IX
La japonesa.
Las
cosas comenzaron a cambiar tras la segunda firma de boletas para Mauricio Silva
y sus amigos. No sólo en lo académico, ya que el grupo 23, había sido uno de
los peores calificados, entre los segundos grados, y también entre
toda la escuela. Algunas cosas en la vida de los chicos de igual manera comenzarían a
ser diferentes.
Múltiples seises y sietes, además de las 5 materias
reprobadas por Miguel, el primo de Palomares y las calificaciones reprobatorias
en educación física de Rosa y Mau, condenaron el prestigio de la maestra Heidi
como asesora del grupo 23, ya que por lo regular, ella siempre se esforzaba en
hacer que sus alumnos siempre sacaran las mejores calificaciones, llegando a
acuerdos con los diferentes maestros, con los padres de familia y dando grandes
recompensas a sus estudiantes si lograban los objetivos que se trazaban. Sin
duda era una profesora comprometida, pero en este bimestre y con este grupo en
especial, parecía estar topando con pared.
Los únicos promedios altos que ayudaron al
grupo a no estar tan patéticamente abajo, fueron los de Mayra, Betty y Ana
Cristina De Anda, una de las chicas pomposas de las populares del grupo.
Mauricio y Julian hubieran entrado en el ranking de los aplicados, pero sacaron
7 en Física y en Formación Cívica y Ética, respectivamente. Pero eso sólo era
en lo académico.
Al empezar el nuevo bimestre, algunas cosas
comenzaron a cambiar para los muchachos. Cierta semana, Daniel faltó durante
tres días seguidos, por lo que su padre fue citado a la escuela para justificar
las faltas del muchacho. Pero ese día, la maestra Heidi interrumpió la clase de
matemáticas del grupo 23, para llevarse a Mauricio con ella, quien no hizo
pregunta alguna hasta que llegaron a la oficina de la trabajadora social. Ahí
estaba el papá de Daniel.
Hay que explicar que Daniel era hijo de un
matrimonio divorciado. Él vivía con su padre y su tío Adrián, ya que en sus
propias palabras, su madre estaba loca y nunca había aprobado el examen para ser una
buena madre. Lo cierto era que, ni Mayra ni Mauricio, sus mejores amigos,
sabían demasiado de este aspecto de la vida de Daniel, él siempre se había
mostrado muy reservado cuando se trababa de su vida familiar. De hecho,
ninguno, salvo Mauricio, había estado en su casa jamás, y de igual manera sólo
él sabía en donde vivía.
La visita del papá de Daniel no sólo se
debía a la cita que le había agendado la trabajadora social, se debía también a
que el chico había escapado de casa y ya llevaba varios días sin aparecer. Por
eso, Mauricio no se sorprendió cuando al señor Enrique Gómez se le iluminó el
rostro nada más verlo entrar junto a la maestra Heidi.
El hombre le contó lo ocurrido y le preguntó
si sabría a dónde pudo haber ido su hijo. Mau no estaba seguro, así que le
pidió a la maestra traer a Mayra también. Y de esa forma, cuando Mayra fue sacada de clase, llegaron a la conclusión de que Daniel podría
haber ido a su escondite en unas construcciones abandonadas en Lago Mask. Lugar
al que Daniel les había llevado en algunas ocasiones, pero que sobretodo,
utilizaba para fumar o meditar tranquilamente sobre sus problemas, aunque por
su amistad con Gabriel y Cisneros, este sitio también se había convertido en un
refugio de viciosos, ya que estos tipejos solían también usarlo para ciertas
actividades reprobables.
El señor Enrique les agradeció, y
rápidamente salió de la escuela para dirigirse al lugar que le habían indicado.
Sin embargo, horas más tarde, cuando ya había acabado la escuela y Mau se
encontraba en su casa, su hermana Fernanda, le anunció que tenía visitas.
El chico deseó que se tratara de Daniel,
estaba preocupado porque no llegó saber si su padre lo había encontrado o no.
Pero no se trataba de él. Marina y Julian habían ido a visitarlo.
Les preguntó como era natural, si sabían
algo de Daniel, y entonces tuvo un momento de esperanza cuando el inglés y su
prima se miraron cuales cómplices criminales.
-Daniel
no quiere que lo encuentren… pero Julian me dijo que su papá vino hoy a buscar
ayuda en la escuela y entonces me preocupé…-le dijo Marina.
-¿sabes
dónde está?
Marina dudó, se quitó algunas arrugas del
vestidito floreado que llevaba ese día mientras se aclaraba la garganta.
-creo…
-dile
lo que me dijiste a mí, Mari-la conminó Julian, pero su prima le lanzó una
mirada de súplica, parecía incómoda hablando de eso.
-Marina,
hace unas semanas parecía que lo odiabas por pedirte que fueras su novia, ¿ahora
lo quieres proteger? ¿eres hipócrita?
Ella lo miró dolida.
-no
seas así conmigo, Mau…
-perdóname,
pero es mi amigo y estoy preocupado por no saber nada de él.
-si
es tu amigo, ¿Por qué no fue contigo antes que conmigo?
Ahora Mau parecía dolido.
-ya,
Mari, dile por favor-insistió Julian.
-pues
vino a verme el martes-comenzó Marina-pensé que sólo venía a molestar con el
mismo pretexto de ir a ver a Julian… pero Julian no estaba, asi que salí a ver
qué quería y entonces se soltó a llorar y me dijo… me dijo que no quería volver
a su casa nunca más y que quería que yo le ayudara.
-te
dijo que te amaba, ¿verdad?
-¿cómo
lo supiste?... da igual, yo sé dónde está.
-¿te
dijo por qué no quería volver a su casa?
-sí,
pero eso mejor que te lo diga él, por eso vinimos, a llevarte.
-¿tú
sabes dónde está, Julian?
El
inglés negó. Salieron de casa de Mau a eso de las 4 de la tarde, con dirección
a la calle que los llevaba a la escuela secundaria 20. Fue por eso que el chico
se dio cuenta de adónde los llevaba Marina. Pasaron la escuela, pasaron el
deportivo, pasaron la iglesia y entonces Julian comentó lo siguiente:
-por
aquí vive Rosa, ¿no?
“Y Ginger” Pensó Marina, pero por alguna
razón, Mauricio también lo hizo.
-¿está
en casa de Ginger?-cuestionó Mauricio. Marina asintió.
-¿por
qué no nos dijiste?-reprochó Julian, pero su prima sólo se encogió de hombros.
Llegaron
hasta la puerta de la casa de Ginger, Marina no dudó en tocar la puerta.
-me
pregunto si Rosa estará en su casa-habló Mauricio mientras esperaban a que
alguien saliera.
-vive
como a cinco o seis casas, calle arriba-dijo Julian.
Ginger no tardó en salir. La chica se alegró
al verlos, y Mauricio lo hizo otro poco tanto. Se veía diferente, no sólo por
el tinte rubio que había aplicado a su cabello negro, este se veía un poco más
largo, parecía más alta y más deliciosa, hablando de sus formas femeninas,
quiero decir.
-¡órale!,
¡qué sorpresota! ¿qué están haciendo aquí?-la muchacha saludó a los tres.
-pues
venimos a ver al niñote, ¿está aquí?-le dijo Marina con seriedad.
-dijiste
que estaba aquí, ¿por qué le preguntas eso?-masculló Mau sin entender a Marina.
