XI
Otra extraña noche
Amaneció
otro día en la casa de los Silva. Como todos los días, la rutina consumió la
mañana entera. Los primeros en salir de la casa, fueron los papás de Ana, que
pese a no entrar a la misma hora a trabajar, aprovechaban para irse juntos en
el metro. Poco después salía Verónica con su guardería… o mejor dicho, con su secundaria,
ya que era la encargada de acompañar a Mau, Daniel, Jenny y Ana a la escuela.
Una hora más tarde, Fer y Luciana salían a su colegio.
Ahora bien, dejando de lado lo que hacían
los demás miembros de la familia Silva por las mañanas, a Mauricio le tocaba
entrar a la escuela con su madre. Tenían ciertas cosas que aclarar con las
autoridades de la escuela, no sólo se trataba del abandono del plantel, también
tenía que ver la agresión a la que sometió al conserje.
Por esa razón, cuando bajaron por la rampa,
su madre le llevó directo a la casetita de limpieza, dónde los conserjes guardaban
todas sus herramientas para desempeñar su trabajo, ahí por lo regular,
aguardaba el señor Paco, mientras los estudiantes iban ingresando.
Mauricio miró de reojo al sujeto, ya que no
tenía el suficiente valor para mirarlo a los ojos. El hombre tenía fruncido el
ceño, como casi siempre.
-buenos
días, señor, mi hijo quiere decirle algo-le saludó Verónica. El hombre devolvió
los buenos días, pero después se quedó estoíco, silencioso.
-bueno…
yo…-Mau guardó silencio de súbito.
-anda,
mi amor, no te hagas menso…
-yo…
yo lamento haberle hecho daño, le pido disculpas, me siento muy avergonzado por
eso… señor.
El hombre asintió con cierto dejo de triunfo
en su expresión, luego le tocó la cabeza al chico y rio en señal de aprobación.
Verónica también se mostró satisfecha y obligó a su hijo a ir con ella hasta la
dirección. Se quedaron entonces frente a la puerta, cerca de las escaleras
centrales. Desde ese sitio, Mauricio pudo ver a sus amigos, los que solían
reunirse en torno a la asta bandera, con el resto del grupo 23 y los del grupo
22. También vio a Mayra mientras bajaba por la rampa. Ella avanzó hasta lo que llamaban
“el queso” la estructura de concreto que sostenía la asta, y dejó su mochila en
ella, tras saludar a Rosa, Betty y Daniel, los únicos que ya estaban ahí a esas
horas.
De inmediato, la vio voltear hasta donde
aguardaban Mau y su mamá, probablemente por indicación de sus amigos. Entonces,
ella comenzó a caminar hacia allí. Mau tuvo un miedo atroz repentino, y casi
por instinto se tomó de la mano de su madre.
Ella no parecía haberse dado cuenta de que
Mayra se aproximaba hacia ellos, pues lejos de extrañarse ante ese gesto de su
hijo, agradecía tener tan cerca a su bebé.
-¿y
si nos metemos a la dirección? Me ha dado frío estar aquí afuera-le susurró a
su madre.
-tienes
que enfrentarla.
-¿qué?
-a
Mayra, ya vi que viene para acá.
Y así fue, la chica se les quedó mirando a
ambos durante unos momentos. Verónica le sonrió.
-buenos
días, Mayra, te ves muy bonita el día de hoy-le dijo Verónica.
-buenos
días, señora Verónica, puedo decir lo mismo de usted, me encanta su suéter…
Ella se volvió a Mauricio. Él no dijo nada,
miró sus pies con insistencia, tampoco era capaz de mirar a su mejor amiga.
-¿no
me vas a saludar, Mau-Mau?
Nada.
-Mauricio,
no seas grosero, saluda a Mayra.
Nada.
-señora,
creo que él y yo debemos de hablar en privado, ¿nos dejaría…?
-¡No!
¡tú y yo no tenemos nada de qué hablar!
-¡Mauricio!
-¡no,
mamá! ¡en esto no puedes obligarme! ¡no puedes!
Su madre y Mayra se quedaron atónitas ante
la rabia de Mau, ninguna lo había visto tan enojado. Y era cierto, si ellas no
fueran mujeres, quizá el chico hubiera actuado con verdadera violencia.
-Mau…
por favor…
-tengo
que ir al baño-anunció Mau, un poco más calmado, pero tenía los puños
apretados.
-¿qué
pasó entre ustedes, Mayra?
-no
lo sé, señora… mejor dicho, no estoy segura.
Verónica De Anda lo sabía, de cierta forma,
pero confiaba en que Mayra y Mauricio terminaran arreglando sus cosas, pues al
final de cuentas, sólo eran adolescentes, pasaban por fases y rabietas que se
les olvidaban más o menos pronto.
Mau no salió del baño hasta que la chicharra
sonó. Como era costumbre, los estudiantes se formaron, la directora indicó
mediante el micrófono el orden que deberían tener los alumnos y después los
mandó a sus aulas. Una vez terminado eso, pasó al chico y a su madre a su
oficina. En dónde minutos después, se les unió la maestra Heidi.
Ahí
le hablaron de pura mierda, cosas respecto a sus pasados castigos y la falta de
respeto por la autoridad y los adultos en general, refiriéndose a lo que le
había hecho al señor Paco. El sermón trató de eso en general, y sólo la
directora, mujer entrada en años y en carnes amargada y cabrona, fue la que se
dispuso a hablar durante toda esa primera hora de clase, y parte de la segunda.
La maestra Heidi sólo cerró la plática, comprometiéndose y comprometiendo a
Mauricio a no repetir lo del otro día.
Afortunadamente aquello terminó, se despidió
de su madre, y se fue a sus clases, acompañado de su asesora. Ella le fue
hablando de la buena conducta y de esas mierdas, en específico, de una especie
de calificación final basada en la conducta, que entregaban cuando acababa la
secundaria. Cosa que a Mauricio le valía una reverenda verga.
-siempre
me pareciste un chico muy bueno, no te creí capaz de portarte como te portaste.
-sólo
golpeé a un hombre, al que ya le pedí perdón por eso.
-¿te
parece poco, entonces? ¿faltarle al respeto a un adulto?
-no…
digo, es que creo que se hizo demasiado grande, si yo fuera el señor Paco, o la
directora misma, al estudiante en cuestión sólo le hubiera aplicado un castigo
y ya, era innecesario traer a su madre…
-qué
bien, porque es un hecho que tendrás un castigo, me comprometí con la directora
a que no volverías a portarte mal. No sólo por ti, el grupo 23 se nos está
yendo de la mano. Las calificaciones parecen más bajas cada bimestre y la
conducta está menguando. Tú pondrás el ejemplo para que nadie más vuelva a
faltar a las reglas.
