III
Aquellos
primeros meses del 2003
La escuela se tornó cómo
algo aburrido y delegado a segundo grado para Mauricio Silva, últimamente había
estado muy pensativo y a veces se descubría mirando a Mayra absortamente cada
vez que tocaba la campana para salir al receso y todos ellos se juntaban.
El
grupo se había cerrado definitivamente, Mauricio y Julian se habían hecho
inseparables hasta lo que llevaban de año escolar, mientras que Rosa parecía
distribuir su tiempo con los chicos a los que adoraba con toda su alma, según
ella, y su grupito de amigas chismosas y bobas. Mayra y Betty siempre
frecuentaban al grupo, ya que Mayra no podía estar lejos de Mau.
Así que básicamente sólo eran ellos, porque
Daniel prefería pasarla con Gabriel y Roberto Cisneros, haciendo maldades y
acosando chicas de todas las edades, eso sin contar los múltiples problemas en
los que se habían metido. Pero nada de eso impedía que Daniel siguiera yendo a
casa de Mau o de Mayra para jugar videojuegos, ver tele y gorronear botanas y
comidas.
Pronto llegaron las vacaciones de diciembre
y las clases se suspenderían durante casi tres semanas en las que Mauricio
aprovecharía para alejarse lo más que pudiera de la puta escuela y pasar más
tiempo con su familia y amigos, en especial con Mayra.
En realidad, ninguno de los chicos saldría de
la ciudad, que se ponía más fría que el culo de un pingüino durante el otoño y
el invierno.
Para Mauricio, las cosas cambiarían, mamá
Vero les había dicho a sus hijos que el abuelo Mario, quería conocer a sus dos
nietos más chicos: Jenny y Joaquín. Aquello significaba que los Silva de Anda
podrían irse de vacaciones a Monterrey, con todos los gastos pagados.
-¡no cuentes
conmigo!-había gritado Ángel Silva padre cuando escuchó aquello, para la
desgracia de Mauricio, Mayra había estado comiendo con ellos esa tarde y pudo
presenciar la feroz pelea que Verónica de Anda tuvo con su marido.
Para Ángel Silva padre, era incoherente
hablar de visitar la tierra natal de su esposa, simple y sencillamente porque
su suegro le odiaba y el sentimiento era mutuo. Desde que Verónica se embarazó
de ese patán futbolista, don Mario de Anda había vetado a su hija de su casa y
por supuesto que le había desheredado. Sin embargo, unos meses después de que
naciera Mauricio, don Mario se presentó en casa de los Silva para conocer a sus
nietos. Antes de eso, su yerno le recibió con un puñetazo.
Luego, Verónica y su padre estuvieron en
contacto durante un tiempo hasta que nació Jenny. Ángel le prohibió al abuelo
materno visitar a la bebé, llamándolo “viejo puto”
Eso provocó que se volvieran a romper los
lazos de Vero con su familia y los abuelos maternos no volvieran a ver a sus
nietos, así que no conocían a Jenny ni a Joaquín.
-tus hijos tienen
derecho a conocer a sus abuelos…
-mis hijos ya tienen
abuelos.
-no te hagas el listo…
Entonces Ángel se levantó de la mesa.
-pues vete, ojalá que tu
pinche padre te pueda conseguir un puto esposo con dinero, porque yo estoy
jodido, ¿verdad?
Luego, Verónica se atrevió a invitar a Mayra
al dichoso viaje que harían a la capital de Nuevo León.
-sería un placer, le
pediré permiso a mis tíos, pero seguro que no habrá problema-dijo la niña ante
la mirada atónita de Mau, quien no deseaba tenerla cerca, pero estaba
tremendamente feliz de poder ir a su lado a ese viaje que, dicho sea de paso,
no deseaba hacer.
Los boletos del camión llegaron por correo,
cortesía de don Mario De Anda el 15 de diciembre, con fecha de salida para el
20, el día que saldrían de vacaciones todos los mocosos de la escuela.
-cómo desearía viajar en
avión-protestó Fernanda al regresar de la escuela y empezar a preparar su
equipaje.
Sólo estarían hasta el 23 por la noche,
debido a la pelea entre mami Vero y papi Ángel, ya que ella quería pasar la nochebuena
con los señores Silva, sobretodo, para no aumentar más la ira de su marido.
-si el abuelo paga todo,
deberíamos ir en avión.
-ya sabes que a Mau le
dan miedo-espetó Jenny, toda inocencia y lindura mientras se reía en la cara de
su hermano mayor.
-cállate, no es que me
den miedo…
-te dan miedo y
punto-atajó Fernanda y no hablaron hasta que don Luciano estuvo listo para
llevarlos a la terminal. Ángel padre ni siquiera salió a despedirlos.
Iban apretujados en la destartalada
camioneta de don Luciano, pero iban felices. Cuando pasaron por Mayra a su
casa, Mau sintió nauseas por alguna razón.
-cuídate, mi cielo, no
te separes de Verónica ni de Mau-así se despidió su tía. Luego siguió a Fer
para subir al auto.
-veo que tu papá no fue,
después de todo-dijo Mayra.
-sí, cuando te cases con
Mau, sabrás cómo es de cerrado, mi papacito…
La hermana mayor se dio cuenta del gesto
crispado que hizo Mayra.
-¿no son novios?, ¿no
andan?
-no, Fer, Mau y yo sólo
somos amigos…
Fer rio antes de subir a la camioneta.
-cierto, perdón, seguro
que todavía no les interesa eso…
-bienvenida, Mayra,
cariño, qué bueno que pudiste venir-saludó Verónica al verla.
Subió a bordo con una pequeña maleta marrón
y se apretujó en la parte de atrás, con Mau, Jenny y Fernanda.
-muchas gracias por
invitarme, señora, estoy contenta de poder ir con ustedes.
-¿sólo llevas una
maleta?-cuestionó Jenny con su vocecita inocente pero engañosa.
-sí, serán pocos días,
¿no?-May miró a Mau.
-¿ya viste, Fer?, Mayra
no exagera-dijo Jenny con una risita.
-llevas como veinte
maletas, para los pocos días que estaremos ahí-le apoyó Mau y la pequeña Jenny
volvió a reír.
-es por pura precaución,
¿Qué tal si los abuelos se avergüenzan de ver que casi no tenemos ropa?
-qué tontería-dijo Mau,
quién no recordaba a los abuelos maternos. La última vez que los había visto, era
sólo un bebé.
-dejen de pelear, por
favor, ¿qué va a pensar Mayra?-espetó la voz dulce y severa de Verónica desde
el asiento del copiloto.
-pon un poco de música,
abue-pidió Fer desde atrás.
-cómo desees,
preciosa-don Luciano colocó un disco y pronto se empezaron a escuchar los
Creedence, Mauricio disfrutaba de aquella música, pero Fernanda se tapó los
oídos, arrepentida de haber abierto la boca.
En la terminal, don Luciano y Verónica se despidieron,
el viejo Silva le daba sus bendiciones y toda la razón al querer ir con sus
padres y haciéndole saber que su hijo tenía la cabeza llena de mierda.
Al subir al autobús, cómo era de esperarse,
Mauricio y Mayra se sentaron juntos, cambiándose de boleto entre todos los
integrantes de la familia Silva. Fernanda con Jenny y Joaquín con su mamá.
-qué cosas,
¿no?-inquirió Mauricio con un leve rubor al sentarse junto a Mayra, pues sin
querer había fijado su vista en el pecho de Mayra. Quizá fue su imaginación,
pero aquellas dos protuberancias estaban más grandes de cómo las recordaba.
-¿qué?-la niña volteó a
verlo fijamente, con una sonrisa.
-nada, sólo digo que…que
estamos haciendo otro viaje más, juntos. ¿Te acuerdas de ese viaje a Ixtapa en
cuarto año?
-ajá, fue muy divertido,
la verdad es que no me quería ni regresar, esas albercas fueron lo mejor de esa
época.
