suficiente y que ella entendiera que estaba bien.
-amor… que te vaya bien,
te amo mucho, ya sabes y me siento muy orgullosa de que ya hayas entrado a la
secundaria.
El chico escuálido sonrió. Caminaron hacia
el portón, algunos estudiantes ya comenzaban a amontonarse junto a sus madres y
padres frente a la entrada, eso provocó que a Mauricio se le hiciera un nudo en el estómago. Ángel y Fernanda hablaban delante
de ellos, miraban en dirección a la escuela y luego Mauricio se fijó en que
ella le daba un tierno abrazo, ambos dibujaban un gesto de dolor. Él pensó que
a su hermana también se le hacía difícil saber que cuando regresara a casa, ya
no encontraría a su parejita, a su amigo y enemigo a la vez, a su confidente de
toda la vida.
-Ángel-Mauricio abordó a su hermano, Fernanda se apartó y
le esperó cerca del portón.
-Mau…-luego se dieron un abrazo-hermanito, sé que lo
harás bien, no tengo dudas, muy pronto serás tan alto cómo papá y serás un
hombre hecho y derecho.
-tú también lo harás
bien, ¿vendrás a vernos o algo así?
-no sé… el primer año…
le dicen año de discernimiento, es para ver si realmente es lo que uno quiere o
no… luego empezará el internado y aprenderé muchas cosas. No te preocupes, el
tío Mau me cuidará bien, no empieces con lo mismo que mamá.
-no te preocupes, ya
sabes que no
Ángel miró a su madre, ahora hablaba con
Fernanda, a los dos les pareció escuchar algo similar a “cuídamelo con tu vida,
no te despegues de él”
Los varones rieron por lo bajo.
-y dime, hermanito,
¿llevarás a la pequeña Mayra a casa?, hace años que no veo a esa niña y me
gustaría…
Ángel se espantó al ver el rostro pálido de
su hermano.
-¿te sientes mal?
¿Trajiste tu inhalador?-Mau tragó saliva y asintió.
Por alguna razón no había pensado en Mayra
durante… ¿dos años?, ¿acaso tres?, ¿quién dijo tres?, vamos, ¿quién me da tres
años por favor?
Realmente no sabía desde cuanto, pero
recordaba cierta semana en que no podía dejar de llorar y no salía de su
habitación. Recordaba una despedida, recordaba unos hermosos ojos azules que
lloraban junto a su hombro y a una dulce voz que le decía “espérame, Mau, en la
secu, te lo prometo”
-Mau…
-claro que me acuerdo.
-¿te acuerdas?
-de nada, no sé, ni
siquiera creo que Mayra vaya a venir a esta escuela, sus tíos no son pobres
como nosotros, probablemente vaya a una escuela privada o algo así.
Ángel
asintió.
-era tu mejor amiga…
supongo que siempre te queda el patán de Daniel, ahí me lo saludas, ¿quieres?
Se despidieron y entonces Fernanda lo tomó
del hombro, cada vez más cerca del portón, Mauricio se sintió de camino al
matadero, agarró la mano de su hermana y aunque pensó que le iba a rechazar, ella
le apretó cálida y amorosamente, además, le quiso tranquilizar con una sonrisa cuando
entraron.
El acceso a la escuela, se hacía por una
rampa amplia, todos los chicos y chicas que bajaban por ella, la mayoría sabía
a dónde dirigirse, pero otro puñado de ellos, se quedaban pálidos y
asustadizos. Algunos no dejaban pasar, y Mauricio y Fernanda tuvieron que
esperar a que el prefecto, un hombre panzón y barbudo, movilizara a los
muchachos que entorpecían el paso.
-qué caray con esos
pinches pollitos-dijo su hermana.
-yo soy un pollito-dijo
Mauricio a su vez.
Ella
rió y le apretó de nuevo la mano. En ese instante, sintió un leve roce en las
nalgas. Mauricio giró la cabeza y vio a una niña igual de flaca que él, llevaba
una falda deshilachada y sus piernas cómo palillos podrían confundirse con los
hilos sueltos de esta.
Mau pensó que al igual
que él, el uniforme le quedaba demasiado grande, “pobrecita, otra a la que le
tiene que durar tres años”
Llevaba una enorme mochila igual de
deshilachada, con la que batallaba ferozmente. El segundo roce a sus nalgas
ocurrió cuando la mochila volvió a luchar contra la niña.
-¿te pegué?, perdón-se
disculpó ella.
Mauricio se soltó de la mano de su hermana y
se apresuró a cerrar la mochila de la niña, antes de que todos sus cuadernos se
desparramaran.
-¡Mau!-gritó Fernanda,
ella se había adelantado unos pasos.
-gracias-dijo la niña
flaca con un gesto de bochorno-creo que tu hermana te habla.
El muchacho la miró con expresión rara.
-¿cómo sabes que es mi
hermana?
-lleva listón amarillo,
significa que va en tercero… es muy grande para ser tu novia.
Asintió y al ver que la niña ya se las
arreglaba mejor con su descomunal mochila, se despidió con un gesto y trató de
alcanzar a Fernanda. Sin embargo, su hermana ya había avanzado algunos pasos
más y ahora parecía rodeada de una gruesa e impenetrable muralla de niños de
todos los grados. Por un momento estuvo tentado de gritarle, so pena que todos
le mirarían cómo si fuera un marica, pero se sentía asustado. Fernanda le buscó
con la mirada, pero en ese momento, dos chicas, también con listón amarillo en
el suéter, la abordaron y las tres se pusieron a darse abrazos y besitos
mientras reían estúpidamente.
“Carajo” Se dijo, tratando de dominarse,
aunque la garganta se le empezaba a cerrar y cada vez le costaba más poder
respirar. Pensó que quizá debería regresar con la niña flaca, tenía listón
blanco, así que era tan novata cómo él, pero se había rezagado un poco más, de
nuevo por culpa de la mochila y más chicos se agolpaban delante de ella rampa
abajo.
Mauricio intentó esquivar la muralla, que
parecía más floja que antes pero había perdido a Fernanda de vista. Dobló a su
derecha, caminando a todo lo largo de la jardinera y se refugió bajo las
escaleras negras que había más al fondo. Se tranquilizó un momento y miró
inseguro a su alrededor antes de sacar el inhalador.
Se dio una buena dosis, notando que aquella
sensación de sofoco se esfumaba lentamente, lo cual fue un alivio en más de un
sentido, no quería empezar la secundaria lloriqueando por su hermana mayor y
encima silbando como una puta cafetera por culpa del asma.
Intentó buscar a Fernanda pero había más
chicos a cada minuto, se movían y se quedaban quietos. Los que hacían esto
último, eran los “pollitos” los novatos que empezaban su secundaria, cómo él y
que no sabían a ciencia cierta hacia dónde ir, algunos parecían tener miedo de
ser devorados o aplastados por los mayores. Mauricio sintió un verdadero asco
acompañado de un miedo irracional entonces, la situación se le hacía
inverosímil, porque no hace menos de medio año, seguía siendo un niño de
primaria, un pequeñajo que seguía jugando con figuras de acción y rompecabezas.