-¿me
irá muy mal?
La maestra Heidi se detuvo a mitad del
pasillo del segundo piso, faltaba poco para llegar a la sala 3, lugar de la
siguiente materia del 23, entonces se conmovió con la mirada suplicante del
muchacho.
-pensaba
que podría ponerte trabajos extra, has demostrado que puedes con la presión así
que no me sentiría culpable si te pusiera a trabajar demás durante las tardes,
con tu tarea de cajón, me refiero…
-jamás
descansaría, la profesora Silvia nos pone mucha tarea, y no se diga el profesor
Carlos.
-¿crees
que sería muy duro ponerte a trabajar más? ¿entonces? También estaba pensando
en que te quedaras después de clase conmigo o ponerte a trabajar con las jefas
de grupo…
“No” Pensó Mau, “todo menos eso”
-estaría
más que contento con quedarme con usted, mi querida y hermosa maestra.
La mujer sonrió, un poco ruborizada por el
cumplido de Mauricio.
-¿también
eres adulador? Cada vez descubro cosas nuevas de ti, Mauricio. ¿Por qué no
quieres ser ayudante de tus compañeras jefas de grupo? Mira que yo preferiría
eso, jamás he obligado a un alumno a quedarse conmigo, salvo cuando se trata de
un muchachito demasiado conflictivo y casi por ley tengo que llevarlo conmigo a
todas mis clases, pero aun así, está más que libre para irse a casa a su hora
de salida. Tú tendrías que quedarte incluso después del toque, ayudándome a revisar
exámenes, trabajos y tareas, entre otras cosas. Con tus compañeras estarías
sólo observando la conducta, entregando copias y revisando cuadernos de
comunicación.
-prefiero
quedarme al final de clase, vivo cerca, no me afecta.
-¿no
tendrá algo que ver que Mayra sea la jefa de grupo?
Mau tragó saliva. En efecto, Ana Cristina De
Anda era la subjefa de grupo, y Mayra la jefa, las chiquillas que se encargaban
de informar de ciertas cosas a la asesora, además de encargarse de otras cosas.
-nada
de eso…
-ella
vino a verme ayer, antes de que acabaran las clases, me dijo que discutieron…
¿por eso escapaste y por ende te portaste como un cavernícola?
-si
se lo digo, ¿usted confiaría en mí?
-creí
que eso ya pasaba, puedes confiar en mí, así como yo confió en ti.
-¿de
veras? ¿entonces por qué no me dice su relación con la clínica Miraflores y el
significado de esa rara oración que escribió en el pizarrón?
-no
sé de qué me hablas, Mauricio.
-del
día que los dos nos desmayamos.
-sigo
sin…
-mire,
ayer, tras acabar la junta de boletas, vi a Mayra besándose con Gabriel Farías,
eso me rompió el corazón porque estoy perdidamente enamorado de ella, de mi
mejor amiga en todo el mundo, por eso perdí la razón y escapé. Eso sucedió,
ahora, si yo pude confiar en usted para contarle esto, de igual forma me debe
ciertas explicaciones.
La profesora mostró un gesto de terror e
indignación, por alguna razón comenzó a sentirse incómoda.
-Mauricio,
agradezco que fueras sincero conmigo, pero hay cosas que van más allá de lo
académico, cosas que se tratan de mi vida personal…
-que
yo ame a Mayra también es algo de mi vida personal.
-¿amar?
Hablas como si supieras mucho de eso, eres tan joven…
-tuve
otra visión, como la de ese día, aunque no lo crea, en ella estaba usted.
La mujer soltó un suspiro.
-te
encuentro enigmático, Mauricio, no sé si tienes una mente muy activa o
simplemente te gusta vacilar a los adultos. Yo no te he hecho nada como para
que me quieras ver la cara.
-yo
no haría eso… usted… usted me cae muy bien, y la respeto mucho. Créame.
-está
bien, quizá luego hablemos más, por ahora, vete a tus clases, intenta recuperar
el día que perdiste y te veo al rato en la sala 12, al terminar tu última hora.
¿Bien?
-bien,
entendido.
Mauricio se alejó con dirección a la sala 3,
pero todavía tuvo un momento para voltear a ver a su maestra. Ella se quedó ahí,
esperando a que entrara. Tras una sonrisa suya, se armó de valor para entrar a
clase, después de todo, si quería sobrevivir al inevitable encuentro con Mayra,
debería tener al menos una hermosa sonrisa femenina, alegrando su corazón.
La escuela pasó sin pena ni gloria, Mauricio
no se preocupó de hacer lo que le dijo su maestra, y le valió un cacahuate
ponerse a investigar los temas vistos el día anterior o si había tareas
pendientes. Apuntó lo que tuvo que apuntar, y se dedicó el resto del día a
evitar a Mayra, lo cual resultó en una tarea titánica. Se suponía que estaría
mejor, pero le afectaba mucho verla a ella y ver a Gabriel, quienes, aunque
nunca estuvieron demostrando otra cosa que no fuera compañerismo estudiantil,
Mau podía sentir la tensión, la atracción, la química que había entre ambos. Y
eso le enfermaba, era como si se esforzaran por no delatarse, ¿cuántas veces se
habrían besado y manoseado los muy hijos de puta? ¿desde cuándo andaban? Fue
así que descubrió que su corazón seguía destrozado, las emociones sexuales y
sentimentales que había experimentado por conocer a Akima y luego las
fricciones familiares del día anterior, parecían haber apartado o al menos
menguado un poco su dolor. Pero ahora, que estaba cerca de ella y de Gabriel,
las sensaciones que experimentó ese momento, el puto momento del beso, estaban
más que vigentes. Le dolía tanto, le frustraba tanto. No podía sólo mirarla y
no sentir deseo, odio, como una opresión en el pecho, y unas ganas locas de
tomarla de los hombros y sacudirla, y decirle ¿por qué? ¿por qué? ¿Por qué
siento esto por ti?
También, durante un momento del día, tuvo
una maldita erección, tan sólo con mirar los pechos de Mayra. Y es que su
precocidad, su físico privilegiado, sus demenciales encantos, su hermoso
rostro, todo su ser… aumentaban más y más esas sensaciones. Entonces se refugió
en el baño, para intentar calmarse, pero se encontró pronto pensando en Akima,
en sus pechos desnudos y en la forma en que olía su cuerpo mientras la abrazaba
el día anterior. De ahí, sin poderlo evitar, también pensó en la maestra Heidi
y la erección se volvió más placentera.