-y que lo digas… en fin,
creo que deberíamos dormir, van a ser casi diez horas de viaje.
-eso es lo atractivo,
¡tenemos mucho tiempo para platicar!
A Mauricio no le hacía pizca de gracia, pero
no quería desdeñar el ímpetu de su amiga y tuvo que sonreír, aunque fue incapaz
de decir algo.
Mayra estuvo hablando durante casi media
hora, mientras que Mauricio sólo escuchaba. Era un dulce infierno, porque no
podía dejar de mirar sus pechos. Sus senos. Entonces se estremecía.
Mayra era una chica astuta y Mauricio
admiraba más que nada su inteligencia, pero por encima de ello, su intuición
femenina. La niña supo de inmediato que algo pasaba y guardó silencio.
Suspiró, el camión no iba silencioso y se
podían escuchar algunos niños reír, hablar y dar la lata a sus madres y padres,
con el pequeño Joaquín sumado a estos, por supuesto.
Mayra dijo algo, pero Mau no la escuchó
bien.
-Mau…
-quizá deba…
-¿dormir?
Ambos vacilaron, pero para entonces, Mayra
le observaba fijamente y su rostro estaba demasiado cerca del suyo, casi podía
sentir el aliento de ella en sus labios. Un aliento fresco y dulce que fácilmente
podía envolverlo en muchas fantasías.
-¿qué… pasa?-jadeó él.
-¿te gustaría besarme,
Mau-Mau?
-¿qué…?-con toda
seguridad estaba soñando o algo, pero la lengua se le trabó y ante eso, ni
siquiera ella le dio una oportunidad de prepararse.
La niña le besó en los labios, aunque
estrictamente no podía llamarse beso, fue algo muy parecido. Sus labios se
juntaron brevemente, llegando a fusionar el aroma de sus alientos al abrir la
boca y luego, con mucha torpeza se separaron.
-no sé-le susurró ella,
notando que desde unos asientos adelante, Fernanda los miraba embelesada y
morbosa.
-no… sabes… ¿qué?-Mau
comenzó a sudar, si bien le iba, le daría un ataque de asma y moriría en ese
momento, algo mil veces mejor que estar ahí, con todas las tripas hechas una
mierda, literalmente.
-es que… Fernanda me
dijo algo que… bueno… me hizo pensar, ¿y si fuéramos novios, Mau-Mau?
-¿novios?-Mau se
atragantó con su propia lengua, le pareció haber recibido un puñetazo en los
testículos también.
-sí, ya sabes, novios
cómo en las telenovelas, ¿te gustaría?
Mau respiró con fuerza, la garganta ya
empezaba de puta. Sacó su inhalador y se dio una dosis, sólo quería que Mayra
se callara y le dejara dormir en paz. Pero ¿qué debería decirle?, debería decirle
que se callara aunque muy en el fondo ya sabía la respuesta a esa pregunta,
¿qué si le gustaría?, joder, pues era más que obvio… ¿pero cómo le dejaría
eso?, ¿qué pensarían sus hermanos de eso?, ¿su mamá? En la primaria te
enseñaban que las niñas tenían roña y eso de tener novia era una mamada, aunque
él siempre hubiera estado lleno de roña y fuese tachado de maricón, por jugar
con una roñosa niña.
Si aceptaba tener novia, su ego de niño
podía ser sumamente dañado. Además, Mayra era cómo su hermana, uno no podía ser
novio de su hermana, ¿verdad?
-¿cómo para
qué?-cuestionó Mau, recuperando la respiración.
-no sé, para saber qué
se siente, creo, eso de los besos…
-no…-casi gritó-no…
Mayra… sólo somos amigos… qué tontería…
-tienes razón, es una
tontería-Mayra le abrazó y se acurrucó en sus brazos-perdóname, es que me
pareció que eso… bueno, no tiene importancia, mi tía dice que eso del noviazgo
llega con el tiempo y no se tiene que forzar.
“Pues bendita sea tu tía, carajo”, pensó
Mau ante la molestia que le provocaba tener a Mayra en sus brazos, cuando
antaño, era lo más dulce que pudiera pedir… es decir, seguía siéndolo, pero
algo había cambiado y no sabía qué.
-será un viaje largo,
entonces deberíamos dormir, ¿no, Mau-Mau?-ella le besó la mejilla y se recostó
en su hombro. Mauricio sintió cuando se durmió, habían transcurrido casi tres
horas y él no podía pegar un ojo. Algo en su interior estaba revolviéndose y
respirar la deliciosa fragancia del pelo de Mayra, empeoraba aquel mal que lo
aquejaba, estaba enfermo, pero no podía discernir exactamente qué tipo de
enfermedad podía tener. Ojalá fuera un cáncer incurable o algo así.
Pero entonces, tras varias horas de viaje, llegaron
a la casa de los abuelos en San Pedro Garza por la madrugada. Un chofer les
llevó de la terminal hasta la modesta pero lujosa casa de los padres de
Verónica De Anda que habían comprado hace tan sólo un par de años, en lugar de
la mansión en la que creció la madre de Mauricio y su desaparecido hermano, en
las afueras de la ciudad.
Los recibió doña Jennifer y una criada. Más
tarde, don Mario apareció en bata de dormir mientras sus nietos e hija
desayunaban.
-así que este es el bebé
que conocí en México-dijo don Mario con su fortísimo acento regiomontano al ver
a Mauricio. El chico se levantó cómo si tuviera chinchetas en su silla y encaró
a su abuelo.
Era un hombre imponente, pero sólo en el
porte pues no era ni la mitad de corpulento y alto que don Luciano Silva. Sin
embargo, su voz, su andar y hasta su sola presencia podían hacer que cualquiera
doblara las manos y acatara las órdenes de aquel hombre maduro que no era un
anciano pero ya le pintaban las canas en la cabeza.
-hola… señor…
-dime abuelo,
muchacho…-don Mario le vio y para pesar de Verónica, hizo un gesto de molestia
al ver la mayor parte de facciones de su fracasado padre en él.
En cambio, al observar a Jenny y a Joaquín,
su decepción cambió. Los dos hijos menores de Verónica eran más parecidos a
ella, eran rubios y aunque Joaquín tenía los ojos negros de su padre, Jenny los
tenía cómo los de Mauricio, entre marrones y escarlata, un color más parecido
al color miel de su madre… o al menos no, del color mierdoso que pintaban los
de Ángel padre, en opinión del receloso abuelo.
-vaya, qué hermosura
tenemos aquí-dijo al ver a Fernanda-toda una mujer, estás preciosísima.
-gracias, abuelo, tú
también te ves muy bien.
-¿para mi edad?, claro-el
señor rio, y se volvió a Jenny-igualita a ti, Verónica, mira esa cara tan
hermosa y esos cabellos rubios. ¿Cómo te llamas, pastelito?
-Jennifer,
señor…-contestó la niña con timidez.
-cómo mi señora esposa,
que buena elección de nombre, Verónica-su hija no dijo nada, pero instó a
Joaquín a que se presentara con su abuelo.
-abuelo, yo soy Joaquín…
-ajá, mírate, tienes el
porte de un De Anda, fuerte y atractivo.
-¿dónde está
Ángel?-preguntó doña Jennifer mientras se sentaba al lado de Mauricio y le
revolvía el cabello.
-Ángel decidió quedarse,
madre…
-me refiero a mi nieto,
¿Por qué no vino?
-está en un seminario,
por ahora vive en Toluca con uno de los hermanos de su padre.
-¿un seminario?,
¿seminario de qué?-masculló el abuelo, sentando a Joaquín en sus piernas.
-católico-respondió
Verónica con cautela, cómo si temiera la reacción de su padre.
-te lo dije hace unos
días, querido, nuestro nieto se va a convertir en cura-asintió doña Jennifer.
-que desperdicio, creo
que eso de ser cura es para los cobardes y los fracasados, aunque no me
sorprende, teniendo el padre que tiene.