-¿vienen
por Daniel? Pues sí, aquí está, aunque tienen suerte, estos días sólo viene a
dormir, por las mañanas no sé dónde anda. Sigue muy triste.
Entraron a la casa, Mau no pudo evitar
pensar en aquella noche de la visión. Sobre todo cuando observó a Daniel mirar
la televisión, sentado en el mismo sillón en el que se había acomodado la noche
de la visión.
-antes
de que les digas algo, yo los traje-le dijo Marina con suma autoridad, ya que
el chico estuvo a punto de decir algo nada más ver a Julian y a Mauricio.
-bien…
sólo que no me jodan.
-somos
amigos, Daniel, queremos ayudarte en lo que sea, por eso hemos venido…
-¡no
me vengas con tus mariconadas, inglés imbécil!
-¡no
le hables así a mi primo!-le gritó Marina, y su mirada bastó para apaciguar a
Daniel.
-ninguno
se moleste, al parecer no nos considera sus amigos, no sé por qué nos
molestamos en venir a verle-Mau sacó su inhalador, se dio una dosis y se sentó
frente a Daniel, dispuesto a observar su reacción.
-deberían
tranquilizarse, pequeños-les dijo Ginger.
Daniel se limitó a mirarle con hosquedad.
-son
mis amigos… lo sé, perdón por ser tan mierda… pero ustedes no comprenderían lo
que es mi vida…
-¿por
qué no?
-porque
no…
-todos
tenemos problemas, Daniel-dijo Mau y se dio otra dosis-mírame, soy un jodido
asmático con constantes problemas de salud y antecedentes siquiátricos…
Su amigo pareció bajar la guardia al
escuchar esto último.
-¿antecedentes
siquiátricos?-le preguntó Marina, quien se sentó a su lado.
-sí,
estuve internado en un psiquiátrico cuando era chiquito, pero eso no importa.
Los presentes se sorprendieron ante la
revelación de Mauricio.
-no
tienes porque hablar de eso, Mau. No estás loco…
-lo
sé… bueno, al menos eso creo.
Daniel tragó saliva. Luego comenzó a hablar
de lo que había sucedido el martes, luego de regresar de la escuela.
Regresó como siempre, a eso de las 3:30 de
la tarde. Horario poco habitual en él, ya que si bien la secundaria terminaba a
la 1:40, siempre le gustaba perder el tiempo con sus amigos a la salida, luego
se iba a las canchas de fútbol del Pavón y se la pasaba mucho rato ahí. Llegaba
casi hasta las cinco a su casa, pero ese día lo hizo más temprano por alguna
razón. Al cruzar la puerta del modesto departamento de vecindad en el que
vivía, se dio cuenta de que algo andaba mal al escuchar mucho ruido en el
cuarto de su papá. Esos ruidos estaban acompañados de gemidos de placer, que
detonaron su imaginación y su pervertida curiosidad. Espiar a su padre y su
posible conquista, sería algo de lo que se arrepentiría el resto de su vida.
-Enrique
Gómez no es mi padre-decía el muchacho mientras narraba a sus amigos-ni
siquiera sé si la drogadicta que dice ser mi madre, lo sea…
-¿por
qué lo dices?
-porque
estaba con mi tío Adrián… digo, el puto asqueroso que decía ser mi tío…
-¿cómo?
No entiendo…-musitó Julian y Daniel explotó.
-¡los
dos estaban en la cama encuerados! ¡Son unos malditos jotos! ¡unos asquerosos
maricones! ¿ahora lo entiendes? Los muy cerdos asquerosos estaban cogiendo…
estaban…
Se soltó a llorar, sus amigos estaban
atónitos, ninguno sabía qué decir o hacer. Para su suerte, Daniel siguió
hablando.
-me
da asco pensar que esos maricones de mierda vivieron conmigo, engañándome sobre
quienes eran, ¿y si me secuestraron cuando era un niño? ¿quién soy yo entonces?
-que
tu papá sea… homosexual no significa que no seas su hijo-dijo Mauricio, con la
temblorosa.
-¡él
me lo dijo! El puñal ese me lo dijo…
-¿y
tu mamá?-preguntó Ginger-¿qué te dijo sobre ella si él no es tu papá?
-me
dijo que ella sí era mi mamá… me dijo que era su hermana… ¿pueden creer esa
pendejada? Se inventó algo así como que mi mamá no me quería cuando nací y por
eso él se hizo pasar por mi papá para que ella no me diera en adopción y no sé
qué otras pendejadas…
-puede
ser que te dijo la verdad…
-¡no
digas pendejadas, Mau! Toda mi vida fue una mentira, y todavía se preguntaban
por qué odiaba estar en casa. De alguna forma lo sospechaba… pero… pero no así,
no que viviera con un par de putos maricones…
-tienes
que regresar a tu casa-le dijo Julian.
-ni
madres, nunca regresaré…
-
¿y qué piensas hacer entonces? -Ginger le preguntó-te puedes quedar aquí un
tiempo más, pero no toda la vida, ¿vas a dejar la escuela? ¿dónde vas a vivir?
-pues
en las calles, las conozco bien y no les tengo miedo, casi siempre he andado en
ellas.
Los cuatro adolescentes intentaron
convencerlo, pero Daniel estaba más testarudo que de costumbre. Pero se veía
frágil, y las lágrimas amagaban constantemente con acudir a sus ojos. Una vez
se quebró, y se puso a llorar, pero casi de inmediato se detuvo, aún quería
seguir guardando las apariencias frente a sus amigos. Entonces Mauricio decidió
salir a hablar con todos sus amigos.
-tienes
qué convencerlo-le dijo a Marina cuando salieron a la calle.
-¿qué?
¿por qué yo?
-porque
tú le ayudaste en un principio, te ama y esa es la razón por la que te fue a
buscar en primer lugar.
-¿me
ama?, qué exagerado…-Marina se cruzó de brazos y evitó mirar a Mauricio.
-pues
él no lo cree exagerado… deberías al menos tratar de convencerlo, como sea…
Al final, Marina aceptó hacer lo que le
pedía Mau. Entró a casa de Ginger y no salió hasta luego de media hora,
acompañada de Daniel. La prima de Julian había convencido a Daniel de abandonar
su idea de volverse un vagabundo y de volver a la escuela, pero no así de
regresar a casa y hablar con su padre. Mauricio dispuso su casa para que su
amigo viviera ahí hasta que revolviera el asunto con su “familia”, aunque todavía
no sabía si quiera si su mamá estaría de acuerdo con ello… o el propio papá de
Daniel, quien ante la ley, seguía siendo su tutor.
-ya
nos preocuparemos por mi mamá cuando llegue el momento-dijo Mau antes de
emprender el camino a la casa de los Silva. Sin embargo, Marina le dijo algo
que lo perturbó, cuando se despidieron de ellos en la calle de Lago Wenner.
