jueves, 1 de diciembre de 2016

Capítulo 11: Otra extraña noche.



XI
Otra extraña noche

Amaneció otro día en la casa de los Silva. Como todos los días, la rutina consumió la mañana entera. Los primeros en salir de la casa, fueron los papás de Ana, que pese a no entrar a la misma hora a trabajar, aprovechaban para irse juntos en el metro. Poco después salía Verónica con su guardería… o mejor dicho, con su secundaria, ya que era la encargada de acompañar a Mau, Daniel, Jenny y Ana a la escuela. Una hora más tarde, Fer y Luciana salían a su colegio.
   Ahora bien, dejando de lado lo que hacían los demás miembros de la familia Silva por las mañanas, a Mauricio le tocaba entrar a la escuela con su madre. Tenían ciertas cosas que aclarar con las autoridades de la escuela, no sólo se trataba del abandono del plantel, también tenía que ver la agresión a la que sometió al conserje.
   Por esa razón, cuando bajaron por la rampa, su madre le llevó directo a la casetita de limpieza, dónde los conserjes guardaban todas sus herramientas para desempeñar su trabajo, ahí por lo regular, aguardaba el señor Paco, mientras los estudiantes iban ingresando.
   Mauricio miró de reojo al sujeto, ya que no tenía el suficiente valor para mirarlo a los ojos. El hombre tenía fruncido el ceño, como casi siempre.
-buenos días, señor, mi hijo quiere decirle algo-le saludó Verónica. El hombre devolvió los buenos días, pero después se quedó estoíco, silencioso.
-bueno… yo…-Mau guardó silencio de súbito.
-anda, mi amor, no te hagas menso…
-yo… yo lamento haberle hecho daño, le pido disculpas, me siento muy avergonzado por eso… señor.
   El hombre asintió con cierto dejo de triunfo en su expresión, luego le tocó la cabeza al chico y rio en señal de aprobación. Verónica también se mostró satisfecha y obligó a su hijo a ir con ella hasta la dirección. Se quedaron entonces frente a la puerta, cerca de las escaleras centrales. Desde ese sitio, Mauricio pudo ver a sus amigos, los que solían reunirse en torno a la asta bandera, con el resto del grupo 23 y los del grupo 22. También vio a Mayra mientras bajaba por la rampa. Ella avanzó hasta lo que llamaban “el queso” la estructura de concreto que sostenía la asta, y dejó su mochila en ella, tras saludar a Rosa, Betty y Daniel, los únicos que ya estaban ahí a esas horas.
   De inmediato, la vio voltear hasta donde aguardaban Mau y su mamá, probablemente por indicación de sus amigos. Entonces, ella comenzó a caminar hacia allí. Mau tuvo un miedo atroz repentino, y casi por instinto se tomó de la mano de su madre.
   Ella no parecía haberse dado cuenta de que Mayra se aproximaba hacia ellos, pues lejos de extrañarse ante ese gesto de su hijo, agradecía tener tan cerca a su bebé.
-¿y si nos metemos a la dirección? Me ha dado frío estar aquí afuera-le susurró a su madre.
-tienes que enfrentarla.
-¿qué?
-a Mayra, ya vi que viene para acá.
   Y así fue, la chica se les quedó mirando a ambos durante unos momentos. Verónica le sonrió.
-buenos días, Mayra, te ves muy bonita el día de hoy-le dijo Verónica.
-buenos días, señora Verónica, puedo decir lo mismo de usted, me encanta su suéter…
   Ella se volvió a Mauricio. Él no dijo nada, miró sus pies con insistencia, tampoco era capaz de mirar a su mejor amiga.
-¿no me vas a saludar, Mau-Mau?
   Nada.
-Mauricio, no seas grosero, saluda a Mayra.
   Nada.
-señora, creo que él y yo debemos de hablar en privado, ¿nos dejaría…?
-¡No! ¡tú y yo no tenemos nada de qué hablar!
-¡Mauricio!
-¡no, mamá! ¡en esto no puedes obligarme! ¡no puedes!
   Su madre y Mayra se quedaron atónitas ante la rabia de Mau, ninguna lo había visto tan enojado. Y era cierto, si ellas no fueran mujeres, quizá el chico hubiera actuado con verdadera violencia.
-Mau… por favor…
-tengo que ir al baño-anunció Mau, un poco más calmado, pero tenía los puños apretados.
-¿qué pasó entre ustedes, Mayra?
-no lo sé, señora… mejor dicho, no estoy segura.
   Verónica De Anda lo sabía, de cierta forma, pero confiaba en que Mayra y Mauricio terminaran arreglando sus cosas, pues al final de cuentas, sólo eran adolescentes, pasaban por fases y rabietas que se les olvidaban más o menos pronto.
   Mau no salió del baño hasta que la chicharra sonó. Como era costumbre, los estudiantes se formaron, la directora indicó mediante el micrófono el orden que deberían tener los alumnos y después los mandó a sus aulas. Una vez terminado eso, pasó al chico y a su madre a su oficina. En dónde minutos después, se les unió la maestra Heidi.

   Ahí le hablaron de pura mierda, cosas respecto a sus pasados castigos y la falta de respeto por la autoridad y los adultos en general, refiriéndose a lo que le había hecho al señor Paco. El sermón trató de eso en general, y sólo la directora, mujer entrada en años y en carnes amargada y cabrona, fue la que se dispuso a hablar durante toda esa primera hora de clase, y parte de la segunda. La maestra Heidi sólo cerró la plática, comprometiéndose y comprometiendo a Mauricio a no repetir lo del otro día.

   Afortunadamente aquello terminó, se despidió de su madre, y se fue a sus clases, acompañado de su asesora. Ella le fue hablando de la buena conducta y de esas mierdas, en específico, de una especie de calificación final basada en la conducta, que entregaban cuando acababa la secundaria. Cosa que a Mauricio le valía una reverenda verga.

-siempre me pareciste un chico muy bueno, no te creí capaz de portarte como te portaste.