Por alguna razón, Mauricio sintió un
poderoso deseo de tirarle el café a la cara, pero se controló al ver la misma indignación
en el rostro de su madre.
Luego de desayunar, se cambiaron, se
ducharon y durmieron un rato, ya por la tarde, se prepararon para salir al
rancho de los De Anda, no muy lejos de la antigua mansión que ahora rentaban
como hotel. Durante ese tiempo, Jennifer, Fernanda, Joaquín y hasta Mayra,
recibieron un trato generoso y consentidor del abuelo. Antes de salir de la
casa al rancho, las tres chicas ya eran quinientos pesos más ricas y Joaquín poseía
más juguetes y una consola de videojuegos que su padre le había estado negando
por la falta de dinero.
A Mauricio no le hacía falta tanta
inteligencia para saber que su abuelo jamás le querría al igual que a Ángel,
los dos eran varones y casi idénticos al fracasado de su padre… Fernanda
también, pero era mujer y casi siempre los papás y abuelos tienden a sentirse atraídos
por sus hijas y nietas, más que por sus hijos y nietos.
Sólo doña Jennifer se acordó de consentirlo
y darle para sus “chuchulucos”. Ya en el rancho, jugaron futbol, montaron a
caballo y se bañaron en la piscina de los abuelos.
Mauricio no era afecto a meterse a cualquier
sitio que tuviera agua, pero tampoco lo despreciaba, incluso teniendo en cuenta
las fallidas clases de natación en las que casi se ahoga. Además, ver a Mayra
enfundada en un ajustado traje de baño azul de una sola pieza, le hizo sentir
un cosquilleo en el estómago, sus senos se veían maravillosamente bien,
parecían más grandes con esa indumentaria y por supuesto que Mauricio no dudó
en meterse al agua. Estaba cómo hipnotizado.
Los chicos comenzaron un juego acuático tan
pronto su abuela, les lanzó varias pelotas e inflables para divertirse,
Fernanda en cambio, se quedó a la orilla con los pies en el agua mientras
devoraba una pila de sándwiches cortados a la mitad y bebía de una enorme y
fría jarra de jugo de naranja.
Ni lento ni perezoso, se acercó a Mayra.
-te ves… bien…-musitó él,
al verla tan cerca, era cómo un sueño.
-gracias, tú
igual-asintió ella, con sus chapitas encendidas cual braseros. Entonces se
metió a la parte profunda con Jenny y Verónica-anda, alcánzanos.
Mau quiso hacerlo, pero había abandonado las
clases de natación antes de poder aprender a meterse a lo profundo, aunque
claro, no podía dejar que su miedo fuera tan evidente, y menos frente a Mayra.
Así que se metió, pero tan pronto empezó a sentirse dentro, decidió que mejor
sería regresar, parecía que su traje de baño estaba más apretado y claramente
lo estaba molestando.
Mayra jugaba con Verónica y Jenny, Joaquín
chapoteaba en la parte menos profunda y Fernanda comía glotonamente en la
orilla. Él debería salir y echarse a correr, porque de repente sentía muchas
cosas raras que no había experimentado nunca antes en su corta vida. Fue cuando
Jenny se acercó y le lanzó a la cara una de las pelotas de hule, provocando las
carcajadas de todos.
-¡maldición!-masculló y
salió del agua, pero cuando se volvió, las carcajadas cesaron abruptamente.
Fernanda tenía en la mano un sándwich a medio comer, luego se puso roja y
retiró la mirada de Mauricio. Joaquín parecía extrañado y no dejaba de mirar a
su hermano mayor, mientras que Mayra tenía los ojos muy abiertos. Jenny reía y
Verónica avanzaba hacia él con cierto bochorno.
-mami, ¿qué tiene Mau en
su…?
-cállate-dijo Verónica.
Entonces, el chico se dio cuenta de qué
estaba pasando. La parte baja de su traje de baño, estaba considerablemente hinchada.
Aquel bulto se movía extrañamente y le provocaba un placer díscolo, jamás antes
experimentado.
-ven, cariño, vamos a
las regaderas-su madre le colocó una toalla en la cintura, a modo de que ese
extraño bulto dejara de verse y sus movimientos dejaran de espantar a las
chicas presentes, Mauricio estaba en shock, no sabía qué estaba sucediendo y
sólo siguió a su madre cómo un autómata.
Su madre le llevó directamente a las
regaderas. Su expresión era severa y no le gustaba.
-¿es la primera vez, mi
amor?-dijo con una tonalidad entre suave y dura.
-¿de qué… de qué… de
qué…? ¿De qué hablas?
-de tu pene, ¿es la
primera vez… que hace eso?
-yo…yo…yo…-comenzó a
estremecerse, esa palabra la conocía, aunque vagamente y le sonaba igual de
vulgar que “senos”
-tranquilo cielo, no
estoy enfadada, eso es normal que te pase, sólo te estoy preguntando si es la
primera vez que… se para.
Sin poder mirar a su madre y tampoco a ese
bulto en su bañador, asintió, todavía temblaba pero hasta el momento no tenía
síntomas de asma.
-bueno, déjame entonces
ayudarte, Dios ¿dónde está tu padre cuando se le necesita?-masculló ella, le
abrió el bañador y comenzó a echarle agua helada de las regaderas-ahora métete y
deja que te cubra el agua, a lo mejor no te funciona siempre, pero creo que…
Entonces se soltó a llorar.
-tranquilo, mi cielo, no
es para que te pongas a llorar, ya te dije que es normal y te vas a tener que
acostumbrar de ahora en adelante, te pasará en ciertas ocasiones… y creo que
deberías estar orgulloso, pues cómo observadora objetiva… heredaste mucho de tu
padre-ella sonrió, pensando que podría arrancarle una sonrisa, pero lo cierto
es que Mauricio no entendió nada y siguió gimoteando cómo una niña.
Por eso, su madre le colocó la toalla en los
hombros, aunque se le partía el corazón por no poder abrazarlo y llenarlo de
mimos, pero tenía claro que su hijo ya no era un bebé y ese incidente le
recordaba más que otra cosa, que ya no podía seguir tratándolo como tal. Tan
sólo le dio un beso en la frente y le secó el cabello, luego comprobó
disimuladamente que la erección hubiera desaparecido. Así fue.
-mira, si te hace sentir
mejor, puedes regresar al cuarto, no es necesario que vuelvas con nosotras. A
menos que quieras hacerlo.
-no, no quiero volver,
me voy al cuarto.
-pues ve, mi amor,
cámbiate y duérmete un rato, te veo luego, ¿bien?
Mauricio no dijo nada, continuó secándose un
rato y después se fue a la casona del rancho, pero su madre no volvió con los
demás hasta que él se le perdió de vista.
Llegando al cuarto en que se quedarían esa
noche en el rancho, se cambió y luego se durmió sin darle muchas vueltas al
asunto. Pese a tener muchas cosas en la cabeza, no quería ahondar en ellas,
tenía molestias en la garganta y quizá invitar al nerviosismo también sería una
invitación abierta al asma, así que se durmió con el inhalador en las manos,
apretándolo, dándose seguridad de alguna forma.
No supo cuánto tiempo pasó pero se despertó
al sentir una presencia en su cama. Al levantarse, descubrió a Mayra,
acurrucada junto a él. Estaba vestida con ropa común pero no llevaba calcetas,
su cabello lucía húmedo y de toda ella emanaba un delicioso aroma a rosas.
Su corazón comenzó a latir desesperadamente,
entonces ella se despertó también.
-hola…
Sin embargo, Mau saltó de la cama y
retrocedió cómo un animal acorralado.
-tranquilízate, tu mamá
me dijo que te afectó mucho lo de tu pene…
-¡cállate!, cállate-y se
tapó la boca infantilmente.
-Mau, lo que te pasó es
normal, estoy preocupada porque puedas pensar que es algo malo.
-¿y tú qué
sabes?-masculló él con violencia.
