IV
La noche de un crimen.
Llevaban cerca de 7
minutos caminando por la calle de Lago Erne a ritmo semi lento. A veces se
detenían para ayudar a vomitar a Rosa, quien apenas si podía andar sostenida
por Ginger y Julian. La chica sólo amagaba con devolver las tripas, pero no
pasaba nada. Entonces continuaban caminando.
La última amenaza vomitiva se dio luego de
pasar por la escuela secundaria, en donde también, Mayra por fin les dio
alcance luego de haberse quedado unos momentos de más con Gabriel Farías y su
amigo delincuente.
La chica había abordado a Mauricio
inmediatamente mientras esperaban a que Rosa vomitara en la tierra de un árbol.
-Hija de la chingada,
sólo estás jodiendo con eso-masculló Daniel al ver que Rosa tenía arcadas pero
no vomitaba, por tercera vez durante aquella travesía nocturna.
-¡cállate, pendejo!, me
siento mal…-chilló la chica mientras Julian la sostenía con cara de
resignación.
-por fin los alcancé,
¿por qué no esperaron, malos?-fueron las palabras de Mayra al acercarse a Mauricio,
pero él optó por hacerse a un lado con indiferencia.
-¿así de mal la
entregarás a su casa?-preguntó Mauricio a Ginger, haciendo caso omiso de Mayra.
-podemos rezar porque su
mamá no esté en casa-gimoteó Ginger, al notar que las arcadas de Rosa eran más
realistas, quizá ahora sí vomitaría.
-¿dónde vives tú?-Daniel
intervino notando lo mismo que Ginger.
-también en Gran Oso,
justo al ladito-respondió ella sin dejar de mirar a Rosa.
-deberíamos entonces
pasar primero a tu casa…-Mauricio volvió a esquivar a Mayra que ahora intentó
abrazarlo disimuladamente.
-opino que Mau tiene
razón, no se vaya a meter en problemas con sus papás, mira como está-asintió
Marina.
-y que le des un café o
algo… si puedes-dijo Mayra, con frustración pues al parecer Mauricio le estaba
ignorando.
-podría, ojalá y no esté
mi hermano o va a estar chingando la madre-Ginger suspiró y luego aguardó un
momento al ver que la arcadas de Rosa habían desaparecido.
Esperaron un minuto más, en lo que la chica
recuperaba el aliento y entonces volvieron a caminar. Ginger y Julian hablaban
sobre Rosa y su lamentable estado, mientras que Daniel conversaba con Marina y
Betty sobre como las chicas llegarían a sus hogares sanas y salvas. Mauricio no
tuvo más remedio que quedarse atrás con su mejor amiga.
-¿qué te pasa?-cuestionó
ella, luego un rato de andar en silencio.
-¿qué me pasa de
qué?-gruñó él.
-te quise abrazar y me
despreciaste…-había cierto drama en su voz que a Mauricio le embargó de
tristeza y de felicidad al mismo tiempo.
-¿para qué demonios me
querías abrazar? si ahí tenías al Farías ese para darle todos los abrazos del
mundo…
Mayra vaciló y luego rio por lo bajo.
-ja, ja, ja, entonces es
eso…
-¿eso de qué?
-estás celoso…
Mau tragó saliva, indignado.
-no digas tonterías, a
veces creo que no tienes cerebro.
-pues a mí no me parecen
tonterías-e inesperadamente, lo abrazó por la espalda. Mauricio se sintió
indefenso, aquel contacto le provocó un nerviosismo febril, y alejó el enojo que
le embargaba. Se estremeció, entonces una extraña sensación descendente en su
abdomen le hizo entrar en pánico, era algo semejante a estar a punto de
orinarse en los pantalones.
-Gabriel me parece un
chico muy buena onda pero jamás te cambiaría por él. Sabes muy bien que eres mi
mejor amigo de toda la vida-ella lo estrechó con cariño. Ambos se vieron
obligados a detenerse, mientras el grupo seguía delante de ellos.