-sólo golpeé a un hombre, al que ya le pedí perdón por eso.
-¿te parece poco, entonces? ¿faltarle al respeto a un adulto?
-no… digo, es que creo que se hizo demasiado grande, si yo fuera el señor Paco, o la directora misma, al estudiante en cuestión sólo le hubiera aplicado un castigo y ya, era innecesario traer a su madre…
-qué bien, porque es un hecho que tendrás un castigo, me comprometí con la directora a que no volverías a portarte mal. No sólo por ti, el grupo 23 se nos está yendo de la mano. Las calificaciones parecen más bajas cada bimestre y la conducta está menguando. Tú pondrás el ejemplo para que nadie más vuelva a faltar a las reglas.
-¿me irá muy mal?
   La maestra Heidi se detuvo a mitad del pasillo del segundo piso, faltaba poco para llegar a la sala 3, lugar de la siguiente materia del 23, entonces se conmovió con la mirada suplicante del muchacho.
-pensaba que podría ponerte trabajos extra, has demostrado que puedes con la presión así que no me sentiría culpable si te pusiera a trabajar demás durante las tardes, con tu tarea de cajón, me refiero…
-jamás descansaría, la profesora Silvia nos pone mucha tarea, y no se diga el profesor Carlos.
-¿crees que sería muy duro ponerte a trabajar más? ¿entonces? También estaba pensando en que te quedaras después de clase conmigo o ponerte a trabajar con las jefas de grupo…
   “No” Pensó Mau, “todo menos eso”
-estaría más que contento con quedarme con usted, mi querida y hermosa maestra.
   La mujer sonrió, un poco ruborizada por el cumplido de Mauricio.
-¿también eres adulador? Cada vez descubro cosas nuevas de ti, Mauricio. ¿Por qué no quieres ser ayudante de tus compañeras jefas de grupo? Mira que yo preferiría eso, jamás he obligado a un alumno a quedarse conmigo, salvo cuando se trata de un muchachito demasiado conflictivo y casi por ley tengo que llevarlo conmigo a todas mis clases, pero aun así, está más que libre para irse a casa a su hora de salida. Tú tendrías que quedarte incluso después del toque, ayudándome a revisar exámenes, trabajos y tareas, entre otras cosas. Con tus compañeras estarías sólo observando la conducta, entregando copias y revisando cuadernos de comunicación.
-prefiero quedarme al final de clase, vivo cerca, no me afecta.
-¿no tendrá algo que ver que Mayra sea la jefa de grupo?
   Mau tragó saliva. En efecto, Ana Cristina De Anda era la subjefa de grupo, y Mayra la jefa, las chiquillas que se encargaban de informar de ciertas cosas a la asesora, además de encargarse de otras cosas.
-nada de eso…
-ella vino a verme ayer, antes de que acabaran las clases, me dijo que discutieron… ¿por eso escapaste y por ende te portaste como un cavernícola?
-si se lo digo, ¿usted confiaría en mí?
-creí que eso ya pasaba, puedes confiar en mí, así como yo confió en ti.
-¿de veras? ¿entonces por qué no me dice su relación con la clínica Miraflores y el significado de esa rara oración que escribió en el pizarrón?
-no sé de qué me hablas, Mauricio.
-del día que los dos nos desmayamos.
-sigo sin…
-mire, ayer, tras acabar la junta de boletas, vi a Mayra besándose con Gabriel Farías, eso me rompió el corazón porque estoy perdidamente enamorado de ella, de mi mejor amiga en todo el mundo, por eso perdí la razón y escapé. Eso sucedió, ahora, si yo pude confiar en usted para contarle esto, de igual forma me debe ciertas explicaciones.
   La profesora mostró un gesto de terror e indignación, por alguna razón comenzó a sentirse incómoda.
-Mauricio, agradezco que fueras sincero conmigo, pero hay cosas que van más allá de lo académico, cosas que se tratan de mi vida personal…
-que yo ame a Mayra también es algo de mi vida personal.
-¿amar? Hablas como si supieras mucho de eso, eres tan joven…
-tuve otra visión, como la de ese día, aunque no lo crea, en ella estaba usted.
   La mujer soltó un suspiro.
-te encuentro enigmático, Mauricio, no sé si tienes una mente muy activa o simplemente te gusta vacilar a los adultos. Yo no te he hecho nada como para que me quieras ver la cara.
-yo no haría eso… usted… usted me cae muy bien, y la respeto mucho. Créame.
-está bien, quizá luego hablemos más, por ahora, vete a tus clases, intenta recuperar el día que perdiste y te veo al rato en la sala 12, al terminar tu última hora. ¿Bien?
-bien, entendido.
   Mauricio se alejó con dirección a la sala 3, pero todavía tuvo un momento para voltear a ver a su maestra. Ella se quedó ahí, esperando a que entrara. Tras una sonrisa suya, se armó de valor para entrar a clase, después de todo, si quería sobrevivir al inevitable encuentro con Mayra, debería tener al menos una hermosa sonrisa femenina, alegrando su corazón.
   La escuela pasó sin pena ni gloria, Mauricio no se preocupó de hacer lo que le dijo su maestra, y le valió un cacahuate ponerse a investigar los temas vistos el día anterior o si había tareas pendientes. Apuntó lo que tuvo que apuntar, y se dedicó el resto del día a evitar a Mayra, lo cual resultó en una tarea titánica. Se suponía que estaría mejor, pero le afectaba mucho verla a ella y ver a Gabriel, quienes, aunque nunca estuvieron demostrando otra cosa que no fuera compañerismo estudiantil, Mau podía sentir la tensión, la atracción, la química que había entre ambos. Y eso le enfermaba, era como si se esforzaran por no delatarse, ¿cuántas veces se habrían besado y manoseado los muy hijos de puta? ¿desde cuándo andaban? Fue así que descubrió que su corazón seguía destrozado, las emociones sexuales y sentimentales que había experimentado por conocer a Akima y luego las fricciones familiares del día anterior, parecían haber apartado o al menos menguado un poco su dolor. Pero ahora, que estaba cerca de ella y de Gabriel, las sensaciones que experimentó ese momento, el puto momento del beso, estaban más que vigentes. Le dolía tanto, le frustraba tanto. No podía sólo mirarla y no sentir deseo, odio, como una opresión en el pecho, y unas ganas locas de tomarla de los hombros y sacudirla, y decirle ¿por qué? ¿por qué? ¿Por qué siento esto por ti?
   También, durante un momento del día, tuvo una maldita erección, tan sólo con mirar los pechos de Mayra. Y es que su precocidad, su físico privilegiado, sus demenciales encantos, su hermoso rostro, todo su ser… aumentaban más y más esas sensaciones. Entonces se refugió en el baño, para intentar calmarse, pero se encontró pronto pensando en Akima, en sus pechos desnudos y en la forma en que olía su cuerpo mientras la abrazaba el día anterior. De ahí, sin poderlo evitar, también pensó en la maestra Heidi y la erección se volvió más placentera.
   La maestra Heidi, dulce, rubia, de mirada tierna, bajita como su madre, de piel blanca, pechos pequeños, caderas anchas y culo estupendo, que por alguna razón, la mujer insistía en ocultar con sobrios pero mojigatos pantalones de mezclilla.
   Ya en el receso, tuvo otra erección más, y corrió de nuevo al baño, si Rosa o Betty le veían así, quien sabe qué pensarían. Ahí se sacó el miembro e intentó mear, pero era imposible hacerlo mientras estaba erecto, fue cuando, por difícil que pudiera parecer, se dio cuenta por primera vez, de lo grande que era su verga. Se quedó un rato mirando su pedazo de carne inflamado, y en ese momento un muchacho entró a hacer sus necesidades. Mauricio volteó sorprendido y se topó con Juan, uno de los esbirros de Gabriel. El muchacho se detuvo al ver a Mau ahí parado, pero cuando reparó en su gigantesco miembro, saltó hacia atrás, en gesto defensivo.
   Ya lo podía imaginar Mauricio, si el mierda ese salía de ahí, comenzaría a esparcir rumores como que “Silva se la jala en el baño” “Silva es un chaquetero maricón” “Silva es puto porque le enseña la verga parada a los hombres” y cosas por el estilo, así que tendría que matarlo para silenciarlo… pero le faltó valor, hubiera deseado asesinarlo, pero ni moverse pudo.
   Entonces, Juan, con la cara llena de asombro y vergüenza, comenzó a retirarse poco a poco. Pero Mauricio lo detuvo al llegar a la puerta, con un grito.
-yo que tú, olvidaría lo que viste, pues si vas por ahí contando pendejadas, yo contaré que me chupaste la verga, porque eres un jodido sopla nucas…-le amenazó Mauricio, y entonces Juan desapareció.
   Lo maldijo, así como maldecía a la porquería de Gabriel Farías y a la cabrona de su ex mejor amiga. Maldijo hasta al mismo Dios, y de alguna forma, eso le tranquilizó. La erección desapareció, y entonces pudo vaciar la vejiga con tranquilidad. Antes de salir, se dio una dosis de su inhalador.  
   Salió del baño, buscó a Mayra con la mirada entre todos los estudiantes que disfrutaban de su receso en el patio. No fuera a salir del lugar menos esperado para atraparle.