No tenía talento para los deportes ni para los videojuegos, pero cómo amaba sus
rompecabezas y sus libros, le gustaba imaginar que era un caballero que salvaba
a los débiles en tierras de fantasía a lomos de un dragón, o armando la imagen
de uno de estos seres por las tardes en compañía de mami o Ángel.
También amaba jugar a la guerra con sus
muñecos en compañía de Joaquín o de simular melodramas de plástico con las
Barbies de Jenny… todo eso ya se había acabado, o por lo menos estaba a punto
de acabar, nadie le había dicho en qué punto se hacía el cambio, cómo sucedía o
quién tenía que decirlo. Quería ser valiente pero era jodidamente difícil.
Quería gritar y a poco estuvo de hacerlo, de
no ser por aquella persona que salió de entre la multitud con total normalidad,
cómo si aquel mar de adolescentes, no fuera la gran cosa.
-órale, le dije al Gabo
que me parecía que eras tú… y sí eras tú-dijo un muchachito no más grande que
él en cuanto a edad, pero demasiado alto a su parecer. Mauricio no lo reconoció
al momento, pues cómo ya se dijo, era un chico muy alto y él no recordaba a su
mejor amigo en toda la vida de esa forma.
-Daniel…-dijo Mauricio
en un susurro, casi quejándose de dolor.
-¡Mau-Mau!-gruñó el
chico y le dio un puñetazo en el hombro. Mauricio se estremeció, sabía que
debería regresarle el golpe, cómo solían hacerlo en la primaría… pero hasta eso
parecía diferente. Además, se sintió intimidado por esos otros chicos que iban
con él.
Los dos eran iguales de altos que Daniel,
aunque sólo uno de ellos era menos robusto. El delgado era moreno y tenía un
incipiente bigotito sobre el labio superior, que le complementaba la mirada
fría y turbia a sus marcados rasgos indígenas.
El otro era menos moreno, aunque no tan
blanco cómo Daniel, casi tenía la misma piel cobriza de Mau pero se notaba la
rudeza en sus facciones, además de que tenía un físico envidiable para un chico
de su edad.
-no digas eso-bufó el
asustado Mau.
-¿Por qué?, así te decía
ella… cuánto tiempo sin verte, amigo.
Se miraron y aunque Mau sabía que Daniel
tenía ganas de abrazarlo, de la misma manera que él, se contuvieron, en parte
por aquellos dos desconocidos (para Mau) y en parte porque ya no eran unos
mocosos afeminados.
-mira, él es
Roberto-dijo señalando al delgado-¿te acuerdas de Gabriel?, ¿Qué vive por mi
casa?-presentó al otro chico. Ninguno de los dos le saludó, Mauricio sintió un
nudo en el estómago al verlos, era claro que había hostilidad de por medio.
Recordaba a Gabriel de las pocas veces que llegó a ir a casa de Daniel.
Pero sobretodo recordaba las cascaritas de
futbol con los amigos de Daniel en dónde siempre le aventaban balonazos a
diestra y siniestra y con total alevosía, el principal de esos fusileros (y el
más sádico) era el tal Gabriel.
-al parecer, nos va a
tocar en grupos diferentes-dijo Daniel, ocultando su decepción-qué putada, pero
ni modo. ¿En cuál te toca, carnalín?
Daniel se recargó en la jardinera, junto a
Mauricio, los otros dos le imitaron pero siempre al lado de Daniel, quizá
temían ser contagiados por Mauricio o algo así.
-en el catorce…
-nosotros vamos al
quince… qué mierda, ojalá nos tocara juntos… ¿y sabes en qué grupo va ir ella?
Mau negó en silencio, no había cruzado
palabra con Mayra en tres años, ¿cómo mierdas iba a saber en qué grupo le
tocaba?, en el caso de que decidiera ir a esa mugrosa escuela, claro está.
-la extrañé un chingo,
Mau. Imagínate, yo que no era el favorito, seguro que tú lloraste y lloraste…
-no digas
idioteces-protestó él. Era verdad que lloró por días pero eso era un detalle
que no necesitaban saber aquellos dos sujetos ajenos a la conversación-hablamos
mucho de qué escuela queríamos, pero nunca fue algo serio, estábamos muy
chicos.
-pero ¿cuál querían?
-la 26, ella decía que
también quería la 26, al final esta escuela fue cosa de mi ma… de mi jefa.
-pues tus carnales
vinieron aquí también, ¿no?...
El muchacho guardó silencio al momento, tres
alumnas de tercero se acercaban a ellos, lideradas por una muchacha de cabellos
oscuros y mirada asustada. Al ver a su hermano, Fernanda suspiró aliviada, le
tomó las manos y le acarició el pelo, Mau se sonrojó ante la muestra de afecto,
mientras notaba las miradas de todos… bueno, sólo de las amigas de ella,
Daniel, Gabriel y Roberto miraban cómo idiotas a la hermana mayor.
-Mau… pensé que te me
habías perdido-chilló ella, dándose cuenta de que Mau no estaba solo y
probablemente estuviera hasta la madre de avergonzado. Miró a los tres chicos,
barriéndolos con la mirada y se enfocó en Daniel…
-menos mal que te
encontré a tiempo, no te iba a dejar solo con este… mugroso.
Daniel sonrió con sorna y una mirada lasciva
acudió a su rostro.
-Fer, ¿Por qué no me
saludas?
-no hablo con piojosos
-a tu hermano le consta
que no tengo piojos, ¿verdad Mau, cuando te he pegado piojos?
-Fernanda, estoy bien,
me encontré con Daniel.
-ay Mau-Fer le miró con
tristeza-siempre he pensado que estarías mejor si no tuvieras amigos… si es que
a eso se le puede llamar “amigo”
-si es que se le puede
llamar “persona”-asintió una de sus amigas y las tres rieron exageradamente.
Daniel tomó con diversión aquello y se
carcajeó, Roberto y Gabriel parecían nerviosos.
-toma, si te quieres
comprar algo en el receso-su hermana le dio cincuenta pesos en un billete. Mami
Vero les había puesto una torta de milanesa y un tupper con fruta picada para
la hora del receso, pero Mauricio sabía que a Fernanda y a Ángel, cuando iba
ahí les encantaba comprarse alguna que otra chuchería en la cooperativa de la
escuela
Mau tomó el billete y se lo guardó en
automático.
-me das mi cambio a la
salida-luego se alejó con su grupito.
-ay, chiquita, ¿Por qué
no me quieres?-dijo Daniel y una de las amigas pareció escucharlo.
-chamaco puerco, ahora que
entraste, uno de estos días te va tocar conocer a Rocky, yo que tú, mejor le
bajaba de huevos con Fer-y regresó con las otras dos.