-¿te acuerdas cuando me
tocaste mis… senos?, es lo mismo, mira-ella bajó de la cama y le sujetó de las
manos. Aunque Mau se resistió, al final se doblegó ante su voluntad y regresó
con ella a la cama.
Ella le miró, estaba serena y muy preciosa,
pero se notaba nerviosa y sus mejillas rosadas estaban más que encendidas.
-eso que te pasó, se
llama “tener una erección”
Mau se atragantó, entonces se dio cuenta de
que no tenía el inhalador en las manos. Aquella palabra le hizo recordar los
mítines a los que solía acompañar a su abuelo para apoyar al PRD.
-¿sabes?-cómo él no
contestó, ella prosiguió, nerviosa y sonrojada-mi tía dice que les pasa a todos
los niños cuando empiezan a crecer y se van a convertir en hombres muy pronto.
Tú estás creciendo, ¿me entiendes?
-¿y… cómo sabes eso?
-mi tía me ha estado
enseñando muchas cosas… mi tío está un poco escandalizado pero ella me dice que
son cosas que tengo que saber, eres más que mi amigo, más que un hermano para
mí y por eso quiero que sepas estas cosas, no quiero que seas un ignorante-entonces
consiguió arrancarle una sonrisa.
-sólo un poco… y sigo
odiando que te creas la sabelotodo-musitó él y de esa forma le abrazó. Comenzó
a hacer algo que ella o él solían hacerse cuando estaban en la primaria.
-“cuando sientas
que/todo el mundo te juzga y te mira/recuerda que siempre seré tu amiga/y tú y
yo estaremos juntos/cuando caigan las pirámides y viajemos en naves
espaciales/siempre estaremos juntos/mi querido Mau/mi querido niño…”
-“querida niña/mi
querida Mayra”-le completó Mauricio aquella canción que inventaran durante sus
horas de persecución de monstruos de closet y sueños infantiles.
-¿te acordaste?
-sí, me acordé… así cómo
siempre me acordé de ti cuando estábamos lejos, en esos momentos me daba mucho
miedo que me fueras a olvidar y ahora estos cambios también me dan miedo…
porque no quiero que me vayan a alejar de ti, ¿me entiendes?
-eres una tonta si
piensas eso… jamás me voy a alejar de ti aunque te estuvieras convirtiendo en
un calamar gigante-ambos rieron desganadamente. Luego se quedaron mirando en
silencio. Mauricio jamás sabría porque hizo lo que hizo, pero luego de unos
segundos, le dio un beso en los labios.
-Mau-dijo ella, un poco
ruborizada-prométeme que nunca dejarás de ser mi hermano postizo.
-te lo prometo por mi
vida.
Luego se acostaron y se quedaron dormidos.
Cuando tocó regresar a
la capital, casi nadie habló de lo sucedido, excepto Fernanda que no lo dijo
con todas sus letras pero le hizo saber a Mauricio que estaba enterada de su
primer brote de madurez y eso le provocó nauseas durante el trayecto de vuelta
a casa peor que si hubieran vuelto por avión.
Sin embargo, al llegar a la ciudad y haber
olvidado casi todo lo sucedido, Mau sentía que podía tener más valor con Mayra,
algo se había renovado y aunque no sabía exactamente qué, si su confianza en él
mismo o en la amistad de Mayra era algo que le causaba una felicidad extraña,
dulce.
Luego de eso, siguieron las fiestas de
diciembre, pero los chicos no se volvieron a ver hasta que reiniciaron las
clases en enero, poco después del día de reyes.
Esa mañana, Mauricio se despertó ante los
gritos eufóricos de Jenny y Joaquín. En la mini sala, sus padres desayunaban
tamales y Fernanda se medía unas blusas y unos zapatos nuevos, se veía ridícula
y adorable al mismo tiempo con su pijama y aquellos zapatos de mujer más, que
de adolescente.
Mau observó los regalos que aquellos reyes
de oriente dejaron en su casa, bajo el pequeño árbol de navidad. Se trataba de
un libro de mitología griega, además de ropa interior y varios dulces.
-mira, Mau, lo que te
trajeron los reyes-vociferó el pequeño Joaquín con su inocencia pura y fue a
darle sus regalos.
El chico los miró e intentó sonreír aunque
no lo consiguió, desde hacía un par de años, había descubierto la verdadera
identidad de los famosos Reyes Magos pero no había tenido el valor para
hablarlo con sus padres. Ahora debería ser más fácil hacerlo, en teoría pues ya
no se sentía dolido por el colosal engaño paterno cómo la primera vez, pero
suponía que de cierta forma, a sus padres y hermanos menores, seguía
haciéndoles ilusión aquella tierna farsa.
-mira, Mau, es un libro
de monstruos griegos y leyendas-dijo su madre, sorprendida-ese no lo has leído,
¿verdad?
Mau negó y se apartó de sus hermanos
pequeños.
-mamá…
-chavos, sus abuelos
dicen que les trajeron allá también-intervino su padre, intentando armar una
autopista que Joaquín y él luchaban por colocar en el pequeño espacio de la
sala.
-¡vamos!-chilló Jenny
fascinada.
-vamos, Mauro, ve a ver
que te trajeron con tus abuelos-insistió su padre con una sonrisa.
-vamos cielo…
Pero Mau no se movió.
-mamá… yo…
Verónica se quedó quieta, al parecer ya sabía
lo que estaba pasando.
-lo sé…
-mmm-masculló su padre.
-¿lo sabes?, ¿qué sabes?
-todo esto… no se hagan…
de todos modos, gracias, me gustaron mucho mis regalos.
-agradécele a los reyes,
chamaco-Ángel Silva se puso incómodo y decidió dejar la autopista de juguete.
-de nada, cariño-dijo
Verónica con cierta decepción, aunque sonreía de todos modos.
-ya, no hagas panchos,
si no, el año que viene no te van a traer nada-se burló Fernanda con cinismo,
una vez que Jenny y Joaquín habían salido de la casa.
-y a ti tampoco, si
sigues así-recriminó Verónica.
-perdón, mami… me
gustaron mucho mis zapatos.
Mau abandonó la casa, pero nada más
acercarse a la puerta de los abuelos, comenzó a escuchar un alboroto al otro
lado. Al entrar, intuyó que se trataba del escándalo de sus hermanos por los
nuevos regalos del día de Reyes, pero se equivocaba.
Jenny y Joaquín parecían estar pegados cómo
lapas a un jovencito bastante alto aunque un poco más delgado de lo que lo
recordaba.
-me encanta lo cariñosos
que son mis hermanitos-dijo Ángel hijo cuando vio a su hermano sándwich parado
en el umbral de la puerta contraria a él-¿y tú qué, Mau, no me vas a saludar?
-Ángel… ¿qué estás
haciendo aquí?-Mauricio le dio un abrazo rápido y aunque no podía ocultar lo
feliz que estaba, se puso serio.
-pues quise venir a
ver mis hermanitos, ¿no puedo?
-claro que puedes,
Angelito, pero creo que tus papis se van a infartar-dijo su abuelo a su
lado-seguro que ni se lo imaginan.
-pero ¿y el
seminario?-cuestionó Mauricio fingiendo inexpresión.
-bueno… de eso vine a
hablarles también, abuelo, ¿me acompañas a ver a mis papás?
-pos claro, hijo.
Mauricio pensó que no sería propio expresar
sus pensamientos de ese momento, quizá su hermano volvería a casa para quedarse
y eso era mejor que cualquier regalo de día de Reyes.
Ángel entró a casa con naturalidad, ni
siquiera intentó sorprender a nadie cuando cruzó la puerta. Sus padres seguían en la sala, mamá con pijama y
pantuflas de oso, y papá en playera y calzoncillos cuando el primogénito entró.
Su abuelo se quedó en la entrada, se había puesto a fumar y por eso prescindió
de entrar.