   Desde ahí pudo divisar a Rosa y a Betty, platicar de algo con un animado Daniel, que hacía ademanes y gesticulaciones exageradas, intentando ilustrar lo mejor que podía, sea lo que fuere que estuviera contándoles. También observó a su hermana, formada en la cooperativa junto a Ana. Las vio conversar y reír, y eso le brindó una leve alegría. Parecía que todo mundo seguía el curso normal de sus vidas, pero él era incapaz de pensar en otra que no fuera Mayra, o su terrible verga, o las tetas de la chica o en la forma en que los pantalones de la maestra Heidi le quedaban a su delicioso culo… ¿Qué mierda le estaba pasando? Se quiso dar otra dosis de su inhalador, aunque no lo necesitara, pero sus torpes manos le traicionaron y se le cayó varios metros lejos con dirección a las escaleras centrales.  Se dirigió a recogerlo, pero unas tiernas y pequeñas manos femeninas se le adelantaron, tomaron el objeto y se lo devolvieron.

   Mau pudo ver a la chica en cuestión, aunque por un momento le pareció que Mayra estaba frente a él.
-ten, me alegra verte en la escuela, pensé que ya no volverías.
-¿en serio pensaste eso?
-no, eres demasiado matado como para dejar la escuela.
-soy cumplido, por eso saco buenas calificaciones, no significa que me guste esta mierda…
-quedamos de hablar, ¿te acuerdas?-inquirió Marina, de repente, se había puesto muy nerviosa.
-sí… me parece que sí.
-¿y qué piensas?
-¿de qué?
-pues de lo que hablamos por teléfono…-ella comenzaba a impacientarse.
-¡oh!... sí, mira… No puedo decirte exactamente… es que me tomaste por sorpresa.
-me gustas muchísimo, Mau… no me obligues a decírtelo de nuevo.
-pero Mari…
-ya sé que tú quieres a Mayra, pero si me das una oportunidad…
-¿quién te dijo eso? No es cierto… la neta… no lo es.
-por favor, Mau, es un secreto a voces, todos hablan de eso, ¿a poco creías que a la chica más popular de la escuela no se le conocen sus pretendientes?
-pues que estupidez… ¿no es algo como lo que si dice de Daniel y de ti?
-yo no quiero a Daniel… admito que te le he tomado un poco de aprecio, es muy lindo si te acostumbras a él, pero simplemente no puedo quererlo como él me quiere… yo te quiero a ti.
-¿por qué? No soy guapo, ni sobresalgo en nada, pensé que a las chavas bonitas sólo les interesaban los güeyes guapos como Marvin Reyes, Arturo Oliveira o Gabriel Farías…-se arrepintió de mencionar ese nombre, su gesto se crispó, pero Marina no lo notó, en cambio, ella sonrió.
-¿te paresco bonita?
-mucho… lo digo en serio.
-tú no eres feo…
-de hecho, lo soy, no tienes por qué mentir.
-de todos modos, ¿a quién le importa la belleza exterior si lo que cuenta es el interior? Todos esos que mencionaste, me caen gordísimos porque se sienten que nadie los merece porque están bien buenos, según. Tú en cambio eres bien buena onda y considerado, y eres súper tierno… por favor, ya no me obligues a seguir con esto-ella estaba tan sonrojada y tan acalorada que parecía estar perdiendo el aliento.
-Mari…-el chico no tenía palabras, ¿Marina le estaba ligando?
-Mau… quiero que seas mi novio… ¿es eso tan malo?
-no es malo, es sólo que…
-lamento interrumpirlos, pero necesito hablar con Mauricio-de repente, una voz intervino en la conversación.
   Mauricio casi grita al verse sorprendido por Mayra. Ella parecía haberse acercado a los muchachos mientras conversaban, como si fuera un ninja, cauta y sigilosa.
-hola, Mayra, lo lamento, pero yo llegué antes, y lo que estoy hablando con Mau, es importante.
-eso no lo pongo en duda, es sólo que necesito hablar con él, es urgente…
-¿Por qué eres tú es más importante, dices?
-no quise decir eso, Mari es que…
-es que nada, tú y yo no tenemos nada de qué hablar-espetó Mauricio con rabia.
-por favor, Mau, deja de comportarte así, no has querido verme ni hablarme, necesitamos hablar, y sabes que importa…
-¡no! ¿por qué me importarías tú? ¿por qué me importaría la bobalicona novia de un pendejo descerebrado?
-escucha, Gabriel y yo somos novios, lamento no habértelo dicho, pero…
-¡me importa una puta mierda lo que ustedes sean!-gruñó Mau, apretando los puños. De pronto se asustó, aunque estaba ardiendo de ira, sentía que podía hacerle daño a Mayra, en esos momentos la odiaba intensamente.
-Mau, tranquilízate-le pidió Marina.
-No, lo digo en serio, si para ella ha sido más importante besuquearse y manosearse con un patán asqueroso como Gabriel Farías, cual puta mujerzuela…
   La última frase no la pudo terminar. Ella le abofeteó. Su rostro reflejaba una indignación como la de la noche en que le arrebató el cigarrillo de la boca.
-sabes que no me gusta pegarle a nadie, y menos a una persona que quiero tanto como a ti, pero no puedo dejar pasar esto… últimamente me has tratado con mucha agresividad, me faltas al respeto, me tratas mal, ¿qué nos ha pasado?