-puta-dijo Daniel-¿ella
qué sabe?, lo que siento por tu hermana es puro y sincero, pinche puta…
-ay, Daniel…
-en serio, Mau, ¿qué
acaso nunca me va a perdonar?
-mejor cállate
-¿quién es ese
güey?-preguntó Roberto.
-¿quién?
-el tal Rocky-habló
Gabriel.
-su cuñado del Mau…
Mauricio entornó la mirada, procurando
buscar a la niña flaca, quizá la estampida le hubiera arrollado, pero ¿qué
importaba?, lo cierto era que no deseaba que Rocky y Daniel se conocieran…
Hacía un año, Daniel había ido a casa de Mau
a pedirle unas tareas, aunque se la pasaron toda la tarde jugando videojuegos
en la sala de los abuelos. Pero entre descansos, Daniel salía a la calle a
pelotear un rato con Joaquín, que echaba retas con sus amiguitos. Una de esas
veces, Daniel regresó y no encontró a Mau, por lo que decidió meterse a su
casa, al igual que Mayra, Daniel era como de la familia y casi siempre se le
veía rondar por ahí, por lo que no era de extrañar que entrara como Juan por su
casa. Sin embargo, al dirigirse al cuarto de Mau, Fernanda iba saliendo del
baño. El chico había sabido que se estaba bañando, pero cuando la vio con la
bata abierta, no dudó un segundo en besarla y agarrarle las pechugas.
Ella se quedó quieta mientras Daniel la
besaba infantilmente y restregaba sus pequeños genitales contra su parte más
íntima. Entonces reaccionó y de un tremendo puñetazo, derribó al pequeño
pervertido. Si Mauricio no hubiera intervenido, quizá su mejor amigo varón
hubiera muerto esa tarde.
-todavía me acuerdo,
cabrón-Daniel se llevó la mano al ojo derecho-¿te acuerdas?, tuve el ojo morado
por muchas semanas.
-Fernanda es mitad
asesina, mitad bruja, además… fue tu culpa.
Daniel sonrió lujuriosamente, Mau no sabía
en qué momento se había vuelto tan degenerado y precoz.
Cuando Fernanda se hubo alejado lo
suficiente, una mujer rechoncha apareció en la banqueta alta que servía de
cimiento al edificio principal y que se usaba cómo estrado a la hora de poner
orden en el patio. Mau se fijó que llevaba un micrófono, entonces el sonido
local cesó y la mujer empezó a dar indicaciones. Los alumnos se movilizaron y
el pánico en el chico de doce años se extendió hasta sus tripas, ¿qué sucedería
ahora?
-hay que formarse-señaló
el tal Roberto.
-bueno, Mau-Mau, te veo
al rato-se dieron el saludo de los jóvenes y se despidieron.
Mau echó a andar, pero estaba aterrado y no
sabía por dónde ir. Fue cuando volvió a encontrarse a las amigas de Fernanda,
una de ellas le sonrió cariñosamente, mientras que la otra le brindaba una
mirada de lástima al pasar.
-¿qué pasa, Mau?-preguntó
la chica llamándolo por su nombre, aunque él no recordaba cómo se llamaba ella.
-nada…
-los del catorce se
forman allá, mira-ella le tomó de la mano y prácticamente le llevó hasta el
área asignada para los de primero-hubieras seguido a los chavos con los que
estabas, creo son del quince mira…
Era cierto, Daniel, Gabriel y Roberto
estaban en la hilera final de los de primero, luego seguían los del grupo 22,
ya en segundo año, por supuesto y con listones rojos en vez de blancos en el
brazo. Ahora Mauricio sólo tenía que ubicarse en la hilera anterior a la del
grupo de Daniel.
-gracias…-asintió él,
notando el rubor en sus mejillas.
-¿de qué?-la chica
sonrió con esa misma dulzura de antes-suerte, Mau-y se fue con los de tercero.
Mauricio avanzó con la mochila a cuestas,
intentó ponerse hasta tras de la fila, pero la mujer rechoncha del micrófono
argumentaba que la formación debía ser por estaturas. Lo que supuso una mierda
más para manchar ese primer día.
Los chicos más altos le empujaron hasta
adelante, apenas detrás de un muchachito de pelos parados, cuya pequeña mochila
con la palomita de Nike dejaba entrever que le gustaban los deportes o eso
pensó él. Se sorprendió al ver a la niña flaca del lado de las señoritas,
detrás de una chiquilla regordeta y de coletas negras que prestaba atención a
la mujer del micrófono con auténtica adoración.
Mau la miró, la tenía justo al lado, así que
no podría ignorarla así, sin más, ella le sonrió y sus labios dijeron algo que
Mauricio no alcanzó a escuchar. A sus espaldas, alguien le empujo, al darse la
vuelta, vio que se trataba de un niño igual de flacucho que él pero apenas un
pelo más alto, tenía el cabello de un negro azabache, un poco largo pero bien
peinado y aplacado con gel. Cuando el chico intentó disculparse, debido a que
había sido arrojado por los compañeros altos de atrás, Mauricio se percató de
que tenía unos ojos azul oscuro, bastante llamativos.
De pronto recordó que una persona muy
querida, también tenía los ojos azules, aunque mucho más claros.
-perdón-dijo el muchacho
con voz rara, a Mau le pareció escuchar: “pedoun”
-no hay de qué-y regresó
su vista al frente, cuando la mujer ordenaba tomar “distancia por tiempos”
Unos minutos después, la mujer tenía
ordenados a los estudiantes, ella se presentó cómo la directora de la
institución, les habló de pura mierda y les deseó la mejor de las suertes a los
de nuevo ingreso, antes de amenazarlos con una eternidad en el infierno si se
portaban mal en su escuela… no de ella, sino de los estudiantes. Después
comenzó a avanzarlos a sus salones, primero el grupo doce, luego el trece, el
catorce…
Al grupo de Mau le tocó dirigirse al aula 4,
ubicada en el segundo piso del edificio principal, así que avanzó siguiendo al
niño de la mochila de Nike, el cual le salvó de ser el más enano de la clase.
-¿cómo te llamas?-le
preguntó la niña mientras subían las escaleras.
-M-Mauricio-contestó él,
poco habituado a que las niñas le hablaran, sobre todo cuando no le conocían-¿y
tú?
-Rosa Vargas Martínez, para
servirte y a Dios…-la chica se sonrojó quizá porque se dio cuenta de que
aquello sonaba muy tonto o quizá porque miró de reojo al guapo niño de ojos
azules que iba detrás de Mau.
Una vez dentro del salón 4, los muchachos
comenzaron a acomodarse azarosamente, Mauricio tomó uno de los pupitres más
alejados del pizarrón, frente a la ventana, para no tener que sentirse cómo en
una prisión, añorando la libertad. Además, también se aislaba de los compañeros
y así mataba dos pájaros de un tiro.
Sin embargo, sus intentos por verse aislado,
no funcionaron del todo, la niña flaca jaló un pupitre y se sentó justo delante
de él.