La maestra Heidi, dulce, rubia, de mirada
tierna, bajita como su madre, de piel blanca, pechos pequeños, caderas anchas y
culo estupendo, que por alguna razón, la mujer insistía en ocultar con sobrios
pero mojigatos pantalones de mezclilla.
Ya en el receso, tuvo otra erección más, y
corrió de nuevo al baño, si Rosa o Betty le veían así, quien sabe qué
pensarían. Ahí se sacó el miembro e intentó mear, pero era imposible hacerlo
mientras estaba erecto, fue cuando, por difícil que pudiera parecer, se dio
cuenta por primera vez, de lo grande que era su verga. Se quedó un rato mirando
su pedazo de carne inflamado, y en ese momento un muchacho entró a hacer sus necesidades.
Mauricio volteó sorprendido y se topó con Juan, uno de los esbirros de Gabriel.
El muchacho se detuvo al ver a Mau ahí parado, pero cuando reparó en su
gigantesco miembro, saltó hacia atrás, en gesto defensivo.
Ya lo podía imaginar Mauricio, si el mierda
ese salía de ahí, comenzaría a esparcir rumores como que “Silva se la jala en
el baño” “Silva es un chaquetero maricón” “Silva es puto porque le enseña la
verga parada a los hombres” y cosas por el estilo, así que tendría que matarlo
para silenciarlo… pero le faltó valor, hubiera deseado asesinarlo, pero ni
moverse pudo.
Entonces, Juan, con la cara llena de asombro
y vergüenza, comenzó a retirarse poco a poco. Pero Mauricio lo detuvo al llegar
a la puerta, con un grito.
-yo
que tú, olvidaría lo que viste, pues si vas por ahí contando pendejadas, yo contaré
que me chupaste la verga, porque eres un jodido sopla nucas…-le amenazó
Mauricio, y entonces Juan desapareció.
Lo maldijo, así como maldecía a la porquería
de Gabriel Farías y a la cabrona de su ex mejor amiga. Maldijo hasta al mismo
Dios, y de alguna forma, eso le tranquilizó. La erección desapareció, y
entonces pudo vaciar la vejiga con tranquilidad. Antes de salir, se dio una
dosis de su inhalador.
Salió
del baño, buscó a Mayra con la mirada entre todos los estudiantes que
disfrutaban de su receso en el patio. No fuera a salir del lugar menos esperado
para atraparle.
Desde ahí pudo divisar a Rosa y a Betty,
platicar de algo con un animado Daniel, que hacía ademanes y gesticulaciones
exageradas, intentando ilustrar lo mejor que podía, sea lo que fuere que
estuviera contándoles. También observó a su hermana, formada en la cooperativa
junto a Ana. Las vio conversar y reír, y eso le brindó una leve alegría.
Parecía que todo mundo seguía el curso normal de sus vidas, pero él era incapaz
de pensar en otra que no fuera Mayra, o su terrible verga, o las tetas de la
chica o en la forma en que los pantalones de la maestra Heidi le quedaban a su
delicioso culo… ¿Qué mierda le estaba pasando? Se quiso dar otra dosis de su
inhalador, aunque no lo necesitara, pero sus torpes manos le traicionaron y se
le cayó varios metros lejos con dirección a las escaleras centrales. Se dirigió a recogerlo, pero unas tiernas y
pequeñas manos femeninas se le adelantaron, tomaron el objeto y se lo
devolvieron.
Mau pudo ver a la chica en cuestión, aunque
por un momento le pareció que Mayra estaba frente a él.
-ten,
me alegra verte en la escuela, pensé que ya no volverías.
-¿en
serio pensaste eso?
-no,
eres demasiado matado como para dejar la escuela.
-soy
cumplido, por eso saco buenas calificaciones, no significa que me guste esta
mierda…
-quedamos
de hablar, ¿te acuerdas?-inquirió Marina, de repente, se había puesto muy
nerviosa.
-sí…
me parece que sí.
-¿y
qué piensas?
-¿de
qué?
-pues
de lo que hablamos por teléfono…-ella comenzaba a impacientarse.
-¡oh!...
sí, mira… No puedo decirte exactamente… es que me tomaste por sorpresa.
-me
gustas muchísimo, Mau… no me obligues a decírtelo de nuevo.
-pero
Mari…
-ya
sé que tú quieres a Mayra, pero si me das una oportunidad…
-¿quién
te dijo eso? No es cierto… la neta… no lo es.
-por
favor, Mau, es un secreto a voces, todos hablan de eso, ¿a poco creías que a la
chica más popular de la escuela no se le conocen sus pretendientes?
-pues
que estupidez… ¿no es algo como lo que si dice de Daniel y de ti?
-yo
no quiero a Daniel… admito que te le he tomado un poco de aprecio, es muy lindo
si te acostumbras a él, pero simplemente no puedo quererlo como él me quiere…
yo te quiero a ti.
-¿por
qué? No soy guapo, ni sobresalgo en nada, pensé que a las chavas bonitas sólo
les interesaban los güeyes guapos como Marvin Reyes, Arturo Oliveira o Gabriel
Farías…-se arrepintió de mencionar ese nombre, su gesto se crispó, pero Marina
no lo notó, en cambio, ella sonrió.
-¿te
paresco bonita?
-mucho…
lo digo en serio.
-tú
no eres feo…
-de
hecho, lo soy, no tienes por qué mentir.
-de
todos modos, ¿a quién le importa la belleza exterior si lo que cuenta es el
interior? Todos esos que mencionaste, me caen gordísimos porque se sienten que
nadie los merece porque están bien buenos, según. Tú en cambio eres bien buena
onda y considerado, y eres súper tierno… por favor, ya no me obligues a seguir
con esto-ella estaba tan sonrojada y tan acalorada que parecía estar perdiendo
el aliento.
-Mari…-el
chico no tenía palabras, ¿Marina le estaba ligando?
-Mau…
quiero que seas mi novio… ¿es eso tan malo?
-no
es malo, es sólo que…
-lamento
interrumpirlos, pero necesito hablar con Mauricio-de repente, una voz intervino
en la conversación.
Mauricio casi grita al verse sorprendido por
Mayra. Ella parecía haberse acercado a los muchachos mientras conversaban, como
si fuera un ninja, cauta y sigilosa.
-hola,
Mayra, lo lamento, pero yo llegué antes, y lo que estoy hablando con Mau, es
importante.
-eso
no lo pongo en duda, es sólo que necesito hablar con él, es urgente…
-¿Por
qué eres tú es más importante, dices?