-te trato como te mereces, y en lo que a mí respecta me da igual lo que hagas de ahora en adelante, no quiero volver a verte en lo que me queda de vida. Yo estoy con alguien igual que tú, alguien que es mejor que tú en todos aspectos.
   Mayra se quedó atónita.
-alguien que vale mil veces que tú-entonces tomó de la mano a Marina-estoy con mi novia…-y sin previo aviso, besó a la prima de Julian en los labios.
   Mayra se puso muy roja, sus mejillas se encendieron cual focos de navidad, una rabia le había empezado a invadir, se le retorcieron las tripas y por un momento sintió ganas de gritar y de llorar.
-¿es en serio, Mauricio? Si es lo último que tienes que decir, pues…
-pues lárgate, te lo digo, para mí estás muerta…
   Ella abrió la boca, pero no dijo nada, parecía a punto de gritar, sorprendida, afónica, paralizada, decepcionada.
-¡pues esto se acabó, Mauricio Silva! ¡también estás muerto para mí!-le gritó ella y se alejó como un huracán.
   Marina y Mau la vieron perderse entre la multitud de estudiantes.
-yo…-comenzó Marina cuando dejaron de ver a Mayra-yo no quisiera pensar que tu beso fue para ponerla celosa…
-no, no lo fue, ¿te lo demuestro si te beso de nuevo?
-nada me gustaría más, Mau…
   Mauricio la besó de nuevo. No era un experto ni nada, pero con Ginger había aprendido a besar decentemente. Al separarse, Marina jaló aire, como sofocada, pero tenía una sonrisa hermosa, quizá Mauricio se podría acostumbrar. ¿Tener novia? Pues qué diablos, aquello no estaba nada mal… O eso hubiera pensado sino hubiera mirado a su espalda.
   Desde los baños de los chicos, Julian y Daniel habían observado los afectuosos cariñitos que Mauricio había procurado a Marina.



El resto de la jornada escolar, Daniel evitó a Mauricio, y de alguna forma, el muchacho agradeció aquello, ya que era incapaz de mirarlo a los ojos. Al acabar entonces las clases, su amigo se adelantó a todos y abandonó la escuela apresuradamente.
   Entonces, cuando Mauricio regresó a casa, se enteró de que Daniel había tomado sus cosas y se había ido de la casa, argumentándole a don Luciano que regresaría con su papá. Después, al entrar a la sala de los Silva-De Anda, Akima, que por alguna razón estaba en la cocina, le confirmó la partida de Daniel.
-¿cómo lo viste?
-¿cómo lo vi? No te entiendo.
-sí, ¿se veía… enojado o algo?
   La japonesa no supo cómo responder.
-parecía un poco distante, se llevó una caja como de madera aparte de sus cosas y se veía que le pesaba mucho, a lo mejor por eso…
-no lo creo… creo que es por mi culpa, la he cagado, Akima.
-¿por qué lo dices?
-te lo cuento luego, ¿qué haces aquí?
-pues me ofrecí a ayudarle a tu mamá con lo que fuera, ahora mismo estoy preparando el pollo y el arroz… ¿en serio no quieres decirme qué pasó?
   Mau suspiró, y mejor decidió darle importancia a la caja que Akima afirmaba haberle visto sacar a Daniel. El chico no había traído ninguna caja con él cuando se mudó a casa de los Silva.
-dime, Akima, ¿esa caja tenía algo en especial?
   Akima rememoró un instante.
-algo así como una calcomanía de un escudo o algo… no recuerdo muy bien.
-un escudo del Atlante…-musitó Mauricio y se dirigió a su habitación sin decir nada más. Akima se desconcertó ante aquello y volvió a la cocina.
   Al entrar al cuarto, se dio cuenta de que algo había cambiado. No sólo los cajones de la cómoda en donde guardaban su ropa estaban fuera de su sitio, también las múltiples cajas de cartón en las que Ángel y Mauricio solían poner sus cosas privadas como fotos, revistas, juguetes y demás cachivaches viejos, estaban fuera de su lugar (debajo de las camas) y abiertas. Mauricio ya sabía que Daniel había hurtado la caja de madera con aspecto de cofre pirata que Ángel le había regalado hacía algunos años, pero aun así, decidió buscarlo debajo de su cama, dónde lo ponía por lo general.
   En efecto, el cofre que le heredó su hermano mayor, ya no estaba ahí. Mau no pudo dilucidar la causa por la que Daniel lo había tomado, no es que se sintiera ofendido por el hurto, ni por haber perdido el cofre, que aunque era un regalo preciado de su hermano, tenía como dos años o más de no tocarlo ni revisar su contenido, pero era ciertamente extraño que se lo hubiera llevado sin más, ¿por qué en especial ese cofre? Ni recordaba si quiera qué guardaba. Lo que no le pareció extraño, fue la hoja de papel que encontró pegada a la pequeña ventana que daba al pasillo exterior de detrás de la casa.
   En aquella hoja cuadriculada de cuaderno escolar, había una palabra escrita en letras mayúsculas. “TRAIDOR”
   Mau la arrancó y la oprimió contra su pecho. Se le escapó un suspiro y su corazón dejó escapar un gemido de dolor, una lágrima de arrepentimiento.
-sí, Daniel, soy un puto traidor…