Pero no se preocupó, sacó sus cuadernos e
intentó guardar la calma, teniendo siempre a la mano el inhalador por si se le
ocurría tener un jodido ataque de asma. Pero también se concentró en los
rostros de sus compañeros, en especial de las niñas. En total contó ocho niñas,
incluida la niña flaca, Rosa Vargas, pero no reconoció a ninguna.
Probablemente, su desesperado corazón estuviera buscando a Mayra entre ellas,
pero si no había podido verla en el patio, es que no asistiría a esa puta
escuela. Por otra parte, ya estando en eso del censo del grupo, contó siete chicos,
incluido él. El grupo catorce contaba en total con quince chiquillos que apenas
habían dejado las faldas de sus madres, sus muñecas y sus figuras de acción.
-¿y en dónde vives?-Rosa
le sacó de sus cuentas y cavilaciones. Mau la miró sorprendido, por un momento
juró que hablaba otro idioma… o quizá que había olvidado su propia dirección.
-cerca de aquí… frente
al mercado… ¿conoces Lago Wenner?
-no creo…
-donde está la
rosticería, hacia la derecha, esa calle es Lago Wenner.
-ajá… ya, ¿ahí vives?
El chico asintió y se quedaron mirando por
unos segundos. Mau sentía que si la seguía mirando se le iba a escapar un
grito, no se le daba estar con niñas… no desde que Mayra se mudó y claro que
sus hermanas y su prima Luciana no contaban en eso.
-casi no paso por esa
parte, pero me doy una idea-dijo e imitó a Mau y comenzó a sacar sus cuadernos
de la enorme y vieja mochila.
-si quieres un día te
invito…-tuvo que morderse la lengua, seguro que no era buena idea invitar a una
niña a su casa en cuanto la conocía.
Rosa le miró con una expresión rara,
probablemente intentando ver el engaño o algo así.
-¿me invitarías a tu
casa?
Mau no supo qué contestar.
-bueno… pues…
-pues claro que me
encantaría ir… digo, si de verdad me invitas después… porque puedes cambiar de
opinión luego, ¿no?-Rosa sonrió y le enseñó sus forros de Hello Kitty-¿te
gustan?, mi papi me los forró apenas ayer, pobrecito, apenas si tiene tiempo…
ojalá yo pudiera invitarte a mi casa un día, pero es una pinche pocilga.
-¿en dónde vives tú?
-en una calle muy fea,
seguro que no la conoces-replicó ella y quizá fuera cierto, Mauricio no salía
mucho de excursión y podría confundir calles y avenidas.
-si luego me llevas…
-no creo… a mi mamá no…
no le gustan las visitas-Rosa se mostró nerviosa y procedió a guardar de nuevo
su cuadernos, Mauricio decidió que no indagaría más.
Al poco rato, una mujer, que se presentó
cómo la profesora de Geografía y su asesora, sea lo que fuera eso, para ese año
estudiantil, les repartió los horarios que iban a llevar durante la semana en
su materia. Les habló de pura mierda hasta que se retiró y un hombrecillo de
piel oscura y un corte de cabello similar al del niño de la mochila Nike le
sucedió. Era el profe de Matemáticas y también habló pura mierda.
Después siguieron las materias de Historia,
cuyo profesor sólo acudió unos minutos tras los cuales se excusó y no se le
volvió a ver.
Mauricio se dio cuenta de que los chicos del
grupo ya socializaban más, luego de dos horas de clase en el primer funesto día
y al verse solos se dispersaron de la forma que mejor les placía. Lo bueno de
aquello, fue que Rosa le dejó respirar durante unos minutos.
Tras no separarse de él, ahora parecía
entretenida en una plática de señoritas en torno a una de las bancas más
próximas al escritorio de los maestros. Estaba demasiado aburrido, los
profesores no habían hecho más que saludarles y hablarles de cosas banales,
hacerlos que se presentaran entre ellos y prepararlos para lo que según ellos,
se avecinaba el resto del año escolar. Miró por la ventana, imaginando que una
niña, más o menos de su estatura, bajaba por las escaleras que tenían enfrente
del salón. La niña era de piel blanca, cabello castaño claro y unos preciosos
ojos azules, entonces ella le abrazaba y le daba besitos mientras lloraba. Pero
Mayra no estaba ahí, no estaba en esa jodida escuela, probablemente estuviera
ya sentada en algún pupitre de la escuela 26, con el uniforme color arena que
llevaban ahí y preguntándose dónde estaría su querido amigo, al que conocía
desde que tenían cuatro años y sólo sabían de cariño, sonrisas, juguetes y
amistad. Amistad más que cualquier cosa.
Sacó su
vieja libreta de pasta dura. En ocasiones, le tranquilizaba escribir en lo que
Jenny llamada, “un diario” ya que a final de cuentas, si mamá Vero se llegaba a
enterar de que estaba poniendo tonterías en sus cuadernos nuevos, no se la iba
acabar, con todo y que sus hermanos le dijeran que era el favorito. Hizo
algunos garabatos, caritas felices y escribió el nombre de Mayra en letras coloridas
y algo afeminadas. Siguió pasando páginas de su “diario” al azar, sin darse
cuenta de que estaba cayendo en la desesperación.
Si tan sólo pudiera verla una vez
más, los dos habían jurado que serían amigos hasta la eternidad, que ella iría
a su boda y él a la suya, que bautizarían a sus hijos y ellos y sus nietos
también serían amigos e igual de inseparables. Vaya, tonterías de niños.
-¿estudias?-una voz le
sorprendió a sus espaldas. El chico de los ojos azules y el acento extraño se
la acercó sigilosamente, Mauricio no supo a qué se refería hasta que vio sus
hojas del diario azarosamente pasadas. Se había detenido en una página que
mostraba partituras de piano.
-sólo un poco… no soy
muy bueno en realidad-En realidad era pésimo, pero eso no podía decirse.
-¿me dejas ver?-Mau asintió-esto
se ve un poco más complicado que el “martinillo”
Los chicos rieron por lo bajo, cómo si sus
risas les pudieron meter en problemas con el resto de los chicos y chicas.
-el canon de Pachelbel,
es sólo una parte, pero mi abuelo dice que lo estoy sacando bien-explicó
Mauricio cuando le devolvió el cuaderno, el chico seguía de pie.
-¿tu abuelo toca?, que
coincidencia, el mío también me enseñó a tocar.
-así que somos dos, ¿eh?
-perdón por empujarte en
la mañana, es que esos… los de atrás me lanzaron. Soy Julian.
-¿Yulian?...
-suena raro, bueno así
se pronuncia pero se escribe con “J”… no soy mexicano… bueno sí… digo, hace
poco que tengo la nacionalidad… si puedes darte cuenta. Mi apellido es Smith.
-se me hacía un poco
raro tu acento… ¿de dónde eres?