-no
quise decir eso, Mari es que…
-es
que nada, tú y yo no tenemos nada de qué hablar-espetó Mauricio con rabia.
-por
favor, Mau, deja de comportarte así, no has querido verme ni hablarme,
necesitamos hablar, y sabes que importa…
-¡no!
¿por qué me importarías tú? ¿por qué me importaría la bobalicona novia de un
pendejo descerebrado?
-escucha,
Gabriel y yo somos novios, lamento no habértelo dicho, pero…
-¡me
importa una puta mierda lo que ustedes sean!-gruñó Mau, apretando los puños. De
pronto se asustó, aunque estaba ardiendo de ira, sentía que podía hacerle daño
a Mayra, en esos momentos la odiaba intensamente.
-Mau,
tranquilízate-le pidió Marina.
-No,
lo digo en serio, si para ella ha sido más importante besuquearse y manosearse
con un patán asqueroso como Gabriel Farías, cual puta mujerzuela…
La última frase no la pudo terminar. Ella le
abofeteó. Su rostro reflejaba una indignación como la de la noche en que le
arrebató el cigarrillo de la boca.
-sabes
que no me gusta pegarle a nadie, y menos a una persona que quiero tanto como a
ti, pero no puedo dejar pasar esto… últimamente me has tratado con mucha
agresividad, me faltas al respeto, me tratas mal, ¿qué nos ha pasado?
-te
trato como te mereces, y en lo que a mí respecta me da igual lo que hagas de
ahora en adelante, no quiero volver a verte en lo que me queda de vida. Yo
estoy con alguien igual que tú, alguien que es mejor que tú en todos aspectos.
Mayra se quedó atónita.
-alguien
que vale mil veces que tú-entonces tomó de la mano a Marina-estoy con mi novia…-y
sin previo aviso, besó a la prima de Julian en los labios.
Mayra se puso muy roja, sus mejillas se
encendieron cual focos de navidad, una rabia le había empezado a invadir, se le
retorcieron las tripas y por un momento sintió ganas de gritar y de llorar.
-¿es
en serio, Mauricio? Si es lo último que tienes que decir, pues…
-pues
lárgate, te lo digo, para mí estás muerta…
Ella abrió la boca, pero no dijo nada,
parecía a punto de gritar, sorprendida, afónica, paralizada, decepcionada.
-¡pues
esto se acabó, Mauricio Silva! ¡también estás muerto para mí!-le gritó ella y
se alejó como un huracán.
Marina y Mau la vieron perderse entre la
multitud de estudiantes.
-yo…-comenzó
Marina cuando dejaron de ver a Mayra-yo no quisiera pensar que tu beso fue para
ponerla celosa…
-no,
no lo fue, ¿te lo demuestro si te beso de nuevo?
-nada
me gustaría más, Mau…
Mauricio la besó de nuevo. No era un experto
ni nada, pero con Ginger había aprendido a besar decentemente. Al separarse,
Marina jaló aire, como sofocada, pero tenía una sonrisa hermosa, quizá Mauricio
se podría acostumbrar. ¿Tener novia? Pues qué diablos, aquello no estaba nada
mal… O eso hubiera pensado sino hubiera mirado a su espalda.
Desde los baños de los chicos, Julian y
Daniel habían observado los afectuosos cariñitos que Mauricio había procurado a
Marina.
El
resto de la jornada escolar, Daniel evitó a Mauricio, y de alguna forma, el
muchacho agradeció aquello, ya que era incapaz de mirarlo a los ojos. Al acabar
entonces las clases, su amigo se adelantó a todos y abandonó la escuela
apresuradamente.
Entonces, cuando Mauricio regresó a casa, se
enteró de que Daniel había tomado sus cosas y se había ido de la casa,
argumentándole a don Luciano que regresaría con su papá. Después, al entrar a
la sala de los Silva-De Anda, Akima, que por alguna razón estaba en la cocina,
le confirmó la partida de Daniel.
-¿cómo
lo viste?
-¿cómo
lo vi? No te entiendo.
-sí,
¿se veía… enojado o algo?
La japonesa no supo cómo responder.
-parecía
un poco distante, se llevó una caja como de madera aparte de sus cosas y se veía
que le pesaba mucho, a lo mejor por eso…
-no
lo creo… creo que es por mi culpa, la he cagado, Akima.
-¿por
qué lo dices?
-te
lo cuento luego, ¿qué haces aquí?
-pues
me ofrecí a ayudarle a tu mamá con lo que fuera, ahora mismo estoy preparando
el pollo y el arroz… ¿en serio no quieres decirme qué pasó?
Mau suspiró, y mejor decidió darle
importancia a la caja que Akima afirmaba haberle visto sacar a Daniel. El chico
no había traído ninguna caja con él cuando se mudó a casa de los Silva.
-dime,
Akima, ¿esa caja tenía algo en especial?
Akima rememoró un instante.
-algo
así como una calcomanía de un escudo o algo… no recuerdo muy bien.
-un
escudo del Atlante…-musitó Mauricio y se dirigió a su habitación sin decir nada
más. Akima se desconcertó ante aquello y volvió a la cocina.
Al entrar al cuarto, se dio cuenta de que
algo había cambiado. No sólo los cajones de la cómoda en donde guardaban su
ropa estaban fuera de su sitio, también las múltiples cajas de cartón en las
que Ángel y Mauricio solían poner sus cosas privadas como fotos, revistas,
juguetes y demás cachivaches viejos, estaban fuera de su lugar (debajo de las
camas) y abiertas. Mauricio ya sabía que Daniel había hurtado la caja de madera
con aspecto de cofre pirata que Ángel le había regalado hacía algunos años,
pero aun así, decidió buscarlo debajo de su cama, dónde lo ponía por lo
general.
En efecto, el cofre que le heredó su hermano
mayor, ya no estaba ahí. Mau no pudo dilucidar la causa por la que Daniel lo
había tomado, no es que se sintiera ofendido por el hurto, ni por haber perdido
el cofre, que aunque era un regalo preciado de su hermano, tenía como dos años
o más de no tocarlo ni revisar su contenido, pero era ciertamente extraño que
se lo hubiera llevado sin más, ¿por qué en especial ese cofre? Ni recordaba si
quiera qué guardaba. Lo que no le pareció extraño, fue la hoja de papel que
encontró pegada a la pequeña ventana que daba al pasillo exterior de detrás de
la casa.
En aquella hoja cuadriculada de cuaderno
escolar, había una palabra escrita en letras mayúsculas. “TRAIDOR”
Mau la arrancó y la oprimió contra su pecho.