Ambos le vieron atónitos, casi como si
hubieran visto un fantasma, pero sólo Verónica se levantó, extasiada y al borde
de las lágrimas se echó a los brazos de su hijo.
-mi amor, mi amor, ¿qué
pasa?, ¿Por qué estás aquí?-Verónica no dejaba de darle besos y apapachos. Su
marido se levantó y entró al cuarto conyugal sin decir palabra.
Mau, por su parte, esperó a que su madre y
hermano terminaran de besuquearse.
-mamá, no tengo mucho
tiempo, me escapé y mi tío hizo algunos sacrificios para traerme.
Verónica tragó saliva con nerviosismo.
-¿él vino?
-¿mi tío?, sí, pero
decidió hospedarse en un hotel, mañana regresamos a Toluca y no quiso causar
muchas molestias aquí a los abuelos.
Verónica adoptó un semblante más calmado y
llevó a su hijo a sentarse en el sofá. Mau permaneció parado en dónde estaba.
-bueno, pero ¿Por qué
has venido?, ¿te pasa algo?, ¿te sientes mal o algo?
-mamá, los extrañaba
mucho, eso es cierto, pero estoy bien, no te preocupes-Ángel le besó la frente
y acarició sus manos para tranquilizarla, entonces le lanzó una mirada alegre a
Mauricio.
-pues si nos extrañas
tanto, deberías venir más seguido-replicó Mau.
-Mau, qué más quisiera
pero no me gustaría estar molestando a cada rato a mi tío con el pasaje y todo
eso… además, les hablo por teléfono y le envío mensajes a Fernanda.
-no es igual.
-¿entonces?-Verónica
respondió a las caricias con más de ellas y miró a su primogénito, expectante.
-mamá… ¿cómo empezar?,
bueno, en el seminario surgió una oportunidad única que debo decir que se debe
en gran parte a mi tío Mauricio.
-igual que por él
lograste entrar-dijo Mau con amargura, sintiendo por un momento un extraño
rencor hacia su amado tío al que debía su nombre de pila.
-ajá y bueno… existe
esta posibilidad de que me vaya a estudiar al extranjero, al mismo tiempo que
hago labor social y termino mi formación religiosa. En pocas palabras, es cómo
si me estuvieran ofreciendo ser misionero. Algo que he soñado por mucho tiempo.
Mau y Verónica se quedaron atónitos por un
momento, aquella información estaba siendo procesada con mucha lentitud, aún
les parecía estar escuchando sus palabras y estas se repetían una y otra vez.
-¿misionero?, ¿cómo es
eso, cariño?-carraspeó Verónica y se acomodó en su lugar. Mau parecía rígido.
-No es ser misionero…
pero sí trabajar muy cerca de ellos. Mira, el nuncio Pedro, es un señor que
pesa mucho por allá, es español y amigo de mi tío, él me recomendó con un tal
padre Spencer, creo que es gringo pero este padre tiene un proyecto aprobado
por el Vaticano que busca jóvenes que quieren ser sacerdotes y aman a Dios con
el fin de servirle, ayudando a otros, mientras continuamos nuestra formación y
estudios.
-parece una gran
oportunidad, mi amor…
-es que lo es, mamá, se
me está dando la posibilidad de ayudar a otros mientras cumplo aquello para lo
que vine a este mundo, ya sabes que no quiero nada más que servirle al señor, a
nuestro padre universal.
-¿estás completamente
seguro que quieres eso?
-por supuesto, sólo
quería avisarles… y saber qué piensan.
-pues lo único importante
es lo que tú quieras, cariño.
-pues quiero hacerlo,
quiero ir… ¿me apoyan?-miró a Mau y a su madre alternadamente.
-al ciento por
ciento-Verónica sonrió y le dio un fuerte abrazo. Una madre siempre apoyaría a
un hijo aunque este estuviera convencido de que embarrarse de mierda de puerco
serviría para hacerlo más atractivo ante las mujeres, no había duda de eso,
pero para Mauricio, las madres tendrían que imponerse y no dejarlos hacer
tantas estupideces, en especial porque en efecto él creía que aquello que
deseaba su hermano, era una reverenda y providencial estupidez.
-pero ¿adónde te
irías?-preguntó su madre.
-eso no lo sé, el tal
padre Spencer dice que sería en zonas de mucha marginación en países de extrema
pobreza, aunque me parece que es una lástima que no sea aquí, en México, dónde
se necesita demasiada de esa ayuda humana y espiritual. ¿No creen?
-pues no-intervino
Mau-esas son mamadas, la gente no debería de tener tantos hijos sin son pobres.
-¡Mauricio!-su madre
alzó la voz y le miró fulminantemente.
-es la verdad… ¿ustedes
les van a dar de comer y a trabajar por ellos mientras se revuelcan en su
inmundicia?- Ángel estaba mudo.
-nosotros no somos
precisamente ricos, ¿de dónde sacas semejantes burradas?-Vero también estaba
sorprendida pero no podía ocultar su rabia repentina.
Ardía en deseos de ello, pero Mauricio no
podía decirle también, que pensaba igual que su padre, y que la religión sólo
amedrentaba a la familia y en ese caso separaba a un ser valioso y querido del
resto.
-Mau, no los voy a
dejar…
-pues a mí qué me
importa, eres cómo papá y su futbol, no les importa nada más que aquello para
lo que supuestamente nacieron.
Temblando de rabia, Mauricio se retiró,
pensaba salir de casa para no tenerles que ver la cara, pero sus pies le
traicionaron y mejor se encerró en su cuarto. Una vez ahí puso el seguro
improvisado y se puso a llorar en silencio.
En febrero, Ángel habló por teléfono un día
antes de salir de México, se despidió de
todos, excepto de su padre y de Mauricio. El hermano de en medio no quiso hablar
con él, aún se sentía furioso y ni siquiera Mayra había sido capaz de bajarle
la ira que sentía con el primogénito Sin embargo, por lo que llegó a escuchar,
Ángel se embarcaría a un viaje al África en compañía de otros seminaristas,
curas recién investidos y algunas monjas de distintas nacionalidades, además
del tío Mauricio quien prometió no dejarlo sólo hasta que tuviera la certeza de
que iba a estar bien.
Llegó a arrepentirse de haberle dejado de
hablar a Ángel, no quiso demostrarlo porque ni en su cumpleaños logró sacarse
la amargura. Pero ¿qué se podía hacer? Ya en mayo, él, Mayra, Daniel y Betty
habían ido a ver una película estelarizada por Keanu Reeves. Pasaban de las
cuatro poco antes de que finalizara la película cuando Mauricio abandonó la
sala de cine.
Mayra y Betty miraban atontadas al
protagonista mientras que Daniel ligaba con una muchachita un poco mayor que
él, en los asientos de atrás. Se tropezó con las escaleras y cayó
estrepitosamente, sus gafas fueron a dar hasta la puerta de salida y entrada, dónde
una de las empleadas las recogió aunque reía burlonamente.
Mau se levantó, furioso y apenado a la vez.
-toma, se te cayeron…-la
chica, joven y guapa se las entregó pero Mauricio se las arrebató sin mucha
educación.
-¿de qué te
ríes?-masculló Mauricio y pasó de ella.
Al salir de la sala, se puso las gafas y
luego sacó el inhalador. Mientras se daba una dosis, una mano lo tocó en el
hombro y aunque estaba dispuesto a responder iracundamente, no se movió hasta
escuchar una voz.
-¿te sientes bien, Mau?-la
dulce voz que parecía sacarlo de todas sus pesadillas y miedos, entró por sus
oídos y se clavó en lo más hondo de su ser. Pero de todos modos se apartó de
ella.
-Mayra…
-saliste sin avisar, ¿no
te gustó la película?
-no…-ella vio su
inhalador.
-¿un ataque?, ven quizá
deberíamos comprar algo de beber…
-ya te dije que sólo
traje para el boleto
-y ya te dije que yo te
disparo lo que quieras, pero últimamente has estado de cascarrabias, ¿qué te
pasa?, ¿sigues así por lo de Ángel?