-de Estados Unidos,
seguro-Rosa apareció en escena, su mirada delataba lo hipnotizada que estaba
por el tal Julian.
Julian la miró con resuello.
-de Inglaterra, de una
ciudad llamada Blackpool, ¿la conocen?
Mauricio pensó responder mordaz, pero si
quería hacer nuevos amigos, tendría que cuidarse de su lengua.
-no realmente-dijo Mau.
-apenas si salgo a la
esquina-Rosa lanzó una carcajada que no fue bien recibida por sus compañeros
varones.
-¿y cuánto tiempo tienes
viviendo aquí?-cuestionó Rosa que se obligó a sentarse para contemplar mejor
los ojos de aquel chico extranjero.
-cerca de dos años… mi
tía, la hermana de mi mamá se casó con un mexicano-explicó Julian cómo si eso
fuera suficiente respuesta a todo lo que pudieran preguntarle, Era más que
obvio para Mauricio que la familia Smith tenía problemas. Si un niño inglés
asistía a una escuela pública de un país con una economía menos pujante que la
de su país natal, se podían hacer toda clase de conjeturas.
Julian parecía un poco apenado, aunque luego de
escuchar el nombre de la niña preguntona, jaló una banca y se puso a conversar
con ambos. Así estuvieron hasta la siguiente hora, con la materia de Español y
un poco más de mierda vocalizada.
Tras el último graznido de la bella y
bobalicona maestra de español, sonó la chicharra que indicaba la salida al
receso. Los tres chicos parecían azorados en cuanto sus compañeros de clase
comenzaron a salir a trompicones del aula. La niña y los dos niños se veían
temerosos de volver a enfrentarse a ese patio atestado de chicos desconocidos,
mayores que ellos en edad y estatura.
“Bueno, aquí vamos” Se dijo Mau antes de
seguir a Julian y a Rosa. El patio parecía el mismo de la mañana, sólo que
ahora el sol brillaba en todo lo alto y había un poco más de caos respecto a la
población estudiantil. Mientras bajaban las escaleras, el asfalto les parecía
una enorme sartén caliente, lista para freír huevos o salchichas, Rosa señaló
la fachada que estaba detrás de esas mismas escaleras y les explicó que aquel
cuartito servía cómo cooperativa.
-¿qué es eso?-fueron las
palabras de Julian-¿cómo una tiendita o algo así?
-sí-Mauricio se preguntó
si Fernanda estaría cerca de ahí, nada le parecía mejor que irse a refugiar en
las faldas de su hermana mayor, pero eso parecería muy poco varonil. En ese
instante, a punto de abandonar las escaleras, casi en el último escalón, miró
hacia arriba por puro instinto. Sus ojos se clavaron en una niña… una hermosa
niña de cabellos castaños, un poco cortos encima del hombro, llevaba el suéter
verde abierto y sus blancas piernas daban un espectáculo sumamente tierno y
fuera de este mundo desde la distancia que Mauricio estaba. Se quedó un momento
babeando, Julian y Rosa se adelantaron un poco, entonces la niña fijó sus
grandes ojos azules en aquel muchachito flaco, enano y feo que la miraba detrás
de dos grandes gafas ñoñas.
Ella abrió los ojos sorprendida y sus labios
se movieron, pero Mauricio suspiró aterrado y antes de que la niña apresurara
el paso y bajara de la escalera, él mismo salió corriendo.
-Mau, quiero comprar algo
en la…-Rosa se interrumpió cuando un apresurado Mauricio la tomó a ella y a
Julian de los brazos y los llevó consigo, lo más lejos que pudiera de aquellas
putas escaleras.
-¿qué pasó,
Mau?-preguntó Julian, notando que aquella actitud significa que estaban huyendo
de alguien.
-nada… es que…-se
refugiaron bajo las otras escaleras, en el extremo opuesto del edificio
principal, por el pasillo que daba a la dirección y al aula 7.
-bueno, yo quiero ir a
comprarme algo a la cooperativa-anunció Rosa.
-¿tienes hambre?, yo
tengo una torta, te la doy si quieres-Mauricio se apresuró a sacar la torta de
milanesa de su mochila y antes de que Rosa protestara, el aroma de la milanesa
frita y la visión de la servilleta húmeda que envolvía el pan, hicieron
recapacitar a la niña.
-¿qué ibas a
comprar?-Julian también sacó su lunch de la mochila. Un sándwich partido a la
mitad.
-este… unas papas o
algo… no traigo mucho dinero…
-pues quédate la
torta-aseveró-si tienes sed, te doy de mi té… es de manzanilla, pero sabe bien,
un poco frío…
-¿y tú que vas a
comer?-Rosa vaciló, quería tomar la torta, pero no dejaba de sentirse incomoda.
-¿quieres la mitad de mi
sándwich, Mau?-ofreció Julian.
-gracias, pero también
traje fruta picada.
-genial, si tomas la
mitad, me puedes dar fruta… mi mamá me pone desde la primaria una jodida
manzana o una jodida pera…-el chico sacó la manzana y las mostró a sus nuevos
amigos.
-si no quieres la
manzana…
-tómala-Julian se la
puso en la mano. Rosa se sintió a punto de desvanecerse, parecía un sueño que
un chico tan apuesto y extranjero le estuviera ofreciendo una manzana.
-también toma la maldita
torta y vamos a comer, antes de que acabe esto-Mauricio se sentó en la
banqueta, con un poco de suerte, nadie les vería ahí debajo hasta que fuera
hora de regresar a clases.
-o irse a casa-dijo
Julian.
-¿qué?
-que quizá nadie nos
vería aquí hasta que sea hora de irse a casita.
Estuvieron comiendo en paz durante un buen
rato, Mauricio les compartió de su té, pero Rosa no era afecta al té, en su
lugar casi se terminó la coca cola de lata de Julian, estaba un poco tibia pero
con eso le bastó.
También platicaron sobre sus anteriores
escuelas y sobre sus expectativas de los maestros que habían conocido hasta el
momento. A Mauricio no le sorprendió oír de labios Rosa que apenas habían
conocido a los maestros más blandos. Ella había tenido hermanos en esa escuela,
pero Mauricio todavía tenía una hermana, que más que bien, conocía a toda la
cuadrilla de profesores que habitaban las cavernas de la secundaria número 20.
-si me disculpan, la
naturaleza me está llamando por larga distancia-anunció Mau, y Rosa se
carcajeó.
-no la hagas esperar
mucho-Julian también rió.
Si bien recordaba, de las instrucciones de
la maestra de Geografía, los sanitarios para varones estaban justamente detrás
de ellos, sólo tenía que subir a la banqueta y girar a la derecha. Ahí estaban
los lavamanos y un chico regordete, moreno y con gafas tan ñoñas cómo las
suyas, se enjuagaba hasta los antebrazos. Mauricio vio que tenía un listón blanco.
“otro novato”
-disculpa, aquí son los
baños, ¿verdad?