Se le escapó un suspiro y su corazón dejó escapar un gemido de dolor, una
lágrima de arrepentimiento.
-sí,
Daniel, soy un puto traidor…
Cerca
de las 8 de la noche, Mauricio se escabulló de la casa, evitando a toda costa
que le vieran salir. Y es que durante el resto de la tarde, se había sentido
intranquilo por causa de Daniel, el chico no contestaba a sus llamadas, y por
Dios que podría jurar que le había hecho bastantes. Cosa aparte, quien parecía
estarlo hostigando a él con llamadas telefónicas, había sido Marina, a la que
le contestó luego de haberle dejado sonar tres veces.
Marina le había hablado para justamente,
tocar las mismas fibras sensibles que Mauricio estaba sufriendo. Ella le dijo
que no se preocupara, que Daniel lo entendería y no sé qué cosa, además de
decirle que estaba muy feliz por ser su novia. Mauricio le colgó, no sin antes
recibir una seria amenaza de ella, en la que le aseguraba le estaría llamando
más tarde para darle las buenas noches.
Se estremeció, ¿Qué diría su madre si se
enteraba de que ya tenía novia? Seguramente no le haría ni pizca de gracia.
Ahora se estaba arrepintiendo de haber cedido a eso, y aunque Marina era una
niña hermosa y sus labios sabían muy rico, comenzaba a sentir una profunda
aversión a ella. Después de todo, parecía que ella había causado la pérdida de
sus dos mejores amigos en todo el mundo, y en el mismo día.
-ella
no tiene la culpa, nosotros no decidimos de quién nos enamoramos, nadie manda
en el corazón-le había dicho Akima cuando Mauricio habló de esto con ella,
luego del pollo con mole y arroz que comieron esa tarde en casa de los Silva-De
Anda.
Y quizá era cierto, no podía sacarse a Mayra
de la cabeza, aunque sintiera que la odiara. De la misma forma en que no pudo
evitar enamorarse de su mejor amiga, Marina no tuvo nada qué ver en que se
enamorara de él. Esas cosas simplemente pasaban.
Entonces, salió a la calle. Primero pensó en
ir con Daniel, pero algo muy en su interior le dijo que sería una mala idea, si
conocía a su mejor amigo, (y lo conocía) estaría demasiado afectado todavía, y
muy probablemente, con ganas de desquitarse violentamente con alguien, y más si
fuera con el causante mismo de su sufrimiento.
Luego pensó en Mayra, pero era más que obvio
que eso estaba descartado, se habían mandado a chingar a su madre mutuamente,
como diría Rosa, así que era una idiotez seguir picándole a la herida. Al final
optó por ir con Julian, pero eso tampoco parecía ser lo más inteligente, si iba
a casa de su amigo británico, tendría que ver a Marina forzosamente.
Ahora bien, sus pies se pusieron en marcha,
y para cuando fue consciente de lo que hacía, estos le habían llevado hasta la
papelería de la mamá de Ginger. Ahí estaban dos muchachas. Ginger y Rosa
platicaban alegremente, una detrás del mostrador del pequeño local, y otra en
la calle. No había clientes y la cuadra estaba tranquila. Se acercó a ellas
aunque no le notaron hasta que habló.
-buenas
noches, señoritas, me dan un kilo de jitomates.
Ellas voltearon a verlo y rieron divertidas
al reconocerlo.
-esto
es una papelería, joven, no vendemos jitomates-contestó Ginger.
-qué
lástima, quería hacer una salsa…
-si
ni sabes cocinar, ¿o sí?-Rosa le miró, de inmediato supo que algo andaba mal
con su amigo.
-¿y
ese milagro, Mau?-inquirió Ginger con la sonrisa radiante que tanto gustaba a
Mau.
-nada-contestó
él-es que… no, nada importante, sólo quise venir a saludar.
-pues
deberías venir más seguido-le dijo Ginger-pero mira, de todos modos, estábamos
hablando de ti, ¿no, Rosa?
Rosa no respondió, pero miró duramente a
Ginger por decir aquello.
-con
razón me zumban las orejas…-dijo Mau intentando parecer divertido.
-¿qué
te pasa?-cuestionó Rosa, seria.
-¿a
mí? Nada, ¿por qué?
-pues
por que creímos que andarías un poco menso por lo de tu nueva noviecita-el tono
de Ginger le pareció un poco venenoso-¿es neta que andas con la prima de
Julian?
El chico tragó saliva y como le pasaba
siempre que algo lo ponía nervioso, se llevó la mano al bolsillo para tocar su
inhalador… pero sorpresa, la jodida mierda esa se le había olvidado en casa.
-algo
así…
-¿algo
así? ¿es o no es?
-déjalo,
pendeja, no tiene por qué decirte nada-recriminó Rosa.
-da
igual, no le den importancia… sólo quería saber si no han visto a Daniel… digo,
es mera curiosidad.
-así
que están peleados, y todo por una hembra…-espetó Ginger.
-eso
se escucha culero, cabrona-volvió a recriminarle Rosa.
-nada
de eso-negó Mau-es que… bueno, es que ya regresó a su casa, sólo quería saber
cómo le fue con su papá y eso… pero seguro que me lo contará en la escuela,
¿verdad?
Ambas se le quedaron mirando con sorna.
-pues
no lo hemos visto, ¿verdad, Gin? A la que sí vimos fue a Mayra, andaba con los
putos de Farías y Cisneros…
-esa
chiquilla se está descarriando-afirmó Ginger-ni siquiera nos saludó, íbamos
allá por Ginebra y ni siquiera se dignó a saludarnos.
-a
lo mejor no nos vio, no seas ojete con ella.
-¿y
qué hacían en Ginebra?-preguntó Mau.
-¿ella
y los putos esos, o nosotras?
-obvio
que se refiere a ella-dijo Rosa.
-bueno…
-pues
no sabemos, pero según sé, el Cisneros tiene un hermano que vive ahí, a lo
mejor van a echar desmadre ahí o algo, qué sé yo-respondió Ginger-al final, si
Mayra se sigue juntando con esos perros, va acabar mal, si supieran lo que sé
de la familia de ese güey…
-tus
carnales y los míos, comparados con los de Cisneros, son casi unos
angelitos…-dijo Rosa, y eso sacó terriblemente de onda a Mau.
-pues
ese no es mi pedo-masculló Mau, se guardó las manos en los bolsillos y se
despidió de ellas.