Mau quería decirle muchas cosas, lo enojado
que estaba, lo que pensaba de ese tipo pues Gabriel Farías le parecía todo,
menos buena onda. No era por ser un tipo pesado con él y sus amigos o burlarse
abiertamente de él y de Julian al decirles “maricones” Era por el hecho de ser
como era: de golpear a alumnos más débiles, de fumar en los baños de niños, de
expresarse vulgarmente de las niñas, de molestarlas de forma indebida…
sobretodo de esto último. Mauricio no podría soportar jamás que Gabriel le
faltara al respeto a Mayra, que la tocara en donde no debía… que la lastimara.
Mauricio tenía ganas de decirle todo eso a
Mayra, pero simplemente las palabras no salieron, su cerebro se negaba a romper
aquel momento, mientras estaba a la merced de los delicados brazos de su amiga.
Amagó con apartarse y aunque se arrepintió
al momento, ella le dejó libre. Se miraron en silencio.
-escucha… May-chan…
-es verdad lo que te dije,
para mí, eres irremplazable, crecí junto a ti y toda mi vida has sido más que
mi amigo… mi hermanito, Mau-Mau, eso eres, jamás te cambiaría por nadie.
-es que ese… no me cae
bien…
-ya sé que él y Julian
han tenido problemas, pero ya debes de saber que es amigo de Daniel y él ya le
dijo que arregle sus problemas con Jul. Creo que todos podemos ser amigos, ¿no?
Mauricio pensó que Julian no era el único
con el que tenía problemas el jodido Gabriel Farías, a saber qué cosas le
hubiera dicho a Mayra, pero de igual forma, no pudo decirle nada de lo que
sentía.
Hubieran seguido así, de no ser por Daniel,
quien les gritó casi desde la esquina a pleno pulmón.
-¿van a venir o se van a
quedar pendejeando ahí?
No tardaron en alcanzar al grupo y en poco
rato, doblaron la esquina a la izquierda para entrar a Lago Gran Oso, la calle
de Ginger y Rosa.
Entonces, Rosa vomitó. La verdad es que no
esperaban que lo hiciera, ni siquiera las veces en que detuvo la marcha para
intentar deshacerse del alcohol que su cuerpo ya no aceptaba pues antes de
salir de la fiesta, había dejado un reguero considerable de sus alimentos del
día y un poco de la cerveza consumida en la tarde.
Pero lo hizo. Se soltó de los brazos de
Julian y Ginger y cayó de rodillas sobre la banqueta, luego se puso a descargar
las tripas en la raíz de un árbol.
-carajo-musitó
Daniel-hasta pareces primeriza, Rosi.
-por lo general nos
empedamos con chela-dijo Ginger-pero esta pendeja se tomó otra cosa aparte.
-yo me chingué un
tequilazo-asintió Daniel-no dudo que ella también.
-lo bueno es que estaba
yo, sino se la hubiera cogido algún cabrón-Ginger procedió a levantarla
mientras los demás evitaban ver el vómito.
-entonces, ¿crees que
debamos llevarla así a su casa?-preguntó Betty.
-ella vive hasta la otra
esquina, creo que podría tenerla un rato hasta que se la baje un poquito.
-gracias, Gin, si está
mi mamá me va a dar una madriza-Rosa se reincorporó con ayuda de Julian.
-namás no me vayas a
guacarear nada, cabrona o a mí me va a chingar mi mamá-advirtió la chica y
entonces se volvió a los chicos aunque en realidad, fijó su atención en
Mauricio.
-pues…
-¿pues? No sean mensos,
los invito a entrar-dijo Ginger sonriendo. La verdad es que estaba muy sola y
oscura la calle, Ginger pensó que dejar a unos muchachitos como esos andar por
ahí a esas horas no sería muy grato, luego de que le acompañaron a dejar a su
ebria y tonta amiga.
-pero yo tengo que ir a
mi casa… mi mamá…-chilló Betty aunque se le apagó la voz.
-no te preocupes, entren
y les dejaré usar mi teléfono para que llamen a sus papás y vengan por ustedes
o algo así.