“Por Ángel, porque no puedo salir a
divertirme con mis amigos por ser relativamente pobre y porque me siento
enfermo en tu presencia y no sé por qué” Pensó en decirle aquello, pero su boca
se cerró cómo una caja fuerte y apretó los dientes. Luego respiró.
-mira, perdón pero ni yo
mismo sé que me pasa estos días.
Mayra sonrió, pensando que ella se había
comenzado a sentir así desde que la menstruación le había saludado por primera
vez.
-¿qué es la
menstruación?-preguntó Mau y ella le miró extrañada, luego se puso muy roja y sus
mejillas casi brillaban cómo focos de navidad.
-luego te digo, ven,
vamos a la dulcería.
Mauricio desistió y se dejó llevar a la
dulcería. Terminaron comprando un gran vaso de refresco, dos helados para
ellos, un chocolatote para Mayra y dos perritos calientes para Daniel y Betty.
Pero por alguna razón, no regresaron a la sala y se sentaron a comer sus
helados en una de las mesitas de la dulcería.
-sé que te duele que
Ángel los deje para convertirse en sacerdote, pero deberías entenderlo, creo
que ya hemos hablado de esto, ¿no?
-sí, pero ¿entender
qué?, la neta no puedo entender cómo algo, sea lo que sea, puede ser más
importante que la propia familia.
Mayra le dio un largo sorbo al refresco y se
le quedó mirando con aquellos hermosos ojos azules.
-Marina me invitó a su
fiesta de cumpleaños, hoy-dijo la chica.
-¿quién es Marina?
-la prima de Julian, ¿la
conoces?
Mau hizo memoria, al parecer se trataba de
cierta niña de cabellos negros y ojos grisáceos muy parecida a Julian que iba
en el grupo de Mayra.
-eso creo.
-me parece que
deberíamos ir, ¿te gustaría?
-no soy mucho de
fiestas…
-¿ah sí?, ¿desde cuándo?
-¿para qué iríamos?
-debes de sacarte muchas
cosas de la cabeza, hazme caso, Mau.
Le quitó el refresco y también le dio un
largo sorbo.
-dicen por ahí que a
Daniel le gusta la prima de Julian.
-es lo que dicen-Mayra rio
pícaramente.
Estuvieron comiendo y platicando largo rato,
hasta que un mar de gente empezó a fluir de la sala, Daniel y Betty iban detrás
del resto, comentando la película.
-con razón ni regresaron
a la peli-dijo Betty al verlos comer animadamente.
-tomen, les compramos
unos hot-dogs-les ofreció Mayra las salchichas con pan.
-se los compró
Mayra-aseveró Mau.
-que rico-Daniel tomó su
manjar y lo devoró en menos de un minuto.
-son las cuatro y
media-anunció Betty, mirando su reloj de pulso-se está haciendo tarde.
-lo dices por tu
mamá-dijo Daniel, lamiendo sus dedos sin recato.
-Marina me invitó a su
fiesta de cumpleaños, hace una hora que empezó, ¿les gustaría
acompañarme?-preguntó Mayra con esa voz tan tierna y delicada que a Mauricio
tanto le afectaba.
-ya es un poco
tarde-insistió Betty.
-va ser sólo un rato, tu
mamá ni se va a dar cuenta-Daniel se limpió la saliva en la ropa, ante un gesto
de las chicas-la mamá de Mau es igual y míralo, aquí anda y se va ir con
nosotros de reventón, ¿o no, Mau?
Mau no contestó, la verdad es que al igual
que Betty, deseaba llegar a casa y tirarse en su cama a leer o escribir.
-pues no se hable más,
vayamos a esa fiestita, ¿no May?
-pareces muy contento,
¿no será que quieres ver a alguien en especial?-preguntó Mayra con una sonrisa.
-sí, quiero ver a ese inglés
maricón para presumirle que fui al cine con dos guapas chicas mientras que él
se quedó en su casa cómo niño bueno-Daniel se puso en medio de Mayra y Betty y
las abrazó, para luego darles tremendos y sonoros besos húmedos en las
mejillas.
-¡Daniel, qué
puerco!-masculló Mayra mientras que Betty luchaba por escapar del abrazo.
-¿también quieres tu
beso, Mau?-el chico reía pero Mauricio parecía el ser más amargado del mundo.
-pues vámonos-sentenció
Mayra y se tomó del brazo de Betty y de Mau.
-pero mi mamá…
-no nos tardamos, te lo
prometo.
Tomaron un taxi hasta la casa de Marina y
Julian en la calle de Lago Zumpango en la colonia 5 de Mayo. Betty opuso
resistencia hasta el final, pero se dejó convencer cuando llegaron a la casa de
los Azcárraga, dónde reinaba un ambiente completamente familiar. La casa estaba
adornada con globos, letreros de feliz cumpleaños y se podían ver muchos
chiquillos y algunos adolescentes, aunque principalmente, amigas de la
secundaria de Marina.
Al bajar del Tsuru, observaron a Julian,
estaba vestido formalmente, con camisa y corbatita, aunque no le importaba
correr de aquí para allá jugando con los pequeñines que quizá fueran sus primos
más chicos.
Al verlos, el inglés se sonrojó y se apartó
del grupo de niños.
-¿qué pedo con tu vida,
cabroncito?-Daniel le saludó mientras miraba al interior de la casa.
-hola, Julian, ¿cómo
estás?-Mayra le dio un beso en la mejilla pero el chico no respondió al
momento.
-al parecer no esperaba
vernos aquí, por eso ni nos invitó-dijo Mau con desprecio.
-no digas eso… es que…
-estamos jodiendo,
cabrón, pero ya estamos aquí-anunció Daniel-¿y a quién celebramos hoy?
-lo que quiso decir
Daniel fue: “¿dónde está Marina?”
Pero no le dio tiempo de contestar, la
festejada salió en ese momento con un vestidito liso y mallones. Era una chica
esbelta, alta, de cabellos negros cómo los de su primo inglés aunque de ojos
entre azulados y grisáceos.
-Mayra… chicos, qué
alegría que estén aquí-dijo la niña y fijó sus ojos en Mauricio, el único que
parecía ajeno e indiferente a lo que le rodeaba. A su vez, Daniel parecía de
piedra.
-¿te la estás pasando
bien, Mari?
-claro, hicimos mole, a
Julian le pone enfermo pero a ustedes seguro si les va a gustar, vengan pasen.
Los chicos entraron a la pequeña vivienda.
La madre de Marina les sirvió un plato con pollo, mole y arroz rojo que
devoraron sin dudar. Ellos estuvieron más bien separados de los demás chicos y
chicas de su edad que estaban en la fiesta pues Marina iba de un lado a otro
atendiendo a sus amigos.
Luego de partir el pastel, cerca de las 7 de
la noche, se les acercó un poco conmovida con el discurso de su padre.
-felices trece años,
Mari-dijo Betty con una sonrisa.
-muchas gracias, ¿están
bien?, ¿necesitan algo?-preguntó ella, dirigiendo su mirada a un malhumorado
Mauricio, en tanto las miradas de Daniel se fijaban en ella.
-no, el pastel está muy
rico-declaró Mayra.
-claro, pero de ti no te
lo creo, todo lo que tiene chocolate te vuelve loca-dijo Mauricio mordazmente,
Marina sonrió y asediándolo con sus ojitos pizpiretos se dirigió a él.
-¿te gustó a ti, Mau?
Mauricio se estremeció al sentir la mirada
de Marina y bajó la suya al mismo tiempo que asentía positivamente.
-a mí sí, está muy
rico-intervino Daniel.
-les voy a traer más, si
quieren… oigan, no pensé que fueran a venir, muchas gracias.
-si Julian nos hubiera
invitado-masculló Daniel pero el chico inglés no le volteó a ver.