-tuve
que besarlo, tuve que hacerlo para que me hiciera caso… sólo quería decírtelo porque
eso no cambia en nada lo que siento por ti…
Entonces ella se fue casi corriendo, dejando
desconcertado a Julian, el cual tuvo que apresurarse para alcanzarla. Mau no
tenía muy claro que era lo que Marina “sentía por él” ¿qué significaba eso? Sea
como fuere, Verónica De Anda no opuso demasiada resistencia cuando Daniel le
contó su situación. Pero para eso, tuvieron que llegar a un acuerdo con el papá
del chico. El señor Enrique aceptó que su hijo se quedara con los Silva hasta
que las cosas se calmaran un poco, pero bajo la condición de que Mauricio le
convenciera de volver a su lado. Y así sería, pero por el momento, Daniel
dormiría en el cuarto de Mau, ocupando la cama que era de Ángel, cosa que no
agradó a Fernanda, pero tuvo que aguantarse. Las cosas serían así durante tiempo
indefinido, pero no serían los únicos cambios en la vida de los muchachos.
La
cuestión familiar también se había trastornado un poco. No sólo por causa de
Daniel, quien se había esforzado en ayudar en todo lo que pudiera a los Silva.
Fernanda había hecho un cierto alboroto por culpa de Ginger, ya que la chica se
presentó en un par de ocasiones a la puerta de la casa, pero la mayor de los
Silva en esos momentos, se aseguró de que no hablara con Mauricio ni con nadie.
La última vez, estuvo a punto de golpearla, pero su prima Luciana le detuvo.
Pese a eso, Fer no cedió terreno y le dijo a su madre que “aquella zorra” había
besado a su querido bebé Mau y le había estado pervirtiendo.
Mau no pudo negar eso, y Verónica se puso
del lado de su hija, prohibiéndole a su hijo volver a ver a “aquella zorra” Eso
desató un periodo de enemistad en el que Fernanda y Mauricio, dejaron de
hablarse, previo una pelea verbal llena de insultos e ironía.
La escuela también se tornó extraña. Aún
más, si eso era posible. Marina dejó de hablarles, en especial a Mauricio y a
Daniel, aunque con su primo, como era natural no había cambiado nada. El grupo
23 se volvió el más escandaloso, el más indisciplinado y el de las peores
calificaciones casi en un abrir y cerrar de ojos. Aunque Mau había llegado a un
acuerdo con el profesor Victorino y la maestra Heidi, mejorando así su nota en
Educación Física, el resto de sus compañeros empezaron a flaquear. La mayor
sorpresa fue la de Mayra. La hermosa chica dejó de cumplir en la escuela. Se atrasaba
con sus tareas, pedía apuntes de las clases a las que no prestaba atención, y
en sus peores momentos, dejaba de entregar tareas.
Mau comprendió que ese cambio tan repentino
en su amiga no sólo había sido académico, como el de sus amigos en general. Su
mejor amiga también se estaba portando diferente. Parecía más distante, en
ocasiones no salía a disfrutar el receso con ellos por estar hablando de puras
estupideces femeninas con las bobas y superficiales chicas populares del grupo.
También había empezado a usar maquillaje y a llevar la falda del uniforme varios
centímetros mucho más arriba de lo que era permitido, a modo de minifalda. Algo
que no sólo reavivaba los de por si ya calenturientos sentimientos de los
varones del 23, sino que perturbada sobremanera a Mauricio. Estaba claro que su
belleza se resaltaba, pero había algo que no le gustaba de eso a él.
Y nada tenía que ver que últimamente le
estuviera ignorando categóricamente, como si aquellas pendejas de sus nuevas
amigas y sus chismes pendejos, o la dura labor de ser la chica más popular de
la escuela, fueran más relevantes que su amigo de toda la vida. Él intentó
hablar de sus inquietudes con ella, pero parecía nunca tener oportunidad,
simplemente ella estaba muy ocupada o nunca se encontraba en casa. Su vida
social había aumentado tremendamente.
Pero tras la siguiente firma de boletas, las
cosas realmente se jodieron.
Pasaron las vacaciones de diciembre, los cumpleaños de Mayra y Mau, y otro periodo
escolar del grupo 23 para el olvido, la maestra Heidi Ordiales Underwood se
preparaba para recibir una vez más a los padres de familia. Con más malas
noticias que buenas, lamentablemente.
Para ese día, Verónica había sido acompañada
por su marido, para que de esa forma pudieran asistir a las dos juntas que
tenían. Verónica iría a la junta de Mauricio, y Ángel padre a la de su
princesita Jenny.
Entonces, como era habitual, las juntas
comenzarían temprano, a primera hora tras el toque de la campana. La profe
Heidi pronto despachó a Verónica, gracias a que Mau subió un poco su promedio y
terminó ganándose uno de los primeros lugares, en este caso el lugar que Mayra
había dejado. No había gran cosa por la que quejarse de Mau.
El muchacho se alegró por eso, aunque Betty
y la chica que se apellidaba como él, Ana Cristina De Anda sacaron mejores
promedios. Sin embargo, esa felicidad se transformó en incertidumbre cuando
miró el rostro desencajado de Derek Maldonado, el tío de Mayra. Era evidente
que su amiga había sacado peores calificaciones de las que se pensaba. Intentó
hablar con ella, pero todavía continuó un largo rato junto a su tío, escuchando
el sermón de miss Heidi.
Así que pronto se encontró con Julian y con
Daniel, decidió ponerse a platicar con ellos. Su amigo seguía sin querer hablar
con su padre, el cual sólo había ido a firmar y a retirarse. Julian por su
parte, se mostraba satisfecho con sus calificaciones, al igual que su mamá.
Pasaron unos minutos hablando de cosas banales
y contándose los últimos pormenores de la firma de boletas, burlándose de las
tres materias que había reprobado Gabriel Farías, principalmente. Entonces Mau
volteó hacia dónde estaba la maestra Heidi, pero esta ya no hablaba con Derek y
con Mayra, sino con el papá de Rosa. Intentó buscarla por todas partes, pero no
la halló. En el salón 12 sólo había papás y mamás reprimiendo a sus hijos, y alumnos
parloteando en silencio, regados por aquí y por allá. Pensó en dejar a sus
amigos para ir en busca de Mayra, pero estos no le dejaron. Ellos siguieron
bromeando y riendo, sin saber que la preocupación de Mau no se debía a que sus
papás siguieran en la escuela, ocupados con su hermana Jenny.
Pasaron otros minutos más, la profesora
Heidi seguía despachando papás y enviando a sus alumnos a sus siguientes
clases, pero Mayra no aparecía. Cuando Mauricio vio a Derek Maldonado abandonar
la escuela por la rampa de salida, decidió dejar a sus amigos.
No estaba en la sala 12 ni en ninguno de las
otras aulas del tercer piso. Bajó al segundo, pero sólo lo revisó fugazmente,
ya que sus padres estaban en el aula 4 hablando con Jenny. Fue entonces a la
planta baja. Husmeó en la dirección, en la zona adyacente a los baños de los
niños donde estaba la oficina del asesor académico de la escuela y al no ver
actividad en el patio, algo le dijo que podría encontrarla en una de las dos
últimas aulas. La 1 y la 2.
Encontrarla como la encontró, sería uno de
sus peores recuerdos de toda la vida.
Mayra
estaba en la sala 2, una de las salas en las que Mauricio pensó que iba a
encontrarla, pero no estaba sola. Gabriel Farías y ella estaban hasta el fondo
del salón, ocultos por los pupitres que usaban los estudiantes, demasiado
juntos, demasiado melosos y… besándose.
Mau se paralizó al verlos, su corazón comenzó
a palpitar rápidamente, parecía el motor de uno de los pequeños trenecitos de
baterías doble A con los que solía jugar cuando era niño, sus piernas se
tambaleaban y sus brazos languidecían cual muñeco de trapo. Sacó el inhalador,
instintivamente, pero este se le escapó entre los dedos, sus manos habían
empezado a sudar misteriosamente.
El miserable objeto que utilizaba para no
morirse ahogado, se estrelló estrepitosamente contra las baldosas del suelo del
aula 2. El sonido resultante fue amplificado por el eco del amplio salón. Pero
incluso unos momentos antes de darse cuenta de que alguien les estaba espiando,
los muchachos continuaron con su apasionado beso. Mauricio jamás olvidaría
aquella asquerosa mano de Gabriel, rozando su muslo y su hermosa nalga derecha,
remarcada sobremanera por la falda príncipe de gales de Mayra. Jamás podría
olvidar la expresión de Mayra mientras intercambiaba saliva y gérmenes con ese pedazo
de pendejo, jamás podría olvidar el gesto de placer y perversión que dibujaba
la cara de Gabriel Farías… jamás podría olvidar ese momento en que, por alguna
razón, su corazón estalló en mil pedazos chiquititos, que cayeron con la misma
fuerza e intensidad al suelo que su inhalador.
Entonces los jovencitos se separaron,
sobresaltados por la caída del inhalador y los pedacitos del corazón de
Mauricio. La cara de horror de Mayra le dijo todo y nada a la vez, pero eso no
importaba, ya nada importaba.
-¡Mauricio!-chilló
Mayra, y se apartó de Gabriel lo más que pudo.
-no…
no… no-gimoteaba Mau, casi imperceptiblemente.
-déjame
explicarte, Mau, ven por favor…
-no…
no… no…
-Mau…
Y entonces echó a correr. Mayra salió tras
él, pero el muchacho parecía haber adquirido un par de piernas extra porque
subió rapidísimo las escaleras de en medio. Ella intentó alcanzarlo, había
recogido su inhalador y le gritaba que parara, preocupada por el asma del
muchacho y el feroz esfuerzo que estaba haciendo para correr y subir las
escaleras. Mau subió hasta el tercer piso, pero su amiga, en mejor forma física
que él, le pisaba los talones, así que su esfuerzo se multiplicaba y el asma
comenzaba.
Ella continuó gritándole, corriendo tras él
sin importarle los brincos salvajes que daban sus enormes pechos, y las miradas
lascivas que esto provocaba a los pervertidos de la 20. Pero sus gritos eran
inútiles, Mauricio seguía corriendo a través de los diferentes pisos. Hasta que
decidió regresar a la planta baja.
-¡tu
asma, Mau, por favor detente!
Mau no cejó, aunque prácticamente se moría
por culpa de su garganta cerrada y sibilante, tenía resuelto a no dejar de
correr. O se moría sofocado o se moría por tropezar con sus pies chuecos al
caer desde lo alto de las escaleras, pero no dejaría de correr, no se dejaría
alcanzar por Mayra.
Pero la loable condición física de Mayra se
hizo manifiesta de nuevo. Ella bajó por las otras escaleras, las más cercanas a
los baños de los niños, por lo que logró emboscar a Mauricio que bajaba cual
ciervo recién nacido con las patitas temblorosas, por las escaleras del centro,
desmadrando el objetivo que se había puesto, el cual era salir por la puerta
principal de la escuela, abierta de par en par para que los padres de familia
salieran.
No quedándole otra alternativa, Mauricio se
lanzó a los baños de los niños, evitando los brazos de Mayra. Entonces ahí se
atrincheró.
-por
favor, Mauricio… no me hagas esto, déjame explicarte lo que acabas de ver-le
decía ella, apenas jadeando, mientras que Mauricio parecía una cafetera
silbante.
Su amiga continuó implorándole que saliera
del apestoso y seguro refugio que para él se había convertido el baño de los
varones. Pero se negó, ni siquiera se dignó a contestarle. Claro, apenas podía
respirar.
-por
favor, Mau, no me obligues a entrar, sabes que voy a hacerlo… además, tengo tu
inhalador.
Nada, sólo el eco de sus jadeos.
-mira,
lo que viste… no puedo decirte qué fue lo que viste sino sales. Por favor, te
lo suplico, por nuestra amistad…
Mauricio bajó la guardia un momento, se
acercó a la puerta y asomó unos centímetros la cabeza, entonces Mayra aprovechó
para estirar su brazo y tomarlo del suéter del uniforme. Mauricio luchó para
liberarse y volver al interior del baño.
-¡Mauricio!
No seas infantil… está bien, si tengo que ir por tu mamá para que te saque, lo
haré, no me dejas alternativa.
Estúpidamente volvió a bajar la guardia,
pensando que Mayra se había ido en busca de su madre. Estaba aturdido y
destrozado emocionalmente, pero algo le dijo que no era conveniente que su
madre se enterara, no estando los dos, dentro de los muros de la escuela. Y
salió de nuevo, pero la muchacha seguía al acecho, tan sólo se había pegado a
las paredes de la dirección para evitar que él la viera al asomarse. Cuando Mau
se hubo asomado lo suficiente, Mayra atacó. Lo sujetó del suéter y alcanzó a
tomarlo de los brazos. Ambos lucieron su condición física en ese momento.
Ella era muy fuerte, y él apenas un
enclenque patético.
-por
favor, por favor, Mau, déjame que te explique, déjame hablarte…-le decía ella
entre forcejeos.
-No…no…-decía
él entre lloriqueos.
Fue así como la empujó con todas sus
fuerzas, logrando que ella se tambaleara y casi se cayera de espaldas. Logró
regresar al interior del aseo masculino tras un momento angustiante.
-está
bien, tú me obligaste…-escuchó decir a la niña, antes de que recuperara su
inhalador, que había caído en las lindes de la puerta del baño.
Decidió quedarse ahí, tenía miedo de salir
otra vez, no fuero que Mayra se la aplicara de nuevo y esta vez sí lograra
atraparlo. Sin embargo, no tuvo que esperar demasiado. Tras fumigarse la
garganta con su cosa esa atomizadora, su madre entró al baño de varones, sin un
dejo de vergüenza.
Su mirada era severa y no le dio tiempo ni
de reaccionar cuando le tomó del cuello de la camisa. Al sacarlo a rastras del
baño, Mau tuvo al menos un momento de alivio al ver que su padre no había bajado
con su madre, o seguramente su espíritu se habría muerto ahí y jamás habría hecho
lo que hizo ese día.
-muy
bien, ¿qué está pasando aquí? -inquirió Verónica con el ceño fruncido.
-nada
que te importe…-masculló Mauricio con rabia. Su mamá le miró sorprendida.
-con
todo respeto, señora Verónica, esto es entre su hijo y yo-dijo Mayra, muy seria
y con sus mejillas muy rojas.
-¿qué
se traen ustedes dos? ¿Por qué estaban peleando?
-señora…
-¡no
es nada que te importe!-rugió Mauricio. Entonces vio su oportunidad.
Se zafó del brazo de su madre y echó a
correr a la rampa de acceso. El señor Paco, el conserje, al percatarse de lo
que planeaba hacer el muchacho, se apresuró a cerrar la puerta, pero este
hombre era un lisiado que cojeaba de una pierna. Cosa que aprovechó Mauricio
para taclearlo y derribarlo.
-¡Dios
mío!-pudo escuchar gritar a su madre cuando derribó al miserable hombre. Pero aun
así, pese al golpazo que se había dado, intentó sujetar a Mauricio del suéter.
El muchacho tomó fuerza de quién sabe dónde, y se puso de pie, se quitó el puto
suéter y se liberó de las manos del señor Paco. Entonces escapó a la libertad.
Continuó
corriendo hasta llegar al deportivo Pavón, llegando hasta el límite de sus
fuerzas. Con la persecución de Mayra y la carrera que se pegó para escapar de
la escuela, sus piernas parecían de gelatina, era el mayor ejercicio que había
hecho durante toda su vida.
Así que sólo decidió meterse ahí. ¿a dónde
más podría ir? Tan sólo caminó por los pasillos lustrosos del interior del
edificio principal, siguió hasta que se topó con uno de los guardias del
inmueble. Temeroso de que le dijera algo por estar tan temprano ahí, se detuvo
y aguardó a que la autoridad le empezara a joder la existencia, pero el tipo
sólo le miró fugazmente y pasó de largo. Luego recordó que a su hermano Ángel,
cuando era más pequeño, le habían asaltado al salir de la piscina, demostrando
que la competencia de aquellos policías estaba más que en duda, y si los
asaltos y hechos ilícitos que ocurrían en el deportivo, les tenían sin cuidado,
quizá ver a un mocoso que estaba yéndose de pinta nada tenía de relevante en
sus vidas de servidores públicos.
Lo dejó pasar y continuó su camino. Salió al
exterior, recordando algunos de los momentos que pasó en el jardín de niños que
estaba justo al lado, al que había asistido junto a Mayra…
Tan
sólo recordar su nombre le dolía. Parecía que durante el trayecto entre la
escuela y el Pavón, su corazón se había vuelto a regenerar porque le había
empezado a dolor. Quizá fue causa de la adrenalina liberada al derribar al
pobre conserje, pero su corazón seguía, doliendo, sintiendo, jodiendo. Jamás
había pensado que podría llegar a sentir semejante dolor. Y eso, habiendo
pasado por muchos hospitales, clínicas y consultorios en los que fue puesta a
prueba si dignidad humana, por ser tan enfermizo. Nada se comparaba a ese
dolor. Ni las inyecciones, ni los palitos de madera en su garganta, ni la
jodida manguera que le metieron en el hoyito del pito cuando estuvo en
Miraflores y le ayudaba a mear sin ensuciarse, le dolieron más que ver a Mayra
con Gabriel. Quizá porque el dolor no era físico, pero si pensaba mucho en él,
pronto comenzaba a dolerle el estómago y las extremidades. ¿Qué era eso que
estaba experimentando?
Entonces avanzó hasta las miserables canchas
de fútbol, a esa hora estaban vacías, pero él las recordaba siempre rebosantes
de muchachos de la colonia, gritando, maldiciendo, celebrando un gol, viviendo
la vida… Una vida que él no creía poder seguir viviendo. Deseó con todas sus
fuerzas que ahí, en esas canchas maltrechas, estuvieran Ángel y Joaquín,
jugando con otros muchachos mientras él los observaba, no era afecto al fútbol,
pero disfrutaba ver a sus hermanos jugar, sobretodo porque era buenísimos. Mau
nunca tuvo duda de que Ángel, de haberse dedicado al fútbol como quería su
padre, se hubiera convertido en el crack más grande que México jamás haya
visto. Pero Ángel se olvidó del fútbol, y se fue lejos. Cómo deseaba tenerlo
cerca en esos momentos.
El dolor de las piernas (y del corazón) le
terminaron por pesar, y lo guiaron hasta una de las banquitas cercanas a la
zona de juegos infantiles, donde se desplomó pesadamente, para luego ponerse a
llorar de la forma más amarga y desconsolada. En su cabeza no dejaba de revivir
la escena, Mayra besándose con Gabriel, besándose en la boca, rozando sus
labios, tocando sus cuerpos… verla disfrutar a ella, verla feliz, verla
diferente. Mayra era otra, no era la dulce chiquilla que había conocido en el
jardín de niños Morelos, ese que estaba a tan sólo unos metros de él. Ya no era
la niña que iba a leerle mientras estaba en Miraflores, ya no era la niña que
le había jurado por siempre estar a su lado. Esa niña había crecido y se había
transformado en algo diferente, en algo sucio, pero también…
Quizá también se había transformado en algo
que Mauricio anhelaba, pero que aún no estaba dispuesto a aceptar.
Hundido en sus pensamientos, Mauricio jamás
escuchó unos pequeños pasos acercarse a su posición. Sólo advirtió la presencia
de alguien, cuando el típico sonido de una cerilla encendiéndose, interfirió
con sus cavilaciones. Se dio cuenta de que alguien fumaba a su lado, sintió el
olor del tabaco y una mirada que no supo interpretar.
Giró la cabeza y la vio. Era una muchacha de
largos cabellos negros, figura delgada, pero de atributos poco visibles ante
los ojos de Mau, pues llevaba una gabardina o abrigo largo que cubrían gran
parte de su anatomía. Tan sólo pudo ver sus bonitas piernas, enfundadas en unas
medias rotas y tacones negros. Era hermosa, pero lo más intrigante de eso, eran
sus ojos tremendamente rasgados, oscuros y enigmáticos.
Mauricio pensó que se trataba de otra visión
demencial, pues le parecía ilógico que estuviera viendo a una chica japonesa
fumar ante sus ojos, en aquel lugar, temprano por la mañana y en el que se
suponía que sólo estaba él. Entonces ella le dio una fumada a su cigarrillo y
pudo constatar que estaba ante una persona de carne y hueso. Rápido se limpió
las lágrimas, luego intentó ponerse de pie para salir corriendo, pero sus
piernas flaquearon y le devolvieron a la banca. Sintió un calambre y se
retorció de dolor. Parecía el ser más patético sobre la puta Tierra.
Mau volteó otra vez. La chica se había
sentado en un tiovivo, y ahora ya no le miraba, pero sentir los ojos del chico
examinarla, le hizo volver sus ojos de nuevo. Mau fingió no haberla estado
viendo, cuando pasó lo peor. Ella se puso de pie, pudo escuchar la grava bajo
sus tacones. Para cuando se dio cuenta, ella estaba junto a su banca.
Así pudo verla mejor. Era apenas un poco más
alta que Fernanda y Ginger, casi tenía la altura de su mamá, pero era más
delgada, sin llegar a ser un palito como Rosa. El abrigo seguía siendo un
impedimento para que Mau pudiera determinar si estaba buena o no.
-hola,
¿me puedo sentar?-le preguntó. Su voz era suave y podía detectar un leve acento
en ella, aunque parecía hablar el español tan bien como él.
Mau no supo qué contestar, así que asintió.
Ella se sentó a su lado.
-la
cosa esa está muy incómoda-ella continuó fumando. Luego le ofreció un
cigarrillo a Mau, quien la rechazó con un gesto.
“Jamás pensé encontrar a alguien tan triste
como yo en este lugar”
-¿tan
triste como tú?-inquirió Mauricio, con la voz ronca.
Pero ella lo miró sorprendida.
-¿perdón?
-¿por
qué dijiste eso de que jamás pensaste encontrar a alguien tan triste como tú?
La muchacha dejó caer su cigarrillo y lo
aplastó con su tacón.
-no
dije nada… sólo lo pensé, es que me pareces muy triste… y pues yo me he sentido
así en estos días. No sé, será que es algo que reconozco muy bien.
-¿te
parezco triste?
-pues
dímelo tú, estabas llorando…
-sí,
pero eso no tiene nada qué ver… fue… fue, un instante de debilidad, mi padre
dice que sólo los débiles y los maricas lloran, los hombres no deben llorar…
-pues
tu padre es un ojete…
Mauricio la miró a los ojos, y de pronto se
le hizo una mujer muy triste, era bonita, con todo y sus ojos rasgados, pero su
semblante era melancólico, suplicante.
-es
decir, no tiene nada qué ver, somos personas, hombres y mujeres, y sentimos
dolor. Nadie puede reprocharnos por llorar, ni decirnos que no está bien
hacerlo…-dijo ella.
-tienes
razón… cuando dices que mi padre es un ojete.
Se rieron, aunque muy brevemente.
-soy
Mauricio… digo, si es que te interesa saber.
-¿a
ti te interesa saber el nombre de una desconocida? Pues da igual, soy Akima.
-¿Akima?
Tu nombre es… digo, eres… digo, ¿eres de algún lugar…?
-nací
en Japón, pero me siento más mexicana que otra cosa. Llevo viviendo aquí desde
los 2 años, más o menos y tengo 18 de edad. ¿Eso explica mi nombre tan raro?
-No
es raro, de hecho es bonito, sólo que es una clase de nombre que uno no está
habituado a escuchar. No quería ofenderte.
-descuida,
Mauricio.
Entraron de pronto a una clase de silencio,
no era incómodo, pero raro porque ella era una desconocida, quizá se debía a
que Mauricio se sentía un poco mejor, esa chica era agradable, y estar en su
compañía también lo era.
-¿me
das un cigarro?-inquirió él.
Akima le extendió la cajetilla y Mau tomó
uno. Se lo encendió con pericia y a la primera fumada, el chico se puso a toser
como un anciano.
-¿primera
vez qué fumas? Es un vicio asqueroso, espero no estar induciéndote a él.
-¿y
qué? La vida es asquerosa, da igual si me muero con esta porquería a que si lo
hago con otra cosa.
-¿vas
a la secundaria? ¿cuántos años tienes?
-¿importa?
-importa
porque se me hace muy triste que pienses de esa forma…
-tengo
14, pero eso no me impide ver lo mierda que es la realidad.
-¿en
serio? ¿por qué piensas así?
-porque
siempre piensas que las cosas son buenas, que las personas son buenas, que tu
vida es buena porque confías en esas personas… pero ellas cambian, y lo hacen
para mal, y no les importa lastimarte, aunque se den cuenta, les vale un
reverendo pepino. Ella cambió conmigo, y no le importó romper esa promesa que
nos habíamos hecho de estar siempre juntos, de ser los mejores amigos, ella… ella
me traicionó…
-¿ella?
¿a quién te refieres?
Mauricio cayó en la cuenta de que había
hablado de más, había revelado ciertas cosas a una chava a la que apenas si
conocía.
-a
nadie…
-¿una
chica especial?
-bueno…
de que es especia… pues es especial. Pero no sé si… Mira, se trata de mi mejor
amiga, la conozco desde el jardín de niños, hemos estado juntos toda la vida y
ahora ella… ella se ha juntado con un pedazo de pendejo… los vi besándose en un
salón vacío… los vi besándose… ellos se besaban…
Entonces se soltó de nuevo a llorar. No le importaba que la chica japonesa le
estuviera viendo. Pero al final de cuentas, no era algo malo, sintió las manos
de la muchacha posarse en sus hombros, parecía ser como una amiga de toda la
vida, su tacto era suave, cálido, un poco ardiente. Entonces una especie de
descarga eléctrica le atravesó todo el cuerpo.
Ella también pudo sentirla, y terminó por
apartarse.
-¿qué
fue eso?-inquirió ella.
-no
tengo ni idea…
Sus ojos negros le miraron, se habían vuelto
un tanto hipnóticos. Mau no podía dejar de mirarlos.
-¿y
la amas?
-¿qué?
No… yo no… es sólo mi amiga, pero…
-pues
te molesta que se bese con otro chico, ¿ese chico es tan malo que crees que no
debería estar con ella?
-es
un hijo de la gran puta… un cáncer, no es correcto que esté con él…
-pero
fue su decidió, ¿no? Si la quieres tanto como dices, deberías respetarla en
eso.
-es
que… no puedo, no puedo…
Se llevó las manos a la cabeza, y exclamó
fuertemente. Luego se jaló el cabello, con desesperación.
-yo
la amo… yo la quiero, estoy enamorado de ella…
Y como aquella vez de su primer día de
clases, se sintió liberado, liberado por haberse quitado algo que le oprimía,
aunque ni siquiera supiera de qué se trataba con exactitud. ¿Era eso? ¿Estaba
enamorado de Mayra? Era un hecho, la amaba con todas sus fuerzas, y no
necesitaba ser un genio, o si quiera tener un poco más edad, sabía que quería a
Mayra, que la necesitaba como el aire que respiraba, que la deseaba como nunca
antes había deseado algo.
-la
amo… la necesito… la amo.
-¿y
por qué no se lo dices?
-pues…
no lo sé… siempre ha sido mi amiga, no sé cómo decirle que ahora tengo otros
sentimientos… me siento confundido… ¿qué hago?
-pues
decírselo, ¿qué podría pasar?-Akima sacó un pequeño reloj sin correas y
rápidamente le echó un vistazo-son más de las 9, ¿te gustaría desayunar
conmigo? Yo invito…
-pues…
creo que estaría bien, no es que tenga que volver a la jodida escuela.
Akima lo tomó de la mano, y se lo llevó de
ahí. Salieron del Pavón de la misma forma en que lo habían hecho, sin ser notados
ni ser molestados. Se pusieron en marcha, sobre Lago Trasimeno, pues querían
tomar la calle de Daniel Cabrera para pasar detrás de la escuela secundaria y
evitar ser vistos por alguien conocido, al menos para Mau.
Mientras entraban al mercado por Lago Ammer,
Akima le había dicho que trabajaba de noche y aquella mañana estaba de salida.
El motivo para haber estado en el Pavón a esas horas, era por causa de la
pequeña rutina que llevaba, cada mañana luego de salir de trabajar, y antes de
ir a casa. Aunque la chica nunca le especificó en qué lo hacía.
Dieron un recorrido por los múltiples
puestos del mercado, luego se detuvieron frente a un local de antojitos
mexicanos, tomaron un par de bancos altos y se sentaron, muy juntos.
De
pronto, aspirar el tufo de los vapores de la parrilla de aquel puesto, le hizo
sentir a Mau una intensa hambre, quizá por las calorías quemadas durante la persecución
con Mayra, ahora tenía un gran apetito, aunque horas antes se hubiera desayunado
un platón de cereal.
Pidieron dos gorditas y dos jugos embotellados.
Comieron en silencio, escuchando el barullo del mercado a esas horas de la
mañana, no era nada incómodo, sino todo lo contrario. Al terminar, Akima pagó
las comidas de ambos. Cuando sacó una pequeña cartera de su abrigo, Mauricio se
dio cuenta de que llevaba varios billetes de alta denominación.
-entonces,
¿qué has pensado?-le preguntó ella, mientras salían a la calle de Lago Ammer,
para salir por la parte trasera del mercado.
-no
lo sé… la verdad, no tengo ni puta idea.
-si
me preguntas, lo primero que deberías hacer es volver a tu casa y enfrentarte a
tu familia, por lo de irte de pinta. Ya que no creo que vayas a volver a la
escuela, ¿verdad?
-no
quiero volver… no quisiera volver nunca a la escuela ni a mi casa.
-¿vives
cerca?
-en
Wenner, ¿conoces?
-sí,
está cerca, ¿no te da miedo andar por aquí? Cualquiera te podría ver.
-por
eso quiero irme ya, si vuelvo al Pavón… quizá…
-pues
si quieres puedes acompañarme a mi hogarcito…
-¿en
dónde vives?
-en
el Panal, ¿conoces?
Mauricio hizo un breve repaso a sus
recuerdos urbanos. No era un chavo de salir mucho y por ende no tenía gran conocimiento
de su entorno, pero su amistad con Daniel le había llevado por muchos sitios de
interés por el barrio, inclusive por los focos rojos. No pudo más que pensar en
una cosa.
“Es una ratonera”
-sí,
es una ratonera, pero a estas horas está tranquila, además, vas conmigo… digo,
si quieres ir.
-pues
no me queda de otra, ¿no?
-te
queda regresar con a tu casa y enfrentar lo que sea que te espere…
-¿insinúas
que soy un cobarde?
-no
dije eso, ni nada parecido… sólo quiero ayudarte.
Akima no tenía por qué ayudarlo, de hecho.
Apenas si se conocían y ni él, ni ella, ni las gorditas que se habían zampado
en un humilde puesto de comida mexicana, eran suficientes como para confiar
mutuamente. Se conocían apenas un par de horas y era ridículo pensar en lo que
ella le estaba proponiendo. Pero había algo raro con ella. No era algo
sospechoso, simplemente raro, porque parecía que podía confiar en ella, era una
sensación de familiaridad, parecida a la que sentía estando con sus amigos. Le
proporcionaba tranquilidad. Además, era una chica linda, y un hombre rara vez
se negaba a seguir a una chica linda, aunque esta lo llevara al infierno.
Mau aceptó y se fue con ella. El callejón
del Panal, no estaba lejos de ahí, sólo deberían seguir por Lago Trasimeno y
adentrarse en una estrecha callejuela, pasando por Lago Wetter y luego por
Rinconada de Casa Amarilla. La casa de Akima era una especie de vecindad, con
cuatro cuartitos a los que se accedía por un pasillo pequeño y claustrofóbico
de aspecto miserable. Al entrar, avanzaron por aquel pasillito, hasta el fondo
a la derecha, donde estaba la puerta de la chica. Ella metió una llave en la
cerradura y le invitó a pasar.
El interior del cuartito de Akima estaba
oscuro, por lo que a Mau le costó acostumbrar sus ojos, la luz era escasa ante
la ausencia de ventanas y sólo se podía filtrar por el vidrio superior de la
puerta. Esa primera estancia era pequeña, con espacio suficiente para una
mesita, un par de sillas, un mueble con una televisión diminuta y un refrigerador,
también diminuto, incluso más que el de la casa de Mau. Esa estancia estaba
dividida por un muro, con una abertura del tamaño de una puerta, aunque carecía
de ella, y sólo estaba protegida por una cortina floreada, detrás parecía estar
el lugar dónde la chica dormía. Luego estaba una puerta, que servía como
entrada a un reducido baño, del cual salió una mujer completamente desnuda.
En cuanto Akima cerró la puerta, la otra
mujer se percató de la presencia de Mauricio. Ella no se apresuró a colocarse
una toalla y miró con una mirada divertida y curiosa al adolescente que tenía
enfrente.
-¡hola!,
¿qué tenemos aquí?-le dijo la mujer.
-Marta,
pensé que ya estarías en…
-se
me hizo un poco tarde, Akima. Pero ya me voy… ¿quién es tu amiguito? Se ve muy
chavito para ser cliente.
-nada
de eso-se apresuró a decir Akima-es un amigo que me encontré, sólo estará aquí
un momento.
-lo
que digas…
La mujer se metió tras la cortina floreada.
Akima le señaló una de las sillas para que se sentara. Y así lo hizo. Pasaron
algunos minutos, la otra mujer salió, ahora vestida, como una puta, al menos
así la catalogaría Fernanda. Maquillaje exagerado, tacones altos, vestido
ajustado y muy corto, bañada en litros de perfume… Mauricio no quería hacerse
la idea de qué clase de mujer era su nueva amiga tan sólo por ver a esa otra
chica, pero no podía evitarlo. ¿En dónde carajo había ido a parar?
La compañera de Akima salió del cuarto,
entonces ella se metió tras la cortina y regresó transcurrido un tiempo, ya sin
la gabardina ni los tacones. Ahora vestía un short pequeño, amarillo y
deslavado, y una playera con propaganda de un partido político, también vieja y
deslavada. Mauricio se estremeció, algo en su interior se despertó.
-mira,
tengo que dormir un poco, si quieres puedes mirar la tele, el baño está ahí y
hay una coca cola en el refri si te da sed. Si quieres irte, sólo espero que
recuerdes el camino al Pavón.
-gra-gracias-balbuceó
él.
Ella amagó con regresar a su habitación,
pero se detuvo a mirarle. El ambiente se tornó tenso.
-pero
si también quieres echarte una siesta, puedes venir conmigo… me refiero a que
tenemos una litera, puedes dormir en la cama de arriba.
-gracias…
veré la televisión-dijo y encendió el pequeño aparato. Akima se metió al cuarto
sin decir nada más.
Mauricio se quedó un rato mirando la
televisión. Pero ese rato duró demasiado. El aparato era una menuda porquería,
y sólo tenía canales de televisión abierta, que se miraban mal y con mucha
estática, pero con todo y eso, se quedó mirándolo hasta las 11 de la mañana,
según el pequeño reloj de manecillas que estaba en el mueblecito de la TV.
Dio un largo bostezo y luego decidió apagar
el aparato. Se puso de pie y empezó a rondar por el cuarto. No supo porque lo
hizo, pero cruzó por la cortina floreada que protegía la intimidad de la
estancia del dormitorio de Akima. Se trataba de un lugar pequeño, ocupado en su
mayoría por la litera en dónde dormían las dos inquilinas de esa casa, dejando
un miserable espacio para una extraña estructura metálica hecha de ganchos,
repleta de ropa que era de ellas.
Tras echar un breve vistazo a todo, sus ojos
se dirigieron a la chica japonesa que yacía en la cama de abajo. Akima dormía a
pierna suelta, apacible, dulcemente. Las cobijas parecían molestarle porque
estas estaban hasta el fondo de la cama, despojándola de todo pudor que pudiera
tener. Se fijó en sus pies descalzos, eran pequeños y finos, sus largas piernas
delgadas, sus muslos, el shorcito que
cubría sus nalguitas… El chico no pudo evitar aquellas sensaciones extrañas que
últimamente le provocaban las mujeres, el mirar mujeres. El desear mujeres…
-¿quieres
acostarte?-Akima abrió los ojos. Mauricio tragó saliva, y se atragantó con sus
palabras.
-No…
sé…
-ven,
sólo a dormir, creo que todavía falta para que acabe la escuela.
-no
creo que sea buena idea…
-ven,
quítate los zapatos…
Mau lo hizo, sin apresurarse, se quitó los
zapatos, los arrojó a un lado de los tacones de Akima y se sentó junto a ella
en la cama de abajo. Se estuvo un momento así, dándole la espalda hasta que
ella lo obligó a recostarse. Le pasó su brazo por el pecho y sintió su aliento
en su nuca. El chico temblaba.
-tranquilo,
tranquilo-le susurraba ella-no te voy a hacer nada… nada que no quieras.
-carajo…
Dios mío-gimió Mau cuando se dio cuenta de la enorme erección que abultaba sus
pantalones, pero Akima no pareció darse cuenta, ella seguía abrazándolo y
respirando en su cuello.
-hace
unos días conocí a un hombre maravilloso-la japonesa continuó susurrando-es
alto… muy alto, muy guapo, de cabellos castaños y ojos azules, con un cuerpo…
bueno, no quiero ser tan detallista, pero… No sé porque te cuento esto, pero
creo que estoy enamorada de él, así como tú de tu amiga especial. Y mi vida se
ha vuelto un poco más miserable por eso.
-¿por
qué lo dices? ¿el amor es algo miserable?
-no
lo es, Mau. El amor es precioso, como el sexo, pero yo no puedo amarlo, y él no
puede amarme. Por eso no te rindas, lucha por tu amiga…
-Mayra…
-lucha
por Mayra, lucha por ganar su corazón, tú que puedes… hazlo, te lo pido por
favor.
Sorpresivamente, ella bajó su mano hasta su
entrepierna, y como si se topara con una sorpresa agradable, dio un gemido,
apenas perceptible cuando palpó la erección del muchacho.
-eres…
eres un buen niño.
Akima se apartó un poco, Mau notó que hacía
movimientos extraños y se obligó a voltear. Se había quitado la playera con
propaganda política, sus senos ahora estaban visibles, desnudos y perfectos. No
eran muy grandes ni muy pequeños, eran del tamaño justo, con sus pezones
oscuros en su correcto lugar, ni levantados ni caídos. Él no dudó en acariciarlos.
Pero se arrepintió al momento, y retiró sus manos avergonzado. Recordando aquella
vez en que le hizo lo mismo a Mayra, y ella había gritado.
-lo
lamento… no quería…
-no
te preocupes, por eso me quité la camisa, para que me tocaras…
-pues
no es necesario.
Akima sonrió y se le quedó mirando.
-ayer
estuvimos desnudos mientras comíamos una pizza y bebíamos champaña. Hablamos, a
él le gusta hablarme, y a mí me gusta escucharlo… aunque también me gusta acariciar
su cuerpo y que él me diga lo hermosos que le parecen mis pechos. Desde el
primer día que nos conocimos lo hacemos, para mí debería ser un trabajo más… mi
primer trabajo, pero nunca imaginé que me enamoraría tanto… aunque… aunque ni
siquiera hemos hecho el amor. Sólo nos dedicamos a hablar, y a sentirnos bien.
Cuando estoy con él, pareciera que el mundo se detiene y que no importa nada
más, que no importa mi miseria ni la dura vida que me toca, ni el destino que
tengo a ser prostituta el resto de mi vida… No hagas esa cara, no he estado con
ningún hombre, hace unos días cumplí los 18, y para la gente con la que
trabajo, ya era hora de que me graduara, me han condenado a ser una mujer que
vende su cuerpo por dinero y él debería haber sido mi primer trabajo, pero no
lo fue, fue otra cosa… por eso no podemos estar juntos.
-¿quién
te ha condenado? ¿Por qué hablas como si no tuvieras elección?
-porque
no la tengo, Mau, la gente que me ha mantenido cautiva en este país, decide
cual es mi destino, yo no puedo…
Las lágrimas comenzaron a surcar sus
mejillas. Mau no supo qué hacer más que besarla. La besó en los labios,
acarició sus pechos e intentó bajarse la cremallera del pantalón, no tenía muy
en claro cómo hacerle el amor a una mujer, pero estaba decidido a ello, aunque
tuviera que averiguarlo sobre la marcha. Ella le correspondió, pero sus
lágrimas eran muy tristes, muy agónicas, desvirgarse mutuamente no iba a
cambiar el hecho de que ella se sentía miserable por su condición. Y se sintió
verdaderamente mal, qué afortunado era por ser tan sólo un adolescente llorón y
enfermizo, jamás podría imaginar los tormentos por los que pudo pasar aquella
chica, que ni siquiera estaba en su país de origen. ¿Qué derecho tenía Mauricio
Silva De Anda para hacerle el amor a una chica indefensa? Aunque esta quisiera,
sería por razones equivocadas, pues no importaba que fuera mayor que él,
priorizar su calentura adolescente sobre la desubicación que sufría ella, no
era algo muy noble.
-quítate
la ropa-le ordenó ella, mientras empezaba a quitarse el short.
Pero Mauricio la detuvo.
-No…
-¿por
qué no?
-pues
porque no… mira, sí quiero, eres muy bonita y estoy muy cachondo… pero no sería
correcto. ¿qué cambiaría? Yo sería el mocoso de 14 que se coge a una chava
mayor que él, ¿y tú? ¿Cambiaría algo en tu vida si lo hiciéramos ahorita?
-¿y
a ti qué te importa? Sólo vamos a coger y ya, tienes un pito muy grande y estás
tan caliente como yo… Además, ni siquiera me conoces, ¿por qué te interesarían
mis sentimientos?-Ella lloraba.
-porque
quiero conocerte… quiero ayudarte.
Mau se acercó a ella, pero esta vez no la
besó, en cambio, la abrazó lo más cariñosamente que pudo, con decisión y con
ternura, luchando por perder el deseo sexual, aquello ya no tenía relevancia,
perder la virginidad no era importante. Ella era importante.
-bésame
y tócame, y dime de nuevo si no quieres estar conmigo…-le susurró ella, apenas
en un gemido.
La besó y acarició, pero nada cambió en él.
-quiero
ayudarte… déjame ayudarte.
-¿cómo
podrías? Sólo eres un mocoso tonto, que se escapa de la escuela por berrinches…
-pero
querías que este mocoso te metiera la verga…
-aún
lo quiero…
Y se soltaron a reír. Eran carcajadas
estruendosas, relajadas, un poco forzadas, pero liberadoras, de alguna manera.
Gradualmente se fueron convirtiendo en llanto. Ambos soltaron la lágrima y se
volvieron a abrazar. Así se quedaron un largo rato, llorando y abrazándose. Todavía
se estuvieron tocando y besando, Akima estrujó su pene en varias ocasiones, y
ella le obligó a meter su mano dentro de su short, pero poco a poco fueron
perdiendo el deseo y la calentura, jamás llegando a algo más allá. Mau perdió
la erección, aún con los pechos de ella frente a él, desnudos y tan a la mano.
Y se fueron perdiendo en la inconciencia de un abrazo triste, de unas lágrimas
anhelantes, de un deseo reprimido, de un amor fraternal que comenzaba a nacer.
Él la estrechó con mucho amor, ella sonrió, sintiéndose protegida y amada,
ambos lloraron un poco más y al fin, se quedaron dormidos.
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