-guíate por el olor a
pis y a mierda de adentro-contestó el chico, ceñudo-también te puedes servir lo
que quieras.
-bueno…
-discúlpame, es que este
primer día me está rompiendo las bolas.
-descuida, sé que es
difícil…-y hubiera agregado que eso mejoraría, pero a diferencia de él, aquel
muchacho no parecía estar acompañado de dos buenas personas cómo Rosa y Julian.
No parecía estar siendo acompañado por nadie. Estuvo a punto de meterse al baño
pero el muchacho le sujetó del brazo derecho.
-¿adónde regresan los
amantes?
Mauricio no entendió aquella pregunta,
entonces le soltó e hizo una mueca de diversión y se fue sin darle importancia.
Tras realizar sus necesidades, Mau se
enjuagó las manos, lamentó que no hubiera jabón pero era lo que tenía. Antes de
bajar, se fijó en aquel regordete, estaba recargado sobre una de las columnas
que flanqueaban la escalera de en medio, que estaba un poco más escondida que
las otras dos, justo enfrente de la entrada a la dirección, el chico miraba sus
zapatos en actitud pensativa pero no se movía. Le parecía un poco escalofriante
y no dudó en preguntarse si estaría escuchando voces…
“No, eso no era real” Hacía años que no
escuchaba nada ajeno en su cabeza, ninguna palabra imaginaria.
Aquel muchacho le dio más miedo aún, cuando
su mirada se clavó ahora en él, estaban a cierta distancia pero Mau sentía… o
mejor dicho, casi sabía que podría hacerle daño aunque estuviera a kilómetros
de él. Apresuró el paso y bajó de la banqueta…
Pero nada más dejar la escalera atrás, se
dio cuenta de que había un par de personas cerca de sus dos nuevos amigos.
A decir verdad eran dos niñas, una de
complexión delgada y bastante alta para su gusto y la otra más bajita y
robusta. Esas dos niñas hablaban con Julian y Rosa, quienes se veían animados.
Mau no necesitó pensarlo dos veces para poner los pies en polvorosa, la niña
alta tenía un cabello chocolate, con destellos dorados…
Echó a correr, el pánico se había apoderado
de él aunque no sabía porque. Regresó a la escalera de la cooperativa, sacó el
inhalador y se dio una dosis aunque esta vez, la sensación de sofoco no se
esfumó al momento.
-¡mira, aquí estás!-se
dio la vuelta, pensando que la niña castaña le había atrapado, pero sólo era
Daniel y los dos maricas que le habían acompañado en la mañana.
-¿Daniel?
-no soy Mayra, seguro.
Te estuve buscando, cabrón, ¿sabes si sí vino?
Mauricio lo negó… aunque aquella niña
castaña…
-odio la maldita
secundaria-dijo, sin importarle lo marica que sonara, en especial frente a
aquellos dos putos.
-sí, es una puta mierda,
pero ya casi acaba el día, vente, vamos a dar el rol, ¿y tu mochila?
-la dejé en el salón-de
hecho, Rosa y Julian estaban dónde la había dejado.
-no manches, dicen que
hay güeyes bien ratas aquí-espetó Roberto-no te vayan a chingar algo.
-no creo.
Estuvieron recorriendo la parte trasera del
edificio de talleres, echando de vez en cuando miradas curiosas hacia dónde
salían y entraban niñas. Daniel le había dicho que ahí era dónde las señoritas
hacían sus necesidades. Mauricio revisó su reloj digital, quedaban cerca de
siete minutos para que el receso terminara, y aunque tenía deseos de seguir
conociendo a Julian y a Rosa, aquellas dos niñas le resultaban intrigantes y no
quería encontrárselas, pero ¿por qué?
Tres chicos de segundo año, jugaban con un
balón de futbol casi nuevo, al ver llegar a Roberto, Daniel y Gabriel, se armó
una cascarita, Mauricio se excluyó a sabiendas de lo peligroso que resultaba
ese deporte para él.
-que sea el árbitro-dijo
burlonamente uno de los de segundo.
-nel, que a los árbitros
no se les puede dar de balonazos-Gabriel le miró con malicia.
Cuando al fin el receso terminó, la
cascarita se aplazó durante unos minutos más, incluso luego de que sonara la
chicharra. Mauricio suspiró y se despidió de Daniel.
-órale, Mau, al rato
paso a tu casa-le dijo su amigo y se quedó un momento más pateando esa estúpida
bola de gajos cosidos.
El patio se estaba
vaciando rápidamente, Mau pensó que si se rezagaba más, todo el grupo estaría
ya en el aula 4 antes de que el siguiente profesor llegara y entonces se
quedaría fuera de la clase. Apresuró el paso, entonces, alguien le llamó a la
altura de la cooperativa.
-oye, niño, ¿esta es tu
mochila?
Mauricio se dio la vuelta y por un momento
se preguntó si sus piernas se habían hecho de piedra.
La niña castaña le sonrió espléndidamente,
con una ternura inigualable. Sus dos hermosos ojos azules brillaban con una
diáfana luz que parecía quemarle todo el corazón y todo su ser, aquella mirada
iluminaba más que el mismo sol que bañaba el patio de la escuela secundaria 20,
en esa mañana a punto de fenecer. Tenía su mochila colgada en el hombro derecho
y la de Mau en el izquierdo.
-sí… es mía…
La muchacha dejó caer la mochila de Mau y se
lanzó contra él. En un principio no se explicaba qué estaba pasando, la hermosa
chiquilla le llenaba el rostro de besos y lo estrujaba con un caluroso abrazo.
-¡Mau-Mau-, Mau-Mau, qué
feliz estoy de volver a verte!-chilló ella cuando al fin dejó de estrujarlo.
Mau se apartó para tomar aire, no fuera a
darle otro jodido ataque de asma. Entonces se dio cuenta de que junto a Mayra,
su querida amiga de la infancia, estaba otra niña.
-¿qué pasa, Mau-Mau?,
¿no estás contento de volver a verme?
Mauricio la miró sin poder ocultar su
estupefacción. Mayra. Era Mayra, pero sin serlo… o por lo menos no cómo la
recordaba. Era más alta, incluso que él y destacaba aún más debido a la
compañía de aquella niña chaparrita a su lado. Su cabello era tan hermoso y
castaño cómo lo recordaba, ese cabello sedoso y lacio que añoraba peinar
durante las noches en que hacían veladas de películas y caricaturas con Daniel
y los hermanitos de Mau. Su piel blanca, sus ojos azules, enormes, cómo dos
estanques de agua pura, sus mejillas redondas y coloradas, cómo si siempre
estuviera acalorada.
Pero había cambiado en algo, no estaba
seguro en qué, pero quizá era su rostro, un poco más afilado, que ya estaba
perdiendo la redondez de la infancia, quizá era su esbeltez y dos pequeñas
protuberancias en el pecho que llamaron profundamente la atención al muchacho
de doce años.
-¿Mau?