-no manches, ni que
fuéramos bebés o algo así-masculló Daniel.
-no te sientas muy
grande sólo por fumar y chupar, todavía se te nota el olor a pañal-le dijo
Ginger y se puso a caminar tras lanzar una carcajada.
-no es mala idea, le
diré a mi tía que venga a recogernos-comentó Mayra y tomó del brazo a Betty.
-¿tu tía conoce estas
calles?-preguntó la niña de las gafas.
-tiene coche, no ven que
Mayra es la rica de la escuela-Daniel las miró con una risita-a mí no me da
miedo andar por estas calles, yo me puedo ir solo, eso de hablarle a los papás
es una mamada…
-entonces ¿qué haces
todavía aquí?-cuestionó Julian de mal humor.
-nomás quiero ver cómo
está Rosa, pendejete-respondió Daniel.
Ginger
tenía casa propia, a diferencia de Rosa que vivía en una vecindad de esas
antiguas. Era una vivienda modesta y pequeña, pero limpia y en buen estado.
Tenía una sala, un baño, una cocina y tres habitaciones, además de un patio
pequeñísimo en donde sólo se podría estacionar una motoneta o una bicicleta.
La casa se las había dejado su difunto
padre, que había fallecido en un accidente petrolífero. El padre de Ginger, un
tal Ignacio Salas era trabajador de PEMEX y había ganado suficiente dinero
antes de irse a criar malvas como para comprar una casa, un local modesto que
fungía como papelería en la calle de Lago Winnipeg y tener una cuenta en un
banco, que hace años se había terminado por culpa de los hermanos mayores de la
muchacha, actualmente recluidos en algún penal de la ciudad, que ella no quiso
mencionar.
-¿dices que es tuya la
papelería que está junto a la primaria?-le había preguntado Daniel que andaba
de aquí para allá y conocía varios puntos de interés en el barrio.
-de mi mamá-asintió
ella-antes de que muriera mi papá era una fonda pero luego empezamos con los
pedos de mis hermanos y ella se consiguió un trabajo. Por eso la cambiamos a
papelería, yo y mi tía la atendemos.
-¿ahorita está en la
papelería?-preguntó ahora Julian.
-no seas pendejo, si es
bien noche-se burló Daniel
-cállate…
-no, trabaja en las
tardes, en un par de horas ya debe de estar aquí.
Ginger dormía en el dormitorio más pequeño
de la casa pues al haber sido la única hija de la familia Salas-Hinojosa, el
cuarto más grande tenía que ser por ende para los tres varones.
En su cuarto habían acostado a Rosa luego de
darle una ducha tibia entre ella y Mayra. La pusieron a dormir tan sólo con una
bata que le quedaba demasiado holgada y acompañada de una cubeta para evitar
que ensuciara la habitación por si se le ocurría sacar el resto de sus tripas.
La muchacha les ofreció refresco y papas
fritas luego de prestarles su teléfono. El grupo se había acomodado en la
salita de Ginger conversando alegremente, incluida Betty que se encontraba más
tranquila al saber que su madre ni siquiera se había despertado desde su siesta
de la tarde, probablemente estuviera demasiado ebria para eso.
La tía
de Mayra había prometido pasar por ellos y llevarlos a sus respectivos hogares.
El último en comunicarse a casa fue
Mauricio, que seguía discutiendo con su madre por teléfono cuando poco después
apareció Ginger, vestida con un pijama holgado.
-¿terminaron?-cuestionó
ella mirando a Mauricio colgar el teléfono con notable ira.
El muchacho asintió un poco cohibido por la
mirada sensual de Ginger. La chica le provocaba un no sé qué. Si él fuera más
consciente de su situación sabría que sus hormonas estaban a tope, cada
exhalación, mirada, olor y movimiento proveniente de Ginger hacía despertar sus
apetitos primarios y es que Ginger era la única chica que ya casi era una mujer
con la que trataba en su vida (omitiendo a su propia hermana y a su loquita
prima Luciana claro, eso era diferente)
Mau se estremeció cuando ella le puso una
mano en el hombro.