-¿por qué?, me dijiste a
mí y yo les dije a ellos.
-lo sé, May, pero es que
pensé que irían a esa fiesta con Rosa…
-creo que supe
algo-asintió Daniel.
-estuvo aquí hace
rato-informó Julian-le dejó su regalo a Mari y se fue.
-iba muy bien
arregladita, se veía bonita.
-es ahí por Cabrera,
creo que me habían dicho-Daniel se puso de pie para estar más cerca de Marina.
-algunas de mis amigas
van a ir después de la fiesta, ¿les gustaría ir a ustedes?
-¿por esa calle de mala
muerte?-espetó Mauricio.
-podríamos ir todos
juntos.
-pos claro-Daniel hizo
un gesto exagerado-estaría chido que fuéramos en bolita, ¿verdad, chavos?
-tengo que irme a mi
casa, Daniel-protestó Betty sin mucho ímpetu.
-ni maíz paloma, nada de
irse a casa, la noche apenas va empezar, ¿verdad, Mari?
-Mayra, diles…-suplicó
Betty.
-descuida, yo te pago el
taxi, es más te acompaño hasta tu casa, no te preocupes, Betty-Mayra le dio un
breve abrazo que tranquilizó un poco a la chica, aunque la verdad es que no
deseaba ir a esa otra fiesta, llena exclusivamente de adolescentes cómo ella,
su más grande fobia.
Y así fue, tras unos minutos de debate,
quedaron en irse a esa otra fiesta, Julian y Marina prácticamente se
escabulleron, luego de que el resto de chicos se despidiera y agradeciera a los
padres de la festejada, ya la fiesta estaba feneciendo y por ende no había gran
cosa por la que quedarse.
La calle de Daniel Cabrera era contigua a la
calle de los Silva, por lo que Mau estuvo tentado varias veces en abandonar a
su grupito de pubertos y refugiarse en la pequeña pero segura comodidad que le
ofrecía su amado hogar. No obstante, Mayra iba tan entusiasmada a su lado, que
más bien le faltó corazón para decepcionarla con su conducta asocial. La
fachada en la que entraron al llegar, era vil, casi un cuchitril. Aquellos
terrenos simulaban ser una unidad habitacional para gente de escasos recursos
aunque más bien parecía una ciudad perdida.
A todas luces, sólo Daniel y Mauricio sabían
qué tipo de ratonera estaban visitando. Daniel era un chico rebelde y callejero
que despreciaba las pocas pero justas comodidades que le prodigaban sus tutores
a los que él tachaba de “maricones” pues era huérfano y sabía por dónde caminar
o hacer amigos en el barrio y Mauricio había tenido un hermano mayor en otra vida
que le había advertido de ciertos lugares peligrosos o potencialmente
peligrosos en la colonia. Aquel predio era precisamente uno de esos malos
lugares para frecuentar, en especial si se era un chico bien portado que no
sabía nada de nada.
Por eso, cuando observó a un grupo de
sujetos merodear cerca de una de las muchas vecindades aledañas, comenzó a
sentir una especie de miedo irracional. Para Daniel era también obvio saber en
dónde estaban pero aquello parecía no importarle.
-mejor deberíamos irnos
a nuestras casas, la neta no conocemos a nadie-comentó Mau pero ante la
inocencia de sus demás amigos de no imaginarse siquiera en qué clase de lugar
andaban, decidió callar. Daniel, el único que sabía, se dio cuenta del miedo en
la voz de su mejor amigo.
-tranquilo, Mau, conozco
a un vale de ese edificio, no te me espantes.
-¿Por qué habría de
espantarse?-cuestionó Betty, con una punzada de miedo repentino en su voz.
-por nada, corazón…
miren, creo que es en esa casa, hay un buen desmadre.
Efectivamente, dentro de aquel edificio, se
podía escuchar un gran jaleo y estruendosa música de salsa. Pasaron de los
sujetos de afuera y entraron, un poco cohibidos pero fascinados, Mauricio no
podía dejar de lado lo llamativo que resultaba el observar a otros chicos más o
menos de su edad besando a las chicas, fumando y bebiendo cerveza y otras
sustancias. Tenía un encanto obsceno porque no tenía lógica su procedencia, tan
sólo era algo llamativo y casi maravilloso.
-se ve que hay buen
chupe.
-¿hay qué?-preguntó
Julian, pero ante el estruendo de la música, Daniel no le escuchó.
-alcohol, tu mamá no te
deja tomar, ya sabes-dijo Marina con seriedad.
-quién querría
probarlo-masculló Mayra, pero sus palabras se perdieron mientras iban avanzando
con cautela sin saber de quién era aquella pachanga abominable.
Vieron a Rosa bailando con un chico delgado
pero de buen porte, Mau creía haberlo visto antes pero no estaba seguro. Al
acercarse hasta ella, la canción acabó para darle paso a otra enseguida,
entonces Rosa se separó del muchacho que se alejó de ella luego de susurrarle
algo al oído. Rosa se volvió y al darles la cara a sus amigos, estos se
sorprendieron al verla encender un cigarrillo con toda la naturalidad del
mundo.
-¿fumas?-preguntó Julian
en un grito, casi ofendido y sumamente escandalizado.
La chica sonrió y dejó escapar el humo con
normalidad.
-pensé que dijiste que
no ibas a venir-declaró ella, entonces se fijó en los demás-pero me late que
llegaron un poquitín tarde, chavos.
-ni madres, discútete un
tabaco, ¿no?-Daniel se acercó a ella.
-toma uno, pero son de
Ginger, espero que no se enoje…
-¿de quién?
-de mi amiga de tercero,
dice que ya se va y me quiere llevar a mi casa, cómo si no pudiera cuidarme yo
sola, cagada…
-¿estás peda?-Daniel
encendió su cigarrillo y se fijó en el semblante de Rosa.
-¿qué le
dijiste?-preguntó Julian, igual de escandalizado con el cigarro de Daniel.
-que parece que Rosa
está borracha-explicó Mauricio adoptando el mismo tono de escándalo de Julian.
-ay, nomás me eché unas
chelitas, allá atrás hay unas cubetas con chelas, si quieren chelas… unas
chelas…
-¿unas qué?...
-¿dónde?
Rosa asintió y se llevó a Daniel hasta dónde
supuestamente estaban las cubetas con cervezas.
-guau, ¿ustedes habían
probado?-preguntó Mayra a Julian, Betty y Marina pues conocía demasiado bien a
Mauricio cómo para saber que el asma y el tabaquismo no se mezclaban.
-esas son porquerías, yo
no fumo ni fumaré nunca-contestó Marina.
-me ha llamado la
atención, pero nunca lo he hecho-dijo Betty.
Julian sólo negó, aún parecía sorprendido
ante el ambiente despreocupado, pesado y raro que embriagaba a todos en esa
fiesta.
-es un hábito muy nocivo
para el que lo practica y los que están a su alrededor-dijo Mayra, pero de
todos modos tomó la cajetilla y extrajo un cigarrillo-pero muchas veces hay que
hacer investigación de campo.
Ni siquiera pudo encenderlo, aunque tenía el
encendedor muy cerca del cigarrillo porque Mauricio se lo arrebató de un
manotazo.
La chica se le quedó viendo sorprendida ante
el brutal gesto.
-¿estás loca?-inquirió
Mau, su respiración se aceleró.
Mayra no supo qué contestar y dejó el
encendedor en la mesa de la que lo había tomado, sus mejillas estaban
incendiadas y la vergüenza se le dejaba ver en todo el rostro, además de una
furia callada y leve.
-eso fue grosero,
Mauricio Silva-protestó Mayra.
-pues lo que ibas a
hacer no es precisamente una lindura
Los jóvenes se miraron desafiantes.
-Mau, ¿quieres
bailar?-intervino Marina, rompiendo aquella discusión que ya se avecinaba.
Mauricio sintió como si una mano invisible le hubiera abofeteado.