Y así estuvo, caminando por el barrio, sin
saber por qué lo hacía y a dónde se dirigía, tan sólo caminaba y pensaba. Pero
entre esos pensamientos no estaba el dirigirse a la calle de Lago Ginebra, que
fue a dónde terminó yendo. Vaya, después de todo, era la calle que colindaba
con la suya, no tenía nada de raro, ¿o sí?
Fue cuando los vio. Mayra y Gabriel estaban
en pleno camellón, se besaban y se acariciaban mutuamente, como dos asquerosos
perros callejeros que se estuvieran lamiendo sus inmundas partes. Cisneros
estaba a unos metros de ellos, fumando en la oscuridad.
Se llenó de rabia, apretó los puños
fuertemente dentro de sus bolsillos, y se alegró de no traer el inhalador, o
seguramente lo hubiera pulverizado. Se acercó a ellos para confrontarlos, pero
recapacitó y mejor cruzó la calle hasta la acera que daba al otro Wenner. Pasó
sin que lo vieran y se fue adentrando en la calle. Llegó hasta una miscelánea
llamada “El Recreo” y ahí aguardó. El tipo de la tienda le miró extrañado, pero
no le dijo nada, en su lugar, le subió más a su radio, sintonizado en el
Universal Stereo de FM. La canción era Every Breath You Take, de The Police. El
reloj de manecillas de la pared, marcaba las 9 con 12 de la noche, cosa que no
importaba una mierda.
Mauricio continuaría ahí, esperando hasta
casi las 9 y media de la noche, sin saber que en ese momento, los eventos que
parecían haberse desatado la noche en que conocieron a Ginger, seguirían su
camino y ya no se detendrían.
-ya
voy a cerrar, muchachón-le anunció el hombre enjuto que atendía el local.
Mauricio se sorprendió ante esto y entonces vio que el reloj de la pared ya
marcaba dos o tres minutos para las 10 de la noche.
Intentó convencer al sujeto de esperar un
poco más, pero no tenía motivo para ello, ni siquiera llevaba dinero como para
hacerle una compra… sin embargo, no lo necesitó. En ese momento, Mayra pasó
delante de la tienda, aunque sin percatarse de que Mauricio estaba ahí.
Así que Mauricio salió del local y fue tras
ella. La siguió en silencio, en la oscuridad, y no fue hasta que cruzaron por
el altar de la virgen de Guadalupe, al lado de la famosa vecindad del número 8,
que el joven Silva le habló.
-así
que venías de besuquearte con el puto ese, ¿no?
Mayra se estremeció y rápidamente se dio la
vuelta para encarar a su acosador.
-¿qué
haces aquí? ¿dónde estabas? Me asustaste…
-estaba
en la tienda esa, “El Recreo”…
-si
bueno, no era en sí una pregunta, me importa muy poco lo que estuvieras
haciendo.
-pues
te debería importar, porque tengo que hablar contigo.
-¿en
serio? Yo pensé que ya habíamos hablado de lo que teníamos que hablar. ¿queda
algo? Yo creo que no…
-de
hecho, sí, es algo que tengo que decirte… que tienes que saber.
Ella le miró intrigada, de repente su
expresión cambio, se cruzó de brazos y con ese gesto pareció indicarle que le
escucharía.
-pues
apresurate, ¿sabes qué hora es? Me van a matar mis tíos por llegar tan tarde.
-y
no les faltaría razón, si supieran que saliste sólo para besarte con ese perro…
-ay,
no tengo porque escucharte…
-pues
tienes qué-Mauricio la tomó de los brazos, y entonces la besó en los labios,
sin previo aviso.
Mayra se resistió férreamente, hasta que
pudo separarse de él.
-¿qué
demonios te pasa, Mauricio Silva De Anda?
-¿me
pasa? Pues me pasa que estoy loco… loco de amor… loco de amor por ti, y es algo
que ya no puedo seguir ocultando.
-no
digas tonterías… no…
-¡sí!
Sí digo tonterías… esa es la razón por la que me dolió tanto verte con el imbécil
ese, esa es la razón por la que no puedo dormir por las noches, esa es la razón
por la que sudo cuando estoy cerca de ti, esa es la razón por la que se me para
la verga cuando pienso en ti… esa es la razón por la que me vida tiene sentido
y a la vez, es miserable…
-no…
no… ¡no! ¿qué has hecho, tonto? ¡no!
-sí,
es algo que siempre estuvo ahí, sólo que recientemente me di cuenta de eso, te
amo, te amo y no puedo seguir ocultándolo… ¡te amo!
-¡cállate!
No sigas diciendo eso… ¡oh por Dios! ¡no! ¡no sabes lo qué has hecho, Mauricio!
Acabas de hacer temblar los cimientos de nuestra amistad, acabas de
destruirlos… ¡acabas de destruir todo lo que hemos vivido! ¡nuestra amistad!
-¿por
qué? Sólo dije que te amo, y es cierto, lo que siento por ti es puro y verdadero…
-¡que
te calles, idiota, no sigas diciendo esas cosas!
Y echó a correr desesperadamente. Mauricio
la alcanzó en la esquina y la detuvo de nueva cuenta, pensó en abrazarla y en
besarla de nuevo, quizá así podría hacerla entrar en razón y obligarla a
aceptar su amor, justo como en las películas solía pasar. Pero ella lo empujó y
le abofeteó.
-déjame
en paz, Mauricio, ¡no quiero volver a verte en mi vida!
-¡por
favor, Mayra! No me hagas esto…
-¿hacerte
qué? Tú me has devastado esta noche, tú me has lastimado esta noche…
Ella intentó huir de nuevo, pero Mauricio le
bloqueaba el paso al puente peatonal, así que dio la media vuelta y huyó a la
esquina contraria.
En ese momento, si Mauricio no hubiera la
hubiera seguido, quizá jamás hubiera vuelto a hablar con ella otra vez. Justo
cuando la chica cruzó la calle, poco antes de llegar a la cortina de la tienda
de refacciones para motos, un potente rugido se escuchó, estremeciendo la poco
tranquila noche.
Una camioneta de dos puertas, de esas que
eran usadas para carga, venía bajando por la solitaria avenida Río San Joaquín.
Iba a toda velocidad, zigzagueando y golpeando con las banquetas y las vallas
de seguridad que dividían los carriles. Mauricio alcanzó a verla justo antes de
que arrollara a Mayra, quien se había dado la vuelta para recriminarle algo más
a él. La chica lloraba ahora, pero eso le importaba un cacahuate. Corrió lo más
que pudo, y se arrojó sobre ella, momentos antes de que la mole de metal la
aplastara.