Cerca de las 8 de la noche, Mauricio se escabulló de la casa, evitando a toda costa que le vieran salir. Y es que durante el resto de la tarde, se había sentido intranquilo por causa de Daniel, el chico no contestaba a sus llamadas, y por Dios que podría jurar que le había hecho bastantes. Cosa aparte, quien parecía estarlo hostigando a él con llamadas telefónicas, había sido Marina, a la que le contestó luego de haberle dejado sonar tres veces.
   Marina le había hablado para justamente, tocar las mismas fibras sensibles que Mauricio estaba sufriendo. Ella le dijo que no se preocupara, que Daniel lo entendería y no sé qué cosa, además de decirle que estaba muy feliz por ser su novia. Mauricio le colgó, no sin antes recibir una seria amenaza de ella, en la que le aseguraba le estaría llamando más tarde para darle las buenas noches.
   Se estremeció, ¿Qué diría su madre si se enteraba de que ya tenía novia? Seguramente no le haría ni pizca de gracia. Ahora se estaba arrepintiendo de haber cedido a eso, y aunque Marina era una niña hermosa y sus labios sabían muy rico, comenzaba a sentir una profunda aversión a ella. Después de todo, parecía que ella había causado la pérdida de sus dos mejores amigos en todo el mundo, y en el mismo día.
-ella no tiene la culpa, nosotros no decidimos de quién nos enamoramos, nadie manda en el corazón-le había dicho Akima cuando Mauricio habló de esto con ella, luego del pollo con mole y arroz que comieron esa tarde en casa de los Silva-De Anda.
   Y quizá era cierto, no podía sacarse a Mayra de la cabeza, aunque sintiera que la odiara. De la misma forma en que no pudo evitar enamorarse de su mejor amiga, Marina no tuvo nada qué ver en que se enamorara de él. Esas cosas simplemente pasaban.
   Entonces, salió a la calle. Primero pensó en ir con Daniel, pero algo muy en su interior le dijo que sería una mala idea, si conocía a su mejor amigo, (y lo conocía) estaría demasiado afectado todavía, y muy probablemente, con ganas de desquitarse violentamente con alguien, y más si fuera con el causante mismo de su sufrimiento.
   Luego pensó en Mayra, pero era más que obvio que eso estaba descartado, se habían mandado a chingar a su madre mutuamente, como diría Rosa, así que era una idiotez seguir picándole a la herida. Al final optó por ir con Julian, pero eso tampoco parecía ser lo más inteligente, si iba a casa de su amigo británico, tendría que ver a Marina forzosamente.
   Ahora bien, sus pies se pusieron en marcha, y para cuando fue consciente de lo que hacía, estos le habían llevado hasta la papelería de la mamá de Ginger. Ahí estaban dos muchachas. Ginger y Rosa platicaban alegremente, una detrás del mostrador del pequeño local, y otra en la calle. No había clientes y la cuadra estaba tranquila. Se acercó a ellas aunque no le notaron hasta que habló.
-buenas noches, señoritas, me dan un kilo de jitomates.
   Ellas voltearon a verlo y rieron divertidas al reconocerlo.
-esto es una papelería, joven, no vendemos jitomates-contestó Ginger.
-qué lástima, quería hacer una salsa…
-si ni sabes cocinar, ¿o sí?-Rosa le miró, de inmediato supo que algo andaba mal con su amigo.
-¿y ese milagro, Mau?-inquirió Ginger con la sonrisa radiante que tanto gustaba a Mau.
-nada-contestó él-es que… no, nada importante, sólo quise venir a saludar.
-pues deberías venir más seguido-le dijo Ginger-pero mira, de todos modos, estábamos hablando de ti, ¿no, Rosa?
   Rosa no respondió, pero miró duramente a Ginger por decir aquello.
-con razón me zumban las orejas…-dijo Mau intentando parecer divertido.
-¿qué te pasa?-cuestionó Rosa, seria.
-¿a mí? Nada, ¿por qué?
-pues por que creímos que andarías un poco menso por lo de tu nueva noviecita-el tono de Ginger le pareció un poco venenoso-¿es neta que andas con la prima de Julian?
   El chico tragó saliva y como le pasaba siempre que algo lo ponía nervioso, se llevó la mano al bolsillo para tocar su inhalador… pero sorpresa, la jodida mierda esa se le había olvidado en casa.
-algo así…
-¿algo así? ¿es o no es?
-déjalo, pendeja, no tiene por qué decirte nada-recriminó Rosa.
-da igual, no le den importancia… sólo quería saber si no han visto a Daniel… digo, es mera curiosidad.
-así que están peleados, y todo por una hembra…-espetó Ginger.
-eso se escucha culero, cabrona-volvió a recriminarle Rosa.
-nada de eso-negó Mau-es que… bueno, es que ya regresó a su casa, sólo quería saber cómo le fue con su papá y eso… pero seguro que me lo contará en la escuela, ¿verdad?
   Ambas se le quedaron mirando con sorna.
-pues no lo hemos visto, ¿verdad, Gin? A la que sí vimos fue a Mayra, andaba con los putos de Farías y Cisneros…
-esa chiquilla se está descarriando-afirmó Ginger-ni siquiera nos saludó, íbamos allá por Ginebra y ni siquiera se dignó a saludarnos.
-a lo mejor no nos vio, no seas ojete con ella.
-¿y qué hacían en Ginebra?-preguntó Mau.
-¿ella y los putos esos, o nosotras?
-obvio que se refiere a ella-dijo Rosa.
-bueno…
-pues no sabemos, pero según sé, el Cisneros tiene un hermano que vive ahí, a lo mejor van a echar desmadre ahí o algo, qué sé yo-respondió Ginger-al final, si Mayra se sigue juntando con esos perros, va acabar mal, si supieran lo que sé de la familia de ese güey…
-tus carnales y los míos, comparados con los de Cisneros, son casi unos angelitos…-dijo Rosa, y eso sacó terriblemente de onda a Mau.
-pues ese no es mi pedo-masculló Mau, se guardó las manos en los bolsillos y se despidió de ellas.
   Y así estuvo, caminando por el barrio, sin saber por qué lo hacía y a dónde se dirigía, tan sólo caminaba y pensaba. Pero entre esos pensamientos no estaba el dirigirse a la calle de Lago Ginebra, que fue a dónde terminó yendo. Vaya, después de todo, era la calle que colindaba con la suya, no tenía nada de raro, ¿o sí?
   Fue cuando los vio. Mayra y Gabriel estaban en pleno camellón, se besaban y se acariciaban mutuamente, como dos asquerosos perros callejeros que se estuvieran lamiendo sus inmundas partes. Cisneros estaba a unos metros de ellos, fumando en la oscuridad.
   Se llenó de rabia, apretó los puños fuertemente dentro de sus bolsillos, y se alegró de no traer el inhalador, o seguramente lo hubiera pulverizado. Se acercó a ellos para confrontarlos, pero recapacitó y mejor cruzó la calle hasta la acera que daba al otro Wenner. Pasó sin que lo vieran y se fue adentrando en la calle. Llegó hasta una miscelánea llamada “El Recreo” y ahí aguardó. El tipo de la tienda le miró extrañado, pero no le dijo nada, en su lugar, le subió más a su radio, sintonizado en el Universal Stereo de FM. La canción era Every Breath You Take, de The Police. El reloj de manecillas de la pared, marcaba las 9 con 12 de la noche, cosa que no importaba una mierda.
   Mauricio continuaría ahí, esperando hasta casi las 9 y media de la noche, sin saber que en ese momento, los eventos que parecían haberse desatado la noche en que conocieron a Ginger, seguirían su camino y ya no se detendrían.

-ya voy a cerrar, muchachón-le anunció el hombre enjuto que atendía el local. Mauricio se sorprendió ante esto y entonces vio que el reloj de la pared ya marcaba dos o tres minutos para las 10 de la noche.
   Intentó convencer al sujeto de esperar un poco más, pero no tenía motivo para ello, ni siquiera llevaba dinero como para hacerle una compra… sin embargo, no lo necesitó. En ese momento, Mayra pasó delante de la tienda, aunque sin percatarse de que Mauricio estaba ahí.
   Así que Mauricio salió del local y fue tras ella. La siguió en silencio, en la oscuridad, y no fue hasta que cruzaron por el altar de la virgen de Guadalupe, al lado de la famosa vecindad del número 8, que el joven Silva le habló.
-así que venías de besuquearte con el puto ese, ¿no?
   Mayra se estremeció y rápidamente se dio la vuelta para encarar a su acosador.
-¿qué haces aquí? ¿dónde estabas? Me asustaste…
-estaba en la tienda esa, “El Recreo”…
-si bueno, no era en sí una pregunta, me importa muy poco lo que estuvieras haciendo.
-pues te debería importar, porque tengo que hablar contigo.
-¿en serio? Yo pensé que ya habíamos hablado de lo que teníamos que hablar. ¿queda algo? Yo creo que no…
-de hecho, sí, es algo que tengo que decirte… que tienes que saber.
   Ella le miró intrigada, de repente su expresión cambio, se cruzó de brazos y con ese gesto pareció indicarle que le escucharía.
-pues apresurate, ¿sabes qué hora es? Me van a matar mis tíos por llegar tan tarde.
-y no les faltaría razón, si supieran que saliste sólo para besarte con ese perro…
-ay, no tengo porque escucharte…
-pues tienes qué-Mauricio la tomó de los brazos, y entonces la besó en los labios, sin previo aviso.
   Mayra se resistió férreamente, hasta que pudo separarse de él.
-¿qué demonios te pasa, Mauricio Silva De Anda?
-¿me pasa? Pues me pasa que estoy loco… loco de amor… loco de amor por ti, y es algo que ya no puedo seguir ocultando.
-no digas tonterías… no…
-¡sí! Sí digo tonterías… esa es la razón por la que me dolió tanto verte con el imbécil ese, esa es la razón por la que no puedo dormir por las noches, esa es la razón por la que sudo cuando estoy cerca de ti, esa es la razón por la que se me para la verga cuando pienso en ti… esa es la razón por la que me vida tiene sentido y a la vez, es miserable…
-no… no… ¡no! ¿qué has hecho, tonto? ¡no!
-sí, es algo que siempre estuvo ahí, sólo que recientemente me di cuenta de eso, te amo, te amo y no puedo seguir ocultándolo… ¡te amo!
-¡cállate! No sigas diciendo eso… ¡oh por Dios! ¡no! ¡no sabes lo qué has hecho, Mauricio! Acabas de hacer temblar los cimientos de nuestra amistad, acabas de destruirlos… ¡acabas de destruir todo lo que hemos vivido! ¡nuestra amistad!
-¿por qué? Sólo dije que te amo, y es cierto, lo que siento por ti es puro y verdadero…
-¡que te calles, idiota, no sigas diciendo esas cosas!
   Y echó a correr desesperadamente. Mauricio la alcanzó en la esquina y la detuvo de nueva cuenta, pensó en abrazarla y en besarla de nuevo, quizá así podría hacerla entrar en razón y obligarla a aceptar su amor, justo como en las películas solía pasar. Pero ella lo empujó y le abofeteó.
-déjame en paz, Mauricio, ¡no quiero volver a verte en mi vida!
-¡por favor, Mayra! No me hagas esto…
-¿hacerte qué? Tú me has devastado esta noche, tú me has lastimado esta noche…
   Ella intentó huir de nuevo, pero Mauricio le bloqueaba el paso al puente peatonal, así que dio la media vuelta y huyó a la esquina contraria.
   En ese momento, si Mauricio no hubiera la hubiera seguido, quizá jamás hubiera vuelto a hablar con ella otra vez. Justo cuando la chica cruzó la calle, poco antes de llegar a la cortina de la tienda de refacciones para motos, un potente rugido se escuchó, estremeciendo la poco tranquila noche.
   Una camioneta de dos puertas, de esas que eran usadas para carga, venía bajando por la solitaria avenida Río San Joaquín. Iba a toda velocidad, zigzagueando y golpeando con las banquetas y las vallas de seguridad que dividían los carriles. Mauricio alcanzó a verla justo antes de que arrollara a Mayra, quien se había dado la vuelta para recriminarle algo más a él. La chica lloraba ahora, pero eso le importaba un cacahuate. Corrió lo más que pudo, y se arrojó sobre ella, momentos antes de que la mole de metal la aplastara.
   Al caer al suelo, pudieron escuchar el poderoso impacto que hizo el vehículo al estrellarse con la fachada de la tienda de refacciones.
-¡oh Dios mío, Mau! ¡me salvaste la vida!-chillaba ella mientras Mau le ayudaba a ponerse de pie.
   Entonces le abrazó y se puso a llorar en sus brazos. Mauricio pudo haber pensado que aquello arreglaba las palabras crueles y todo lo feo que se había dicho y hecho, pero él no podía pensar en otra cosa que en el hombre que le había parecido ver sobre el techo de la camioneta. Sin embargo, más importante era, ¿qué había pasado con el conductor?
-Mau… me salvaste…
   No pudo decirle nada, ambos voltearon a mirar el sitio del accidente. El local estaba destrozado y aún se podía escuchar a las refacciones caer desde donde quieran que estuvieran guardadas o exhibidas. En ese momento, la puerta del copiloto se abrió de par en par, y un hombre obeso, salió de la camioneta. Vestía con un chaleco grueso, que le hacían parecer más gordo de lo que era, y una gorra con el mismo logotipo, que ni Mauricio ni Mayra habían visto en su vida.
   El hombre luchó por ponerse de pie, pero su peso o quizá la enorme herida en la frente, que le manchaba la cara y la gorra de sangre, no se lo permitían.
   Los adolescentes retrocedieron un poco asustados, aunque conscientes de que el hombre necesitaba ayuda.
-yo…-creyeron oír al hombre, aunque bien puedo haber balbuceado cualquier cosa pues al verlos, comenzó a farfullar incomprensiblemente, mientras buscaba algo entre sus ropas.
-¿necesita ayuda?-inquirió Mau estúpidamente.
   El hombre sacó una especie de llave de su chaleco, y se la entregó a Mauricio.
-tienen que ayudarme, alguien tiene que ayudarme…-repetía mientras le daba la llave a Mau, quien, pese a no aceptarla, terminó por tomarla, mientras el sujeto caía de nuevo al suelo.
-pero usted está mal…
-por supuesto que está mal, y por supuesto que necesita ayuda…-dijo de repente una voz atronadora, fría, potente, maligna…
   Los muchachos y aquel hombre gordo voltearon a ver al sujeto que de la nada, saltó sobre el techo de la camioneta. Mauricio ahora parecía estar más seguro de haberlo visto trepado sobre esta antes del choque.
   Era otro hombre, robusto, pero no obeso, pues debajo de la chamarra abierta de cuero que llevaba, no vestía camisa y sus enormes músculos eran más que evidentes. Era muy alto y de piel bronceada por el sol, aunque su rostro parecía ser tan frío como sacado del glacial más congelado de la Antártida. Al bajar de un salto, pudieron ver sus ojos negros, igual de fríos que sus facciones y tan malvados como su voz. Mayra y Mau retrocedieron.
   Miró a los muchachos y luego al hombre, ahora inmóvil y pálido de terror. Entonces caminó de vuelta a la parte trasera de la camioneta, y con una fuerza sobrenatural, arrancó las dos puertas traseras. Las tres personas presentes, gritaron de sorpresa.
   El sujeto comenzó a buscar algo en el interior, tras arrojar las puertas a la carretera.
-televisiones-dijo con su vozarrón-DVDs, bocinas y gabachitas, ¡qué muestra de originalidad tienen estos pendejos! -y algunos de esos artefactos electrónicos, comenzaron a ser lanzados de la misma forma a la avenida.

   Luego le escucharon soltar un grito triunfal y una carcajada sicópata.

-¡excelente, perros! ¡aquí está esta mierda!-al salir de la camioneta, vieron que llevaba una especie de cajita metálica, con una gran cerradura en la parte de arriba. El hombre ese la agitó cerca de su oído y entonces el gordo del chaleco gritó aterrado.
-¡no la muevas! ¡puede estallar!
   El otro tipo sólo sonrió.
-sí, me contaron que puede ser muy volátil, pero ya nos ocuparemos de eso-se puso la caja bajo el brazo izquierdo y se acercó hasta el hombre de la gorra, entonces, con la mano derecha, lo levantó del suelo como si no pesara nada. Al menos, el chofer de la camioneta pesaba unos 100 kilos… quizá más.
-¡no, déjame!
-ahora, señor mantecoso, te voy a matar…
   Mau y Mayra soltaron una exclamación, y retrocedieron un poco más, pero eran incapaces de hacer otra clase de movimiento.
-¡espera! ¡necesitas una llave para abrirlo! Si lo abres así a lo bruto, te va explotar en la cara…
-entonces dame la llave, gordo asqueroso.
   Instintivamente, Mayra le quitó a Mauricio, aquella lleva de las manos, y la guardó en los bolsillos de su chamarra.
-no la tengo, ellos no me entregan todo junto…
-¿no?-el fortachón se dirigió ahora a los dos adolescentes-¿y ustedes? ¿son una dulce parejita que paseaba por aquí o un lamentable daño colateral?
   Esbozó entonces una mueca diabólica.
-¡corran escuincles, corran!
   Dicho esto, el hombre gordo sacó una pistola de sus ropas, y sin pensarlo mucho, vació el cargador en el cuerpo del otro individuo. Los impactos se escucharon brutales, mortales, pero ni eso fue suficiente para que Mauricio y Mayra emprendieran la huida.
-bueno, sacaste boleto, mantecas, luego buscaré la llave…-el grandulón, aparentemente ileso luego de los disparos, dejó caer al hombre al suelo, y de un golpe seco, le rompió el cuello con un puñetazo.
   Mau y Mayra gritaron aterrados al escuchar el sonido que hizo el gordo al caer inerte, ya sin vida. Sólo entonces echaron a correr. Mau tomó a su amiga de la mano y se lanzaron avenida arriba para intentar escapar del asesino.
   Pero apenas llegar al bazar de autos usados que estaba a unos cuantos metros de ahí, el asesino, literalmente apareció delante de ellos. Primero la fuerza descomunal, arrancando las puertas de la camioneta y levantando al pesado hombre, luego la invulnerabilidad, al ni siquiera inmutarse por los balazos recibidos, y ahora eso, a Mauricio le parecía que no estaban ante un hombre común… si es que era un hombre, si es que era humano.
-¿se van tan pronto? Creo que serán un número más en las estadísticas de esta asquerosa y violenta ciudad-lanzó una carcajada, pero esta cesó abruptamente. Se dio la media vuelta y cerró los puños. Alguien más había aparecido.
-antes de tocar a esos niños, tendrás que pasarme, Mr. Graw-una figura salió de entre la oscuridad. Era un hombre alto, de cabellos castaños, quizá negros, ataviado con un traje demasiado elegante como para estar en un barrio como ese. Al acercarse al asesino, los muchachos pudieron constatar que eran casi de la misma altura, hombres demasiado altos.
-otra vez tú… me caga que siempre tengas que estar jodiéndome la existencia. Sólo hago mi trabajo, hombre.
-será mejor que dejes a esos niños y me entregues esa caja…-dijo el otro sujeto.
-está bien, tú ganas, acércate-Mr. Graw extendió la caja metálica y se la ofreció al recién llegado. Este vaciló un poco, pero comenzó a acercarse.
   Mr. Graw sonreía.
-anda, es tuya, no pelearé por ella…
   Entonces, cuando el del traje estuvo suficientemente cerca, Mr. Graw le propinó una fuerte bofetada, que lo mandó brutalmente hacia el enrejado del estacionamiento del bazar de autos. Mr. Graw puso la cajita en el suelo y a continuación sujetó al del traje por los hombros, entonces volvió a estrellarlo contra la reja, con más brutalidad que antes.
   En un momento, la reja se desplomó por completo, y la pequeña base de concreto se hizo mil pedazos cuando volvió a lanzarlo. El hombre del traje entonces atravesó la barrera y la mitad del estacionamiento, hasta aterrizar sobre uno de los tantos automóviles que había en el lugar. El impacto fue tan brutal como para aplastar el automóvil, un pequeño sedan amarillo.
   Mr. Graw regresó con los chicos.
-algo me dice que, ustedes tienen algo más que ver en esto-el corpulento sujeto se acercó a Mayra e intentó asirla por el cuello de su chamarra, pero Mauricio se interpuso rápidamente entre ambos.
-no sabemos de qué habla… no nos haga daño-musitó el muchacho, temblando y a punto de orinarse en los pantalones.
-¿de veras? Es que pasa que no les creo-ahora tomó a Mauricio del cuello de la camisa, y lo levantó en todo lo alto.
-¡no! ¡déjelo! -chilló Mayra. Pero en ese momento, el otro sujeto atravesó de nuevo la reja caída y golpeó a Mr. Graw, haciendo que Mauricio cayera al suelo.
   El hombre del traje, con este ya hecho girones, estrelló a Mr. Graw contra la valla de contención que dividía los carriles de la avenida. La valla cedió, doblada por la fuerza sobrenatural de los dos sujetos. Luego, Mr. Graw lo arrojó de una patada, de nuevo contra el mercado de autos. Fue tras él y ambos comenzaron a estrellarse mutuamente contra todos los autos que había por el lugar, destrozándolos de la misma forma que si les hubieran pasado por la apisonadora.
   Mientras observaban horrorizados, Mayra sacó su teléfono celular, y marcó el número de las emergencias.
-¿qué carajo haces?-inquirió Mauricio, mientras delante de ellos, el tal Mr. Graw, levantaba un maltrecho automóvil, dispuesto a aplastar a su oponente con él.         
-llamo a la policía…
-¿ya te diste cuenta que no estamos ante pendejos comunes? ¿o quieres otra prueba más fehaciente?
-pues hay que hacer algo, lo que sea, nos pueden matar…
   Entonces un terrible estruendo silenció sus palabras. Mr. Graw había aplastado al otro sujeto con el coche que mantenía en lo alto.
-¡pues llámalos!-gritó Mau, pero eso provocó que Mr. Graw se fijara de nuevo en ellos.
-¿llamar a quién, bebés?
   Dio unos pasos, pero el sujeto que yacía debajo del automóvil aplastado, se levantó de nuevo, arrojándole la mole metálica que le aplastaba. Este se precipitó de nuevo a la avenida, pero en ese momento, un carro venía circulando por el carril derecho, y lo impactó de lleno.
   Mayra ya había llamado a las autoridades, pero no sabía en cuanto tiempo fueran a llegar. Por lo mientras, ya se había involucrado una persona más. El conductor del coche impactado, parecía inconsciente, dentro de su vehículo destrozado.
-¿eso es lo que querías, Mr. Graw?-dijo la voz del hombre del traje-pronto vendrá la policía y se involucrará más gente, otros sabrán lo que somos.
-¿y eso qué? ¿crees que le tengo miedo a los puercos?-gritó Mr. Graw desde el otro lado de la calle.
-quizá tú no, pero no creo que le haga gracia al Militar, saber que te has dado a conocer. ¿Eso deseas?
   Mr. Graw caminó hasta el sitio donde había dejado la cajita de metal.
-no metas al Militar en esto… en fin, otra vez nos volveremos a ver, como siempre pasa, ¿no?
   Y se alejó corriendo, con dirección a la calle de Cervantes Saavedra.
-me parece que esta es la primera vez que interactúo con mis rescatados-les dijo tranquilamente el hombre del traje, que del mismo, ya le quedaba poco.
-no nos haga nada-dijo Mayra, y entonces sacó la llave y se la entregó-tome, esta llave nos la dio el chofer de la camioneta…
-¿qué haces? ¿por qué se la das? -inquirió Mau con horror.
   El hombre tomó la llave y la miró con curiosidad.
-tu amigo tiene razón, jovencita, ¿por qué me la das sin más? ¿qué te hace pensar que no soy el malo?
   Mayra tragó saliva con nerviosismo, por un momento parecía aquella chiquilla asustada que Mauricio conoció hacía muchos años en el jardín de niños. No tenía idea si la había cagado o no.
-yo… yo…
-no te preocupes, probablemente no sea el bueno, pero intento hacer siempre lo correcto. Por eso, prometo no matarlos si olvidan todo lo que ha pasado esta noche.
   Los chicos palidecieron, pero sus rostros se tornaron tensos cuando el sujeto comenzó a reir.
-es una broma, jamás los lastimaría… pero tengo que sacarlos de aquí. No lo tomen a mal, sólo espero que nadie les crea, si deciden contar lo que vieron hoy.
-acabamos de presenciar un homicidio, ¿cómo crees que nos vamos…?
   Pero Mau no pudo terminar su pregunta, pues con un golpe limpio, el extraño hombre, los dejó noqueados, y ya no supieron más, tan sólo les pareció oír a lo lejos, sonidos de sirenas.
 
 

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