-anda, Mau, no desaires
a una dama-dijo Mayra un poco gruñona. Pero antes de que Mau pudiera decir algo
en contra, la chica desapareció entre la multitud.
Entonces, Marina le tomó y ambos comenzaron
a moverse, aunque él no sabía lo que estaba haciendo, nunca antes había bailado
y menos con una niña. En su salida de la primaria, se había enfermado de
varicela antes de que comenzaran los ensayos y aunque hubiera estado listo para
la ceremonia de graduación, se rehusó a asistir al baile y su madre le concedió
aquello.
Ahora estaba ahí, en un barrio jodido,
dentro de una fiesta de adolescentes descarriados y cabrones, bailando con una
chica a la que apenas conocía pero que le miraba de forma extraña.
-la verdad es que yo
tampoco sé bailar muy bien-dijo Marina al ver que Mauricio era prácticamente
una piedra con movimiento.
-perdóname, es que nunca
había bailado-pensó que aquello sería la oportunidad perfecta de escapar, pero
la prima de Julian no parecía muy dispuesta a dejarlo ir.
-bueno, con el tiempo se
aprende, no pasa nada, ¿verdad?
“claro que no, salvo por las putas ganas de
vomitar que tengo”, pensó, con los testículos en la garganta.
Y así estuvieron una eternidad, Mau pensaba
que pasaría de la media noche cuando Daniel y Betty regresaron con una compungida
Rosa, sostenida dificultosamente por Julian. Apenas habían pasado veinte minutos
y tres putas canciones pero la interrupción de los otros chicos fue suficiente como
para que Marina le dejara ir. Mayra aún no volvía y no parecía haber estado con
ellos.
-chales, pinche Rosa, me
guacareó los tenis-se quejó Daniel, quien además de todo el apeste a humo de
cigarro, arrastraba las palabras.
-espero que se hayan
divertido-dijo Julian severamente a Mau y a su prima-esto se acabó, creo que no
vamos.
-¿qué pasó?-preguntó
Marina con preocupación.
-pasó que a la pinche
Rosa se le subieron las copas de más y se puso a vomitarle la jeta a medio
mundo-explicó Daniel con molestia.
-por suerte, una de sus
amigas nos va a ayudar a llevarla a su casa, porque mírenla, casi ni puede
caminar-espetó Julian con ese tonito adulto que le conocían cuando se enfadaba.
-¿y Mayra?-preguntó
Mauricio.
-sepa la chingada, ¿Qué,
no estaba con ustedes?-farfulló Daniel.
-¿ya están listos?-antes
de que se dijera cualquier cosa, una muchacha de aproximadamente la edad y
altura de Fernanda, apareció junto a ellos. Llevaba un top ajustado que
enardeció algunas hormonas masculinas.
La chica pareció haberse dado cuenta de que
la miraban de aquella forma y miró primero a Marina y luego a Mau,
extendiéndole una mano al chico.
-hola, soy Ginger, la
niñera de Rosita, ¿y ustedes?
Mauricio aceptó la mano cómo por inercia y
aunque se dio cuenta de que estaba un poco húmeda de sudor, aquel rápido besito
en la mejilla que le dio la chica, fue suficiente como para hacerle llegar un
aroma que le despertó: era una especie de aroma a tabaco, alcohol y hormonas,
porque esto último, olía muy rico.
-no eres mi niñera… y no
empieces de zorra con Mau, él no es esos-masculló Rosa desde su etílico estado.
-cálmate, nomás le estoy
saludando, ni que me lo estuviera cogiendo-se defendió la chica pero sin dejar
de sonreírle a Mauricio el cual estaba a punto de vomitar sus propios
testículos por la boca.
-yo no le pondría
peros-le susurró Daniel al oído, aunque no entendió qué quiso decirle.
-creo que ya deberíamos
llevarla a su casa, me está pesando mucho-dijo Julian, único sostén de Rosa en
aquello momentos.
-pues ya vámonos
entonces, ¿ya han ido a su cantón?-preguntó la chica pero los otros negaron.
De esa forma, volvieron a avanzar entre la
masa de adolescentes ebrios y calientes, siguiendo a otra adolescente igual de
ebria y caliente. Al salir a la calle, Mauricio ya estaba bastante preocupado
por su mejor amiga, aunque era obvio que no esperaba encontrarla cómo la
encontró.
Mayra ya se les había adelantado al salir
antes de la fiesta, pero no lo había hecho sola. La muchacha de hermoso cabello
castaño conversaba con un par de sujetos vestidos a la elegante usanza del
barrio (ósea de típico galán de barrio, un cuasi “naco”, diría Fernanda Silva)
Uno de ellos parecía más bien mal encarado y
casi ausente de la conversación, mientras que el otro se veía sumamente feliz y
no se le podía culpar, estando con la chica con la que estaba sería ridículo no
sentirse pleno y casi bendecido. Aquello le pasó por la cabeza a Mauricio
enseguida, pero sus tripas sufrieron un retortijón considerable porque el asco
que le embargaba el ver a Mayra platicando con Gabriel Farías era evidente y
justificado.
-miren, allá está
Mayra-musitó Betty y Mau tuvo las ganas de insultarla ante su evidente
observación.
El grupo se acercó a los animados
adolescentes. Mau se percató de que el otro sujeto, Roberto, estaba fumando muy
cerca de Mayra, un detalle que le hizo sentirse más enfermo y furioso.
-oye, pinche Gabo, ¿qué
cuentas?-saludó Daniel.
Mayra se sobresaltó al escuchar la voz de
Daniel y se dio la vuelta para observar a sus amigos.
-conque aquí estabas,
¿eh?-Marina se dirigió a Mayra.
El grupo se vio forzado a saludar a sus
compañeros de escuela, aunque era evidente la hostilidad mutua, incluso Ginger
desdeñó con la mirada a aquellos dos gañanes.
En un parpadeo, Daniel y Roberto se pusieron
a conversar, dando lugar a que Gabriel y Mayra siguieran en lo suyo.
-hola, Gabriel-intervino
Mauricio, empezando a notar una rabia silenciosa en su interior, como si de
repente le estuviera dando fiebre o algo similar. Gabriel le ignoró.
Mayra volvió a sobresaltarse y esta vez clavó
sus bellos ojos azules en Mauricio.
-¿Mau?, ¿ya nos
vamos?-preguntó Mayra, toda ternura e ingenuidad.
-¿no se quieren quedar
un poco más?, se va a poner chido-dijo Gabriel intentando volver a atrapar a
Mayra.
-hay personas a las que
sí las extrañan en sus casas-masculló Mauricio, aunque Gabriel le volvió a
ignorar con todo el despreció que pudo.
-mira, Mayra, creo que
tendremos mucho tiempo para hablar en la escuela, pero me la pasé bien chingón
este ratito contigo-Gabriel parecía un tipazo, pero Mauricio no podía soportar
más el asco y la rabia.
-claro, a mí también me
gustó mucho platicar contigo, Gabriel…-correspondió ella con una sonrisa llena
de coquetería.
Y fue que Mauricio comenzó a alejarse.
Ginger, Rosa y Julian habían empezado a caminar. Marina y Betty, movidas por su
deseo de regresar a casa también les imitaron por lo que en automático, Daniel
se despidió de Roberto y Gabriel. Mauricio no dudó en dejar a Mayra, allá ella
si quería quedarse en esa calle de mierda con esos dos sujetos de mierda.
-en un momento voy,
Mau…-alcanzó a susurrar Mayra pero él hizo oídos sordos.
Mau y los demás se pusieron en marcha. El
sólo pensaba en una cosa cuando salieron de aquella calle inmunda, pero ni
siquiera tenía que ver con el hecho de que deseaba llegar a su casa. Para
Mauricio Silva De Anda, aquel verano sería inolvidable por culpa de esa noche.
Y es que ese pensamiento en su cabeza, se estaba gestando como algo
sobrenatural, casi como una premonición… algo aterrador.
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