Al caer al suelo, pudieron escuchar el
poderoso impacto que hizo el vehículo al estrellarse con la fachada de la
tienda de refacciones.
-¡oh
Dios mío, Mau! ¡me salvaste la vida!-chillaba ella mientras Mau le ayudaba a
ponerse de pie.
Entonces le abrazó y se puso a llorar en sus
brazos. Mauricio pudo haber pensado que aquello arreglaba las palabras crueles
y todo lo feo que se había dicho y hecho, pero él no podía pensar en otra cosa
que en el hombre que le había parecido ver sobre el techo de la camioneta. Sin
embargo, más importante era, ¿qué había pasado con el conductor?
-Mau…
me salvaste…
No pudo decirle nada, ambos voltearon a
mirar el sitio del accidente. El local estaba destrozado y aún se podía escuchar
a las refacciones caer desde donde quieran que estuvieran guardadas o
exhibidas. En ese momento, la puerta del copiloto se abrió de par en par, y un
hombre obeso, salió de la camioneta. Vestía con un chaleco grueso, que le
hacían parecer más gordo de lo que era, y una gorra con el mismo logotipo, que
ni Mauricio ni Mayra habían visto en su vida.
El hombre luchó por ponerse de pie, pero su
peso o quizá la enorme herida en la frente, que le manchaba la cara y la gorra
de sangre, no se lo permitían.
Los adolescentes retrocedieron un poco
asustados, aunque conscientes de que el hombre necesitaba ayuda.
-yo…-creyeron
oír al hombre, aunque bien puedo haber balbuceado cualquier cosa pues al
verlos, comenzó a farfullar incomprensiblemente, mientras buscaba algo entre
sus ropas.
-¿necesita
ayuda?-inquirió Mau estúpidamente.
El hombre sacó una especie de llave de su
chaleco, y se la entregó a Mauricio.
-tienen
que ayudarme, alguien tiene que ayudarme…-repetía mientras le daba la llave a
Mau, quien, pese a no aceptarla, terminó por tomarla, mientras el sujeto caía
de nuevo al suelo.
-pero
usted está mal…
-por
supuesto que está mal, y por supuesto que necesita ayuda…-dijo de repente una
voz atronadora, fría, potente, maligna…
Los muchachos y aquel hombre gordo voltearon
a ver al sujeto que de la nada, saltó sobre el techo de la camioneta. Mauricio
ahora parecía estar más seguro de haberlo visto trepado sobre esta antes del
choque.
Era otro hombre, robusto, pero no obeso,
pues debajo de la chamarra abierta de cuero que llevaba, no vestía camisa y sus
enormes músculos eran más que evidentes. Era muy alto y de piel bronceada por
el sol, aunque su rostro parecía ser tan frío como sacado del glacial más
congelado de la Antártida. Al bajar de un salto, pudieron ver sus ojos negros,
igual de fríos que sus facciones y tan malvados como su voz. Mayra y Mau
retrocedieron.
Miró a los muchachos y luego al hombre,
ahora inmóvil y pálido de terror. Entonces caminó de vuelta a la parte trasera
de la camioneta, y con una fuerza sobrenatural, arrancó las dos puertas
traseras. Las tres personas presentes, gritaron de sorpresa.
El sujeto comenzó a buscar algo en el
interior, tras arrojar las puertas a la carretera.
-televisiones-dijo
con su vozarrón-DVDs, bocinas y gabachitas, ¡qué muestra de originalidad tienen
estos pendejos! -y algunos de esos artefactos electrónicos, comenzaron a ser
lanzados de la misma forma a la avenida.
Luego
le escucharon soltar un grito triunfal y una carcajada sicópata.
-¡excelente,
perros! ¡aquí está esta mierda!-al salir de la camioneta, vieron que llevaba
una especie de cajita metálica, con una gran cerradura en la parte de arriba.
El hombre ese la agitó cerca de su oído y entonces el gordo del chaleco gritó
aterrado.
-¡no
la muevas! ¡puede estallar!
El otro tipo sólo sonrió.
-sí,
me contaron que puede ser muy volátil, pero ya nos ocuparemos de eso-se puso la
caja bajo el brazo izquierdo y se acercó hasta el hombre de la gorra, entonces,
con la mano derecha, lo levantó del suelo como si no pesara nada. Al menos, el
chofer de la camioneta pesaba unos 100 kilos… quizá más.
-¡no,
déjame!
-ahora,
señor mantecoso, te voy a matar…
Mau y Mayra soltaron una exclamación, y
retrocedieron un poco más, pero eran incapaces de hacer otra clase de
movimiento.
-¡espera!
¡necesitas una llave para abrirlo! Si lo abres así a lo bruto, te va explotar
en la cara…
-entonces
dame la llave, gordo asqueroso.
Instintivamente, Mayra le quitó a Mauricio,
aquella lleva de las manos, y la guardó en los bolsillos de su chamarra.
-no
la tengo, ellos no me entregan todo junto…
-¿no?-el
fortachón se dirigió ahora a los dos adolescentes-¿y ustedes? ¿son una dulce
parejita que paseaba por aquí o un lamentable daño colateral?
Esbozó entonces una mueca diabólica.
-¡corran
escuincles, corran!
Dicho esto, el hombre gordo sacó una pistola
de sus ropas, y sin pensarlo mucho, vació el cargador en el cuerpo del otro
individuo. Los impactos se escucharon brutales, mortales, pero ni eso fue
suficiente para que Mauricio y Mayra emprendieran la huida.
-bueno,
sacaste boleto, mantecas, luego buscaré la llave…-el grandulón, aparentemente
ileso luego de los disparos, dejó caer al hombre al suelo, y de un golpe seco,
le rompió el cuello con un puñetazo.
Mau y Mayra gritaron aterrados al escuchar
el sonido que hizo el gordo al caer inerte, ya sin vida. Sólo entonces echaron
a correr. Mau tomó a su amiga de la mano y se lanzaron avenida arriba para
intentar escapar del asesino.
Pero apenas llegar al bazar de autos usados
que estaba a unos cuantos metros de ahí, el asesino, literalmente apareció
delante de ellos. Primero la fuerza descomunal, arrancando las puertas de la
camioneta y levantando al pesado hombre, luego la invulnerabilidad, al ni
siquiera inmutarse por los balazos recibidos, y ahora eso, a Mauricio le
parecía que no estaban ante un hombre común… si es que era un hombre, si es que
era humano.
-¿se
van tan pronto? Creo que serán un número más en las estadísticas de esta
asquerosa y violenta ciudad-lanzó una carcajada, pero esta cesó abruptamente.