El chico la abrazó y le besó rápidamente,
todavía quedaban estudiantes en el patio y temía que empezaran a correr los
rumores, los cuales según Fernanda, corrían más rápido que Joaquín a la hora
del baño.
-me alegra mucho verte…
pero… la verdad no pensaba que fueras a venir a esta escuela
-la verdad ni siquiera
me acordaba de cuál escuela habíamos elegido los dos… pero ¿me creerás si te
digo que le pedí a mi tía que le hablará a tu mamá antes de las inscripciones?
-¿tu tía le habló a mi
mamá? -“jamás me lo dijo”
-sipi, y doña Vero nos
dijo que te había apuntado a la 20 y aquí estamos los dos, ¿no es genial?
-supongo…
-supones… te veo raro…-ella
le acarició la mejilla y le tocó la frente-¿te sientes mal?, ¿trajiste tu
inhalador?
-estoy bien es
que…-volvió a fijarse en la niña bajita.
Mayra también la observó.
-ella es Beatriz
Castilla, nos conocimos hoy.
Beatriz Castilla era una chiquilla bajita,
de nariz pequeña, piel blanca y cabello negro, corto por encima de los hombros,
tenía unas gruesas gafas tan negras cómo sus cabellos y portaba el uniforme tan
correctamente cómo era permitido, incluso con el agobiante sol de mediodía, seguía
con el suéter abrochado y bien acomodado, además de cubrirse completamente las
piernas con la falda. A Mau le recordó unas palabras de Fernanda. “faldas de
monja”
-es una buena amiga, -se
dirigió a la niña bajita-mira Betty, él es mi mejor amigo en todo el mundo,
Mau.
-Mauricio Silva-le
ofreció su mano y la niña la tomó con delicadeza y suma mojigatería.
-hola, escuché mucho de
ti.
-me imagino… Mayra, ya
se me hizo tarde, debería regresar al salón.
-yo voy en el grupo 13,
para que lo sepas-dijo la niña.
-yo voy en el…
-14, conocimos a tus
amigos, Rosa y Julian, son bien chidos-ella sonrió y le dio un beso en la
mejilla-tienes razón nosotras también vamos retrasadas.
Hubiera querido decirle algo lindo, o
invitarle a su casa luego de la escuela, pero aquel beso tan cariñoso y
sincero… Mauricio sentía algo raro, más raro que saber que su amiga estaba de
nuevo en el Distrito Federal, más bonita que antes y tan tierna cómo siempre.
Era un sentimiento inexplicable y no sabía ni siquiera cómo describirlo.
Entonces se separaron, el grupo trece estaba
en el aula seis, por lo que Mayra y Betty tendrían que regresar por la escalera
escondida del medio y Mauricio por la que estaba sobre la cooperativa.
Las últimas tres horas de clase se pasaron
rápido. Primero, introducción a la Química y Física, luego, Formación Cívica y
Ética y al final la clase de Educación Física. Unos minutos antes de acabar, el
profesor se ausentó dispensándolos hasta que sonará la campana.
-conocimos a tu
amiga-dijo Rosa mientras guardaba sus cuadernos y lápices. Julian miraba su
reloj sin correas, impaciente.
-¿Mayra?, ¿Cuándo?-Mau
terminó de guardar sus cosas y observó su propio reloj, la impaciencia de
Julian se le estaba contagiando.
-cuando desapareciste y
nos dejaste solos-reprochó Julian sin dejar de mirar su reloj roto.
-no desaparecí, es que
me encontré con mi amigo del 15…
-ya, y obvio que lo
preferiste a él.
-no es eso…
-se entiende, lo conoces
de hace tiempo, a nosotros nada más desde hoy-Rosa le sonrió-esa Mayra es muy
bonita, y parece muy enamorada de ti, ¿Cuánto tiempo llevan de novios?
Mauricio cerró los puños.
-no es mi novia… dices
puras tonterías.
Rosa se preocupó por la fiereza que
mostraban los ojos de Mauricio y por puro instinto retrocedió.
-miradas que matan.
-sólo es mi amiga,
Rosa-Mau sacó el inhalador y se dio una dosis.
-¿cada cuánto haces
eso?-inquirió Julian.
-depende
-¿de qué?
-de muchos factores que
no tengo por qué explicar.
Unos minutos después, sonó la campana y
todos los chicos salieron cómo bólido.
Una vez que hubieron avanzado por el patio y
cruzaron el portón, los tres chicos se sintieron cómo cerdos abandonando el
matadero, aunque más bien cómo presos abandonando la prisión y abrazando la
libertad.
-por fin-suspiró
Rosa-libertad al fin, ¿los veo mañana?
Los niños asintieron.
-okay, hasta mañana-les
dio un beso en la mejilla a cada uno y se perdió entre la multitud que se
alejaba lo más lejos posible de la fachada escolar.
-nunca me había besado
una niña-admitió Julian con perplejidad.
-creo que esa niña está
loca, pero me cae bien.
-sí, mi mamá está por
allá, supongo que te veré mañana-Julian sonrió y luego se metió entre la
multitud para alcanzar a una señora esbelta y alta, con una larga cabellera
negra.
Mauricio tuvo la enorme necesidad de sacar
el inhalador, pero se contuvo y en su lugar se apartó de la multitud, tenía que
esperar a Fernanda o a su madre, a cualquiera de la dos que estuviera más
cerca, quizá a esa hora su madre ya hubiera terminado sus compras en el
mercado.
-¡Mau-Mau!-una vocecita
se filtró entre los estudiantes dispersos. La hermosa niña castaña salió
dificultosamente del muro de gente.
-hola…
-hola, ¿ya te ibas?
-no… es que…-¿cómo
explicar que no podía irse sin algún miembro mayor de su familia? Aquello no
significaba que Verónica desconfiara de sus hijos, la escuela quedaba muy cerca
de su hogar, pero a mami no le gustaba correr riesgos. Un automóvil les podía
atropellar al cruzar la calle, algún miserable podía asaltarlos o venderles
drogas y pornografía, un perro callejero con rabia les podía morder… Verónica
de Anda siempre prefería prevenir que lamentar.
-No. Tienes que esperar
a tu mamá-dijo Mayra con seguridad, no parecía burlona.
-no es que tenga que
esperarla… pero Fernanda todavía no sale…
-no importa, creo que
tendré que esperar contigo-su sonrisa era preciosísima, sus ojos azules tenían
una claridad intensa, parecían capaces de devorarlo y él parecía dispuesto a
sumergirse en ellos-mi tía habló con tu mamá, me van a acompañar hasta mi casa.
-tú vivías en esa
calle-Mau señaló hacia la esquina.
-pero me cambié,
tontito, ¿te acuerdas?-ella volvió a sonreír y se acercó peligrosamente a él.
Mauricio sintió un miedo atroz, ella tenía claras intenciones de abrazarlo,
estando todavía rodeados de condiscípulos y madres abnegadas.