-no es que quiera
tratarlos como bebés, pero estas calles están muy feas por la noche, mejor que
se vayan acompañados-luego se sentó junto a Betty.
-¿salen mucho tú y
Rosa?-cuestionó Mayra que casi había bebido todo su refresco.
-la conozco desde que se
cagaba encima-contestó Ginger con una sonrisa-somos vecinas así que es obvio
que nos conozcamos, pero empezamos a juntarnos a raíz de que empecé a andar con
su hermano…
-ella tiene tres
hermanos…-intervino Julian.
-bueno… no es ninguno de
esos tres pendejos… no sé si lo sabían pero Rosa tenía otro hermano… bueno, él
era mi novio, se llamaba Sebastián…
-¿se llamaba?-inquirió
Mauricio sentándose junto a Mayra.
Ginger asintió solemnemente y su semblante
cambió radicalmente.
-Dios mío…-gimoteó Betty
y también cambió su semblante.
-hace dos años…
-lo acuchillaron,
¿no?-esta vez fue Daniel, pero había bajado la voz como para evitar que Rosa en
la habitación de Ginger le oyera.
Todos menos Ginger le miraron atónitos.
-sí, un ojete de la
colonia.
-¿cómo lo
sabías?-preguntó Julian a Daniel.
-escuché cosas, pero no
tenía idea de que fuera hermano de Rosa… bueno, ni siquiera conocía bien a Rosa
entonces-explicó Daniel y se hundió pesarosamente en el sillón.
-¿y supieron quién
fue?-ahora Mayra bebió el resto de su refresco con rapidez para evitar perderse
la respuesta de Ginger.
-miren, ya les había
dicho que mis hermanos Aldo y Ramiro son unos ojetes y por eso están clavados
en el reclu…pero los hermanos de Rosa…-entonces bajó la voz igual que
Daniel-los hermanos de Rosa son lo que le siguen. No saben cuánto quiero a
Rosi, por tener los ovarios de aguantar a esas mierdas todos los días de su
vida.
Hubo un momento de silencio, los chicos no
se sentían con el estómago para seguir escuchando algo tan terrible que hubiera
pasado en la vida de uno de sus amigos pero el sentimiento natural de
morbosidad del ser humano les seguía empujando a no decir nada para evitar
cambiar de tema.
De alguna forma, todos necesitaban saber por
lo que pasaba Rosa.
-bueno, mis hermanos,
incluido el idiota de Esteban, se juntaban con los de Rosa y otros pelados más,
se sentían como una pandilla los muy pendejos, y siempre le tuvieron envidia a
Sebastián porque él…
-porque él era
diferente…-Rosa arrastraba las palabras pero parecía lúcida.
La chica había salido de la habitación sin
que ellos se dieran cuenta. Iba descalza y con la bata de Ginger puesta.
-Sebastián era
mejor-replicó Ginger y se quedó muda, pensando que quizá a Rosa le molestara
saber que su amiga estaba divulgando información delicada.
-Rosa…-Mauricio se
levantó-quizá esté mal que lo diga, pero, no te enojes con Ginger por decirnos,
somos tus amigos y tenemos que saber por lo que has pasado…
-¡ay!, Mau…-y sin
esperarlo, ella se lanzó a sus brazos, llorando desconsoladamente.
Mau la estrechó y evitó decir algo, estaba
un poco desconcertado por aquello aunque después entendió las señas de Ginger.
Era el típico llanto de borracho agravado por el recuerdo de algo triste.
Al fin, la chica se separó de Mau y le dio
un beso en la mejilla, luego se acercó a Julian y también lo besó. Hizo lo
mismo con Daniel y al final se echó a los brazos de Mayra. Marina y Betty se
unieron al abrazo y la consolaron durante unos minutos. Después abrazó a Ginger
y lloró con ella durante otros minutos más. Mauricio temía que de un momento a
otro la tía de Mayra se fuera a presentar ante la puerta de Ginger y entonces
se quedarían sin saber el resto de la historia… pero a esas alturas, ya no
importaba mucho. Se sentía mal por haber presenciado el llanto de Rosa.
Entonces, Rosa se separó de Ginger y se
sentó a un lado.
-gracias por ser mis
amigos-les dijo temblorosamente-Sebastián era mi único amigo… hasta que conocí
a Ginger y los conocí a ustedes.
Y lo supieron al final. Sebastián Vargas
Martínez era un chico bueno, tan bueno como para ser objeto del deseo de las
chicas de su cuadra y de su escuela, era incluso bueno para sacar buenas
calificaciones y ayudar a sus padres en menesteres de la casa y de la familia. Había
sido bueno como único aliado para Rosa y su mandilón padre en un hogar dominado
por una esnobista madre, y tres vagos drogadictos que se hacían llamar sus
hermanos.
Al final aquel hermano tan bueno había sido
considerado un bicho raro y sus mismos hermanos no soportaban verlo en
semejante pedestal ante los ojos de todo el mundo. Entonces, uno de los vagos
del grupo formado por los hermanos de Rosa y Ginger durante una noche de juerga
en la calle, decidió que era hora de enfrentar a ese mequetrefe engreído que
los dejaba en ridículo por el simple hecho de ser un buen ciudadano.
Sebastián Vargas Martínez fue apuñalado por
un vago anónimo afuera de su casa, luego de una discusión sin sentido en la que
ninguno de sus hermanos fue capaz de defenderlo.
-por entonces ya no
éramos novios, pero me dolió mucho saber la noticia-explicó Ginger-yo lo quise
mucho, tanto que le entregué mi virginidad…
-un dato que no
necesitábamos conocer-dijo Daniel aunque se arrepintió al momento-perdón.
-da igual-habló
Rosa-nunca se pudo hacer justicia, los putos de mis hermanos nunca quisieron
hablar.
-Si pudiéramos hacer
justicia, si pudiéramos hacer algo más que esperar a que alguien se arme de
valor para hacerlo por nosotros… es todo una mierda-vociferó Mauricio
rabiosamente.
-la gente humilde no le
interesamos a nadie, Mau… o al menos es lo que suele decir mi papá-musitó Rosa,
que ya se notaba mejor, aunque seguía arrastrando las palabras.
Mau no contestó, volvió a sentarse y colocó
la cabeza entre las piernas. De repente, empezó a respirar muy rápido. Mayra
fue la única que adivinó que sucedía.
-¡Mau, tu
inhalador!-chilló ella e intentó ayudarle, pero él la apartó.
El chico sacó su inhalador y se dio un par
de dosis. Ginger se puso de pie ahora.
-tiene asma, vaya-dijo
ella mirando a Mayra-¿puedo ayudar?
-no te preocupes, se le
pasa cuando usa su inhalador.
Marina y Betty también miraban con
curiosidad a Mauricio.
-le pasa desde que lo
conozco, desde el kínder-siguió explicando Mayra.
Pero a Mauricio no se le regresaba la
respiración. El muchacho volvió a darse otra dosis y Ginger regresó a su
asiento, llevándose las manos a las sienes.
-¿Ginger?-Rosa la
observó estúpidamente.
Su anfitriona se frotaba el rostro y
enjugaba el copioso sudor que empezó a emanar de su cuello.
-¿te sientes
bien?-inquirió Mayra.
-¿Ginger?
-no sé, comencé a
sentirme rara… muy rara…-dijo ella sin dejar de frotarse la frente.
-de seguro fue algo que…
tomamos-dijo Daniel, hundido en el sillón individual, también se frotaba el
rostro y se daba bofetones.
-nos adulteraron las
bebidas-gimió Ginger.
-no lo creo… ella no
bebió nada…-Julian señaló a Betty, la muchacha estaba como desmayada en el
sillón al lado de Mau, tenía los ojos en blanco y movía la cabeza como si estuviera
sufriendo convulsiones.
Fue cuando comenzaron a preocuparse. Mayra
intentó reanimar a Betty con notable terror en sus llamados a la chica,
Mauricio no reaccionaba, y aunque ya no jadeaba, sudaba mucho y parecía incluso
más borracho que Rosa.
-¡Betty, Betty!
Pero
era inútil, Betty no respondía. Julian se puso de pie y cayó como fulminado al
suelo. Cuando Mayra se dio cuenta de que Rosa también se convulsionaba y de que
Marina parecía sufrir los mismos sudores que Daniel, Rosa comenzó a gritar algo
que le heló la sangre.
-¡Es él! ¡Es él! ¡Él mató a mi hermano!
Mayra cayó de rodillas, de repente la habitación se le hacía sumamente
pequeña y calurosa. Se desabrochó los botones de la camisa polo que traía
intentando mitigar el sofocante calor, pero ahora su cabeza le daba vueltas, no
le dolía del todo pero sí sentía unas punzadas agudas en las sienes. Al
nublársele la vista, no lo supo, lo intuyó, aquello que Rosa había estado
viendo o quizá alucinando.
Sus
ojos ya no miraban en ninguna dirección, estaba ciega sin estarlo realmente, es
decir, sus ojos ya no miraban la sala de Ginger, ni sus sofás, ni su alfombra
raída ni a sus amigos enloquecidos. Ahora miraban otra cosa, era una especie de
bar de mala muerte, estaba oscuro y olía a sudor, mierda, alcohol rancio y a
humo de cigarrillo.
Aunque no se trababa realmente de un bar. Mayra pudo observar un sofá
mugriento donde dos hombres calvos bebían y fumaban. Se podía escuchar la
transmisión de algún partido de fútbol y los berridos de un bebé en alguna
parte pero la visión era borrosa.
-¡esos buenos para nada, pinches
mediocres!-se oyó la aguardentosa voz de un hombre, pero Mayra no sabía de
donde había salido.
-¡ja, ja, ja, pinches pendejos!-apareció un
sujeto mal encarado frente a ella, llevaba ropas muy holgadas, demasiado como
para su escuálida figura. Se acercó tambaleante hasta aquel sofá mugriento que
había visto antes.
Ahí
estaban los otros dos hombres, llevaban sendos vasos con cerveza y en efecto,
miraban un partido de fútbol.
-pinches ojetes, ya les metieron otro, ja,
ja, ja…
-es él… es él…
Mayra se sabía sola, no podía ver más que a los sujetos, la habitación
en la que estaban y percibirlo todo con sus sentidos, excepto que no podía ni
verse a sí misma ni a sus amigos, pero los sentía, su presencia era tan
poderosa como si en lugar de aquellos hombres, ellos estuvieran ahí.
Entonces, la voz de Rosa volvió a insistir, casi suplicante.
-es ese cabrón… es ese maldito…
-¿qué dijiste, pendejo?-inquirió el flaco
mientras encendía un cigarrillo.
-que el América vale pa´ pura verga…
-no pendejo…
El
sujeto volteó justo a donde estaba Mayra y con el cigarrillo encendido entre
sus dedos, la miró fijamente. Ella dio un respingo pero luego de unos segundos,
algo le dijo que él no le podía ver.
-¿me puedes ver?-susurró ella y el sujeto se
sobresaltó, aunque no hizo nada y volvió a mirar el televisor.
-¿a qué horas llega tu vieja?, ya que calle a
ese pinche escuincle…-dijo el flaco y se puso a fumar.
-¿por qué no lo callas a navajazos como al
hermano de Rosa, maricón?-se escuchó la voz de Daniel, y el flaco saltó del
sillón.
-¿qué te pasa güey?-le preguntó uno de los
calvos.
-¿quién dijo eso?-masculló él, mirando a
todos los rincones de la habitación.
-fui yo, puto, acá estoy…-gritó Daniel de
nuevo y el sujeto soltó su cigarrillo alterado.
-¿no lo escucharon, putos? ¿Fueron ustedes?
-cálmate, pendejo, ya deja de meterte tantas
mamadas, pinche marihuano.
-¡es ese hijo de puta, es ese, por favor…!-Volvió
gemir Rosa.
-deberían hacerlo pagar… deberían castigarlo…
deberían matarlo-jadeó Mauricio. Su voz era clara, y sus jadeos, provocados por
el asma sin apaciguar, eran igual de evidentes.
-¡No, Mau!-gritó Mayra, aunque no supo
porque, ni siquiera era capaz de ver donde se encontraba su amigo.
Entonces, el malandrín se puso dar vueltas, enloquecido. Sus acompañantes
se sorprendieron ante ese comportamiento y retrocedieron.
-¿qué te pasa güey?-le preguntó uno de ellos.
-No… no sé…-se detuvo y entonces cayó de
rodillas. Se llevó las manos a la garganta y se la empezó a rasguñar con
desesperación.
-Hay que matarlo… hay que matar a ese perro
de mierda-se oyó la voz de Daniel.
-¡No!-chilló Mayra.
-Hay que matarlo-también se escuchó a
Julian-No merece vivir…
-¿Qué te parece morir ahogado… ahogado de
asma?-ahora la voz de Mauricio, que ya no parecía sofocada.
-¡No, Mau, no lo hagan!-Pedía Mayra, pero
parecía que nadie la oía.
-Hay que hacerlo… se debe hacer-musitó Betty.
-¡No!
Entonces, Mayra escuchó otras voces, repetir lo mismo que Betty. Ahora,
unidas a las de Mau, Daniel, Julian, Ginger, Rosa y Marina
-Hay que hacerlo
Después cambiaron.
-Se debe hacer para completar la elección. Se
debe hacer. Hay que hacerlo.
-No… no lo hagan…-Mayra suplicaba, pero era
inútil, perdía más y más las ganas de oponerse.
-Se debe hacer para completar la elección. Se
debe hacer. Hay que hacerlo.
-Se debe hacer para completar la elección. Se
debe hacer. Hay que hacerlo-Al final, Mayra repitió lo mismo, y aquel hombre,
terminó por apretarse la garganta, desesperado ante la falta de aire. Tras unos
agónicos segundos de sofoco, terminó por sucumbir y cayó sin vida frente a sus
amigos pendencieros.
Mayra pudo ver unos segundos antes de cerrar los ojos, la crisis que se
había gestado en torno a los otros dos sujetos, estaban desesperados, e inútilmente
intentaban reanimar a su amigo. Cerró los ojos, y como si se tratara de un mal
sueño, al abrirlos, de nueva cuenta estaba en la sala de Ginger, rodeada de sus
amigos.
Todos sus amigos parecían agotados, y sus rostros dibujaban senda aflicción.
-¿qué mierdas fue eso? ¿Qué acaba de
suceder?-gimoteó Daniel, y se puso de pie.
-fue…-pero Mau no acabó su oración. En ese
momento, un claxon se escuchó en la calle. Los muchachos se sobresaltaron.
Betty saltó de su asiento como si llevara resortes y casi corrió a la puerta.
Mayra se le adelantó y afirmó:
-es mi tía…
Y
como si eso fuera suficiente, todos, salvo Rosa y Ginger salieron en tropel por
la puerta.
En
efecto, el coche de la tía de Mayra, estaba parado frente a la fachada de la
casa de Ginger, tenía el motor prendido, y la mujer les saludaba desde el
interior. Mayra corrió hasta él, y les abrió las puertas traseras a sus amigos,
no sin antes volverse a mirar a Ginger. Mau también le miraba. Ellos dos eran
los únicos que no habían subido al auto.
Rosa
y Ginger les miraron sin decir nada. Parecía que se iban a quedar todo el rato
así, hasta que Mauricio carraspeó.
-te veo en la escuela… Rosa…-luego se volvió
a Ginger-gra-gracias por invitarnos a tu casa…
-muchas gracias…Ginger-dijo Mayra y aunque
las otras dos chicas no dijeron nada, ni falta hizo.
Con
un gesto se despidieron, y entonces subieron al auto de Evelin Castañeda.
Chingas a tu mADRE
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