Se dio la media vuelta y cerró los puños. Alguien más había aparecido.
-antes
de tocar a esos niños, tendrás que pasarme, Mr. Graw-una figura salió de entre
la oscuridad. Era un hombre alto, de cabellos castaños, quizá negros, ataviado
con un traje demasiado elegante como para estar en un barrio como ese. Al
acercarse al asesino, los muchachos pudieron constatar que eran casi de la
misma altura, hombres demasiado altos.
-otra
vez tú… me caga que siempre tengas que estar jodiéndome la existencia. Sólo
hago mi trabajo, hombre.
-será
mejor que dejes a esos niños y me entregues esa caja…-dijo el otro sujeto.
-está
bien, tú ganas, acércate-Mr. Graw extendió la caja metálica y se la ofreció al
recién llegado. Este vaciló un poco, pero comenzó a acercarse.
Mr. Graw sonreía.
-anda,
es tuya, no pelearé por ella…
Entonces, cuando el del traje estuvo
suficientemente cerca, Mr. Graw le propinó una fuerte bofetada, que lo mandó brutalmente
hacia el enrejado del estacionamiento del bazar de autos. Mr. Graw puso la
cajita en el suelo y a continuación sujetó al del traje por los hombros,
entonces volvió a estrellarlo contra la reja, con más brutalidad que antes.
En un momento, la reja se desplomó por
completo, y la pequeña base de concreto se hizo mil pedazos cuando volvió a
lanzarlo. El hombre del traje entonces atravesó la barrera y la mitad del
estacionamiento, hasta aterrizar sobre uno de los tantos automóviles que había
en el lugar. El impacto fue tan brutal como para aplastar el automóvil, un pequeño
sedan amarillo.
Mr. Graw regresó con los chicos.
-algo
me dice que, ustedes tienen algo más que ver en esto-el corpulento sujeto se
acercó a Mayra e intentó asirla por el cuello de su chamarra, pero Mauricio se
interpuso rápidamente entre ambos.
-no
sabemos de qué habla… no nos haga daño-musitó el muchacho, temblando y a punto
de orinarse en los pantalones.
-¿de
veras? Es que pasa que no les creo-ahora tomó a Mauricio del cuello de la
camisa, y lo levantó en todo lo alto.
-¡no!
¡déjelo! -chilló Mayra. Pero en ese momento, el otro sujeto atravesó de nuevo
la reja caída y golpeó a Mr. Graw, haciendo que Mauricio cayera al suelo.
El hombre del traje, con este ya hecho
girones, estrelló a Mr. Graw contra la valla de contención que dividía los
carriles de la avenida. La valla cedió, doblada por la fuerza sobrenatural de
los dos sujetos. Luego, Mr. Graw lo arrojó de una patada, de nuevo contra el
mercado de autos. Fue tras él y ambos comenzaron a estrellarse mutuamente
contra todos los autos que había por el lugar, destrozándolos de la misma forma
que si les hubieran pasado por la apisonadora.
Mientras observaban horrorizados, Mayra sacó
su teléfono celular, y marcó el número de las emergencias.
-¿qué
carajo haces?-inquirió Mauricio, mientras delante de ellos, el tal Mr. Graw,
levantaba un maltrecho automóvil, dispuesto a aplastar a su oponente con él.
-llamo
a la policía…
-¿ya
te diste cuenta que no estamos ante pendejos comunes? ¿o quieres otra prueba
más fehaciente?
-pues
hay que hacer algo, lo que sea, nos pueden matar…
Entonces un terrible estruendo silenció sus
palabras. Mr. Graw había aplastado al otro sujeto con el coche que mantenía en
lo alto.
-¡pues
llámalos!-gritó Mau, pero eso provocó que Mr. Graw se fijara de nuevo en ellos.
-¿llamar
a quién, bebés?
Dio unos pasos, pero el sujeto que yacía
debajo del automóvil aplastado, se levantó de nuevo, arrojándole la mole
metálica que le aplastaba. Este se precipitó de nuevo a la avenida, pero en ese
momento, un carro venía circulando por el carril derecho, y lo impactó de
lleno.
Mayra ya había llamado a las autoridades,
pero no sabía en cuanto tiempo fueran a llegar. Por lo mientras, ya se había
involucrado una persona más. El conductor del coche impactado, parecía inconsciente,
dentro de su vehículo destrozado.
-¿eso
es lo que querías, Mr. Graw?-dijo la voz del hombre del traje-pronto vendrá la policía
y se involucrará más gente, otros sabrán lo que somos.
-¿y
eso qué? ¿crees que le tengo miedo a los puercos?-gritó Mr. Graw desde el otro
lado de la calle.
-quizá
tú no, pero no creo que le haga gracia al Militar, saber que te has dado a
conocer. ¿Eso deseas?
Mr. Graw caminó hasta el sitio donde había
dejado la cajita de metal.
-no
metas al Militar en esto… en fin, otra vez nos volveremos a ver, como siempre
pasa, ¿no?
Y se alejó corriendo, con dirección a la
calle de Cervantes Saavedra.
-me
parece que esta es la primera vez que interactúo con mis rescatados-les dijo
tranquilamente el hombre del traje, que del mismo, ya le quedaba poco.
-no
nos haga nada-dijo Mayra, y entonces sacó la llave y se la entregó-tome, esta
llave nos la dio el chofer de la camioneta…
-¿qué
haces? ¿por qué se la das? -inquirió Mau con horror.
El hombre tomó la llave y la miró con
curiosidad.
-tu
amigo tiene razón, jovencita, ¿por qué me la das sin más? ¿qué te hace pensar
que no soy el malo?
Mayra tragó saliva con nerviosismo, por un
momento parecía aquella chiquilla asustada que Mauricio conoció hacía muchos
años en el jardín de niños. No tenía idea si la había cagado o no.
-yo…
yo…
-no
te preocupes, probablemente no sea el bueno, pero intento hacer siempre lo
correcto. Por eso, prometo no matarlos si olvidan todo lo que ha pasado esta
noche.
Los chicos palidecieron, pero sus rostros se
tornaron tensos cuando el sujeto comenzó a reir.
-es
una broma, jamás los lastimaría… pero tengo que sacarlos de aquí. No lo tomen a
mal, sólo espero que nadie les crea, si deciden contar lo que vieron hoy.
-acabamos
de presenciar un homicidio, ¿cómo crees que nos vamos…?
Pero Mau no pudo terminar su pregunta, pues
con un golpe limpio, el extraño hombre, los dejó noqueados, y ya no supieron
más, tan sólo les pareció oír a lo lejos, sonidos de sirenas.
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