Se apartó, ella lo notó pero no dejó de
sonreír, en cambió lo tomó de la mano. Hasta ese tacto tan terso le enfermaba,
Mauricio se estremeció, se le puso la piel de gallina, algo estaba mal respecto
a Mayra, pero ¿qué?
-ahora vivo en una calle
llamada Tennyson, ¿te suena?-Mau negó, estaba pálido-bueno, tu mamá me va a
acompañar, según mi tía, ojalá también me acompañes para que te aprendas el
camino.
El chico se liberó de la mano de su amiga,
ella no dejó de sonreír y parecer feliz, pero se había dado cuenta de que él
estaba incómodo. Hubo silencio entre los dos. La salvación llegó con Fernanda,
se despidió de sus dos amigas y se acercó a los muchachos.
-¡Mayra!
-hola Fer… qué guapa
estás.
-no digas burradas, tú
sí que estás hermosa, ¡mírate, chamaca!-Fernanda le dio un beso y se le quedó
mirando fascinada-¿y qué dices, lindura?, ¿cómo te va en la vida?, ¿qué tal
Guadalajara?
-es una ciudad hermosa,
pero extrañaba mucho el D.F, sobre todo a mis amigos-la niña miró de reojo a
Mau.
-la verdad es que yo ya
no me acuerdo de cómo era aquella ciudad, ojalá nunca nos hubiéramos venido a
esta apestosa urbe-declaró Fernanda cómo si en verdad añorara algo que apenas
recordaba. Ella y Ángel habían nacido allá debido a la profesión de su padre
pero no lo recordaban lo suficiente.
Fernanda miró sobre la multitud.
-creo que deberíamos
adelantarnos, Mau, a ver si nos encontramos a mamá en el camino.
Los adolescentes echaron a andar, esquivando
a algunos despistados padres de familia que seguían esperando a sus retoños.
Mauricio tuvo la necesidad de separarse un poco de las chicas, lo que le hacía
sentirse raro, Mayra no le dejaba de mirar de reojo y advertía su extraña forma
de actuar. Se encontraron a Verónica de Anda a mitad del estacionamiento del mercado,
llevaba la mochila de Joaquín al hombro y sus dos hijos menores la secundaban
mientras degustaban una rica paleta de hielo.
-¿esa niña es Jenny?,
¡guau!, qué bonita se ha puesto-le susurró Mayra a Fernanda.
-ajá, míralos, los tres
parecen gemelos: güeros y desabridos-Fernanda rió con malicia
-querrás decir,
“trillizos”-dijo Mau, aunque Fer le ignoró.
-Mayra, cariño, me
alegro de volver a verte, estás hermosa-Verónica le saludó, la niña sólo pudo
sonreír mientras se sonrojaba y volvía a mirar a Mau de reojo.
-¡Mayra, Mayra!-la
pequeña niña rubia que iba detrás de Verónica, con un suéter color vino en la
cintura y una mochila rosada, se le echó a los brazos, Mayra la estrechó con
cariño cómo si fueran hermanitas también.
-Jenny, qué bonita
estás, mira tu cabello, me encanta.
-gracias, pero tú eres
más bonita, verás que mi hermano te estuvo llorando desde que te fuiste.
-¿ah, sí?-Mayra volteó a
ver a Mau, con una sonrisa pícara en su rostro.
-¡cállate, mensa!-gruñó
Mauricio al ver a su hermanita contar algo tan afeminado acerca de él.
Jenny miró ofuscada a su hermano mayor
mientras Mayra, Fernanda y Verónica reían divertidamente.
-¡ay, Joaquín!, ya estás
bien grandote-Mayra le pellizcó con cariño una mejilla al hermano más pequeño
de Mau. El niño se sonrojó y quiso esconderse detrás de su madre, sin dejar de
lamer su paleta de hielo.
-mamá, yo también quiero
una paleta-dijo Fernanda con una encantadora sonrisa.
-yo no tuve nada que ver
con eso-exclamó Verónica-tu abuelo fue muy generoso con el gasto que les dio.
-Mau, dame el cambio…
Mau le entregó el billete intacto.
-¿no compraste nada?,
vaya tonto.
-bueno, vámonos
ya-ordenó Verónica.
-los alcanzo, voy por mi
paleta-Fernanda se separó de la familia y se adentró en el mercado. Los demás
cruzaron la calle y entraron a la acera de los Silva, Mayra pareció revivir
ciertas cosas en su mente al ver de nuevo la fachada de la casa que muchas
veces visitó para fiestas de cumpleaños, veladas familiares y reuniones de
juego con sus dos únicos amigos de verdad.
Una vez frente de la puerta de los abuelos,
Verónica metió su llave en la cerradura y abrió la puerta.
-Jenny, Joaquín, vayan a
decirle a su papá que ahora regreso, voy a acompañar a Mayra a su casa…
¿Mauricio?
Mau se escabulló, no quería mirar a su amiga
a los ojos, pero lo hizo. Ella parecía expectante, casi suplicante.
“ven, Mau-Mau, ven”
-mande…
-¿no vas a ir con
nosotras?
-… bueno… es que… tengo
tarea, ya sabes… no quiero dejarla para después…
-¿a poco te dejaron
tarea el primer día?-fue la pregunta mordaz de Mayra, su voz denotaba decepción
y ciertamente, un poco de tristeza.
-sí, ¿a ti no?-contestó
él, indiferente pero incapaz de sostenerle la mirada.
-bueno, bueno, entonces
ve a hacer lo que tengas que hacer-masculló su madre-di lo mismo a tu padre y a
Fernanda que cierre la puerta, ahorita vengo.
-adiós, Mau-se despidió
ella, apenas en un susurro.
-a-a-adiós…
Mau entró a la casa, la sala de sus abuelos
estaba desierta, tal y cómo creía iba a encontrar su propia habitación, al
saber que Ángel ya no estaría en casa para esas horas. Pasó de largo y salió al
patio, escuchó voces y descubrió a Luciana, platicando con Jenny en las
escaleras, alargó los pasos para evitar a su prima y se metió cómo una sombra a
su casa.
En la diminuta estancia que usaban cómo
sala, Joaquín degustaba las últimas embarradas de su paleta y su padre miraba
una película de acción en la televisión.
-mira, Mauro, compré
esta película de Stallone, vente a verla-le dijo papá al verlo entrar.
-¿a qué horas se fue
Ángel?-cuestionó Mau y su padre hizo un gesto de asco e hizo cómo que no lo
escuchó.
-es vieja, pero está
chida.
-no puedo, tengo tarea
papá.
Aquello pareció ser suficiente para su padre
que no dijo nada más y lo dejó pasar en paz hacia su habitación.
Al dejar sus cosas en la cama, se quedó
mirando la parte del cuarto que le correspondía a su hermano mayor. Los Silva
siempre habían estado juntos, en las buenas y en las malas, cómo era aquella
época, pero por alguna razón, Ángel había dado un paso, de eso estaba seguro,
pero no estaba seguro hacía dónde.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario