jueves, 24 de noviembre de 2016

Capítulo 9: La japonesa.



IX
La japonesa.

Las cosas comenzaron a cambiar tras la segunda firma de boletas para Mauricio Silva y sus amigos. No sólo en lo académico, ya que el grupo 23, había sido uno de los peores calificados, entre los segundos grados, y también entre toda la escuela. Algunas cosas en la vida de los chicos de igual manera comenzarían a ser diferentes.
   Múltiples seises y sietes, además de las 5 materias reprobadas por Miguel, el primo de Palomares y las calificaciones reprobatorias en educación física de Rosa y Mau, condenaron el prestigio de la maestra Heidi como asesora del grupo 23, ya que por lo regular, ella siempre se esforzaba en hacer que sus alumnos siempre sacaran las mejores calificaciones, llegando a acuerdos con los diferentes maestros, con los padres de familia y dando grandes recompensas a sus estudiantes si lograban los objetivos que se trazaban. Sin duda era una profesora comprometida, pero en este bimestre y con este grupo en especial, parecía estar topando con pared.
   Los únicos promedios altos que ayudaron al grupo a no estar tan patéticamente abajo, fueron los de Mayra, Betty y Ana Cristina De Anda, una de las chicas pomposas de las populares del grupo. Mauricio y Julian hubieran entrado en el ranking de los aplicados, pero sacaron 7 en Física y en Formación Cívica y Ética, respectivamente. Pero eso sólo era en lo académico.
   Al empezar el nuevo bimestre, algunas cosas comenzaron a cambiar para los muchachos. Cierta semana, Daniel faltó durante tres días seguidos, por lo que su padre fue citado a la escuela para justificar las faltas del muchacho. Pero ese día, la maestra Heidi interrumpió la clase de matemáticas del grupo 23, para llevarse a Mauricio con ella, quien no hizo pregunta alguna hasta que llegaron a la oficina de la trabajadora social. Ahí estaba el papá de Daniel.
   Hay que explicar que Daniel era hijo de un matrimonio divorciado. Él vivía con su padre y su tío Adrián, ya que en sus propias palabras, su madre estaba loca y nunca había aprobado el examen para ser una buena madre. Lo cierto era que, ni Mayra ni Mauricio, sus mejores amigos, sabían demasiado de este aspecto de la vida de Daniel, él siempre se había mostrado muy reservado cuando se trababa de su vida familiar. De hecho, ninguno, salvo Mauricio, había estado en su casa jamás, y de igual manera sólo él sabía en donde vivía.
   La visita del papá de Daniel no sólo se debía a la cita que le había agendado la trabajadora social, se debía también a que el chico había escapado de casa y ya llevaba varios días sin aparecer. Por eso, Mauricio no se sorprendió cuando al señor Enrique Gómez se le iluminó el rostro nada más verlo entrar junto a la maestra Heidi.
   El hombre le contó lo ocurrido y le preguntó si sabría a dónde pudo haber ido su hijo. Mau no estaba seguro, así que le pidió a la maestra traer a Mayra también. Y de esa forma, cuando Mayra fue sacada de clase, llegaron a la conclusión de que Daniel podría haber ido a su escondite en unas construcciones abandonadas en Lago Mask. Lugar al que Daniel les había llevado en algunas ocasiones, pero que sobretodo, utilizaba para fumar o meditar tranquilamente sobre sus problemas, aunque por su amistad con Gabriel y Cisneros, este sitio también se había convertido en un refugio de viciosos, ya que estos tipejos solían también usarlo para ciertas actividades reprobables.
   El señor Enrique les agradeció, y rápidamente salió de la escuela para dirigirse al lugar que le habían indicado. Sin embargo, horas más tarde, cuando ya había acabado la escuela y Mau se encontraba en su casa, su hermana Fernanda, le anunció que tenía visitas.
   El chico deseó que se tratara de Daniel, estaba preocupado porque no llegó saber si su padre lo había encontrado o no. Pero no se trataba de él. Marina y Julian habían ido a visitarlo.
   Les preguntó como era natural, si sabían algo de Daniel, y entonces tuvo un momento de esperanza cuando el inglés y su prima se miraron cuales cómplices criminales.
-Daniel no quiere que lo encuentren… pero Julian me dijo que su papá vino hoy a buscar ayuda en la escuela y entonces me preocupé…-le dijo Marina.
-¿sabes dónde está?
   Marina dudó, se quitó algunas arrugas del vestidito floreado que llevaba ese día mientras se aclaraba la garganta.
-creo…
-dile lo que me dijiste a mí, Mari-la conminó Julian, pero su prima le lanzó una mirada de súplica, parecía incómoda hablando de eso.
-Marina, hace unas semanas parecía que lo odiabas por pedirte que fueras su novia, ¿ahora lo quieres proteger? ¿eres hipócrita?
   Ella lo miró dolida.
-no seas así conmigo, Mau…
-perdóname, pero es mi amigo y estoy preocupado por no saber nada de él.
-si es tu amigo, ¿Por qué no fue contigo antes que conmigo?
   Ahora Mau parecía dolido.
-ya, Mari, dile por favor-insistió Julian.
-pues vino a verme el martes-comenzó Marina-pensé que sólo venía a molestar con el mismo pretexto de ir a ver a Julian… pero Julian no estaba, asi que salí a ver qué quería y entonces se soltó a llorar y me dijo… me dijo que no quería volver a su casa nunca más y que quería que yo le ayudara.
-te dijo que te amaba, ¿verdad?
-¿cómo lo supiste?... da igual, yo sé dónde está.
-¿te dijo por qué no quería volver a su casa?
-sí, pero eso mejor que te lo diga él, por eso vinimos, a llevarte.
-¿tú sabes dónde está, Julian?
     El inglés negó. Salieron de casa de Mau a eso de las 4 de la tarde, con dirección a la calle que los llevaba a la escuela secundaria 20. Fue por eso que el chico se dio cuenta de adónde los llevaba Marina. Pasaron la escuela, pasaron el deportivo, pasaron la iglesia y entonces Julian comentó lo siguiente:
-por aquí vive Rosa, ¿no?
   “Y Ginger” Pensó Marina, pero por alguna razón, Mauricio también lo hizo.
-¿está en casa de Ginger?-cuestionó Mauricio. Marina asintió.
-¿por qué no nos dijiste?-reprochó Julian, pero su prima sólo se encogió de hombros.

   Llegaron hasta la puerta de la casa de Ginger, Marina no dudó en tocar la puerta.

-me pregunto si Rosa estará en su casa-habló Mauricio mientras esperaban a que alguien saliera.

-vive como a cinco o seis casas, calle arriba-dijo Julian.

   Ginger no tardó en salir. La chica se alegró al verlos, y Mauricio lo hizo otro poco tanto. Se veía diferente, no sólo por el tinte rubio que había aplicado a su cabello negro, este se veía un poco más largo, parecía más alta y más deliciosa, hablando de sus formas femeninas, quiero decir.

-¡órale!, ¡qué sorpresota! ¿qué están haciendo aquí?-la muchacha saludó a los tres.

-pues venimos a ver al niñote, ¿está aquí?-le dijo Marina con seriedad.

-dijiste que estaba aquí, ¿por qué le preguntas eso?-masculló Mau sin entender a Marina.
-¿vienen por Daniel? Pues sí, aquí está, aunque tienen suerte, estos días sólo viene a dormir, por las mañanas no sé dónde anda. Sigue muy triste.
   Entraron a la casa, Mau no pudo evitar pensar en aquella noche de la visión. Sobre todo cuando observó a Daniel mirar la televisión, sentado en el mismo sillón en el que se había acomodado la noche de la visión.
-antes de que les digas algo, yo los traje-le dijo Marina con suma autoridad, ya que el chico estuvo a punto de decir algo nada más ver a Julian y a Mauricio.
-bien… sólo que no me jodan.
-somos amigos, Daniel, queremos ayudarte en lo que sea, por eso hemos venido…
-¡no me vengas con tus mariconadas, inglés imbécil!
-¡no le hables así a mi primo!-le gritó Marina, y su mirada bastó para apaciguar a Daniel.
-ninguno se moleste, al parecer no nos considera sus amigos, no sé por qué nos molestamos en venir a verle-Mau sacó su inhalador, se dio una dosis y se sentó frente a Daniel, dispuesto a observar su reacción.
-deberían tranquilizarse, pequeños-les dijo Ginger.
   Daniel se limitó a mirarle con hosquedad.
-son mis amigos… lo sé, perdón por ser tan mierda… pero ustedes no comprenderían lo que es mi vida…
-¿por qué no?
-porque no…
-todos tenemos problemas, Daniel-dijo Mau y se dio otra dosis-mírame, soy un jodido asmático con constantes problemas de salud y antecedentes siquiátricos…
   Su amigo pareció bajar la guardia al escuchar esto último.
-¿antecedentes siquiátricos?-le preguntó Marina, quien se sentó a su lado.
-sí, estuve internado en un psiquiátrico cuando era chiquito, pero eso no importa.
   Los presentes se sorprendieron ante la revelación de Mauricio.
-no tienes porque hablar de eso, Mau. No estás loco…
-lo sé… bueno, al menos eso creo.
   Daniel tragó saliva. Luego comenzó a hablar de lo que había sucedido el martes, luego de regresar de la escuela.
   Regresó como siempre, a eso de las 3:30 de la tarde. Horario poco habitual en él, ya que si bien la secundaria terminaba a la 1:40, siempre le gustaba perder el tiempo con sus amigos a la salida, luego se iba a las canchas de fútbol del Pavón y se la pasaba mucho rato ahí. Llegaba casi hasta las cinco a su casa, pero ese día lo hizo más temprano por alguna razón. Al cruzar la puerta del modesto departamento de vecindad en el que vivía, se dio cuenta de que algo andaba mal al escuchar mucho ruido en el cuarto de su papá. Esos ruidos estaban acompañados de gemidos de placer, que detonaron su imaginación y su pervertida curiosidad. Espiar a su padre y su posible conquista, sería algo de lo que se arrepentiría el resto de su vida.
-Enrique Gómez no es mi padre-decía el muchacho mientras narraba a sus amigos-ni siquiera sé si la drogadicta que dice ser mi madre, lo sea…
-¿por qué lo dices?
-porque estaba con mi tío Adrián… digo, el puto asqueroso que decía ser mi tío…
-¿cómo? No entiendo…-musitó Julian y Daniel explotó.
-¡los dos estaban en la cama encuerados! ¡Son unos malditos jotos! ¡unos asquerosos maricones! ¿ahora lo entiendes? Los muy cerdos asquerosos estaban cogiendo… estaban…
   Se soltó a llorar, sus amigos estaban atónitos, ninguno sabía qué decir o hacer. Para su suerte, Daniel siguió hablando.
-me da asco pensar que esos maricones de mierda vivieron conmigo, engañándome sobre quienes eran, ¿y si me secuestraron cuando era un niño? ¿quién soy yo entonces?
-que tu papá sea… homosexual no significa que no seas su hijo-dijo Mauricio, con la temblorosa.
-¡él me lo dijo! El puñal ese me lo dijo…
-¿y tu mamá?-preguntó Ginger-¿qué te dijo sobre ella si él no es tu papá?
-me dijo que ella sí era mi mamá… me dijo que era su hermana… ¿pueden creer esa pendejada? Se inventó algo así como que mi mamá no me quería cuando nací y por eso él se hizo pasar por mi papá para que ella no me diera en adopción y no sé qué otras pendejadas…
-puede ser que te dijo la verdad…
-¡no digas pendejadas, Mau! Toda mi vida fue una mentira, y todavía se preguntaban por qué odiaba estar en casa. De alguna forma lo sospechaba… pero… pero no así, no que viviera con un par de putos maricones…
-tienes que regresar a tu casa-le dijo Julian.
-ni madres, nunca regresaré…
- ¿y qué piensas hacer entonces? -Ginger le preguntó-te puedes quedar aquí un tiempo más, pero no toda la vida, ¿vas a dejar la escuela? ¿dónde vas a vivir?
-pues en las calles, las conozco bien y no les tengo miedo, casi siempre he andado en ellas.
   Los cuatro adolescentes intentaron convencerlo, pero Daniel estaba más testarudo que de costumbre. Pero se veía frágil, y las lágrimas amagaban constantemente con acudir a sus ojos. Una vez se quebró, y se puso a llorar, pero casi de inmediato se detuvo, aún quería seguir guardando las apariencias frente a sus amigos. Entonces Mauricio decidió salir a hablar con todos sus amigos.
-tienes qué convencerlo-le dijo a Marina cuando salieron a la calle.
-¿qué? ¿por qué yo?
-porque tú le ayudaste en un principio, te ama y esa es la razón por la que te fue a buscar en primer lugar.
-¿me ama?, qué exagerado…-Marina se cruzó de brazos y evitó mirar a Mauricio.
-pues él no lo cree exagerado… deberías al menos tratar de convencerlo, como sea…
   Al final, Marina aceptó hacer lo que le pedía Mau. Entró a casa de Ginger y no salió hasta luego de media hora, acompañada de Daniel. La prima de Julian había convencido a Daniel de abandonar su idea de volverse un vagabundo y de volver a la escuela, pero no así de regresar a casa y hablar con su padre. Mauricio dispuso su casa para que su amigo viviera ahí hasta que revolviera el asunto con su “familia”, aunque todavía no sabía si quiera si su mamá estaría de acuerdo con ello… o el propio papá de Daniel, quien ante la ley, seguía siendo su tutor.
-ya nos preocuparemos por mi mamá cuando llegue el momento-dijo Mau antes de emprender el camino a la casa de los Silva. Sin embargo, Marina le dijo algo que lo perturbó, cuando se despidieron de ellos en la calle de Lago Wenner.
-tuve que besarlo, tuve que hacerlo para que me hiciera caso… sólo quería decírtelo porque eso no cambia en nada lo que siento por ti…
   Entonces ella se fue casi corriendo, dejando desconcertado a Julian, el cual tuvo que apresurarse para alcanzarla. Mau no tenía muy claro que era lo que Marina “sentía por él” ¿qué significaba eso? Sea como fuere, Verónica De Anda no opuso demasiada resistencia cuando Daniel le contó su situación. Pero para eso, tuvieron que llegar a un acuerdo con el papá del chico. El señor Enrique aceptó que su hijo se quedara con los Silva hasta que las cosas se calmaran un poco, pero bajo la condición de que Mauricio le convenciera de volver a su lado. Y así sería, pero por el momento, Daniel dormiría en el cuarto de Mau, ocupando la cama que era de Ángel, cosa que no agradó a Fernanda, pero tuvo que aguantarse. Las cosas serían así durante tiempo indefinido, pero no serían los únicos cambios en la vida de los muchachos.
  La cuestión familiar también se había trastornado un poco. No sólo por causa de Daniel, quien se había esforzado en ayudar en todo lo que pudiera a los Silva. Fernanda había hecho un cierto alboroto por culpa de Ginger, ya que la chica se presentó en un par de ocasiones a la puerta de la casa, pero la mayor de los Silva en esos momentos, se aseguró de que no hablara con Mauricio ni con nadie. La última vez, estuvo a punto de golpearla, pero su prima Luciana le detuvo. Pese a eso, Fer no cedió terreno y le dijo a su madre que “aquella zorra” había besado a su querido bebé Mau y le había estado pervirtiendo.
   Mau no pudo negar eso, y Verónica se puso del lado de su hija, prohibiéndole a su hijo volver a ver a “aquella zorra” Eso desató un periodo de enemistad en el que Fernanda y Mauricio, dejaron de hablarse, previo una pelea verbal llena de insultos e ironía.
   La escuela también se tornó extraña. Aún más, si eso era posible. Marina dejó de hablarles, en especial a Mauricio y a Daniel, aunque con su primo, como era natural no había cambiado nada. El grupo 23 se volvió el más escandaloso, el más indisciplinado y el de las peores calificaciones casi en un abrir y cerrar de ojos. Aunque Mau había llegado a un acuerdo con el profesor Victorino y la maestra Heidi, mejorando así su nota en Educación Física, el resto de sus compañeros empezaron a flaquear. La mayor sorpresa fue la de Mayra. La hermosa chica dejó de cumplir en la escuela. Se atrasaba con sus tareas, pedía apuntes de las clases a las que no prestaba atención, y en sus peores momentos, dejaba de entregar tareas.
   Mau comprendió que ese cambio tan repentino en su amiga no sólo había sido académico, como el de sus amigos en general. Su mejor amiga también se estaba portando diferente. Parecía más distante, en ocasiones no salía a disfrutar el receso con ellos por estar hablando de puras estupideces femeninas con las bobas y superficiales chicas populares del grupo. También había empezado a usar maquillaje y a llevar la falda del uniforme varios centímetros mucho más arriba de lo que era permitido, a modo de minifalda. Algo que no sólo reavivaba los de por si ya calenturientos sentimientos de los varones del 23, sino que perturbada sobremanera a Mauricio. Estaba claro que su belleza se resaltaba, pero había algo que no le gustaba de eso a él.
   Y nada tenía que ver que últimamente le estuviera ignorando categóricamente, como si aquellas pendejas de sus nuevas amigas y sus chismes pendejos, o la dura labor de ser la chica más popular de la escuela, fueran más relevantes que su amigo de toda la vida. Él intentó hablar de sus inquietudes con ella, pero parecía nunca tener oportunidad, simplemente ella estaba muy ocupada o nunca se encontraba en casa. Su vida social había aumentado tremendamente.
   Pero tras la siguiente firma de boletas, las cosas realmente se jodieron.

Pasaron las vacaciones de diciembre, los cumpleaños de Mayra y Mau, y otro periodo escolar del grupo 23 para el olvido, la maestra Heidi Ordiales Underwood se preparaba para recibir una vez más a los padres de familia. Con más malas noticias que buenas, lamentablemente.

   Para ese día, Verónica había sido acompañada por su marido, para que de esa forma pudieran asistir a las dos juntas que tenían. Verónica iría a la junta de Mauricio, y Ángel padre a la de su princesita Jenny.

   Entonces, como era habitual, las juntas comenzarían temprano, a primera hora tras el toque de la campana. La profe Heidi pronto despachó a Verónica, gracias a que Mau subió un poco su promedio y terminó ganándose uno de los primeros lugares, en este caso el lugar que Mayra había dejado. No había gran cosa por la que quejarse de Mau.

   El muchacho se alegró por eso, aunque Betty y la chica que se apellidaba como él, Ana Cristina De Anda sacaron mejores promedios. Sin embargo, esa felicidad se transformó en incertidumbre cuando miró el rostro desencajado de Derek Maldonado, el tío de Mayra. Era evidente que su amiga había sacado peores calificaciones de las que se pensaba. Intentó hablar con ella, pero todavía continuó un largo rato junto a su tío, escuchando el sermón de miss Heidi.
   Así que pronto se encontró con Julian y con Daniel, decidió ponerse a platicar con ellos. Su amigo seguía sin querer hablar con su padre, el cual sólo había ido a firmar y a retirarse. Julian por su parte, se mostraba satisfecho con sus calificaciones, al igual que su mamá.
   Pasaron unos minutos hablando de cosas banales y contándose los últimos pormenores de la firma de boletas, burlándose de las tres materias que había reprobado Gabriel Farías, principalmente. Entonces Mau volteó hacia dónde estaba la maestra Heidi, pero esta ya no hablaba con Derek y con Mayra, sino con el papá de Rosa. Intentó buscarla por todas partes, pero no la halló. En el salón 12 sólo había papás y mamás reprimiendo a sus hijos, y alumnos parloteando en silencio, regados por aquí y por allá. Pensó en dejar a sus amigos para ir en busca de Mayra, pero estos no le dejaron. Ellos siguieron bromeando y riendo, sin saber que la preocupación de Mau no se debía a que sus papás siguieran en la escuela, ocupados con su hermana Jenny.
   Pasaron otros minutos más, la profesora Heidi seguía despachando papás y enviando a sus alumnos a sus siguientes clases, pero Mayra no aparecía. Cuando Mauricio vio a Derek Maldonado abandonar la escuela por la rampa de salida, decidió dejar a sus amigos.
   No estaba en la sala 12 ni en ninguno de las otras aulas del tercer piso. Bajó al segundo, pero sólo lo revisó fugazmente, ya que sus padres estaban en el aula 4 hablando con Jenny. Fue entonces a la planta baja. Husmeó en la dirección, en la zona adyacente a los baños de los niños donde estaba la oficina del asesor académico de la escuela y al no ver actividad en el patio, algo le dijo que podría encontrarla en una de las dos últimas aulas. La 1 y la 2.
   Encontrarla como la encontró, sería uno de sus peores recuerdos de toda la vida.

Mayra estaba en la sala 2, una de las salas en las que Mauricio pensó que iba a encontrarla, pero no estaba sola. Gabriel Farías y ella estaban hasta el fondo del salón, ocultos por los pupitres que usaban los estudiantes, demasiado juntos, demasiado melosos y… besándose.
   Mau se paralizó al verlos, su corazón comenzó a palpitar rápidamente, parecía el motor de uno de los pequeños trenecitos de baterías doble A con los que solía jugar cuando era niño, sus piernas se tambaleaban y sus brazos languidecían cual muñeco de trapo. Sacó el inhalador, instintivamente, pero este se le escapó entre los dedos, sus manos habían empezado a sudar misteriosamente.
   El miserable objeto que utilizaba para no morirse ahogado, se estrelló estrepitosamente contra las baldosas del suelo del aula 2. El sonido resultante fue amplificado por el eco del amplio salón. Pero incluso unos momentos antes de darse cuenta de que alguien les estaba espiando, los muchachos continuaron con su apasionado beso. Mauricio jamás olvidaría aquella asquerosa mano de Gabriel, rozando su muslo y su hermosa nalga derecha, remarcada sobremanera por la falda príncipe de gales de Mayra. Jamás podría olvidar la expresión de Mayra mientras intercambiaba saliva y gérmenes con ese pedazo de pendejo, jamás podría olvidar el gesto de placer y perversión que dibujaba la cara de Gabriel Farías… jamás podría olvidar ese momento en que, por alguna razón, su corazón estalló en mil pedazos chiquititos, que cayeron con la misma fuerza e intensidad al suelo que su inhalador.
   Entonces los jovencitos se separaron, sobresaltados por la caída del inhalador y los pedacitos del corazón de Mauricio. La cara de horror de Mayra le dijo todo y nada a la vez, pero eso no importaba, ya nada importaba.
-¡Mauricio!-chilló Mayra, y se apartó de Gabriel lo más que pudo.
-no… no… no-gimoteaba Mau, casi imperceptiblemente.
-déjame explicarte, Mau, ven por favor…
-no… no… no…
-Mau…
   Y entonces echó a correr. Mayra salió tras él, pero el muchacho parecía haber adquirido un par de piernas extra porque subió rapidísimo las escaleras de en medio. Ella intentó alcanzarlo, había recogido su inhalador y le gritaba que parara, preocupada por el asma del muchacho y el feroz esfuerzo que estaba haciendo para correr y subir las escaleras. Mau subió hasta el tercer piso, pero su amiga, en mejor forma física que él, le pisaba los talones, así que su esfuerzo se multiplicaba y el asma comenzaba.
   Ella continuó gritándole, corriendo tras él sin importarle los brincos salvajes que daban sus enormes pechos, y las miradas lascivas que esto provocaba a los pervertidos de la 20. Pero sus gritos eran inútiles, Mauricio seguía corriendo a través de los diferentes pisos. Hasta que decidió regresar a la planta baja.
-¡tu asma, Mau, por favor detente!
   Mau no cejó, aunque prácticamente se moría por culpa de su garganta cerrada y sibilante, tenía resuelto a no dejar de correr. O se moría sofocado o se moría por tropezar con sus pies chuecos al caer desde lo alto de las escaleras, pero no dejaría de correr, no se dejaría alcanzar por Mayra.
   Pero la loable condición física de Mayra se hizo manifiesta de nuevo. Ella bajó por las otras escaleras, las más cercanas a los baños de los niños, por lo que logró emboscar a Mauricio que bajaba cual ciervo recién nacido con las patitas temblorosas, por las escaleras del centro, desmadrando el objetivo que se había puesto, el cual era salir por la puerta principal de la escuela, abierta de par en par para que los padres de familia salieran.
   No quedándole otra alternativa, Mauricio se lanzó a los baños de los niños, evitando los brazos de Mayra. Entonces ahí se atrincheró.
-por favor, Mauricio… no me hagas esto, déjame explicarte lo que acabas de ver-le decía ella, apenas jadeando, mientras que Mauricio parecía una cafetera silbante.
   Su amiga continuó implorándole que saliera del apestoso y seguro refugio que para él se había convertido el baño de los varones. Pero se negó, ni siquiera se dignó a contestarle. Claro, apenas podía respirar.
-por favor, Mau, no me obligues a entrar, sabes que voy a hacerlo… además, tengo tu inhalador.
   Nada, sólo el eco de sus jadeos.
-mira, lo que viste… no puedo decirte qué fue lo que viste sino sales. Por favor, te lo suplico, por nuestra amistad…
   Mauricio bajó la guardia un momento, se acercó a la puerta y asomó unos centímetros la cabeza, entonces Mayra aprovechó para estirar su brazo y tomarlo del suéter del uniforme. Mauricio luchó para liberarse y volver al interior del baño.
-¡Mauricio! No seas infantil… está bien, si tengo que ir por tu mamá para que te saque, lo haré, no me dejas alternativa.
    Estúpidamente volvió a bajar la guardia, pensando que Mayra se había ido en busca de su madre. Estaba aturdido y destrozado emocionalmente, pero algo le dijo que no era conveniente que su madre se enterara, no estando los dos, dentro de los muros de la escuela. Y salió de nuevo, pero la muchacha seguía al acecho, tan sólo se había pegado a las paredes de la dirección para evitar que él la viera al asomarse. Cuando Mau se hubo asomado lo suficiente, Mayra atacó. Lo sujetó del suéter y alcanzó a tomarlo de los brazos. Ambos lucieron su condición física en ese momento.
    Ella era muy fuerte, y él apenas un enclenque patético.
-por favor, por favor, Mau, déjame que te explique, déjame hablarte…-le decía ella entre forcejeos.
-No…no…-decía él entre lloriqueos.
    Fue así como la empujó con todas sus fuerzas, logrando que ella se tambaleara y casi se cayera de espaldas. Logró regresar al interior del aseo masculino tras un momento angustiante.
-está bien, tú me obligaste…-escuchó decir a la niña, antes de que recuperara su inhalador, que había caído en las lindes de la puerta del baño.
   Decidió quedarse ahí, tenía miedo de salir otra vez, no fuero que Mayra se la aplicara de nuevo y esta vez sí lograra atraparlo. Sin embargo, no tuvo que esperar demasiado. Tras fumigarse la garganta con su cosa esa atomizadora, su madre entró al baño de varones, sin un dejo de vergüenza.
   Su mirada era severa y no le dio tiempo ni de reaccionar cuando le tomó del cuello de la camisa. Al sacarlo a rastras del baño, Mau tuvo al menos un momento de alivio al ver que su padre no había bajado con su madre, o seguramente su espíritu se habría muerto ahí y jamás habría hecho lo que hizo ese día.
-muy bien, ¿qué está pasando aquí? -inquirió Verónica con el ceño fruncido.
-nada que te importe…-masculló Mauricio con rabia. Su mamá le miró sorprendida.
-con todo respeto, señora Verónica, esto es entre su hijo y yo-dijo Mayra, muy seria y con sus mejillas muy rojas.
-¿qué se traen ustedes dos? ¿Por qué estaban peleando?
-señora…
-¡no es nada que te importe!-rugió Mauricio. Entonces vio su oportunidad.
   Se zafó del brazo de su madre y echó a correr a la rampa de acceso. El señor Paco, el conserje, al percatarse de lo que planeaba hacer el muchacho, se apresuró a cerrar la puerta, pero este hombre era un lisiado que cojeaba de una pierna. Cosa que aprovechó Mauricio para taclearlo y derribarlo.
-¡Dios mío!-pudo escuchar gritar a su madre cuando derribó al miserable hombre. Pero aun así, pese al golpazo que se había dado, intentó sujetar a Mauricio del suéter. El muchacho tomó fuerza de quién sabe dónde, y se puso de pie, se quitó el puto suéter y se liberó de las manos del señor Paco. Entonces escapó a la libertad.
   

Continuó corriendo hasta llegar al deportivo Pavón, llegando hasta el límite de sus fuerzas. Con la persecución de Mayra y la carrera que se pegó para escapar de la escuela, sus piernas parecían de gelatina, era el mayor ejercicio que había hecho durante toda su vida.
   Así que sólo decidió meterse ahí. ¿a dónde más podría ir? Tan sólo caminó por los pasillos lustrosos del interior del edificio principal, siguió hasta que se topó con uno de los guardias del inmueble. Temeroso de que le dijera algo por estar tan temprano ahí, se detuvo y aguardó a que la autoridad le empezara a joder la existencia, pero el tipo sólo le miró fugazmente y pasó de largo. Luego recordó que a su hermano Ángel, cuando era más pequeño, le habían asaltado al salir de la piscina, demostrando que la competencia de aquellos policías estaba más que en duda, y si los asaltos y hechos ilícitos que ocurrían en el deportivo, les tenían sin cuidado, quizá ver a un mocoso que estaba yéndose de pinta nada tenía de relevante en sus vidas de servidores públicos.
   Lo dejó pasar y continuó su camino. Salió al exterior, recordando algunos de los momentos que pasó en el jardín de niños que estaba justo al lado, al que había asistido junto a Mayra…
   Tan sólo recordar su nombre le dolía. Parecía que durante el trayecto entre la escuela y el Pavón, su corazón se había vuelto a regenerar porque le había empezado a dolor. Quizá fue causa de la adrenalina liberada al derribar al pobre conserje, pero su corazón seguía, doliendo, sintiendo, jodiendo. Jamás había pensado que podría llegar a sentir semejante dolor. Y eso, habiendo pasado por muchos hospitales, clínicas y consultorios en los que fue puesta a prueba si dignidad humana, por ser tan enfermizo. Nada se comparaba a ese dolor. Ni las inyecciones, ni los palitos de madera en su garganta, ni la jodida manguera que le metieron en el hoyito del pito cuando estuvo en Miraflores y le ayudaba a mear sin ensuciarse, le dolieron más que ver a Mayra con Gabriel. Quizá porque el dolor no era físico, pero si pensaba mucho en él, pronto comenzaba a dolerle el estómago y las extremidades. ¿Qué era eso que estaba experimentando?
   Entonces avanzó hasta las miserables canchas de fútbol, a esa hora estaban vacías, pero él las recordaba siempre rebosantes de muchachos de la colonia, gritando, maldiciendo, celebrando un gol, viviendo la vida… Una vida que él no creía poder seguir viviendo. Deseó con todas sus fuerzas que ahí, en esas canchas maltrechas, estuvieran Ángel y Joaquín, jugando con otros muchachos mientras él los observaba, no era afecto al fútbol, pero disfrutaba ver a sus hermanos jugar, sobretodo porque era buenísimos. Mau nunca tuvo duda de que Ángel, de haberse dedicado al fútbol como quería su padre, se hubiera convertido en el crack más grande que México jamás haya visto. Pero Ángel se olvidó del fútbol, y se fue lejos. Cómo deseaba tenerlo cerca en esos momentos.
   El dolor de las piernas (y del corazón) le terminaron por pesar, y lo guiaron hasta una de las banquitas cercanas a la zona de juegos infantiles, donde se desplomó pesadamente, para luego ponerse a llorar de la forma más amarga y desconsolada. En su cabeza no dejaba de revivir la escena, Mayra besándose con Gabriel, besándose en la boca, rozando sus labios, tocando sus cuerpos… verla disfrutar a ella, verla feliz, verla diferente. Mayra era otra, no era la dulce chiquilla que había conocido en el jardín de niños Morelos, ese que estaba a tan sólo unos metros de él. Ya no era la niña que iba a leerle mientras estaba en Miraflores, ya no era la niña que le había jurado por siempre estar a su lado. Esa niña había crecido y se había transformado en algo diferente, en algo sucio, pero también…
   Quizá también se había transformado en algo que Mauricio anhelaba, pero que aún no estaba dispuesto a aceptar.
   Hundido en sus pensamientos, Mauricio jamás escuchó unos pequeños pasos acercarse a su posición. Sólo advirtió la presencia de alguien, cuando el típico sonido de una cerilla encendiéndose, interfirió con sus cavilaciones. Se dio cuenta de que alguien fumaba a su lado, sintió el olor del tabaco y una mirada que no supo interpretar.
   Giró la cabeza y la vio. Era una muchacha de largos cabellos negros, figura delgada, pero de atributos poco visibles ante los ojos de Mau, pues llevaba una gabardina o abrigo largo que cubrían gran parte de su anatomía. Tan sólo pudo ver sus bonitas piernas, enfundadas en unas medias rotas y tacones negros. Era hermosa, pero lo más intrigante de eso, eran sus ojos tremendamente rasgados, oscuros y enigmáticos.
   Mauricio pensó que se trataba de otra visión demencial, pues le parecía ilógico que estuviera viendo a una chica japonesa fumar ante sus ojos, en aquel lugar, temprano por la mañana y en el que se suponía que sólo estaba él. Entonces ella le dio una fumada a su cigarrillo y pudo constatar que estaba ante una persona de carne y hueso. Rápido se limpió las lágrimas, luego intentó ponerse de pie para salir corriendo, pero sus piernas flaquearon y le devolvieron a la banca. Sintió un calambre y se retorció de dolor. Parecía el ser más patético sobre la puta Tierra.
   Mau volteó otra vez. La chica se había sentado en un tiovivo, y ahora ya no le miraba, pero sentir los ojos del chico examinarla, le hizo volver sus ojos de nuevo. Mau fingió no haberla estado viendo, cuando pasó lo peor. Ella se puso de pie, pudo escuchar la grava bajo sus tacones. Para cuando se dio cuenta, ella estaba junto a su banca.
   Así pudo verla mejor. Era apenas un poco más alta que Fernanda y Ginger, casi tenía la altura de su mamá, pero era más delgada, sin llegar a ser un palito como Rosa. El abrigo seguía siendo un impedimento para que Mau pudiera determinar si estaba buena o no.
-hola, ¿me puedo sentar?-le preguntó. Su voz era suave y podía detectar un leve acento en ella, aunque parecía hablar el español tan bien como él.
   Mau no supo qué contestar, así que asintió. Ella se sentó a su lado.
-la cosa esa está muy incómoda-ella continuó fumando. Luego le ofreció un cigarrillo a Mau, quien la rechazó con un gesto.
   “Jamás pensé encontrar a alguien tan triste como yo en este lugar”
-¿tan triste como tú?-inquirió Mauricio, con la voz ronca.
   Pero ella lo miró sorprendida.
-¿perdón?
-¿por qué dijiste eso de que jamás pensaste encontrar a alguien tan triste como tú?
    La muchacha dejó caer su cigarrillo y lo aplastó con su tacón.
-no dije nada… sólo lo pensé, es que me pareces muy triste… y pues yo me he sentido así en estos días. No sé, será que es algo que reconozco muy bien.
-¿te parezco triste?
-pues dímelo tú, estabas llorando…
-sí, pero eso no tiene nada qué ver… fue… fue, un instante de debilidad, mi padre dice que sólo los débiles y los maricas lloran, los hombres no deben llorar…
-pues tu padre es un ojete…
   Mauricio la miró a los ojos, y de pronto se le hizo una mujer muy triste, era bonita, con todo y sus ojos rasgados, pero su semblante era melancólico, suplicante.
-es decir, no tiene nada qué ver, somos personas, hombres y mujeres, y sentimos dolor. Nadie puede reprocharnos por llorar, ni decirnos que no está bien hacerlo…-dijo ella.
-tienes razón… cuando dices que mi padre es un ojete.
   Se rieron, aunque muy brevemente.
-soy Mauricio… digo, si es que te interesa saber.
-¿a ti te interesa saber el nombre de una desconocida? Pues da igual, soy Akima.
-¿Akima? Tu nombre es… digo, eres… digo, ¿eres de algún lugar…?
-nací en Japón, pero me siento más mexicana que otra cosa. Llevo viviendo aquí desde los 2 años, más o menos y tengo 18 de edad. ¿Eso explica mi nombre tan raro?
-No es raro, de hecho es bonito, sólo que es una clase de nombre que uno no está habituado a escuchar. No quería ofenderte.
-descuida, Mauricio.
   Entraron de pronto a una clase de silencio, no era incómodo, pero raro porque ella era una desconocida, quizá se debía a que Mauricio se sentía un poco mejor, esa chica era agradable, y estar en su compañía también lo era.
-¿me das un cigarro?-inquirió él.
   Akima le extendió la cajetilla y Mau tomó uno. Se lo encendió con pericia y a la primera fumada, el chico se puso a toser como un anciano.
-¿primera vez qué fumas? Es un vicio asqueroso, espero no estar induciéndote a él.
-¿y qué? La vida es asquerosa, da igual si me muero con esta porquería a que si lo hago con otra cosa.
-¿vas a la secundaria? ¿cuántos años tienes?
-¿importa?
-importa porque se me hace muy triste que pienses de esa forma…
-tengo 14, pero eso no me impide ver lo mierda que es la realidad.
-¿en serio? ¿por qué piensas así?
-porque siempre piensas que las cosas son buenas, que las personas son buenas, que tu vida es buena porque confías en esas personas… pero ellas cambian, y lo hacen para mal, y no les importa lastimarte, aunque se den cuenta, les vale un reverendo pepino. Ella cambió conmigo, y no le importó romper esa promesa que nos habíamos hecho de estar siempre juntos, de ser los mejores amigos, ella… ella me traicionó…
-¿ella? ¿a quién te refieres?
   Mauricio cayó en la cuenta de que había hablado de más, había revelado ciertas cosas a una chava a la que apenas si conocía.
-a nadie…
-¿una chica especial?
-bueno… de que es especia… pues es especial. Pero no sé si… Mira, se trata de mi mejor amiga, la conozco desde el jardín de niños, hemos estado juntos toda la vida y ahora ella… ella se ha juntado con un pedazo de pendejo… los vi besándose en un salón vacío… los vi besándose… ellos se besaban…
   Entonces se soltó de nuevo a llorar. No le importaba que la chica japonesa le estuviera viendo. Pero al final de cuentas, no era algo malo, sintió las manos de la muchacha posarse en sus hombros, parecía ser como una amiga de toda la vida, su tacto era suave, cálido, un poco ardiente. Entonces una especie de descarga eléctrica le atravesó todo el cuerpo.

   Ella también pudo sentirla, y terminó por apartarse.
-¿qué fue eso?-inquirió ella.
-no tengo ni idea…
   Sus ojos negros le miraron, se habían vuelto un tanto hipnóticos. Mau no podía dejar de mirarlos.
-¿y la amas?
-¿qué? No… yo no… es sólo mi amiga, pero…
-pues te molesta que se bese con otro chico, ¿ese chico es tan malo que crees que no debería estar con ella?
-es un hijo de la gran puta… un cáncer, no es correcto que esté con él…
-pero fue su decidió, ¿no? Si la quieres tanto como dices, deberías respetarla en eso.
-es que… no puedo, no puedo…
   Se llevó las manos a la cabeza, y exclamó fuertemente. Luego se jaló el cabello, con desesperación.
-yo la amo… yo la quiero, estoy enamorado de ella…
   Y como aquella vez de su primer día de clases, se sintió liberado, liberado por haberse quitado algo que le oprimía, aunque ni siquiera supiera de qué se trataba con exactitud. ¿Era eso? ¿Estaba enamorado de Mayra? Era un hecho, la amaba con todas sus fuerzas, y no necesitaba ser un genio, o si quiera tener un poco más edad, sabía que quería a Mayra, que la necesitaba como el aire que respiraba, que la deseaba como nunca antes había deseado algo.
-la amo… la necesito… la amo.
-¿y por qué no se lo dices?
-pues… no lo sé… siempre ha sido mi amiga, no sé cómo decirle que ahora tengo otros sentimientos… me siento confundido… ¿qué hago?
-pues decírselo, ¿qué podría pasar?-Akima sacó un pequeño reloj sin correas y rápidamente le echó un vistazo-son más de las 9, ¿te gustaría desayunar conmigo? Yo invito…
-pues… creo que estaría bien, no es que tenga que volver a la jodida escuela.
   Akima lo tomó de la mano, y se lo llevó de ahí. Salieron del Pavón de la misma forma en que lo habían hecho, sin ser notados ni ser molestados. Se pusieron en marcha, sobre Lago Trasimeno, pues querían tomar la calle de Daniel Cabrera para pasar detrás de la escuela secundaria y evitar ser vistos por alguien conocido, al menos para Mau.
   Mientras entraban al mercado por Lago Ammer, Akima le había dicho que trabajaba de noche y aquella mañana estaba de salida. El motivo para haber estado en el Pavón a esas horas, era por causa de la pequeña rutina que llevaba, cada mañana luego de salir de trabajar, y antes de ir a casa. Aunque la chica nunca le especificó en qué lo hacía.
   Dieron un recorrido por los múltiples puestos del mercado, luego se detuvieron frente a un local de antojitos mexicanos, tomaron un par de bancos altos y se sentaron, muy juntos.
De pronto, aspirar el tufo de los vapores de la parrilla de aquel puesto, le hizo sentir a Mau una intensa hambre, quizá por las calorías quemadas durante la persecución con Mayra, ahora tenía un gran apetito, aunque horas antes se hubiera desayunado un platón de cereal.
   Pidieron dos gorditas y dos jugos embotellados. Comieron en silencio, escuchando el barullo del mercado a esas horas de la mañana, no era nada incómodo, sino todo lo contrario. Al terminar, Akima pagó las comidas de ambos. Cuando sacó una pequeña cartera de su abrigo, Mauricio se dio cuenta de que llevaba varios billetes de alta denominación.
-entonces, ¿qué has pensado?-le preguntó ella, mientras salían a la calle de Lago Ammer, para salir por la parte trasera del mercado.
-no lo sé… la verdad, no tengo ni puta idea.
-si me preguntas, lo primero que deberías hacer es volver a tu casa y enfrentarte a tu familia, por lo de irte de pinta. Ya que no creo que vayas a volver a la escuela, ¿verdad?
-no quiero volver… no quisiera volver nunca a la escuela ni a mi casa.
-¿vives cerca?
-en Wenner, ¿conoces?
-sí, está cerca, ¿no te da miedo andar por aquí? Cualquiera te podría ver.
-por eso quiero irme ya, si vuelvo al Pavón… quizá…
-pues si quieres puedes acompañarme a mi hogarcito…
-¿en dónde vives?
-en el Panal, ¿conoces?
   Mauricio hizo un breve repaso a sus recuerdos urbanos. No era un chavo de salir mucho y por ende no tenía gran conocimiento de su entorno, pero su amistad con Daniel le había llevado por muchos sitios de interés por el barrio, inclusive por los focos rojos. No pudo más que pensar en una cosa.
   “Es una ratonera”
-sí, es una ratonera, pero a estas horas está tranquila, además, vas conmigo… digo, si quieres ir.
-pues no me queda de otra, ¿no?
-te queda regresar con a tu casa y enfrentar lo que sea que te espere…
-¿insinúas que soy un cobarde?
-no dije eso, ni nada parecido… sólo quiero ayudarte.
   Akima no tenía por qué ayudarlo, de hecho. Apenas si se conocían y ni él, ni ella, ni las gorditas que se habían zampado en un humilde puesto de comida mexicana, eran suficientes como para confiar mutuamente. Se conocían apenas un par de horas y era ridículo pensar en lo que ella le estaba proponiendo. Pero había algo raro con ella. No era algo sospechoso, simplemente raro, porque parecía que podía confiar en ella, era una sensación de familiaridad, parecida a la que sentía estando con sus amigos. Le proporcionaba tranquilidad. Además, era una chica linda, y un hombre rara vez se negaba a seguir a una chica linda, aunque esta lo llevara al infierno.
   Mau aceptó y se fue con ella. El callejón del Panal, no estaba lejos de ahí, sólo deberían seguir por Lago Trasimeno y adentrarse en una estrecha callejuela, pasando por Lago Wetter y luego por Rinconada de Casa Amarilla. La casa de Akima era una especie de vecindad, con cuatro cuartitos a los que se accedía por un pasillo pequeño y claustrofóbico de aspecto miserable. Al entrar, avanzaron por aquel pasillito, hasta el fondo a la derecha, donde estaba la puerta de la chica. Ella metió una llave en la cerradura y le invitó a pasar.
   El interior del cuartito de Akima estaba oscuro, por lo que a Mau le costó acostumbrar sus ojos, la luz era escasa ante la ausencia de ventanas y sólo se podía filtrar por el vidrio superior de la puerta. Esa primera estancia era pequeña, con espacio suficiente para una mesita, un par de sillas, un mueble con una televisión diminuta y un refrigerador, también diminuto, incluso más que el de la casa de Mau. Esa estancia estaba dividida por un muro, con una abertura del tamaño de una puerta, aunque carecía de ella, y sólo estaba protegida por una cortina floreada, detrás parecía estar el lugar dónde la chica dormía. Luego estaba una puerta, que servía como entrada a un reducido baño, del cual salió una mujer completamente desnuda.
   En cuanto Akima cerró la puerta, la otra mujer se percató de la presencia de Mauricio. Ella no se apresuró a colocarse una toalla y miró con una mirada divertida y curiosa al adolescente que tenía enfrente.
-¡hola!, ¿qué tenemos aquí?-le dijo la mujer.
-Marta, pensé que ya estarías en…
-se me hizo un poco tarde, Akima. Pero ya me voy… ¿quién es tu amiguito? Se ve muy chavito para ser cliente.
-nada de eso-se apresuró a decir Akima-es un amigo que me encontré, sólo estará aquí un momento.
-lo que digas…
   La mujer se metió tras la cortina floreada. Akima le señaló una de las sillas para que se sentara. Y así lo hizo. Pasaron algunos minutos, la otra mujer salió, ahora vestida, como una puta, al menos así la catalogaría Fernanda. Maquillaje exagerado, tacones altos, vestido ajustado y muy corto, bañada en litros de perfume… Mauricio no quería hacerse la idea de qué clase de mujer era su nueva amiga tan sólo por ver a esa otra chica, pero no podía evitarlo. ¿En dónde carajo había ido a parar?
   La compañera de Akima salió del cuarto, entonces ella se metió tras la cortina y regresó transcurrido un tiempo, ya sin la gabardina ni los tacones. Ahora vestía un short pequeño, amarillo y deslavado, y una playera con propaganda de un partido político, también vieja y deslavada. Mauricio se estremeció, algo en su interior se despertó.
-mira, tengo que dormir un poco, si quieres puedes mirar la tele, el baño está ahí y hay una coca cola en el refri si te da sed. Si quieres irte, sólo espero que recuerdes el camino al Pavón.
-gra-gracias-balbuceó él.
   Ella amagó con regresar a su habitación, pero se detuvo a mirarle. El ambiente se tornó tenso.
-pero si también quieres echarte una siesta, puedes venir conmigo… me refiero a que tenemos una litera, puedes dormir en la cama de arriba.
-gracias… veré la televisión-dijo y encendió el pequeño aparato. Akima se metió al cuarto sin decir nada más.


   Mauricio se quedó un rato mirando la televisión. Pero ese rato duró demasiado. El aparato era una menuda porquería, y sólo tenía canales de televisión abierta, que se miraban mal y con mucha estática, pero con todo y eso, se quedó mirándolo hasta las 11 de la mañana, según el pequeño reloj de manecillas que estaba en el mueblecito de la TV.
   Dio un largo bostezo y luego decidió apagar el aparato. Se puso de pie y empezó a rondar por el cuarto. No supo porque lo hizo, pero cruzó por la cortina floreada que protegía la intimidad de la estancia del dormitorio de Akima. Se trataba de un lugar pequeño, ocupado en su mayoría por la litera en dónde dormían las dos inquilinas de esa casa, dejando un miserable espacio para una extraña estructura metálica hecha de ganchos, repleta de ropa que era de ellas.
   Tras echar un breve vistazo a todo, sus ojos se dirigieron a la chica japonesa que yacía en la cama de abajo. Akima dormía a pierna suelta, apacible, dulcemente. Las cobijas parecían molestarle porque estas estaban hasta el fondo de la cama, despojándola de todo pudor que pudiera tener. Se fijó en sus pies descalzos, eran pequeños y finos, sus largas piernas delgadas, sus muslos, el shorcito que cubría sus nalguitas… El chico no pudo evitar aquellas sensaciones extrañas que últimamente le provocaban las mujeres, el mirar mujeres. El desear mujeres…
-¿quieres acostarte?-Akima abrió los ojos. Mauricio tragó saliva, y se atragantó con sus palabras.
-No… sé…
-ven, sólo a dormir, creo que todavía falta para que acabe la escuela.
-no creo que sea buena idea…
-ven, quítate los zapatos…
   Mau lo hizo, sin apresurarse, se quitó los zapatos, los arrojó a un lado de los tacones de Akima y se sentó junto a ella en la cama de abajo. Se estuvo un momento así, dándole la espalda hasta que ella lo obligó a recostarse. Le pasó su brazo por el pecho y sintió su aliento en su nuca. El chico temblaba.
-tranquilo, tranquilo-le susurraba ella-no te voy a hacer nada… nada que no quieras.
-carajo… Dios mío-gimió Mau cuando se dio cuenta de la enorme erección que abultaba sus pantalones, pero Akima no pareció darse cuenta, ella seguía abrazándolo y respirando en su cuello.
-hace unos días conocí a un hombre maravilloso-la japonesa continuó susurrando-es alto… muy alto, muy guapo, de cabellos castaños y ojos azules, con un cuerpo… bueno, no quiero ser tan detallista, pero… No sé porque te cuento esto, pero creo que estoy enamorada de él, así como tú de tu amiga especial. Y mi vida se ha vuelto un poco más miserable por eso.
-¿por qué lo dices? ¿el amor es algo miserable?
-no lo es, Mau. El amor es precioso, como el sexo, pero yo no puedo amarlo, y él no puede amarme. Por eso no te rindas, lucha por tu amiga…
-Mayra…
-lucha por Mayra, lucha por ganar su corazón, tú que puedes… hazlo, te lo pido por favor.
   Sorpresivamente, ella bajó su mano hasta su entrepierna, y como si se topara con una sorpresa agradable, dio un gemido, apenas perceptible cuando palpó la erección del muchacho.
-eres… eres un buen niño.
   Akima se apartó un poco, Mau notó que hacía movimientos extraños y se obligó a voltear. Se había quitado la playera con propaganda política, sus senos ahora estaban visibles, desnudos y perfectos. No eran muy grandes ni muy pequeños, eran del tamaño justo, con sus pezones oscuros en su correcto lugar, ni levantados ni caídos. Él no dudó en acariciarlos. Pero se arrepintió al momento, y retiró sus manos avergonzado. Recordando aquella vez en que le hizo lo mismo a Mayra, y ella había gritado.
-lo lamento… no quería…
-no te preocupes, por eso me quité la camisa, para que me tocaras…
-pues no es necesario.
   Akima sonrió y se le quedó mirando.
-ayer estuvimos desnudos mientras comíamos una pizza y bebíamos champaña. Hablamos, a él le gusta hablarme, y a mí me gusta escucharlo… aunque también me gusta acariciar su cuerpo y que él me diga lo hermosos que le parecen mis pechos. Desde el primer día que nos conocimos lo hacemos, para mí debería ser un trabajo más… mi primer trabajo, pero nunca imaginé que me enamoraría tanto… aunque… aunque ni siquiera hemos hecho el amor. Sólo nos dedicamos a hablar, y a sentirnos bien. Cuando estoy con él, pareciera que el mundo se detiene y que no importa nada más, que no importa mi miseria ni la dura vida que me toca, ni el destino que tengo a ser prostituta el resto de mi vida… No hagas esa cara, no he estado con ningún hombre, hace unos días cumplí los 18, y para la gente con la que trabajo, ya era hora de que me graduara, me han condenado a ser una mujer que vende su cuerpo por dinero y él debería haber sido mi primer trabajo, pero no lo fue, fue otra cosa… por eso no podemos estar juntos.
-¿quién te ha condenado? ¿Por qué hablas como si no tuvieras elección?
-porque no la tengo, Mau, la gente que me ha mantenido cautiva en este país, decide cual es mi destino, yo no puedo…
   Las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas. Mau no supo qué hacer más que besarla. La besó en los labios, acarició sus pechos e intentó bajarse la cremallera del pantalón, no tenía muy en claro cómo hacerle el amor a una mujer, pero estaba decidido a ello, aunque tuviera que averiguarlo sobre la marcha. Ella le correspondió, pero sus lágrimas eran muy tristes, muy agónicas, desvirgarse mutuamente no iba a cambiar el hecho de que ella se sentía miserable por su condición. Y se sintió verdaderamente mal, qué afortunado era por ser tan sólo un adolescente llorón y enfermizo, jamás podría imaginar los tormentos por los que pudo pasar aquella chica, que ni siquiera estaba en su país de origen. ¿Qué derecho tenía Mauricio Silva De Anda para hacerle el amor a una chica indefensa? Aunque esta quisiera, sería por razones equivocadas, pues no importaba que fuera mayor que él, priorizar su calentura adolescente sobre la desubicación que sufría ella, no era algo muy noble.
-quítate la ropa-le ordenó ella, mientras empezaba a quitarse el short.
   Pero Mauricio la detuvo.
-No…
-¿por qué no?
-pues porque no… mira, sí quiero, eres muy bonita y estoy muy cachondo… pero no sería correcto. ¿qué cambiaría? Yo sería el mocoso de 14 que se coge a una chava mayor que él, ¿y tú? ¿Cambiaría algo en tu vida si lo hiciéramos ahorita?
-¿y a ti qué te importa? Sólo vamos a coger y ya, tienes un pito muy grande y estás tan caliente como yo… Además, ni siquiera me conoces, ¿por qué te interesarían mis sentimientos?-Ella lloraba.
-porque quiero conocerte… quiero ayudarte.
   Mau se acercó a ella, pero esta vez no la besó, en cambio, la abrazó lo más cariñosamente que pudo, con decisión y con ternura, luchando por perder el deseo sexual, aquello ya no tenía relevancia, perder la virginidad no era importante. Ella era importante.
-bésame y tócame, y dime de nuevo si no quieres estar conmigo…-le susurró ella, apenas en un gemido.
   La besó y acarició, pero nada cambió en él.
-quiero ayudarte… déjame ayudarte.
-¿cómo podrías? Sólo eres un mocoso tonto, que se escapa de la escuela por berrinches…
-pero querías que este mocoso te metiera la verga…
-aún lo quiero…
   Y se soltaron a reír. Eran carcajadas estruendosas, relajadas, un poco forzadas, pero liberadoras, de alguna manera. Gradualmente se fueron convirtiendo en llanto. Ambos soltaron la lágrima y se volvieron a abrazar. Así se quedaron un largo rato, llorando y abrazándose. Todavía se estuvieron tocando y besando, Akima estrujó su pene en varias ocasiones, y ella le obligó a meter su mano dentro de su short, pero poco a poco fueron perdiendo el deseo y la calentura, jamás llegando a algo más allá. Mau perdió la erección, aún con los pechos de ella frente a él, desnudos y tan a la mano. Y se fueron perdiendo en la inconciencia de un abrazo triste, de unas lágrimas anhelantes, de un deseo reprimido, de un amor fraternal que comenzaba a nacer. Él la estrechó con mucho amor, ella sonrió, sintiéndose protegida y amada, ambos lloraron un poco más y al fin, se quedaron dormidos.

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